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- XLVIII -
Al caer la noche, los criados y los
vasallos, dirigidos por los cuatro jefes, formarían en el campo un círculo que
se estrecharía bruscamente, como se hace para cazar lobos; cada uno había de
calcular el tiempo que necesitaba, dado su punto de partida, para llegar en el
momento de cercar el castillo de Brilbault.
Fijaron este momento para las diez de la
noche. Hasta entonces marcharían silenciosamente, evitando, en lo posible, el
ser vistos; dejarían pasar a todo el que se dirigiese hacia Brilbault; pero
desde las diez en adelante detendrían a todo el que intentase salir.
Se prohibió matar o herir a nadie, a menos
de ser atacados seriamente, porque el objeto principal era hacer prisioneros y
así conseguir revelaciones.
También quedó convenido que cada cual
partiría aisladamente, y fueron asignados los puestos, siguiendo los
conocimientos estratégicos que Guillermo y el marqués poseían de todos los alrededores.
Guillermo se separaría de sus gentes en la
Berthenoux y éstas se diseminarían a lo largo del Ignerai. Monsieur Robin iría
solo a casa de su aparcero; entretanto sus gentes franquearían por veinte
caminos distintos la pequeña distancia que separa Coudray y Brilbault, cuidando
guardar toda la línea de Saint - Chartier.
Por su parte, Bois - Doré iría a dar un
paseo a Montlevic y desde allí se dirigiría solo hacia el lugar de la cita, de
la misma manera que sus dos amigos, para evitar toda sospecha en cualquiera que
observase sus movimientos.
Después de tomar todas las disposiciones
podían contar, para obrar con seguridad, con un centenar de hombres fornidos y
listos. Bois - Doré aportaba aproximadamente unos cincuenta, a pesar de dejar una
docena de buenos servidores para guardar su castillo y su gentil huéspeda
Lauriana.
Para que los supuestos espías le creyesen
ajeno a cualquier proyecto referente a Brilbault, el marqués llevó consigo a
Mario hasta el castillo de Montlevic, como si fuesen a hacer una visita a sus
jóvenes vecinos.
Los Orsanne eran nietos de Antonio de
Orsanne, antiguo calvinista y teniente general del Berry.
El marqués y Mario pasaron una hora en su
casa; luego Bois - Doré encargó a Aristandre que condujese a su hijo a
Briantes, y montó a caballo para ir a Etalié, que es una aldea situada en el
camino de La Châtre a Thevet, en la cima de una altura llamada Terrier.
Mario, intrigado por estas precauciones,
quiso acompañarle; pero él le contestó que iba a cenar a casa de Guillermo de
Ars y que volvería temprano.
El niño montó, suspirando, en su caballito;
presentía alguna aventura, y, a fuerza de vivir entre hidalgos, el gentil
aldeano de los Pirineos se había vuelto hidalgo también, en el sentido novelesco
y caballeresco que el buen marqués atribuía aún a este título.
Conocida es la maravillosa facilidad con que
la infancia se modifica y se transforma siguiendo la tendencia del ambiente en
el que se halla trasplantada. Mario soñaba ya con hermosas proezas guerreras,
con gigantes que él mataría y con damiselas cautivas que libertaría.
Intentó insistir a su manera, obedeciendo
sin murmurar, pero levantando sus hermosos ojos, tiernos y persuasivos, hacia
el anciano, que le adoraba.
- No, mi querido conde - contestó Bois -
Doré, que comprendía perfectamente su silenciosa súplica - ; no puedo dejar
sola, de noche, en mi castillo a la amable joven que me han confiado. Pensad
que es vuestra hermana y vuestra dama, y cuando yo me veo forzado a ausentarme,
vuestro sitio está junto a ella para servirla, y, en caso necesario, para
defenderla.
Mario se rindió ante tan halagadora
hipérbole, y, picando espuelas, volvió a encaminarse al galope hacia Briantes.
Aristandre le seguía con la orden de volver
junto al marqués tan pronto como hubiera dejado al niño en el castillo.
La noche era, como la de la víspera,
bastante suave para la temporada. El cielo, a ratos nublado y a ratos esclarecido por tibias ráfagas,
estaba bastante sombrío en el momento en que el joven jinete y su servidor
entraron en la torrentera y pasaron bajo los viejos árboles de la aldea.
