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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo II
    • - XLIX -
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 - XLIX -

   Las voces se perdieron, pero Mario las había reconocido. Eran las de La Fleche y del viejo Sancho.

 

   A pesar de que tal descubrimiento no tuviera nada de tranquilizador, el valor le volvió de pronto.

 

   El asunto de la Rochaille no había podido quedar oculto mucho tiempo para el niño, y éste comprendía que el asesino de su padre, el ciego instrumento de Alvimar, tenía que ser en adelante el más encarnizado enemigo del nombre de Bois - Doré; pero la intervención de La Fleche le hizo concebir la esperanza de que los auxiliares de Sancho fuesen los gitanos, antiguos compañeros de miseria del niño errante.

 

   Pensó, con razón, que aquellos vagabundos habían debido de asociarse con otros bandidos más determinados; pero todo esto le pareció menos temible que una expedición en regla, ordenada por las autoridades de la provincia, según hubiera podido temerse, y cruzó por su mente la idea de llamar a La Fleche y conquistar sus favores. Pero al recordar el aire brutal y sombrío con que el gitano le había hablado unos meses antes en aquel mismo sitio la desconfianza le volvió.

 

   Entonces se puso a reflexionar acerca de las palabras que acababa de oír. Se dio cuenta de que tenía necesidad de toda su lucidez para comprenderlas, y, dado el caso, sacarles todo el partido posible.

 

   Sin duda los invasores esperaban un refuerzo que no llegaba todo lo pronto que Sancho hubiera deseado. «No llegarán antes que él.» Ese él no podía ser más que el marqués, cuyo regreso temían. «¡Mejor! Tendremos mayor parte»; esto indicaba en La Fleche la esperanza del saqueo. «Imbéciles, creéis poder apoderaros solos...» (evidentemente del castillo) era una confesión de la impotencia de los sitiadores para llevar a cabo el sitio de la casa.

 

   Y Mario, que había distinguido rostros embadurnados, enmascarados, horribles, grotescos, disfraces empleados por los gitanos sin duda para asustar a los aldeanos del pueblo y del cortijo y que le habían asustado a él también a pesar de su valor, estaba más tranquilizado por tenérselas que haber con granujas de carne y hueso y no con seres fantásticos y peligros inexplicables.

 

   Como por el momento no podía hacer más que permanecer inmóvil, esperó que las voces y los pasos se alejaran de la verja para alejarse a su vez y buscar un refugio contra el frío de la noche en una de las casetas del jardín.

 

   Pensó que el laberinto, cuyos caminos él conocía tan perfectamente, le permitiría escapar por unos instantes a la eventualidad de una persecución, y entró en él, dirigiéndose con certeza hacia la pequeña cabaña llamada por metáfora el Palacio de Astrée.

 

   Apenas había entrado cuando le pareció oír un ruido de pasos en la arena del paseo circular.

 

   Escuchó.

 

   - Serán hojas secas, arrastradas por el viento - pensó - , o algún bicho del cortijo que huye hacia aquí. ¿Pero entonces la verja del jardín está abierta? ¡Y yo estoy perdido! ¡Dios mío! ¡Tened compasión de mí!

 

   Pero el ruido era tan leve, que Mario se abrevio a mirar a través de la hiedra que tapizaba su albergue y vio un pequeño ser que rondaba indeciso como para buscar un refugio en el mismo lugar.

 

   Mario no había tenido tiempo de cerrar la puerta de la cabaña; aquel ser entró y le dijo en voz baja:

 

   - ¿Estás ahí, Mario?

 

   - ¿Eres tú, Pilar? - exclamó el niño sorprendido y con un sentimiento de alegría al reconocer a su amiguita, a la que había creído muerta.

 

   Pero añadió tristemente:

 

   - ¿Me buscas para entregarme?

 

   - ¡No, no, Mario! - contestó ella - . Quiero huir de La Fleche. Sálvame, mi Mario; sufro demasiado con ese hombre maldito.

 

   - ¿Y cómo podría salvarte cuando no cómo salvarme yo?... Vete de aquí, o quédate sin mí, mi pobre Pilar; porque esos bandidos, al buscarte, me encontrarán también.

 

   - No, no. La Fleche cree que me he quedado allí con el muerto.

 

   - ¿Qué muerto?

 

   - Le llaman Alvimar. Ha muerto la otra noche y le han enterrado esta mañana.

