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- XLVII -
Ante aquel dúo de lamentaciones, el marqués
reflexionaba.
- Decidme, amigos míos - preguntó - : ¿no
visteis huellas de pasos en vuestro jardín y de fractura en vuestra casa?
- Al pronto no reparamos en nada - contestó
la Zancuda - ; estábamos demasiado emocionados. Pero ya de día, lo observamos
todo lo mejor que pudimos. En la casa no había nada extraordinario. Pudieron
entrar cuando nosotros volvimos la espalda; habíamos dejado la puerta y el
cajón abiertos y el dinero a la vista. ¡Ay!, nosotros tenemos la culpa.
- Entonces - observó el marqués - el muerto
no se marchó solo; y sus amigos no sólo cargaron con sus restos, sino también
con su dinero y sus alhajas.
- Yo creo, señor, que en la primera tarea no
intervinieron más que dos, y en la segunda uno solo, que ni aun debía de estar
de acuerdo con los otros. Porque sobre la puerta de nuestras platabandas vimos
la huella de cuatro pies que se dirigían hacia nuestro vallado, que está en la
dirección de Briantes, y aquellos pies parecían estar calzados con botas o
zapatos, mientras que en la arena del patio había como huellas de pies
descalzos, pies de niño, muy pequeños, que iban en dirección de la ciudad. Pero
como los caminos estaban llenos de agua, no pudimos ver nada fuera de nuestro
recinto.
Bois - Doré se hizo para sí el siguiente
razonamiento:
«Sancho, después de escaparse, nos habrá
seguido y observado. Luego habrá ido a ver a monsieur Poulain, quien habrá
enviado a alguien o habrá venido en persona con Sancho a buscar el cuerpo de
Alvimar para darle sepultura. La delación viene de esta parte; el rector no se
habrá atrevido, por razones que desconozco, a exponer el cadáver ante los ojos
de los feligreses y denunciarme públicamente. Acaso haya querido dar a Sancho
tiempo para huir. En cuanto al dinero, algún ladronzuelo habrá sorprendido las
idas y venidas, habrá escuchado detrás de las puertas y aprovechado la ocasión.
Esto me importa poco.»
Luego, después de haber reflexionado sobre
todas estas cosas y haber hecho varias preguntas que no dieron ninguna nueva
claridad, dijo:
- Amigos míos, cuando os trajimos aquí aquel
muerto sobre su caballo, os dejamos su maleta, sin más propósito que el de
apartar de nosotros todo lo que había pertenecido a nuestro enemigo. Pero como
al día siguiente se nos ocurrió pensar que podía haber en aquella maleta
papeles que nos interesasen, os los mandamos reclamar y contestasteis a Adamas
que no habíais encontrado más que un traje y una muda, pero ningún papel, ni
pergamino.
- Es la verdad, señor - contestó la
jardinera - , y podemos enseñaros la maleta tal como nos fue entregada. El ladrón
no la vio sobre la cama donde la habíamos dejado, o acaso no quiso cargar con
ella.
El marqués mandó que se la trajeran y
comprobó la verdad de lo que le habían dicho.
Sin embargo, al examinar y revolver aquel
objeto, le pareció descubrir una combinación de bolsillo oculto, que había
escapado a las pesquisas de sus huéspedes y que tuvo que descoser para abrirle.
Dentro de aquel bolsillo encontró unos
papeles, que se llevó, después de indemnizar a la jardinera y al inválido por
la pérdida que habían sufrido y de recomendarles el silencio hasta nueva orden.
Eran más de las once cuando el marqués entró en su gran casa.
Mario no dormía; estaba jugando con Lauriana
en la sala, porque no había querido acostarse sin haber visto a su padre.
Lucilio leía junto a la chimenea; las risas de los niños no le distraían
en su ocupación, pero aquella música lozana y encantadora, a la que su tierno
corazón y su oído melódico eran especialmente sensibles, mecía agradablemente
sus profundas meditaciones.
Desde que había representado el papel de
adivino en presencia del príncipe, los niños le llamaban el señor astrólogo y
le embromaban de palabra para hacerle sonreír. El amable sabio sonreía sin
abandonar el trabajo de su espíritu, porque la afabilidad de su carácter y la
dulzura de sus instintos permanecían en cierto modo unidas a su cuerpo y
hablaban a través de sus hermosos ojos italianos, aun cuando su alma viajaba
por las esferas celestes.
Adamas, que a pesar de su adoración por su
condesito se aburría hasta la melancolía en la ausencia de su divino marqués,
erraba por la escalera y el patio como un alma en pena, cuando oyó al fin el
trote ruidoso de Pimante y de Squilindre y el ruido de las piedras del camino,
molidas como nueces cascadas bajo las ruedas de la monumental carroza.
