|
- XLIX -
Las voces se perdieron, pero Mario las había
reconocido. Eran las de La
Fleche y del viejo Sancho.
A pesar de que tal descubrimiento no tuviera nada de tranquilizador, el
valor le volvió de pronto.
El asunto de la Rochaille no había podido
quedar oculto mucho tiempo para el niño, y éste comprendía que el asesino de su
padre, el ciego instrumento de Alvimar, tenía que ser en adelante el más
encarnizado enemigo del nombre de Bois - Doré; pero la intervención de La
Fleche le hizo concebir la esperanza de que los auxiliares de Sancho fuesen los
gitanos, antiguos compañeros de miseria del niño errante.
Pensó, con razón, que aquellos vagabundos
habían debido de asociarse con otros bandidos más determinados; pero todo esto
le pareció menos temible que una expedición en regla, ordenada por las
autoridades de la provincia, según hubiera podido temerse, y cruzó por su mente
la idea de llamar a La Fleche y conquistar sus favores. Pero al recordar el
aire brutal y sombrío con que el gitano le había hablado unos meses antes en
aquel mismo sitio la desconfianza le volvió.
Entonces se puso a reflexionar acerca de las
palabras que acababa de oír. Se dio cuenta de que tenía necesidad de toda su
lucidez para comprenderlas, y, dado el caso, sacarles todo el partido posible.
Sin duda los invasores esperaban un refuerzo
que no llegaba todo lo pronto que Sancho hubiera deseado. «No llegarán antes
que él.» Ese él no podía ser más que el marqués, cuyo regreso temían. «¡Mejor!
Tendremos mayor parte»; esto indicaba en La Fleche la esperanza del saqueo. «Imbéciles, creéis poder apoderaros
solos...» (evidentemente del castillo) era una confesión de la impotencia de
los sitiadores para llevar a cabo el sitio de la casa.
Y Mario, que había distinguido rostros
embadurnados, enmascarados, horribles, grotescos, disfraces empleados por los
gitanos sin duda para asustar a los aldeanos del pueblo y del cortijo y que le
habían asustado a él también a pesar de su valor, estaba más tranquilizado por
tenérselas que haber con granujas de carne y hueso y no con seres fantásticos y
peligros inexplicables.
Como por el momento no podía hacer más que
permanecer inmóvil, esperó que las voces y los pasos se alejaran de la verja
para alejarse a su vez y buscar un refugio contra el frío de la noche en una de
las casetas del jardín.
Pensó que el laberinto, cuyos caminos él
conocía tan perfectamente, le permitiría escapar por unos instantes a la
eventualidad de una persecución, y entró en él, dirigiéndose con certeza hacia
la pequeña cabaña llamada por metáfora el Palacio de Astrée.
Apenas había entrado cuando le pareció oír
un ruido de pasos en la arena del paseo circular.
Escuchó.
- Serán hojas secas, arrastradas por el
viento - pensó - , o algún bicho del cortijo que huye hacia aquí. ¿Pero
entonces la verja del jardín está abierta? ¡Y yo estoy perdido! ¡Dios mío!
¡Tened compasión de mí!
Pero el ruido era tan leve, que Mario se
abrevio a mirar a través de la hiedra que tapizaba su albergue y vio un pequeño
ser que rondaba indeciso como para buscar un refugio en el mismo lugar.
Mario no había tenido tiempo de cerrar la
puerta de la cabaña; aquel ser entró y le dijo en voz baja:
- ¿Estás ahí, Mario?
- ¿Eres tú, Pilar? - exclamó el niño
sorprendido y con un sentimiento de alegría al reconocer a su amiguita, a la
que había creído muerta.
Pero añadió tristemente:
- ¿Me buscas para entregarme?
- ¡No, no, Mario! - contestó ella - .
Quiero huir de La Fleche. Sálvame, mi Mario; sufro demasiado con ese hombre
maldito.
- ¿Y cómo podría salvarte cuando no sé cómo
salvarme yo?... Vete de aquí, o quédate sin mí, mi pobre Pilar; porque esos
bandidos, al buscarte, me encontrarán también.
- No, no. La Fleche cree que me he
quedado allí con el muerto.
- ¿Qué muerto?
- Le llaman Alvimar.
Ha muerto la otra noche y le han enterrado esta mañana.
