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- XLVI -
Cuando empezó la insoportable salmodia, Bois
- Doré, que había permanecido en su sitio, distraído por la diversión de
aquella fantasmagoría y aquellos ruidos extraños, sintió un frío que le hacía
castañetear los dientes.
Resuelto a ir a ver lo que ocurría, se
detuvo al darse cuenta de la evocación extraordinaria que le ofrecía la última
proyección.
Se iba precisando a medida que la plañidera
voz recitaba su lúgubre oración, y el marqués, fascinado, no podía apartar la
mirada de lo que veía.
Aquella cabeza tan característica por su
cabellera cortada a media melena, por la gola española que la encuadraba, por
sus rasgos acusados, de una delicadeza angulosa, y por la forma particular de
la barba y del bigote, era la de Alvimar, echada hacia atrás con la rigidez de
la muerte.
A lo primero, Bois - Doré se debatió contra
esta idea; pero al fin se apoderó de él como una obsesión, una certeza, una
emoción, un terror invencible.
Nunca había creído que los espectros
pudieran habérselas con él. Pensaba que, como nunca había matado a nadie por
venganza o por crueldad, estaba seguro de que ningún alma en pena le visitaría
jamás; pero, lo mismo que la mayoría de los hombres razonables de su tiempo, no
negaba la vuelta de los espíritus al mundo. ¡Tantas personas dignas de fe
contaban con detalles haber tenido apariciones!
«Alvimar ha muerto - pensó - ; he tocado sus
miembros yertos, he visto bajar del caballo su cuerpo ya rígido. Desde hace
varias semanas descansa bajo tierra, y, sin embargo, le veo aquí, yo que nunca
vi nada sobrenatural donde los demás veían fantasmas espantosos. ¿Sería ese
hombre, contra todas las apariencias, inocente del crimen del que le he acusado
y por el que le he castigado? ¿Es un reproche de mi conciencia? ¿Es una
fantasía de mi cerebro? ¿Es el
frío de estas ruinas que me invade y me perturba? Sea lo que sea, es
demasiado.»
Y, sintiendo el vértigo precursor de un
desfallecimiento, se arrastró hasta la escalera. Allí se repuso un poco y
afirmó sus pasos para bajar la espiral partida.
Pero cuando llegó al final, en lugar de
fortalecer sus ánimos y de intentar penetrar en las salas de la planta baja, no
quiso ya ni ver ni oír nada, y, presa de un terror invencible, se precipitó a
través del campo, confesándose a sí mismo su miedo y dispuesto a confesarlo
ingenuamente a cualquiera que le pidiese explicaciones.
Encontró al granjero, que más muerto que
vivo le esperaba en el puente.
Al permanecer allí para aguardarle, el buen
hombre había realizado un acto heroico. Se hallaba incapaz de decir o de
escuchar nada, y sólo al entrar en su casa con el marqués se atrevió a
interrogarle.
- ¡Qué!, mi pobre monsieur Silvain - dijo -
, supongo que habéis podido saciaros de ver sus llamaradas y de oír sus
rugidos. ¡Bien he creído que no os vería volver ya!
- Cierto es - dijo Bois - Doré, bebiendo un
vaso de vino que le ofrecía la granjera y que le pareció bastante oportuno en
aquel momento - que hay en esas ruinas algo que no es normal. No he encontrado
nada malo...
- ¡Cómo!, mi buen señor - dijo la gran
Catalina - . ¡Pero si estáis más blanco que vuestra chorrera! Calentaos, señor;
no vayáis a caer enfermo.
- La verdad es - contestó el marqués - que
he tenido frío y he creído ver cosas que acaso no he visto; pero el andar me
repondrá, y temo intranquilizar a los míos si tardase más en volver. Buenas
noches, amigos míos; ¡bebed a mi salud!
Pagó generosamente las atenciones de los
granjeros y se dirigió hacia su coche, que había vuelto a buscarle. Aristandre
se hallaba preocupado; pero como el marqués le aseguró que no le había ocurrido
nada malo, el buen carrocero se convenció de que Adamas no exageraba cuando
aseguraba que el señor tenía aún aventuras galantes.
- Debe de haber en ese cortijo - dijo en voz
baja a Clindor - alguna pastora de buen ver.
Y como su amo le prohibió que hablase de
aquella expedición, se confirmó en su idea.
En lugar de detenerse en Ars, el marqués
mandó que le condujesen directamente a Briantes. Estaba sorprendido y algo
avergonzado ya del momento de terror que le había impulsado a marcharse de
Brilbault sin haber averiguado nada.