- ¡Ya llega el señor! - exclamó abriendo la
puerta del salón con tanto ruido y alegría como si la ausencia del marqués
hubiera durado un año, y corrió a la cocina para traer él mismo una especie de
ponche reconfortante, compuesto con vino y plantas aromáticas, sabia y
agradable bebida, cuyo secreto de fabricación se reservaba y a la que él
atribuía el buen semblante y la vigorosa salud de su viejo señor.
El buen Silvio besó cariñosamente a su hijo,
saludó tiernamente a su hija, estrechó la mano de su astrólogo, bebió el
cordial que le ofrecía su buen servidor y, después de haber contentado a todo
el mundo de este modo, metió sus largas piernas hasta casi dentro del fuego,
hizo colocar un veladorcito redondo a su lado y rogó a Lucilio que pasase la
vista por ciertos papeles que él traía mientras que Mario los iría traduciendo
como mejor pudiese y leyendo en alta voz.
Los papeles estaban escritos en español, en
forma de notas reunidas para una Memoria y atadas con una correa. No había ni
dirección, ni sello, ni firma.
Era una serie de datos oficiosos u oficiales
acerca del estado de los espíritus en Francia, de las disposiciones, supuestas
o sorprendidas, de varias personalidades más o menos importantes para la
política española, y de la opinión pública sobre el particular; en una palabra,
era una especie de trabajo diplomático bastante perfecto, aunque sin terminar,
y en parte en estado de borrador.
Se echaba de ver que Alvimar, de quien la
vida retraída y las largas escrituras habían parecido inexplicables durante su
breve estancia en Briantes, no había cesado de dar noticias a un príncipe,
ministro o protector, de una especie de misión secreta, muy hostil hacia
Francia y llena de aversión y de desprecio hacia los franceses de todas las
clases sociales con quienes había estado en relación.
Aquella crítica minuciosa no carecía de
ingenio y de interés. Alvimar tenía la inteligencia sutil y el razonamiento
espacioso. A falta de relaciones tan elevadas e íntimas como él las hubiera
deseado para el progreso de su fortuna y la importancia de su papel, tenía
habilidad para comentar cualquier nimiedad observada y para interpretar una
frase sorprendida o recogida al paso; una palabra, un ruido, una reflexión del
primer venido, él lo aprovechaba todo; y en aquel trabajo, a la vez pérfido y
pueril, se veía la tendencia irresistible y la satisfacción íntima de un alma
llena de odio, de envidia y de sufrimiento.
Lucilio, adivinando desde las primeras líneas el interés que ponía Bois
- Doré en la lectura de su hallazgo, buscó en las últimas páginas y encontró lo
que sigue, que Mario tradujo de corrido, casi sin vacilar y buscando con sus
hermosos ojos la mirada de su profesor al terminar cada frase, para cerciorarse
rápidamente, antes de proseguir, de que no había hecho ninguna falta:
«En cuanto al pr... de C... é, haré por llegar hasta él; he tenido informes de un eclesiástico
inteligente e intrigante que puede serme útil.
«Retened el nombre de Poulain, párroco de
Briantes. Es de Bourges y sabe muchas cosas, sobre todo acerca de dicho
príncipe, que es avaro y poco inteligente en materia de política; pero irá
donde le lleve la ambición. Se le podría engañar con grandes esperanzas y
utilizarle como se ha utilizado a los Guise, porque de Condé no tiene más que
el nombre y teme a todos y a todo.
«Por lo mismo, es más difícil conquistarle
de lo que parece. Su persona no vale para nada. Su nombre es aún un partido.
Con la esperanza de ser rey, está dispuesto a dar mucho a la muy santa I...,
sin perjuicio de volverse atrás si tal fuese su interés. Dícese que la idea de
suprimir al R... y a su hermano no le haría retroceder, y que, en caso
necesario, podría hacerse mucho por medio de este pobre espíritu y de este
brazo débil.
«Si sois de opinión de entretenerle con
estas ilusiones.. hacedlo saber a vuestro muy humilde...»
- ¡Está bien, está bien! - exclamó el marqués - . Aquí tenemos el medio de enemistar a nuestro
amigo Poulain con el príncipe, y a ambos con la memoria de nuestro querido
Alvimar. Bien sabe Dios que por mi gusto yo dejaría al difunto en paz; pero si
nos amenazan con vengarlo, le daremos a conocer a los buenos amigos que le
compadecen.