 

   - Tú sueñas... o yo no comprendo. ¡No importa! ¿Te has escapado?

 

   - Sí; yo sabía que venían aquí a coger tu castillo y tu tesoro; he bajado a gatas por una ventana muy chiquitita y he seguido a la banda desde lejos. Esperaba que matarían a La Fleche y a los granujas que no han querido nunca tener compasión de mí.

 

   - ¿Qué granujas?

 

   - Los titiriteros que ya conoces y muchos más a quienes no conoces y que han venido a reunirse con ellos. Te aseguro que bien me han hecho sufrir en Brilbault.

 

   - ¿Qué es Brilbault? ¿No es una casucha cerca de...?

 

   - No . Yo no salía nunca. Ellos correteaban todo el día y me dejaban sola con el herido, que no acababa de morirse, y con su viejo criado, que me aborrecía porque pretendía que yo le daba la mala sombra al señor e impedía que se curase. Bien hubiera yo querido que se muriera antes, porque yo también aborrecía a esos españoles. Y les he echado muchas maldiciones. Al fin, el más joven ha muerto en medio de aquellos locos que bebían, cantaban y gritaban toda la noche y no me dejaban dormir. Por eso estoy enferma; siempre tengo fiebre...; acaso sea mejor; así no tengo hambre.

 

   - ¡Pobrecilla! Toma todo el dinero que llevo encima. Si puedes escaparte, te servirá; pero aunque yo no comprenda nada de lo que me cuentas, me parece que has hecho una locura al venir aquí, en lugar de huir lejos de La Fleche, y me temo que estés de acuerdo con él para...

 

   - No, no, Mario, guarda tu dinero; y si crees que te quiero entregar, ve a ocultarte en otro sitio, que yo no te seguiré. No soy mala contigo, Mario. No quiero a nadie más que a ti en el mundo. He venido porque creía que mientras se estuviesen batiendo yo podría entrar en tu castillo y quedarme contigo. Pero tus aldeanos han tenido demasiado miedo; han matado a vinos; los otros se han refugiado en el patio. Tus criados se han defendido bien, pero no han sido los más fuertes. Yo estaba escondida debajo de unas tablas, junto al muro del jardín, por dentro. Lo veía todo por una rendija. Te he visto entrar en el patio a caballo; he visto que un hombre enorme te encerraba aquí. Al pronto no te reconocía con tus lindos trajes; pero cuando has venido a esta casita he reconocido tu paso y te he seguido.

 

   - Y ahora ¿qué vamos a hacer? ¿Escondernos lo mejor que sea posible en este jardín, donde sin duda vendrán a registrar?

 

   - ¿Qué quieres que vengan a hacer en un jardín? Bien saben que en invierno no hay frutas que robar. Además, esos malditos han encontrado ya para comer y beber en los grandes edificios que hay allí; ¿es la granja, verdad? Ya yo lo primero que hacen cuando entran en una casa que no está guardada. No necesito verlos. Matan a los animales y los ensartan; vacían las cubas, derriban las puertas de los armarios; llenan sus bolsillos, sus sacos y sus vientres. Dentro de una hora estarán todos locos, se pelearán y se maltratarán los unos a los otros. ¡Ah! Si el tonto de tu criado no nos hubiera encerrado aquí, no nos sería difícil marcharnos. Pero el muro de este jardín tendrá sin duda algún agujero por donde se pueda pasar el cuerpo. Yo soy muy chiquita y tú no eres gordo. A veces, gateando por un árbol, se llega a lo alto del muro. ¿Es que ya no sabes gatear y saltar, Mario?

 

   - Sí; pero que no hay ni agujero ni árbol que nos pueda servir. Hay un estanque que bordea el patio; pero todavía no nadar. Desde que estoy aquí ha hecho demasiado frío para que haya podido aprender. Hay una lancha que nos podían mandar desde el castillo si supieran que estamos aquí. ¿Pero cómo nos van a ver? Es ya demasiado de noche. Tampoco pueden oírnos. La esclusa hace demasiado ruido. ¡Ah!, mi pobre Aristandre ha sido hecho prisionero o muerto, puesto que...

 

   - ¡No, no, mi condecito! - dijo desde fuera una voz sonora que se esforzaba en hacerse misteriosa - . Aristandre está aquí; os busca y os oye.