«Si lo cuento - pensó - , se reirán de mí y
supondrán que los años me hacen chochear. Más vale que no diga nada de esto a
nadie; y como, después de todo, me tiene sin cuidado que Brilbault esté en
posesión de una banda de titiriteros o de brujos, buscaré para Lucilio otro
albergue más pacífico.»
A medida que se acercaba a su casa su
espíritu se interrogaba acerca de lo que había sentido.
Lo que le chocaba era que el miedo le
hubiese sorprendido en un momento en que nada le disponía a ello, sino cuando,
muy al contrario, se sentía predispuesto a reír de las bufonadas de aquellos
duendecillos y de la divertida singularidad de sus siluetas sobre la pared.
A consecuencia de estas reflexiones mandó a
Aristandre que se detuviese ante los prados Chambon y bajó a pie el corto
sendero que conducía a la cabaña de la jardinera llamada la Zancada.
Esta cabaña existe aún; está habitada por
hortelanos. Es una casita carcomida, con una torrecilla adosada y una
escalera de piedra. El
encantador vergel, cercado por vallados tupidos y zarzas locas, era, según se
decía, un regalo de monsieur de Bois - Doré a la Zancuda.
Encontró allí al fraile oblato que repartía
la pitanza del convento con su querida, quien a su vez dividía con él el vino y
las frutas de su jardín.
Sin embargo, aquella unión no era
ostensible; tomaban ciertas precauciones para que no les obligasen a casarse y
perder así el privilegio de inválido que Juan el Cojo disfrutaba en el convento
de los Carmelitas.
- No temáis nada, amigos míos - dijo el
marqués al sorprenderles - . Hay algunos secretos entre nosotros, y sólo os
quiero decir dos palabras...
- ¡A la orden, mi capitán! - contestó Juan
el Cojo, saliendo de debajo de la mesa, donde se había ocultado - . Os ruego me
perdonéis, pero no sabía quién venía, ¡y se dicen tantas cosas de mí!
- Muy injustas, seguramente - dijo el
marqués sonriendo - . Pero contéstame, amigo mío; no te he vuelto a ver desde
cierta aventura. Te he enviado una pequeña recompensa por mediación de Adamas,
a quien has jurado haber ejecutado fielmente mis órdenes. Como tenía esta noche
ocasión de hablarte sin testigos, he querido hacerlo para que me des algunos
detalles acerca de cómo hiciste mi encargo.
- ¿Cómo, mi capitán? No hay muchas maneras
de enterrar a un muerto, y he cumplido mi misión tan cristianamente como lo
hubiera hecho el prior de mi comunidad.
- No lo dudo, compañero. ¿Pero fuiste
prudente?
- ¿Mi capitán duda de mí? - exclamó el
inválido con una sensibilidad que se agudizaba en él, especialmente después de
cenar.
- No dudo de tu discreción, Juan, pero sí un
poco de tu habilidad para ocultar la sepultura. Porque hoy mis enemigos están
enterados de la muerte de monsieur de Alvimar, y, sin embargo, yo no puedo
dudar de la fidelidad de mis gentes ni de la tuya.
- ¡Ay!, señor marqués, vuestras gentes no
eran las únicas que conocían el secreto - observó juiciosamente la Zancuda - ;
las de monsieur de Ars han podido hablar; y además, ¿no buscabais aquella noche
a un hombre que queríais guardar y que se había escapado?
- Es verdad; es el único a quien acuso. No
vengo, amigos míos, a haceros reproches, sino a preguntaros dónde, cuándo y
cómo disteis sepultura a aquel cadáver.
- ¿Dónde? - dijo Juan el Cojo mirando a la
Zancuda - . En nuestro jardín, y si queréis ver el sitio...
- No me interesa. ¿Pero fue de noche
completamente o al amanecer?
- Sería a eso de las... dos o las tres de la
mañana - dijo el fraile oblato con cierta vacilación y mirando de nuevo a la
solterona, que parecía apuntarle las respuestas con los ojos.
- ¿Y nadie os vio? - siguió preguntado Bois -
Doré, examinando a los dos con atención.
Esta pregunta acabó de azorar al fraile
oblato, y el marqués sorprendió nuevas miradas de complicidad entre él y su
compañera.
Se convencía de que evidentemente temían
haber sido vistos y que, por miedo a que un testigo digno de fe les
contradijera, no se atrevían a dar detalles de cómo habían cumplido las
instrucciones del marqués.
Éste se levantó y repitió su pregunta con
aire de autoridad.