- Eso está muy bien - dijo la gentil madame
de Beuvre - ; pero con la condición de que podáis probar que estas notas son de
su puño y letra.
- Es verdad - dijo el marqués - ; de lo
contrario esto no vale nada. Pero Guillermo podrá sin duda proporcionarnos
alguna carta firmada por él.
- Es probable, y debéis ocuparos en seguida
de este asunto, mi querido marqués:
- Entonces - dijo Bois - Doré besándole la
mano, al darle las buenas noches, porque Lauriana se había levantado para
retirarse - mañana volveré a casa de Guillermo, y entre tanto guardemos
cuidadosamente nuestras pruebas y nuestros medios de defensa.
Al día siguiente, cuando el marqués se
despertó vio entrar en su cuarto a Lucilio, que le entregó una página escrita
por él.
El pobre mudo quería marcharse por algún
tiempo, para no atraer sobre su generoso amigo el peligro que les amenazaba a
los dos.
- ¡No, no! - exclamó Bois - Doré hondamente
conmovido - . No me causaréis el dolor de abandonarme. Bien probado tenéis que el
peligro está aplazado, y los apuntes de monsieur de Alvimar acaban de
tranquilizarme sobre mi asunto. En cuanto a vos, creed que después de haber
profetizado tan bien la muerte del favorito no tenéis nada que temer por parte
del príncipe. Además, sean cuales fueran los peligros que corráis aquí, creo
que en otro lado serían mayores, porque en este país puedo protegeros
eficazmente u ocultaros, según los acontecimientos que sobrevengan. No nos
preocupemos por lo desconocido, y si tenéis algún escrúpulo por aumentar los
trastornos de mi situación, pensad, en cambio, que sin vos la educación de
Mario quedaría incompleta y perdida. Pensad en el favor que me hacéis al transformar un niño amable en un hombre
de inteligencia y de corazón, y comprenderéis que ni mi fortuna ni mi vida
podrían pagar mi deuda hacia vos, porque ni la una ni la otra valen la ciencia
y la virtud que nos dais.
Después de haber, no sin trabajo, arrancado a su amigo el juramento de
no abandonar Briantes sin su consentimiento, el marqués se disponía a volver a
Ars, cuando vio llegar a Guillermo con monsieur Robin de Coulogne, muy
sorprendidos, éste por lo que acababa de contarle su aparcero Faraudet, y el
otro por no haber recibido la víspera por la noche la visita del marqués, que
sus gentes le habían anunciado.
Bois - Doré contó sinceramente la visión que
había tenido en Brilbault, afirmando que hasta el momento de la aparición del
perfil de Alvimar sobre la pared creía tener la seguridad de no haber soñado y
que aquel alboroto y aquellas sombras provenían de seres perfectamente reales.
Tuvo la mortificación de sorprender una
sonrisa incrédula sobre el rostro de sus dos auditores; pero cuando contó las
anteriores aventuras de la casa de la jardinera y enseñó las notas manuscritas
de Alvimar, vio a sus amigos ponerse serios y atentos.
- Mi querido primo - le dijo Guillermo - ,
en cuanto se relaciona con esas notas me será fácil probar su autenticidad,
proporcionándoos la escritura y la firma de monsieur de Alvimar. Os certifico,
entretanto, que estas hojas son de su puño y letra. Guardadlas en vuestros
archivos y esperad, para publicar la muerte de aquel traidor, a que vuelvan
oficialmente a pediros cuenta de ella.
Tal no fue el parecer de monsieur Robin.
Censuraba el silencio que habían guardado sobre aquel acontecimiento, las
precauciones que habían tomado para hacer desaparecer el cuerpo y el que
siguiesen con el mismo misterio en un momento en que los habitantes de la
localidad estaban bien dispuestos en favor del lindo Mario, conmovidos por el
relato de sus aventuras y prontos a maldecir de los cobardes asesinos de su
padre.
Bois - Doré hubiera seguido en el acto la
opinión de monsieur Robin de no habérselo impedido el temor a desagradar a
Guillermo, quien persistía en su primera idea.
- Mi querido vecino - dijo este último - ,
sería de vuestra opinión y me arrepentiría del consejo que di al marqués, sin
una reflexión que se me ocurre y que os ruego meditéis detenidamente: el
marqués no tiene por qué acusarse de haber matado a un hombre que acaso no ha
muerto.
Monsieur Robin y Bois - Doré hicieron un movimiento de sorpresa, y
Guillermo prosiguió:
- Tengo dos buenas razones para pensar y hablar así: la primera es que
se han llevado del jardín de la Zancuda a un hombre que, aun atravesado por una
buena estocada, podía muy bien no haber expirado; la segunda es que nuestro
marqués, cuyo valor está fuera de dudas, ha visto en Brilbault la cara de su
enemigo.