Subían rápidamente uno de los tortuosos
caminitos bordeados por altas zarzas, que hacían oficio de calles entre los
treinta o cuarenta fuegos que componían aquella aldea, cuando el caballo de
Mario, que iba delante, dio una espantada, resoplando aceleradamente.
- ¿Qué es esto? - dijo el niño, que
permaneció firme sobre su silla - . ¿Algún borracho dormido a través del
camino? Levántale, Aristandre, y condúcele a su casa.
- Señor conde - contestó el carrocero, que
había echado rápidamente pie a tierra - , si está borracho, puede decirse que
lo está en grande, porque parece un tronco.
- ¿Te ayudo? - preguntó el niño apeándose
del caballo.
Se acercó e intentó ver el rostro de aquel
vasallo, que no contestaba a ninguna pregunta de Aristandre.
- Yo no sé si este hombre es del lugar -
dijo el carrocero con su cachaza acostumbrada - ; pero lo que sí sé, a fe mía,
es que, si no está muerto, poco le falta.
- ¡Muerto! - exclamó el niño - . ¿Aquí, en
medio del pueblo, y sin que nadie haya pensado en socorrerle?
Corrió hacia la cabaña más próxima y la
encontró desierta; la lumbre ardía y el puchero abandonado hervía, salpicando
las cenizas; en medio de la habitación había un banco caído.
Mario llamó en vano; nadie contestó.
Se disponía a correr hacia otra casa, porque
todas estaban separadas entre sí por recintos bastantes vastos, llenos de
árboles, cuando de pronto disparos y rumores extraños, que dominaban el ruido
producido por las patas de su caballo sobre las piedras del camino, le hicieron
estremecerse y detener bruscamente su montura.
- ¿Oís, señor conde? - exclamó Aristandre,
que había dejado al muerto al borde del camino y había vuelto a montar a
caballo para reunirse con su joven señor - . Ese ruido viene del
castillo, y con toda seguridad ocurre allí algo raro.
- ¡Corramos! - dijo
Mario, poniendo de nuevo su caballo al galope - . ¡Si es una fiesta, mucho
ruido hacen!
- ¡Esperad,
esperad! - gritó el carrocero redoblando su velocidad para detener el caballo
de Mario - ; eso no es una fiesta. No puede haber fiesta en el castillo sin vos y sin el señor marqués. ¿Es
una batalla! ¿Oís los gritos y los juramentos?
Y mirad: ¡otro hombre muerto o
malherido al pie de la muralla! ¡Apartaos,
señor; ocultaos por el amor de Dios! Corro a ver lo que ocurre y vuelvo a
decíroslo.
- ¡Tú bromeas! - exclamó Mario desasiéndose
- . ¿Ocultarme mientras asaltan el castillo de mi padre?... ¡Y mi
Lauriana! ¡Cerramos a
defenderla!
Se precipitó sobre el puente levadizo, que
estaba bajado, cosa extraña después de caer la tarde.
Al resplandor de un haz de paja que ardía
ante los edificios del cortijo Mario distinguió confusamente una escena
incomprensible.
Los vasallos del marqués luchaban cuerpo a
cuerpo con una banda numerosa de seres cornudos, erizados, relucientes, que más
parecían demonios que hombres. De vez en cuando sonaban disparos de escopeta o
de pistola; pero no se trataba de un combate en regla, sino de una refriega a
consecuencia de alguna brusca y desagradable sorpresa. Veíanse grupos furiosos
retorcerse y abrazarse en un instante y desaparecer de pronto en las tinieblas
cuando la hoguera se obscurecía bajo nubes de humo.
Mario, sujeto por el carrocero, no podía
precipitarse en la pelea. Se debatía en vano, llorando de rabia.
Al fin tuvo que atender a razones.
-
Veis, señor - le decía el buen Aristandre - , impedís que yo vaya a echar una
mano. Y mi puño vale por cuatro. Pero tengo que responder de vos, y ni el
demonio haría que os soltase, como no me juréis que permaneceréis tranquilo.
- Entonces ve - dijo Mario - , te lo juro.
- Pero si os quedáis aquí, a la vista de
cualquiera... ¡Mirad! Os voy a ocultar en el jardín.
Y, sin esperar el consentimiento del
niño, el coloso le levantó del caballo y le llevó al jardín, cuya puerta se
abría a mano izquierda, cerca de la torre de entrada. Le encerró y corrió a mezclarse en la refriega.