- Tú sueñas... o yo no comprendo. ¡No importa!
¿Te has escapado?
- Sí; yo sabía que venían aquí a coger tu
castillo y tu tesoro; he bajado a gatas por una ventana muy chiquitita y he seguido
a la banda desde lejos. Esperaba que matarían a La Fleche y a los granujas que
no han querido nunca tener compasión de mí.
- ¿Qué granujas?
- Los titiriteros que ya conoces y muchos
más a quienes no conoces y que han venido a reunirse con ellos. Te aseguro que
bien me han hecho sufrir en Brilbault.
- ¿Qué es Brilbault? ¿No es una casucha
cerca de...?
- No sé. Yo no salía nunca. Ellos
correteaban todo el día y me dejaban sola con el herido, que no acababa de
morirse, y con su viejo criado, que me aborrecía porque pretendía que yo le
daba la mala sombra al señor e impedía que se curase. Bien hubiera yo querido
que se muriera antes, porque yo también aborrecía a esos españoles. Y les he
echado muchas maldiciones. Al fin, el más joven ha muerto en medio de aquellos
locos que bebían, cantaban y gritaban toda la noche y no me dejaban dormir. Por
eso estoy enferma; siempre tengo fiebre...; acaso sea mejor; así no tengo
hambre.
- ¡Pobrecilla! Toma todo el dinero que llevo
encima. Si puedes escaparte, te servirá; pero aunque yo no comprenda nada de lo
que me cuentas, me parece que has hecho una locura al venir aquí, en lugar de
huir lejos de La Fleche, y me temo que estés de acuerdo con él para...
- No, no, Mario, guarda tu dinero; y si crees
que te quiero entregar, ve a ocultarte en otro sitio, que yo no te seguiré. No
soy mala contigo, Mario. No quiero a nadie más que a ti en el mundo. He venido
porque creía que mientras se estuviesen batiendo yo podría entrar en tu
castillo y quedarme contigo. Pero tus aldeanos han tenido demasiado miedo; han
matado a vinos; los otros se han refugiado en el patio. Tus criados se han
defendido bien, pero no han sido los más fuertes. Yo estaba escondida debajo de
unas tablas, junto al muro del jardín, por dentro. Lo veía todo por una
rendija. Te he visto entrar en el patio a caballo; he visto que un hombre
enorme te encerraba aquí. Al pronto no te reconocía con tus lindos trajes; pero
cuando has venido a esta casita he reconocido tu paso y te he seguido.
- Y ahora ¿qué vamos a hacer? ¿Escondernos
lo mejor que sea posible en este jardín, donde sin duda vendrán a registrar?
- ¿Qué quieres que vengan a hacer en un jardín? Bien saben que en invierno no hay frutas que
robar. Además, esos malditos han encontrado ya para comer y beber en los
grandes edificios que hay allí; ¿es la granja, verdad? Ya sé yo lo primero que
hacen cuando entran en una casa que no está guardada. No necesito verlos. Matan
a los animales y los ensartan; vacían las cubas, derriban las puertas de los
armarios; llenan sus bolsillos, sus sacos y sus vientres. Dentro de una hora
estarán todos locos, se pelearán y se maltratarán los unos a los otros. ¡Ah! Si
el tonto de tu criado no nos hubiera encerrado aquí, no nos sería difícil
marcharnos. Pero el muro de este jardín tendrá sin duda algún agujero por donde
se pueda pasar el cuerpo. Yo soy muy chiquita y tú no eres gordo. A veces,
gateando por un árbol, se llega a lo alto del muro. ¿Es que ya no sabes gatear
y saltar, Mario?
- Sí; pero sé que no hay ni agujero ni árbol
que nos pueda servir. Hay un estanque que bordea el patio; pero todavía no sé
nadar. Desde que estoy aquí ha hecho demasiado frío para que haya podido
aprender. Hay una lancha que nos podían mandar desde el castillo si supieran
que estamos aquí. ¿Pero cómo nos van a ver? Es ya demasiado de noche. Tampoco
pueden oírnos. La esclusa hace demasiado ruido. ¡Ah!, mi pobre Aristandre ha
sido hecho prisionero o muerto, puesto que...
- ¡No, no, mi condecito! - dijo desde fuera
una voz sonora que se esforzaba en hacerse misteriosa - . Aristandre está aquí;
os busca y os oye.