 

   - ¡Ah, mi querido carrocero! - exclamó Mario echando los brazos alrededor de la enorme cabeza que pasaba por la lumbrera baja del reducido local - . ¡Eres tú! ¡Pero qué mojado estás, Dios mío! ¿Es sangre?

 

   - No, ¡a Dios gracias!; es agua - contestó Aristandre - ; agua muy fría; pero no he tragado nada, afortunadamente para mí. He sido empujado, empujado a pesar mío, hasta el puente, por nuestros diablos de aldeanos, que retrocedían para entrar en el patio. Me he dado cuenta de que yo también me iba a ver obligado a entrar y que ya no podría salir para venir a reunirme con vos. Entonces he disparado mi último tiro y me he arrojado al río. ¡Demonio de río! Creí que no saldría ya de sus aguas, tanto más cuanto que desde el castillo han disparado sobre mí, tomándome por un enemigo. En fin, ya estoy aquí. Hace un cuarto de hora que os estoy buscando; ya me suponía que estaríais en el escondrijo - Aristandre llamaba así al laberinto - ; pero hace diez años que le conozco, y todavía me pierdo en él. Vaya, hay que salir de aquí. ¿Pero con quién diablos estáis?

 

   - Con alguien a quien también hay que salvar: una niña desgraciada.

 

   - ¿De la aldea? ¡Bah! No me importa; se la salvará si se puede. ¡Vos primero! Voy a ver lo que ocurre en el corral; quedaos aquí y hablad quedo.

 

   Aristandre volvió al cabo de pocos momentos. Estaba preocupado.

 

   - No es fácil salir - dijo a los niños en voz baja - . ¡Ah! ¡Esos aldeanos! ¡Hace falta ser torpes para dejar tomar el cortijo! Y si ahora que los granujas están en plena borrachera se hiciese una salida, se podría hacer una matanza como si fuesen cerdos. Parecen demonios, pero yo aseguro que son personas disfrazadas, verdadera chusma. ¡Oid cómo gritan y cantan!

 

   - Pues aprovechémonos de su embriaguez - dijo Mario - ; crucemos este trozo de patio en el que acaso no haya nadie y lleguemos corriendo a la torre de la puerta.

 

   - ¡Ah!, sí, claro; pero los granujas se han encerrado. Bien saben ellos que el señor marqués puede llegar durante la noche, y entonces tendría que poner el sitio ante su propia puerta.

 

   - ¡Sí! - exclamó Mario - ; por eso he visto a Sancho ir en esa dirección con La Fleche.

 

   - ¿Sancho? ¿La Fleche? ¿Los habéis reconocido? ¡Ah! ¡Buenas ganas se me pasan de ir yo solo a entendérmelas con esos famosos jefes!

 

   - No, no - dijo Pilar - . Son más fuertes y más malos de lo que creéis.

 

   - Pero si se han limitado a cerrar la puerta, nosotros la podemos volver a abrir - dijo Mario, que reflexionaba más rápidamente que el carrocero - . Y si han dejado guardianes... pues entre los dos, Aristandre, podemos intentar matarlos para pasar. ¿Vacilas? No hay más remedio, amigo mío. Hay que ir corriendo a avisar a mi padre. Si no, los nuestros, ya que están asustados, pueden dejar tomar el castillo. Cuando los granujas se hayan saciado intentarán prenderle fuego. ¿Quién sabe lo que puede ocurrir? Vaya, vaya, carrocero, amigo mío - añadió el valiente niño desenvainando su pequeña espada - , coge una maza, una estaca, un árbol, cualquier cosa y ¡adelante!

 

   - Esperad, esperad, mi lindo señor - contestó Aristandre - ; pero aquí hay herramientas; dejadme buscar. Bueno, ya tengo una pala; no, es un pico. Lo prefiero; con esto no temo a nadie. Pero ¿sabéis dónde está vuestro padre?

 

   - No; tú me conducirás.

 

   - Si salgo del apuro, sí; si no, tendréis que ir solo. ¿Sabéis dónde está Etalié?

 

   - Sí; ya he ido. Conozco el camino.

 

   - ¿Y la hostería del Gallo Rojo?

 

   - También; he estado dos veces. No es difícil encontrarla. Es la única casa de aquel lugar. ¿Y qué?