- ¡Ay!, mi buen señor - dijo la Zancuda
arrodillándose - ; perdonad a este pobre enfermo de cuerpo y de espíritu, que
acaso ha bebido demasiado esta noche y no sabe explicarse como es debido.
- Sí, perdonadme, mi capitán - añadió el
inválido aparentemente enternecido por el estado de su propio cerebro y arrodillándose
también.
- Amigos míos, me habéis engañado - dijo el
marqués resuelto a hacerles confesar - ; no habéis enterrado vosotros solos a
monsieur de Alvimar. Habéis tenido miedo o escrúpulos o repugnancia; habéis
avisado a monsieur Poulain...
- ¡No, señor, no! - exclamó la Zancuda con
energía - . No hubiéramos hecho nunca una cosa semejante sabiendo que monsieur
Poulain estaba en contra vuestra. Puesto que sabéis que no os hemos obedecido,
también debéis saber que no tenemos la culpa, y que el diablo en persona ha
intervenido.
- Contadme lo que ha ocurrido - dijo el
marqués - ; quiero saber si me decís la verdad.
La jardinera, persuadida de que el marqués
sabía más que ella misma, contó sinceramente lo que sigue:
«Cuando os marchasteis, mi querido señor,
nuestra primera ocupación fue llevar el muerto al jardín, donde le cubrimos con
un gran jergón; porque yo no tenía ganas de meterle aquí, ni me parecía que
fuese necesario. Confieso que le tenía mucho miedo y que si no hubiera sido por
vos, mi buen señor, no hubiera admitido semejante compañía.
«Juan me llamaba tonta y se reía mientras
apuraba su porrón de vino para preservarse contra el frío de la noche, según
decía él; pero yo creo que para distraer su espíritu de las ideas tristes que
siempre se le ocurren a uno a la vista de un muerto, por muy duro que se tenga
el corazón.
«También debo confesaros que la primera
ocupación de este pobre Juan, aquí presente, fue coger lo que había en los
bolsillos del muerto y en la maleta del caballo que le había traído... No nos
habíais dicho nada; pensábamos que eso nos correspondía en derecho, y nos
estuvimos aquí, contando el dinero sobre la mesa para devolvéroslo fielmente si
nos lo reclamabais alguna vez.
«Había una bolsa bastante grande llena de
oro, y Juan, que seguía bebiendo, se divertía mirando y manoseando el tesoro.
¡Qué queréis, señor! ¡Pobres gentes como nosotros! ¡Es cosa que emociona! Y
hacíamos proyectos acerca de la manera de emplear aquella fortuna. Juan quería
comprar una viña, y yo decía que más valía una huerta con muchos nogales que
produjesen, y así, medio riendo por vernos tan ricos, medio regañando por el
empleo de nuestro tesoro, nos olvidábamos del muerto, cuando el reloj dio las
cuatro de la mañana.
« - Ahora - le dije a este pobre Juan - ya
no tengo miedo, y como tú no eres muy ágil, a causa de tu pata de palo, te
quiero ayudar a cavar la fosa. Nunca he deseado el mal a ningún vivo; pero ya
que ese señor ha muerto, no deseo que resucite. Hay personas que al marcharse
de este mundo benefician a los que se quedan.
«Debo acusarme, mi querido señor; éstas eran
las únicas oraciones que este mal Juan y yo dedicábamos al difunto.
«Así es que cogimos la pala, volvimos los
dos al jardín y levantamos el jergón, bajo el que habíamos ocultado el cuerpo.
¿Pero cuál sería nuestro asombro, señor? ¡No había nada! ¡Nos habían robado
nuestro muerto!
«Nos pusimos a buscar y a revolverlo todo. ¡Nada,
señor, nada! Creíamos estar locos y haber soñado todo lo que había ocurrido
aquella noche, y vine corriendo para ver si el dinero no era una ilusión.
«Pues bien, señor, si no estuvierais aquí
para interrogarnos, podríamos creer que el diablo nos había hecho una mala
jugada; porque el cajón en el que yo había metido el dinero y las alhajas
estaba abierto, y todo había desaparecido de la casa, mientras estábamos en el
jardín, lo mismo que el muerto había desaparecido del jardín mientras estábamos
en la casa.»
Al terminar su relato, la Zancuda se lamentó
de la pérdida del dinero, y el fraile oblato, que esperaba una ocasión para
llorar, vertió lágrimas demasiado sinceras para que el marqués pudiese poner en
duda el doble y extraño robo de una bolsa llena y de un muerto difunto, según
decía la jardinera con tono doliente.
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