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- XLIII -
Al poco rato apareció Lucilio con Adamas.
Estaba tranquilo, como siempre. Saludó
ligeramente al consejero, profundamente al marqués, y presentó a este último un
papel cubierto de jeroglíficos.
- ¡Ay!, amigo mío - dijo Bois - Doré - , no
entiendo una palabra de esto.
- ¡Hablad! - exclamó Lenet al mudo; éste le
hizo señas de que le era imposible - . ¡Escribid, al menos!
Lucilio se sentó y escribió:
«Aquí no debo obediencia más que al marqués
de Bois - Doré; no os conozco. Salid de esta habitación; no escribiré delante
de vos.»
- ¡Sí, vive Dios! - exclamó el consejero
fuera de sí - . ¡Quiero saberlo todo y contestaréis!
- Perdonadle, señor - dijo Adamas - . Como
todos los grandes sabios, es muy raro y muy fantástico. Si queréis que revele
sus secretos, habladle con dulzura.
- ¿Quiere dinero? - preguntó el consejero -
. Lo tendrá; que hable.
Lucilio movió negativamente la cabeza.
El consejero parecía estar sobre ascuas.
- Veamos - dijo después de un momento de
silencio agitado - . Tengo que saber si sois un sabio o un loco. Mirad
mi mano y decidme algo.
Lucilio miró la
mano del consejero, se levantó, enseñó sus jeroglíficos a Adamas y le hizo seña
de que hablara por él.
- Sí, ya lo veo - dijo Adamas - ; estos signos
dicen que hay un hombre, un príncipe, que quiere para sí la corona de Francia. ¿Pero
dónde está el hombre que tiene esta seña en la mano? Yo no le conozco.
Lucilio indicó la
mano del consejero.
¿Pues quién soy yo? - preguntó éste
sorprendido.
Lucilio escribió tres palabras que el
consejero leyó solo, con emoción. La expresión de su rostro cambió y su
tono se suavizó.
- ¿Y el rey ha muerto? - dijo temblando, no
sabemos si de terror o de alegría - . Ya veis que debéis contestarme.
Lucilio escribió:
«El rey está bien. Pero monsieur de Luynes
ha muerto ante un resplandor de llamas el 15 de este mes a las once de la
noche.»
Apenas el supuesto consejero Lenet hubo
leído estas palabras, sin demostrar duda alguna, se caló el sombrero, se
precipitó escaleras abajo, y sin pronunciar más palabras que las de «¡En
marcha!», que dirigió a sus gentes, montó a caballo y partió a rienda suelta
con todo su séquito, sin pensar en dar a los habitantes de Briantes ni las
gracias, ni una excusa, ni una promesa, ni una amenaza.
Adamas, el marqués y Lucilio, que lo habían
acompañado en silencio hasta la última puerta para cerciorarse de que no
quedaba nada sospechoso en el castillo ni en el pueblo, volvieron a la sala,
donde hallaron a Lauriana y a Mario.
Estaban todos tan emocionados, que
permanecieron unos minutos sin decir nada.
Por fin, el marqués rompió el silencio.
- ¿Entonces era el príncipe?
- Sí - dijo Lauriana - ; le vi en Bourges hace
tres meses, y al pasar por aquí para saludarle le he reconocido en seguida. Y
vos, marqués, ¿es que no lo habíais visto nunca?
- En París, una o dos veces, en su
adolescencia; pero no le había vuelto a ver desde entonces. Sin embargo, cuando
nombró al príncipe de Condé y pretendió ser adicto a su persona, supuse quién
era el falso consejero Lenet y a cada momento me cercioraba más de que me las
tenía que haber con el amo en persona. Por eso he tenido tanta paciencia. ¡Bien
hice, Dios mío! ¿Pero cómo es que habéis imaginado?...
- Monsieur de Luynes ha muerto,
efectivamente, de fiebre roja, el 15 de este mes, mientras que los ejércitos
del rey saqueaban e incendiaban la plaza de Monheur, en la Garonne. He aquí una
carta de mi padre que me lo anuncia; uno de sus criados, que ha llegado como
mensajero precisamente detrás del séquito del príncipe, ha podido hacer que
llegue sigilosamente a mis manos por medio de Clindor.
- ¡Es una gran noticia, hijos míos, y que va
a trastornar una vez más la política! ¿Pero quién de vosotros es el que ha
tenido la ocurrencia?...
- Yo, señor - dijo Adamas con aire
triunfante - . Tan pronto como madame Lauriana dijo «el forastero que está
encerrado con el señor marqués es el príncipe» nos ocultamos los cuatro en ese
pasillito que ya sabéis.
- Estábamos intranquilos por vos - dijo
Mario - , a causa de ese gran séquito de hombres que parecía desconfiar y
amenazar. Adamas ha inventado de pronto lo que ha hecho y lo que ha dicho.