Por muy áridos que sean estos detalles, nos
vemos obligados, para la comprensión de lo que sigue, a recordar al lector la
disposición del pequeño castillo de Briantes. Si se recuerda muchos antiguos
solares, construídos sobre el mismo plano y que existen aún sin grandes
modificaciones, podrá representarse el castillo en cuestión.
Suponed que entramos pasando por el puente
levadizo, bajado sobre la primera línea de fosos; detengámonos un instante en
este sitio.
La compuerta está levantada; examinemos este
sistema.
Era una especie de rastrillo menos pesado y
menos costoso que el de hierro. Se componía de una serie de estacas móviles,
independientes unas de otras y que accionaban, lo mismo que el rastrillo, en la
arcada de la torre de entrada. Hacía falta más tiempo para poner en movimiento
el mecanismo de estas compuertas que el del rastrillo de una sola pieza; pero
ofrecía la ventaja de que una sola persona, colocada en el cuarto de maniobras,
bastaba para alzar una de las estacas, y, en caso necesario, dar paso a un
fugitivo sin ofrecer a los sitiadores una entrada demasiado espaciosa.
El cuarto de maniobras era una sala o
galería dentro de la torre de entrada, encima de la bóveda, con unos huecos que
permitían también tirotear a los sitiadores o arrojarles proyectiles cuando
habían logrado franquear el foso y romper la compuerta y un nuevo combate se
entablaba bajo la bóveda.
El cuarto de maniobras se comunicaba con una
especie de terraza con celosías y almenas, que coronaba el arco del rastrillo
en la parte exterior de la torre.
Desde allí se arrojaban balas y piedras
sobre el enemigo para impedirle llegar a la compuerta.
La torre de entrada de Briantes, que tenía
estos medios de defensa, se elevaba al borde del foso. Le daban el nombre de
torre de la puerta, para distinguirla de la torre del postigo, de la que
hablaremos luego. La puerta daba entrada a un vasto recinto, que comprendía el
cortijo, el palomar, la halconera, etc..., al que llamaban invariablemente el
corral, y estaba siempre situado más bajo que el nivel del patio.
A la izquierda se extendía el muro elevado
del jardín, agujereado de trecho en trecho por troneras, detrás de las que se
podía también, en caso de una sorpresa, tirotear al enemigo, cuando éste se
había adueñado del corral.
Un camino empedrado conducía en línea recta,
a lo largo de este muro, al segundo recinto, donde el segundo foso, alimentado
por el riachuelo, se juntaba con el estanque, situado al extremo del patio.
Sobre este foso, bordeado por su
contraescarpa, cubierta de hierba, había un puente fijo, es decir, un puente de
piedra muy antiguo y que formaba un recodo con relación a la torre de entrada.
Esta disposición era general en la Edad
Media; ciertos arqueólogos la explican diciendo que así los arqueros
sitiadores, al alzar los brazos para tirar, descubrían sus flancos a los arqueros
sitiados. Otros dicen que aquel recodo rompía forzosamente el ímpetu del
asalto. Lo mismo da.
La torre del postigo cerraba este puente y
el patio. Tenía un pequeño rastrillo de hierro y fuertes puertas de encina
guarnecidas con enormes cabezas de clavos.
Era, con el foso, la única defensa
del castillo propiamente dicho.
El marqués había
tenido el capricho de echar abajo la torre de sus abuelos y reemplazarla por el
pabellón al que llamaban la gran casa, porque pensaba, y con razón, que ni con
fortaleza ni con finca de recreo su casa hubiera podido resistir una hora
contra el más insignificante ataque. Pero el foso profundo, los pequeños falconetes colocados a cada lado del
postigo, y las ventanas, con sus troneras mirando al corral, eran capaces de
resistir bastante tiempo contra los débiles medios de ataque de que podían
disponer los bandidos o los vecinos hostiles. Por una costumbre de lujo más que
de prudencia, el castillo estaba siempre bien provisto de víveres y de
municiones.
Añadiremos que los fosos y las murallas, en
perfecto estado, lo cercaban todo, incluso el jardín, y si Aristandre hubiera
tenido tiempo para reflexionar, hubiera llevado a Mario al pueblo, fuera del
corral, en lugar de llevarle a aquel jardín, que lo mismo podía ser para él una
prisión que un refugio.
Pero no se piensa en todo, y Aristandre no
podía suponer que no fuese cosa fácil y rápida arrojar al enemigo fuera de la
plaza.
