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- XLV -
Esta escalera en espiral es muy hermosa, tan
ancha que seis personas pueden pasar por ella a la vez, y tan ligera como el
varillaje de un abanico. Está hecha con una piedra blanca bastante friable;
muchos peldaños se hallan completamente rotos por la caída de algún trozo de la
parte superior del edificio; pero los que quedan parecen haber sido
recientemente tallados y no tienen huella de haber sido usados. De trecho en
trecho aparece en el muro una cabeza grotesca, un bicho fantástico o un medio
cuerpo de hombre armado.
El marqués se entretuvo en mirar aquellas
caras que parecían agitarse bajo la luz vacilante de su linterna.
Subía lentamente, aprovechando cada descanso
para escuchar; como no se oía más ruido que el que producía el viento en el
tejado, y como las puertas de las salas ante las que pasaba estaban cerradas
con candado, dudaba cada vez más de que allí hubiera ninguna clase de
habitantes. Llegó hasta el último piso, donde estaban situadas las dos
habitaciones antiguamente destinadas al castellano.
En la Edad Media era costumbre vivir bajo el
tejado y partir la escalera para, en caso necesario, sostener un sitio hasta en
las propias habitaciones; frecuentemente, al construir un castillo se dejaba la
escalera sin terminar y el dueño subía a su cuarto por medio de una escalera de
mano, que retiraba por la noche. Otras veces, los peldaños del último piso eran
intencionadamente tan endebles, que bastaban unos ligeros golpes para
partirlos.
Tal era el caso en el castillo de Brilbault;
pero las roturas provenían, según ya hemos dicho, de accidentes casuales, y el
marqués, gracias a sus largas piernas, pudo salvar los obstáculos sin gran
peligro.
Las
dos habitaciones de que el granjero le había hablado eran las que debía, en
caso necesario, habitar Lucilio. El primer movimiento de Bois - Doré fue entrar
para ver si había cristales o, por lo menos, maderas en las ventanas, porque
todas las de la escalera, estrechas y profundas, con su banco de piedra
colocado en el alféizar, dejaban pasar impetuosas bocanadas de aire, contra las
que a duras penas pudo defender la luz de su linterna.
Pero en el momento en que se disponía a
abrir las puertas de las habitaciones señoriales, cuyas llaves llevaba consigo,
el marqués vaciló.
Si el castillo servía de refugio a alguien,
debía de estar allí, y, sorprendido, no aguardaría explicaciones. Por lo tanto,
la exploración requería cierta prudencia. El marqués ni creía en los espíritus
ni temía a los vivos, porque no abrigaba malas intenciones contra nadie. Si
algún desdichado se hallaba oculto allí, fuese quien fuese, estaba decidido a
dejarle tranquilo y no revelar el secreto que pudiese sorprender.
Pero el primer momento de terror del
refugiado podía ser hostil. El marqués no había hecho ningún ruido perceptible
al entrar ni al subir, puesto que nada se movía. Tenía que cerciorarse de la
verdad, a ser posible sin dejarse ver ni oír, o al menos sin presentarse
bruscamente.
Con este objeto entró en una sala sin
puertas, cuyas ventanas estaban todas tapadas con tablas o con paja, y donde,
por consiguiente, reinaba la más profunda obscuridad. Una capa de polvo y de
cemento pulverizado cubría el suelo en tal espesor que amortiguaba el ruido de
los pasos como si se anduviese sobre ceniza.
Bois - Doré anduvo largo rato sin ver más
que lo justo para guiarse. Había cerrado su linterna, que no tenía cristal,
sino un medio cilindro de hierro forjado lleno de agujeritos, según la
costumbre del país. No se atrevió a volverla a abrir hasta que llegó al extremo
del inmenso local y después de cerciorarse de que se hallaba en un local
absolutamente tranquilo y silencioso.
Entonces dejó la luz ante él, en el suelo, y
retrocedió, hasta una vasta chimenea que había cerca.
Desde allí fue acostumbrando sus ojos a la
claridad de la linterna, insuficiente para un espacio tan amplio, y llegó a
distinguir una sala que ocupaba el piso entero.
Examinó la chimenea en que se encontraba.
Era de piedra blanca, y los zócalos angulares que penetraban en el muro tenían
los salientes tan nuevos, que parecían haber sido tallados la víspera. Ni el
marco, ni el escudo, virgen de armas, que coronaba la campana tenían desconchaduras
ni manchas, de ninguna clase, ni el hueco mismo de la chimenea, ni el hogar sin
revestir tenían huellas de lumbre, de humo ni de ceniza. Era evidente que el
edificio no había sido terminado ni había servido nunca. Nadie había habitado,
nadie habitaba aquella sala fría y desnuda.
Después de asegurarse de esto, el marqués se
atrevió a acercarse para ver por qué razón una barrera de tablas, a la altura
de su pecho, cortaba transversalmente la enorme nave hacia el centro. Al llegar
allí encontró el vacío ante él. El entarimado se había caído o había sido
suprimido, así como el de los pisos inferiores, en toda la mitad del edificio,
acaso para que se pudiera entrojar más fácilmente las cosechas.
La mirada se perdía en las tinieblas de un
local que parecía tan grande como una iglesia.
Hacía unos instantes que Bois - Doré
permanecía en aquel sitio, intentando darse cuenta del conjunto, cuando desde
las profundidades, que su mirada interrogaba en vano, subió hasta él una
especie de gemido.
Se estremeció, cerró su linterna y la ocultó
detrás de las tablas, contuvo su respiración y aguzó su oído, que era algo duro
y podía engañarle.
¿Sería alguna puerta o alguna madera
empujada por el viento?