- Maese Jovelin no tenía muchas ganas de
prestarse a ello - añadió Adamas - ; pero era menester salvaros, no se podía
vacilar, y ha representado su papel con habilidad, ¿verdad, señor? Ahora su
fortuna está asegurada, y si quiere reemplazar, o al menos igualar en los
favores del príncipe a su famoso astrólogo, el que le predijo que llegaría a
ser rey de Francia a los treinta y cuatro años...
- He notado - dijo el marqués a Jovelin -
que no quisisteis tomar la responsabilidad de hacerle semejante promesa. Sólo
le habéis dicho que tiene esa ambición. Pero ahora, ¿qué debemos hacer, amigos
míos? Porque ya habéis visto que nos han hecho traición y que corremos peligros
en los que no habíamos pensado.
- Debemos permanecer tranquilos y no hacer
nada - contestó Lauriana resueltamente - . A estas horas el príncipe galopa por
la carretera del Mediodía y no volverá a pensar en nosotros en mucho tiempo.
- Verdad es - dijo Bois - Doré - que
devorará leguas y leguas para llegar el primero junto al rey y apoderarse del
poder de que gozaba monsieur de Luynes. ¡Mucho va a tener que luchar! Retz, Schomberg y Puisieux querrán su parte,
sin contar con que la reina madre y su obispillo de Luzón les darán bastante
que hacer. ¡Vaya!
Nuestros asuntos han dejado, por ahora, de preocupar a nuestro buen príncipe y
acaso no vuelva a ocuparse de nosotros. ¡Con tal de que no haya dado orden en
contra nuestra antes de venir aquí!
- No, señor; no hay peligro - dijo Adamas -
. Quería vuestro tesoro; han debido de describírselo con gran aumento para que
un príncipe tan rico nos haga el honor de venir aquí. Ya estamos advertidos y
sabremos ocultar nuestro pequeño bien y dejar cofres llenos de desechos a la
disposición de los curiosos. Mantendremos en buen estado la salida secreta del
castillo y desconfiaremos de las gentes que vienen a buscar un refugio contra
la lluvia. Pero tened la seguridad de que, como no reaparezca el príncipe en
persona, no aparecerá nadie, porque si ha dado órdenes será para que nadie
venga a poner la mano en un plato sobre el que él ha extendido su garra
maestra.
El razonamiento de Adamas era muy justo;
concluyó profiriendo mil maldiciones contra la Belinda, única persona que podía
haber sorprendido y divulgado el verdadero nombre de maese Jovelin, la muerte
de Alvimar y la existencia del tesoro.
Decidieron consultar a Guillermo de Ars
acerca de si convenía callar o proclamar la muerte de Alvimar, y con tal objeto
el marqués fue a visitarle al día siguiente por la tarde.
Guillermo había salido y no debía volver
hasta la noche.
El marqués envío un mensajero a Briantes
para que no se preocupasen si llegaba tarde, y fue a casa de monsieur de Robin
de Coulogne, que se hallaba por aquel entonces de paso en su finca de Coudray,
una capitanía encantadora situada en las alturas de Verneuil, a una legua
aproximadamente del castillo de Ars.
Robin, vizconde de Coulogne, recaudador
general en Berry y arrendatario general de las gabelas, era uno de los enemigos
naturales del ex falso salinero Bois - Doré, y, sin embargo, les unía una
amistad estrecha desde el asunto de Florimond Dupuy, señor de Vatan.
Los que conocen la historia del Berry,
recordarán que, en 1611, el tal Florimond Dupuy, gran hugonote y gran
contrabandista, había raptado, por odio a la gabela, a uno de los hijos de
monsieur Robin. El marqués trabajó generosa y personalmente para devolver el
niño a su padre, con riesgo de reñir con Florimond, que, según opinión de sus
amigos y de sus enemigos, era «un personaje de trato muy difícil».
Después de aquella aventura, la rebelión
tomó proporciones tan graves, que para reducir a monsieur Dupuy en su castillo
fue menester mandar contra él mil doscientos hombres de infantería, una
compañía de suizos y seis cañones.
Veintinueve de sus soldados fueron ahorcados en el acto en los árboles
vecinos, y a él le cortaron la cabeza en la plaza de Grève. El hijo de Robin fue más tarde abate
de Sorrèze. Monsieur Robin padre siguió siendo ya siempre el deudor agradecido
y fiel de monsieur de Bois - Doré, y puede suponerse que gracias a su amistad
fue como el marqués evitó el ser molestado por sus antiguos actos de
complicidad en los delitos de falsa gabela.