 

   - Vuestro padre estará allí hasta las diez de la noche. Si llegáis tarde, id a Brilbault; allí lo encontraréis.

 

   - ¿En la parte baja de Coudray?

 

   - Sí; allí estará con los suyos. La caminata es larga. ¿Podréis hacer tanto camino a pie?

 

   - Yo iré en seguida a Brilbault - dijo Pilar - . Conozco el camino; de allí vengo.

 

   - ¡Sí! - exclamó el carrocero - . Ve, niña; avisarás a monsieur Robin. ¿Le conoces? ¿Tú no eres de aquí?

 

   - No importa. Ya lo encontraré.

 

   - O a monsieur de Ars. ¿Te acordarás?

 

   - Le conozco; le he visto una vez.

 

   - Entonces, andando. ¡Ah! monsieur Mario, ¡si pudiera echar mano a vuestro caballito! Iríais más de prisa y sin necesidad de fatigaros.

 

   - correr - dijo Mario - . No pienses en el caballo; es inútil.

 

   - Un momento - prosiguió Aristandre - , y fijaos bien. El puente está alzado. ¿Sabéis bajarle? ¡No pesa nada!

 

   - Es muy fácil.

 

   - Pero el rastrillo está bajado. Sin embargo, no os preocupéis. Voy a subir a la sala de maniobras. Si hay gente, peor para ellos. No os entretengáis en esperarme. ¡Pasad, corred, volad! Si la estaca cae sobre la niña, peor para ella; no será vuestra la culpa ni mía. ¡A la gracia de Dios! Corred; ya os alcanzaré.

 

   - Pero si te...

 

   Mario se detuvo con el corazón oprimido.

 

   - ¿Si me matan, queréis decir? Pues por mucho que lo sintáis, no remediaríais nada ya. Si me compadecéis, perderéis la cabeza y las piernas; no debéis pensar más que en correr.

 

   - No, amigo mío; son muchos peligros para ti. Quedémonos escondidos aquí.

 

   - ¡Y mientras que estamos escondidos, pueden abrasar a madame Lauriana, a vuestra Mercedes, a Adamas... y a mis pobres caballos que están ahí dentro!... Bueno, voy yo solo. Cuando el paso esté libre, entonces saldréis...

 

   - Vamos, vamos - dijo Mario - . ¡Todo por Lauriana y Mercedes!

 

   Se disponía a precipitarse fuera del jardín, pero Pilar lo detuvo.

 

   - Ten cuidado - le dijo - , porque yo que van a venir otros malditos. Si los encuentras, escóndete bien, porque los botones de tu traje relucen de noche como si fuesen brillantes, y para apoderarse de tus ropas te matarán.

 

   - ¡Una idea! - exclamó Mario - . Voy a ponerme mis harapos de cuando era pobre, que están aquí.

 

   El lector no habrá olvidado el trofeo campestre, sentimental y filosófico, que se colgó con gran ceremonia en la cabaña.

 

   Mario lo descolgó rápidamente, y en dos minutos, arrojando al suelo el raso, el terciopelo y los galones de que estaba cubierto, revistió su antiguo indumento; hecho esto, se dirigió hacia la puerta sigilosamente y sin decir una palabra.

 

   Ya fuera del jardín, no les quedaba por recorrer más que unos cincuenta pasos a lo largo del muro... Los salvaron, si no sin peligro, al menos sin obstáculo, bajo el ruido de las risas, las blasfemias, los gritos y los cantos broncos que partían del cortijo. La torre de entrada estaba sombría y silenciosa. Aristandre colocó a los dos niños junto al rastrillo. Mario, delante, tocando la última estaca de la izquierda. Luego cogió con su mano, la del niño, para que éste cogiese el rastrillo de la cadena que mantenía el puente alzado.

 

   Se trataba solamente de sacar aquel anillo del gancho clavado en la muralla.

 

   El hablar hubiera sido peligroso. En torno de ellos, en la escalera, sobre sus cabezas, podía y debía de haber centinelas dormidos o distraídos.

 

   Mario no podía estrechar las manos del carrocero con las suyas, porque ya sujetaba el anillo libre y la cadena tendida. Llevó a sus labios aquella mano ruda y depositó sobre ella un beso silencioso; acaso era una despedida eterna.