- ¡Ah, mi querido carrocero! - exclamó Mario
echando los brazos alrededor de la enorme cabeza que pasaba por la lumbrera
baja del reducido local - . ¡Eres tú! ¡Pero qué mojado estás, Dios mío! ¿Es
sangre?
- No, ¡a Dios gracias!; es agua - contestó
Aristandre - ; agua muy fría; pero no he tragado nada, afortunadamente para mí.
He sido empujado, empujado a pesar mío, hasta el puente, por nuestros diablos
de aldeanos, que retrocedían para entrar en el patio. Me he dado cuenta de que
yo también me iba a ver obligado a entrar y que ya no podría salir para venir a
reunirme con vos. Entonces he disparado mi último tiro y me he arrojado al río.
¡Demonio de río! Creí que no saldría ya de sus aguas, tanto más cuanto que
desde el castillo han disparado sobre mí, tomándome por un enemigo. En fin, ya
estoy aquí. Hace un cuarto de hora que os estoy buscando; ya me suponía que
estaríais en el escondrijo - Aristandre llamaba así al laberinto - ; pero hace
diez años que le conozco, y todavía me pierdo en él. Vaya, hay que salir de
aquí. ¿Pero con quién diablos estáis?
- Con alguien a quien también hay que
salvar: una niña desgraciada.
- ¿De la aldea? ¡Bah! No me importa;
se la salvará si se puede. ¡Vos
primero! Voy a ver lo que ocurre en el corral; quedaos aquí y hablad quedo.
Aristandre volvió al cabo de pocos momentos.
Estaba preocupado.
- No es fácil salir - dijo a los niños en
voz baja - . ¡Ah! ¡Esos aldeanos! ¡Hace falta ser torpes para dejar tomar el
cortijo! Y si ahora que los granujas están en plena borrachera se hiciese una
salida, se podría hacer una matanza como si fuesen cerdos. Parecen demonios,
pero yo aseguro que son personas disfrazadas, verdadera chusma. ¡Oid cómo
gritan y cantan!
- Pues aprovechémonos de su embriaguez -
dijo Mario - ; crucemos este trozo de patio en el que acaso no haya nadie y
lleguemos corriendo a la torre de la puerta.
- ¡Ah!, sí, claro; pero los granujas se han
encerrado. Bien saben ellos
que el señor marqués puede llegar durante la noche, y entonces tendría que
poner el sitio ante su propia puerta.
- ¡Sí! - exclamó Mario - ; por eso he visto a Sancho ir en esa dirección
con La Fleche.
- ¿Sancho? ¿La Fleche? ¿Los habéis
reconocido? ¡Ah! ¡Buenas ganas se me pasan de ir yo solo a entendérmelas con
esos famosos jefes!
- No, no - dijo Pilar - . Son más fuertes y
más malos de lo que creéis.
- Pero si se han limitado a cerrar la
puerta, nosotros la podemos volver a abrir - dijo Mario, que reflexionaba más
rápidamente que el carrocero - . Y si han dejado guardianes... pues entre los
dos, Aristandre, podemos intentar matarlos para pasar. ¿Vacilas? No hay más
remedio, amigo mío. Hay que ir corriendo a avisar a mi padre. Si no, los
nuestros, ya que están asustados, pueden dejar tomar el castillo. Cuando los
granujas se hayan saciado intentarán prenderle fuego. ¿Quién sabe lo que puede ocurrir?
Vaya, vaya, carrocero, amigo mío - añadió el valiente niño desenvainando su
pequeña espada - , coge una maza, una estaca, un árbol, cualquier cosa y
¡adelante!
- Esperad, esperad, mi lindo señor -
contestó Aristandre - ; pero aquí hay herramientas; dejadme buscar. Bueno,
ya tengo una pala; no, es un pico. Lo prefiero; con esto no temo a nadie. Pero ¿sabéis dónde está vuestro
padre?
- No; tú me conducirás.
- Si salgo del apuro, sí; si no, tendréis
que ir solo. ¿Sabéis dónde está Etalié?
- Sí; ya he ido. Conozco el camino.
- ¿Y la hostería
del Gallo Rojo?
- También; he estado dos veces. No es difícil
encontrarla. Es la única casa de aquel lugar. ¿Y qué?