Monsieur Robin guardó silencio y reflexionó;
Bois - Doré recordó las escenas de la víspera, procurando darse cuenta de
ellas, prescindiendo de la turbación que había sentido; luego dijo:
- Si monsieur de Alvimar ha muerto, no ha
sido ni en el lugar del combate, en La Rochaille, ni en casa de la jardinera;
ha sido en Brilbault, y precisamente anoche. Ha muerto en no sé qué extraña y
brutal compañía, pero asistido por un cura, que podía ser monsieur Poulain, y
cuidado por un criado, que podía ser el viejo Sancho. Las sombras confusas que
he visto no ofrecían nada que contradiga estas suposiciones, y lo que he
distinguido de la manera más clara y más absoluta es una cruz tan bien dibujada
como la de un blasón, y, bajo el brazo derecho de aquella cruz, el rostro
delgado y como descarnado de monsieur de Alvimar. Aquel rostro parecía al
principio estar algo agitado, mientras una voz salmodiaba una oración
mortuoria; al mismo tiempo yo seguía oyendo los débiles suspiros que había oído
ya durante la bacanal. Luego el quejido cesó y la faz pareció tornarse de piedra,
como si sus rasgos se endureciesen sobre la pared que me ofrecía su reflejo. La
cabeza no estaba ya inclinada, sino echada hacia atrás, y entonces...
- ¿Entonces qué? - preguntó Guillermo.
- Entonces - prosiguió ingenuamente el
marqués - me volví tonto y débil, y huí para no ver ya nada.
- Pues sea lo que sea, y haya lo que haya -
dijo monsieur Robin - , vamos a examinar y a revolver esas ruinas de arriba
abajo, si es menester, para ver lo que ocultan y qué gentes cobijan.
Guillermo opinó que debía irse al caer la
tarde y con muchas precauciones, a fin de sorprender el objeto de las
misteriosas reuniones.
Faraudet había dado a monsieur Robin datos
precisos sobre la hora en que empezaba el alboroto, y ya que los extraños ruidos
no eran pura imaginación de aldeanos asustados, su regularidad y su obstinación
hacían suponer un sistema adoptado para sembrar terror y explotarlo en provecho
de algún interés. Monsieur Robin notó, además, por los relatos del aparcero,
que la fantasmagoría no se producía en Brilbault más que desde hacía dos meses,
es decir, aproximadamente desde la época en que, según Guillermo y el marqués,
había tenido lugar la muerte de Alvimar.
- Todo esto - dijo - me trae a la memoria
que el día de mi última llegada a Coudray, la semana pasada, encontré en mi
camino a gentes de malas trazas, que no me parecieron ni aldeanos, ni soldados,
ni burgueses, y me sorprendió no conocerles. Preguntad a vuestros criados si en
estos últimos tiempos no han tenido encuentros semejantes en vuestros
arrabales.
Llamaron a varios criados. Los de Bois -
Doré y los de Guillermo coincidieron en declarar que desde hacía una semana
habían visto rondar por los bosques y los caminos poco frecuentados de Varenne
ciertos tipos sospechosos, y se habían preguntado lo que aquellos forasteros
podían buscar en lugares tan desiertos.
Entonces se acordaron de que en los cortijos
y en los corrales de los pueblos vecinos se habían cometido robos bastante
numerosos; en fin, en las ferias y los mercados de las ciudades cercanas la
cara de La Fleche había vuelto a aparecer en compañía de otros rostros
heteróclitos. Al menos creían poder afirmar que un titiritero fanfarrón y
charlatán, disfrazado de varias maneras, era el mismo que había rondado entre
Briantes y la Motte Seully, durante varios días, en la época del encuentro de
Mario.
Como consecuencia de estos informes
supusieron que se trataba de vagabundo y bandidos de los más desconfiados y
astutos, y se concertaron para apoderarse de su secreto sin llamar su atención.
Convinieron separarse en el acto, porque
bien podía ser que aquellas gentes se hubiesen dado cuenta de la visita del
marqués a Brilbault y que tuviesen espías en acecho detrás de los matorrales de
los caminos.
Guillermo volvería a su casa a buscar un
buen número de criados y fingiría marcharse a Bourges.
Monsieur Robin permanecería en el Coudray
con los suyos hasta la hora convenida.
Bois - Doré iría a emboscarse por el lado de
Thevet, y Jovelin por el de Lourouer.
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