El buen hombre no brillaba por su
inteligencia; fue una suerte para él el que las figuras fantásticas y realmente
espantosas que se ofrecieron ante sus miradas sorprendidas no le hubiesen
perturbado. Era tan crédulo como el que más, y se sintió perplejo, pero sin
dejar de correr; después de matar a uno o dos, se hizo el razonamiento filosófico
de que aquellos extraños seres eran chusma y nada más.
Mario, arrimado a la verja del jardín y
jadeante de ardor y de emoción, no tardó en perderle de vista.
El almiar incendiado se había derrumbado; la
batalla tenía lugar en la obscuridad; solamente algunos ruidos confusos
permitían al niño seguir las peripecias de la acción.
Supuso que la intervención del robusto y
bravo Aristandre devolvía valor a los defensores del castillo; pero después de
unos momentos de incertidumbre, largos como siglos, le pareció que los
agresores ganaban terreno, que los gritos y los pasos retrocedían hasta el
puente, y tras un breve instante de silencio oyó un disparo y la caída de un
cuerpo al río.
Pocos segundos después el rastrillo del
postigo cayó estrepitosamente y una descarga de los falconetes hizo retroceder,
con vociferaciones horribles, a los sitiadores, que se hallaban ya sobre el
puente.
La primera parte del incomprensible drama
había terminado; los sitiados se habían encerrado en el patio y los invasores
eran dueños del corral.
Mario estaba solo; Aristandre estaba muerto
sin duda, puesto que le abandonaba en medio, al menos cerca, de enemigos que de
un momento a otro podían derribar la verja, hacer irrupción en el jardín y
apoderarse de él.
No había medio de huir sin escalar la verja
y sin arriesgarse a caer en manos de aquellos monstruos. El jardín no tenía
salida más que al corral, y no comunicaba con el castillo.
Mario sintió miedo; después, la idea de la
muerte de Aristandre, y acaso de algún otro leal servidor, hizo fluir sus
lágrimas, y el recuerdo de su pobre caballito, al que había dejado suelto a la
entrada del patio, aumentó su pena.
Lauriana y Mercedes estaban sin duda en
seguridad, y debía de haber todavía mucha gente entorno suyo, puesto que un
silencio desolador reinaba por el lado de la aldea, lo que probaba que bichos y
gentes se habían apresurado a refugiarse en el recinto para recibir al enemigo,
amparados por las murallas. Según la costumbre de la época, a la menor alarma,
los vasallos iban a buscar y a llevar a la vez ayuda y socorro al castillo
señorial. Acudían con sus familias y sus ganados.
- Pero si Lauriana y mi morisca sospechan
que estoy aquí - pensaba el pobre Mario - , ¡qué intranquilas deben de estar!
Tengo la esperanza de que crean que no he vuelto. Y mi buen Adamas estoy seguro
de que está como loco. ¡Con tal de que no le hayan hecho prisionero!
Sus lágrimas corrían silenciosamente; se
hallaba acurrucado en un matorral de tejos tallados y no se atrevía ni a
asomarse a la verja, por temor a ser visto por el enemigo, ni a alejarse, por
no perder de vista lo que distinguía de la escena de confusión que reinaba en el
corral.
Oía los lamentos de los sitiadores
alcanzados por la metralla de los falconetes. Los habían transportado al
cortijo, y sin duda allí había también moribundos y heridos del partido de los
sitiados, porque Mario distinguía inflexiones de voces que parecían reproches y
amenazas. Pero todo aquello era confuso; desde el jardín hasta el cortijo había
una distancia bastante grande; además, el riachuelo, crecido por las lluvias
invernales, hacía ya mucho ruido.
Los sitiados acababan de levantar las esclusas
y las palas del estanque, para engrosar las aguas del foso y hacer su corriente
más rápida.
Una claridad se elevaba de la puerta del
castillo; sin duda los del patio habían encendido también una hoguera para
verse, contarse y organizar la defensa. La de los sitiados no proyectaba ya más
que un reflejo rojizo, a través del que Mario vio flotar rápidamente sombras
indecisas.
Después oyó un ruido de pasos y voces que se
acercaban, y creyó que iban a explorar el jardín.
Permaneció inmóvil y vio delante de la
verja, por fuera, a dos personajes singularmente ataviados, que se dirigían
hacia la torre de entrada.
Contuvo su respiración y pudo oír el
siguiente trozo de diálogo:
- ¡Esos perros malditos no llegarán antes
que él!
- ¡Mejor! Tendremos mayor parte.
- ¡Imbéciles! Creéis poder apoderaros
solos...
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