- Vuestro padre estará allí hasta las diez de
la noche. Si llegáis tarde, id a Brilbault; allí lo encontraréis.
- ¿En la parte baja de Coudray?
- Sí; allí estará con los suyos. La caminata es larga. ¿Podréis hacer
tanto camino a pie?
- Yo iré en seguida a Brilbault - dijo Pilar
- . Conozco el camino; de allí vengo.
- ¡Sí! - exclamó el carrocero - . Ve, niña;
avisarás a monsieur Robin. ¿Le conoces? ¿Tú no eres de aquí?
- No importa. Ya lo encontraré.
- O a monsieur de Ars. ¿Te acordarás?
- Le conozco; le he visto una vez.
- Entonces, andando. ¡Ah! monsieur Mario, ¡si
pudiera echar mano a vuestro caballito! Iríais más de prisa y sin necesidad de
fatigaros.
- Sé correr - dijo Mario - . No pienses en
el caballo; es inútil.
- Un momento - prosiguió Aristandre - , y fijaos
bien. El puente está alzado. ¿Sabéis bajarle? ¡No pesa nada!
- Es muy fácil.
- Pero el rastrillo está bajado. Sin
embargo, no os preocupéis. Voy a subir a la sala de maniobras. Si hay gente, peor
para ellos. No os entretengáis en esperarme. ¡Pasad, corred, volad! Si la
estaca cae sobre la niña, peor para ella; no será vuestra la culpa ni mía. ¡A
la gracia de Dios! Corred; ya os alcanzaré.
- Pero si te...
Mario se detuvo con el corazón oprimido.
- ¿Si me matan, queréis decir? Pues por mucho
que lo sintáis, no remediaríais nada ya. Si me compadecéis, perderéis la cabeza
y las piernas; no debéis pensar más que en correr.
- No, amigo mío; son muchos peligros para
ti. Quedémonos escondidos aquí.
- ¡Y mientras que estamos escondidos, pueden
abrasar a madame Lauriana, a vuestra Mercedes, a Adamas... y a mis pobres
caballos que están ahí dentro!... Bueno, voy yo solo. Cuando el paso esté
libre, entonces saldréis...
- Vamos, vamos - dijo Mario - . ¡Todo por
Lauriana y Mercedes!
Se disponía a precipitarse fuera del jardín,
pero Pilar lo detuvo.
- Ten cuidado - le dijo - , porque yo sé que
van a venir otros malditos. Si los encuentras, escóndete bien, porque los
botones de tu traje relucen de noche como si fuesen brillantes, y para
apoderarse de tus ropas te matarán.
- ¡Una idea! - exclamó Mario - . Voy a
ponerme mis harapos de cuando era pobre, que están aquí.
El lector no habrá olvidado el trofeo
campestre, sentimental y filosófico, que se colgó con gran ceremonia en la
cabaña.
Mario lo descolgó rápidamente, y en dos
minutos, arrojando al suelo el raso, el terciopelo y los galones de que estaba
cubierto, revistió su antiguo indumento; hecho esto, se dirigió hacia la puerta
sigilosamente y sin decir una palabra.
Ya fuera del jardín, no les quedaba por
recorrer más que unos cincuenta pasos a lo largo del muro... Los salvaron, si
no sin peligro, al menos sin obstáculo, bajo el ruido de las risas, las
blasfemias, los gritos y los cantos broncos que partían del cortijo. La torre
de entrada estaba sombría y silenciosa. Aristandre colocó a los dos niños junto
al rastrillo. Mario, delante, tocando la última estaca de la izquierda. Luego
cogió con su mano, la del niño, para que éste cogiese el rastrillo de la cadena
que mantenía el puente alzado.
Se trataba solamente de sacar aquel anillo
del gancho clavado en la muralla.
El hablar hubiera sido peligroso. En torno
de ellos, en la escalera, sobre sus cabezas, podía y debía de haber centinelas
dormidos o distraídos.
Mario no podía estrechar las manos del
carrocero con las suyas, porque ya sujetaba el anillo libre y la cadena
tendida. Llevó a sus labios aquella mano ruda y depositó sobre ella un beso
silencioso; acaso era una despedida eterna.