No hacía tres minutos que esperaba, cuando
el mismo gemido se repitió aún más distinto, y al mismo tiempo le pareció que
un débil rayo de luz, partiendo de una gran distancia bajo sus pies, iluminaba
aquel fondo de edificio que, por relación a él, era literalmente un abismo.
Se arrodilló para no ser visto y miró a
través de las tablas que le servían de balaustrada.
La claridad aumentó rápidamente y pronto fue
bastante viva para permitirle ver, o mejor dicho adivinar, en una vaguedad de
sombra y de luz mezcladas, el fondo de una sala de la planta baja, tan vasta
como la habitación en que se encontraba, pero que antes del desmoronamiento de
los pisos intermedios había debido de ser mucho más alta, según podía juzgar
por el nacimiento de las nervaduras de la bóveda sostenidas por zócalos llenos
de bichos y personajes fantásticos, mayores y más salientes que los que había
visto en la escalera.
Como único mobiliario veíanse unos montones
de forraje seco y unas tablas colocadas hacia el fondo, a modo de barreras, con
restos de pesebres. Aquella planta baja había servido durante mucho tiempo de
establo para los bueyes. Entre las tablas se distinguían restos de yugos y de
arados. Después todo volvió de nuevo a la sombra, y la claridad, al elevarse,
fue a dar en el muro que formaba toda la fachada del edificio y que el marqués
veía de frente en una extensión de cuarenta pies aproximadamente.
Aquella luz, unas veces rojiza y otras
lívida, partía de un fuego invisible, colocado bajo la bóveda de la planta
baja, es decir, en la parte que no estaba en ruinas, del lado desde donde el
marqués observaba aquel cuadro sombrío y cambiante.
De pronto se produjo bajo la bóveda un ruido
de puertas, de pasos y de voces, y una confusión de sombras movedizas y
agitadas, unas inmensas, otras rechonchas, se dibujó sobre el muro de la manera
más extraña, como si un gran número de personas, yendo y viniendo ante una gran
hoguera, hubiera ocultado y descubierto alternativamente su radiación.
«Vaya un extraño juego - pensó el marqués -
, y no puede negarse que este castillo está lleno de sombras vivientes y
parlantes. Sepamos lo que dicen.»
Escuchó; pero entre el murmullo de palabras,
de cantos, de quejas y de risas, no consiguió comprender ni una frase, ni una
palabra, ni una intención.
La espantosa sonoridad de la bóveda, que
devolvía los sonidos, confundía todas las voces en una sola y todas las
interpelaciones en un rumor confuso.
El marqués no era sordo; su sensibilidad
auditiva era la de los ancianos que oyen muy bien una escala de sonidos
moderados y de palabras articuladas, pero a los que un ruido, una mezcla de
voces aturde y molesta sin resultado.
Percibía inflexiones de voces y nada más; a
ratos las de una gruesa voz cascada, que parecía hacer un relato; a ratos un
estribillo de canción bruscamente interrumpido por acentos de amenaza, y luego
una voz clara que parecía burlarse o imitar a las demás y que provocaba una
tempestad de risas violentas y brutales.
A veces se oían monólogos bastante largos;
luego diálogos, y de pronto gritos de ira o de alegría que parecían rugidos.
Acaso aquella gente hablaba en un idioma que el marqués no conocía.
Se afirmaba en la idea de que había una
banda de truhanes o de titiriteros que vivía del merodeo y que dejaba pasar los
días crudos del invierno al amparo de aquella ruina, o acaso también que se
ocultaba después de alguna fechoría.
Las risas, los trajes extraños que se
dibujaban ante él como sombras chinescas, los largos discursos, los diálogos
animados se relacionaban acaso con algún estudio de arte burlesco.
«Si estuviera más cerca de ellos - pensó - ,
me podría divertir; un hombre nunca es mal acogido en una compañía, por muy
mala que ésta sea, cuando entra ofreciendo generosamente su bolsa.»
Y cogió su linterna, disponiéndose a bajar,
cuando las conversaciones, los cantos y las risas se cambiaron en gritos de
animales tan reales y tan perfectamente imitados, que aquello parecía un corral
alborotado. Eran el buey, el burro, el caballo, la cabra, el gallo, el pato y
el cordero gritando juntos. Luego todo quedó en silencio, como para escuchar
los ladridos de una jauría, el sonido del cuerno, todos los ruidos de una
cacería.
¿Se trataba de alguna comedia? ¿Ensayaban
los actores contemplándose sobre la pared? Sin embargo, no parecían simular una
acción relacionada con aquel alboroto.
En medio de todo aquello, un niño gritaba
con voz aguda, no se sabía si por hacer como los demás o asustado en su sueño,
y, Bois - Doré vio pasar la sombra de un cuerpecito que tenía movimientos de
mono. Luego una cabeza enorme, con una especie de casco empenachado, perfiló
sobre la pared iluminada una nariz grotesca; después pasó una cabeza cabelluda,
que parecía coronada por un birrete de cura y que conversaba con una larga
silueta, inmóvil como la de una estatua.
De pronto todos los ruidos cesaron
bruscamente y no se oyó más que un quejido sordo, que semejaba a un gemido de
sufrimiento y que Bois - Doré había oído continuamente como una nota dolorosa
en las pausas de aquella algarabía desenfrenada.
Cuando el tumulto se calmó, la sombra de un
crucifijo gigantesco trazó una cruz sobre el muro.
La luz pareció cambiar de sitio y la cruz se
hizo muy pequeña; luego desapareció, y una sola figura, muy netamente dibujada,
la reemplazó, mientras que una voz sepulcral recitaba con un tono monótono una
oración que parecía ser la de los agonizantes.
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