 

   Aristandre se sintió profundamente conmovido, pero desasió bruscamente su gruesa mano como para decir: «Vaya, no penséis más que en vos», y haciendo vivamente la señal de la cruz en las tinieblas subió resueltamente la escalera, breve y pina, de la galería de maniobras.

 

   - ¿Quién vive? - gritó una voz sorda, que Mario reconoció en seguida por ser la de Sancho.

 

   Y como el carrocero seguía subiendo y llegaba al lado izquierdo de la galería, la voz añadió:

 

   - ¿Contestarás, palurdo? ¿Estás borracho? Contesta o tiro sobre ti.

 

   No había transcurrido un minuto cuando se oyó un disparo; pero la estaca estaba alzada; Mario soltó la cadena, se precipitó sobre el puente y huyó sin volver la cabeza.

 

   Le pareció que gritaban «¡Alerta!» y que una bala pasaba silbando junto a sus oídos; pero hasta tal punto estaba trastornado, que no oyó la detonación.

 

   Al hallarse fuera del alcance de las balas, se apoyó contra un árbol, sintiéndose desfallecer ante el pensamiento de lo que debía de ocurrir entre el pobre Aristandre y los centinelas enemigos.

 

   Oyó grandes clamores en la torre, y como un ruido de golpes contra la piedra. Era que Aristandre hacía con sin azadón el molinete en la obscuridad; pero el carrocero guardaba silencio, a fin de pasar por un gitano borracho, y Mario, intentando en vano distinguir su voz en medio de las demás, perdía la esperanza y al mismo tiempo el valor para huir sin él.

 

   El pobre niño pensaba tan poco en sí mismo, que ni siquiera se estremeció al sentir que le oprimían un brazo.

 

   Era Pilar, que había corrido más que él y que volvía atrás para buscarle.

 

   - ¿Pero qué haces aquí? - le preguntó - . Vamos, aprovechemos el tiempo mientras le están matando. Cuando hayan acabado con él correrán detrás de nosotros.

 

   La espantosa sangre fría de la gitanita horrorizó a Mario. Había sido educada entre escenas de violencia y de matanza, y casi ya no sabía lo que era miedo; ¡ni siquiera sospechaba la piedad!

 

   Pero por una extraña y rápida asociación de ideas, Mario pensó en Lauriana, y toda la energía de que un niño puede ser capaz volvió a animar su corazón.

 

   Reanudó su carrera, y después de indicar a Pilar que le siguiese por el camino de abajo, se dirigió hacia el que sube a las mesetas del Chaumois.

 

   A los diez pasos cayó por haber tropezado con un objeto atravesado en el camino. Era el segundo cadáver que Aristandre lo había enseñado a la ida y que no había tenido tiempo de examinar.

 

   Al verse sobre aquel muerto, Mario se sintió inundado por un sudor frío. ¡Acaso era Adamas! Tuvo el valor de tocarle, y después de cerciorarse de que el traje era de aldeano, se echó de nuevo a correr.

 

   La vista del cielo pálido sobre la llanura desnuda le devolvió un poco la tranquilidad; la obscuridad le ahogaba; pero en aquella llanura un nuevo terror le esperaba.

 

   Una forma incolora e indecisa parecía errar entre los surcos. Iba hacia él; intentó evitarle; le seguía. ¿Sería algún animal que le perseguiría? Todas las leyendas de las veladas de aldea acerca de la perra blanca y del duendecillo que gritaba: «¡Roberto ha muertoasaltaron a su memoria.

 

   Pero de pronto el animal relinchó y se acercó lo bastante para ser reconocido. Era el caballito de Mario, que le había adivinado desde lejos y volvía a ofrecerse a él.

 

   - ¡Ay! ¡Mi pobre Coquet! - exclamó el niño acariciándole las crines - . ¡Qué a punto vienes! ¿Y me reconoces tú, pobrecito, a pesar de estos trajes que no has visto nunca? ¿Has tenido mucho miedo en esa horrible batalla? ¿Te has escapado antes de que alzasen el puente y estás comiendo cardos secos en lugar de avena? Vamos, vamos; los dos comeremos cuando tengamos tiempo.

 

   Mientras charlaba en esta forma con su caballo, Mario arreglaba el estribo, algo estropeado por los matorrales. Luego montó y partió como una flecha.

 

   Dejémosle correr y volvamos a Briantes, donde la situación de los sitiados nos causa cierta inquietud.

 

 

 




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