Aristandre se sintió profundamente
conmovido, pero desasió bruscamente su gruesa mano como para decir: «Vaya, no
penséis más que en vos», y haciendo vivamente la señal de la cruz en las
tinieblas subió resueltamente la escalera, breve y pina, de la galería de
maniobras.
- ¿Quién vive? - gritó una voz sorda, que
Mario reconoció en seguida por ser la de Sancho.
Y como el carrocero seguía subiendo y
llegaba al lado izquierdo de la galería, la voz añadió:
- ¿Contestarás, palurdo? ¿Estás borracho?
Contesta o tiro sobre ti.
No había transcurrido un minuto cuando se
oyó un disparo; pero la estaca estaba alzada; Mario soltó la cadena, se
precipitó sobre el puente y huyó sin volver la cabeza.
Le pareció que gritaban «¡Alerta!» y que una
bala pasaba silbando junto a sus oídos; pero hasta tal punto estaba
trastornado, que no oyó la detonación.
Al hallarse fuera del alcance de las balas,
se apoyó contra un árbol, sintiéndose desfallecer ante el pensamiento de lo que
debía de ocurrir entre el pobre Aristandre y los centinelas enemigos.
Oyó grandes clamores en la torre, y como un ruido de golpes contra la
piedra. Era que Aristandre hacía con sin azadón el molinete en la obscuridad;
pero el carrocero guardaba silencio, a fin de pasar por un gitano borracho, y
Mario, intentando en vano distinguir su voz en medio de las demás, perdía la
esperanza y al mismo tiempo el valor para huir sin él.
El pobre niño pensaba tan poco en sí mismo,
que ni siquiera se estremeció al sentir que le oprimían un brazo.
Era Pilar, que había corrido más que él y que volvía atrás para
buscarle.
- ¿Pero qué haces aquí? - le preguntó - .
Vamos, aprovechemos el tiempo mientras le están matando. Cuando hayan acabado
con él correrán detrás de nosotros.
La espantosa sangre fría de la gitanita
horrorizó a Mario. Había sido educada entre escenas de violencia y de matanza,
y casi ya no sabía lo que era miedo; ¡ni siquiera sospechaba la piedad!
Pero por una extraña y rápida asociación de
ideas, Mario pensó en Lauriana, y toda la energía de que un niño puede ser
capaz volvió a animar su corazón.
Reanudó su carrera, y después de indicar a Pilar
que le siguiese por el camino de abajo, se dirigió hacia el que sube a las
mesetas del Chaumois.
A los diez pasos cayó por haber tropezado
con un objeto atravesado en el camino. Era el segundo cadáver que Aristandre lo
había enseñado a la ida y que no había tenido tiempo de examinar.
Al verse sobre aquel muerto, Mario se sintió
inundado por un sudor frío. ¡Acaso era Adamas! Tuvo el valor de tocarle, y
después de cerciorarse de que el traje era de aldeano, se echó de nuevo a
correr.
La vista del cielo pálido sobre la
llanura desnuda le devolvió un poco la tranquilidad; la obscuridad le ahogaba;
pero en aquella llanura un nuevo terror le esperaba.
Una forma incolora e indecisa parecía errar
entre los surcos. Iba hacia él; intentó evitarle; le seguía. ¿Sería algún
animal que le perseguiría? Todas las leyendas de las veladas de aldea acerca de
la perra blanca y del duendecillo que gritaba: «¡Roberto ha muerto!» asaltaron
a su memoria.
Pero de pronto el animal relinchó y se
acercó lo bastante para ser reconocido. Era el caballito de Mario, que le había
adivinado desde lejos y volvía a ofrecerse a él.
- ¡Ay! ¡Mi pobre Coquet! - exclamó el niño
acariciándole las crines - . ¡Qué a punto vienes! ¿Y me reconoces tú,
pobrecito, a pesar de estos trajes que no has visto nunca? ¿Has tenido mucho
miedo en esa horrible batalla? ¿Te has escapado antes de que alzasen el puente
y estás comiendo cardos secos en lugar de avena? Vamos, vamos; los dos
comeremos cuando tengamos tiempo.
Mientras charlaba en esta forma con su
caballo, Mario arreglaba el estribo, algo estropeado por los matorrales. Luego
montó y partió como una flecha.
Dejémosle correr y volvamos a Briantes,
donde la situación de los sitiados nos causa cierta inquietud.
|