Bois - Doré confió a su fiel amigo parte de
los disgustos con que se había visto amenazado con la visita del príncipe, y le
confesó que estaba preocupado principalmente por el buen Lucilio, a quien los
celosos beatos del país veían con hostilidad alojado en su casa.
- Vuestros temores me parecen exagerados -
le dijo el vizconde - ; monsieur de Groot, a quien los sabios llaman Grotius, y
que estaba condenado en su país a cadena perpetua, ¿no acaba de evadirse oculto
en un cofre, merced al gran corazón y al genio de su mujer? Se ha refugiado en
París, donde nadie le molesta, ni le persigue; ¿por qué no había de gozar
vuestro italiano los mismos privilegios en Francia?
- Porque el gobierno francés, que no tiene
interés en disgustar a los gomaristas de Holanda y a Maurice de Nassau, se
mostrará celoso por agradar al Papa, martirizando a una de sus víctimas.
Campanella lleva veinte años en la cárcel, y aunque en Francia se le compadezca
y se le aprecie, no se hace nada para librarle de sus verdugos. ¡Es de suponer
que no darían asilo a mi fugitivo!
- Acaso tengáis razón - repuso monsieur de
Coulogne - . Pues bien; apruebo la idea de la evasión de vuestro amigo al menor
peligro que os amenace; pero me parece que deberíais buscarle un asilo donde
pudiese refugiarse en caso de alarma. ¿Habéis pensado en ello?
- Sí - contestó el marqués - , y os quiero
consultar sobre este punto. Poseéis cerca de aquí un viejo castillo deshabitado
y que me ha parecido muy habitable todavía, aunque nunca haya entrado en él.
Está lo bastante cerca de mi casa para que un hombre, apresurándose, pueda
llegar hasta él en una hora. Esa ruina está próxima a un pequeño cortijo que os
pertenece, y si dierais órdenes a los granjeros, estarían dispuestos en
cualquier caso a ocultar y a mantener a mi pobre fugitivo. ¿Queréis hacerme
este gran favor?
- Marqués - contestó el vizconde - , pedidme
la vida si queréis; es vuestra. Con mayor razón están a vuestro servicio mis
bienes, mis gentes y mis casas. Pero dejadme reflexionar sobre la conveniencia
del lugar que habéis escogido. ¿Se trata de mi viejo castillo de Brilbault?
- ¡Justamente!
- Pues
bien; veamos. Está muy aislado y los caminos que a él conducen son detestables;
eso está bien. No está al paso de ninguna ciudad ni burgo; mejor que mejor. El
lugar me pertenece y el prebostazgo no se atrevería a entrar. Además, esa ruina
tiene fama de estar frecuentada por los espíritus más quejumbrosos y más
traviesos del mundo, y por lo mismo ningún aldeano merodeador tiene curiosidad
por entrar, y ningún viajero por detenerse. Tanto mejor también. Vaya, veo que
escogéis bien, y quiero ir con vos esta misma noche para dar al granjero las
órdenes necesarias.
Bois - Doré, después de reflexionar por su
cuenta, juzgó que más le valía ir solo para no despertar las sospechas.
- Vuestros cortijeros no me son desconocidos
- dijo - . Antaño fueron clientes míos, para... ¡para lo que ya sabéis!
- ¡Sí, sí, mal hombre! - dijo el vizconde
riendo - . ¡Por mediación vuestra han tenido la sal a buen precio! Pues bien; tomad ese camino al
marcharos; las aguas no están todavía crecidas y podréis pasar sin peligro.
Diréis, como al azar, a Juan Paraudet, el cortijero, que venga a verme mañana
por la mañana muy temprano; echad una mirada a la casa y fijaos bien en los
alrededores para poder dar detalles precisos a vuestro amigo; y aun creo que
haría bien en ir él mismo secretamente la noche próxima para conocer los
caminos y las entradas. Así, si llegase el caso de tener que ir a refugiarse
allí, podría hacerlo sin perderse ni equivocarse.
- Queda convenido - dijo el marqués - , y
recibid mil gracias por el sosiego que dais a mi espíritu.
El vizconde invitó al marqués a cenar;
luego, al cerrar la noche, Bois - Doré subió a su carroza y tomó de nuevo el
camino de Ars, que no era mejor que el de Brilbault, pero no quería exhibir su
carroza, que llamaba siempre la atención, en las proximidades de aquella ruina.
Más cauto de lo que monsieur Robin le había
aconsejado que fuese, echó pie a tierra a un cuarto de legua del lugar que
quería visitar; mandó a sus gentes que se fuesen sin apresurarse a Ars, o
internándose en uno de los mil senderos que monsieur de Coulogne no había acaso
pisado en su vida, pero que el viejo contrabandista conocía tan bien como los
de su conejera, alzó sus altas botas hasta por encima de las rodillas y desapareció
entre los prados húmedos.
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