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Cuando Mario y Aristandre llegaron a
Briantes, no hacía aún un cuarto de hora que los bandidos habían efectuado su
brusca aparición.
Lauriana se disponía a sentarse a la mesa
cuando se oyeron gritos confusos y tiros en la aldea. Podemos, siguiendo la
costumbre del país, decir el burgo, puesto que aquella reducida colonia estaba
antiguamente fortificada; pero el viejo muro galorromano se hallaba derribado
por más de veinte sitios hasta el nivel del suelo, sin que desde hacía mucho tiempo
se hubiese tomado nadie el trabajo de ponerle puertas.
Al pronto, los habitantes del castillo, e
incluso los de la granja, tomaron aquellos ruidos por los de una cacería dada
por los aldeanos contra alguna presa importante extraviada en su recinto; pero
aquel tumulto no tardó en adquirir un carácter más alarmante.
Cada cual se armó con lo que tuvo a mano, y
los labriegos, blandiendo sus mayales, acudieron a la torre de entrada. Pero en
el mismo momento fueron rechazados y paralizados por los habitantes del burgo,
que habían llegado de todas partes y se hallaban reunidos en las cercanías del
puente; en su espanto, entorpecían y derribaban a los que acudían en su
auxilio.
La banda de invasores no se componía más que
de unos cincuenta hombres, seguidos por mujeres y niños; pero recordemos que el
marqués había puesto en armas y enviado al ataque de Brilbault a todos los
hombres robustos y valerosos de su pequeño dominio; por lo tanto, en aquel
momento, la población sorprendida por los bandidos se componía de mujeres y
niños, de ancianos inválidos y de adolescentes enclenques.
La aparición de las horribles caretas
revestidas por aquellos bandidos produjo el efecto que se habían propuesto. Un
pánico general se apoderó de los aldeanos y el miedo no les dejó más fuerza que
la necesaria para impedir a los buenos servidores del castillo avanzar al
encuentro del enemigo.
Uno de los muertos que Mario había
encontrado en medio del camino era un muchacho enfermo que cayó y fue aplastado
bajo los pies de los fugitivos; el otro, un pobre anciano, el único que intentó
revolverse contra los enemigos y al que Sancho mató a culatazos.
Los del castillo no tuvieron tiempo más que
para volver a pasar el puente, y no pudieron alzarle a causa de los rezagados,
que llegaban gimiendo y pidiendo albergue para ellos y sus ganados. El enemigo
aprovechó el desorden para alcanzarles. Entonces el combate se entabló bajo la
bóveda de la entrada, donde los del castillo, rodeados por niños que gritaban y
por animales estúpidos e inmóviles o heridos y furiosos, se vieron forzados a
retirarse en seguida.
Apenas entraron en el corral, los aldeanos
los abandonaron para precipitarse sobre el puente fijo, y las buenas gentes,
reducidas ya a la decena, fueron rodeadas por los bandidos y obligadas a
retroceder hasta el postigo en medio de una lucha heroica.
Uno de los más valientes, el granjero
Charasson, fue muerto; los otros, heridos. El terrible Sancho golpeaba con tal
rabia, que todos hubieran sucumbido de no ser por la cobardía de La Fleche y
sus compañeros, que «se preocupaban más del saqueo y tenían muy pocas ganas de
recibir un mal golpe».
Reducidos a siete, los buenos criados
tuvieron que entrar en el patio, lo que no fue fácil a causa del amontonamiento
de cosas y animales que en él había. Sancho dio el ataque con tal violencia,
que una gran parte de los animales se quedó fuera, y otra, presa de espanto, se
arrojó al río.
Durante aquella lucha encarnizada, pero tan
rápida que apenas había durado diez minutos, Lauriana y Mercedes habían
permanecido temblorosas y mudas sobre la plataforma del postigo.
Cuando vieron que los suyos empezaban a
ceder se sintieron animadas por el valor que da el miedo a los débiles cuando
no son tontos; corrieron hacia los falconetes, siempre dispuestos para cumplir
su misión. Se apresuraron a encender las mechas y permanecieron preparadas,
animándose mutuamente e intentando recordar lo que habían visto hacer, a modo
de ejercicio y aprendizaje, a Mario y a los jóvenes de la casa. Pero no había
medio de disparar sobre el enemigo, porque éste luchaba cuerpo a cuerpo con los
defensores del castillo.
¿Qué hacía Adamas en aquel momento supremo? Adamas se hallaba en las entrañas de la
tierra.
El lector recordará la existencia de un pasaje secreto, por donde, en
caso necesario, el marqués contaba con hacer que Lucilio se evadiese.
Este subterráneo pasaba por debajo del foso
y conducía a un sendero hondo, que las inundaciones habían enarenado desde
hacía algunos años. Adamas había creído que el descombramiento de la salida
sería cosa de pocas horas de trabajo. Pero el daño era más considerable de lo
que él suponía, y los trabajadores llevaban tres días sin conseguir dejar el
pasaje practicable.
Todas las tardes Adamas iba a examinar el
trabajo del día, y durante la batalla se hallaba allí metido, haciendo su
inspección y tomando medidas, sin sospechar lo que pasaba fuera.
Cuando salió de su agujero, colocado bajo la
escalera de la torrecilla, se quedó por unos momentos como ebrio y creyó que
estaba alucinado. Pero, hombre de grandes recursos, recobró pronto su
serenidad.
Llegaba en el preciso instante en que los sitiados
hacían irrupción en el patio y cuando, como todos perdían la cabeza, el enemigo
se disponía a entrar también.
Adamas estaba siempre bien calzado, como
buen hombre de cámara, y como era ágil, le bastó con un salto para llegar a la
maniobra del postigo; y bajó el rastrillo ante las narices de los invasores y
algo también sobre sus espaldas; advirtió a tiempo que la base de aquel
instrumento no tocaba el suelo.
- ¡Clindor! - exclamó al paje que, muy
apurado, se disponía a cerrar las puertas ante el rastrillo - . ¡Espera,
espera! ¿Cómo es que el rastrillo no baja más? Aun queda un gran espacio hasta
la ranura.
Clindor, que no era muy valiente aunque
hiciese todo cuanto le era posible por serlo, miró y retrocedió horrorizado.
- ¡Ya lo creo! - dijo - ; hay tres hombres
debajo.
- ¡Numes celestes! ¿De los nuestros?...
¡Pero mira a ver, triple idiota!
- No, no, de los otros.
- Pues entonces, mejor; ¡por Mercurio! ¡Pronto,
aquí gente! ¡Subid sobre la cabeza del rastrillo! ¡Empujad, empujad! ¿No veis que esos cuerpos
muertos servirían para que los vivos pasaran bajo los dientes de hierro, y que
si llegan bajo la bóveda prenderán fuego al castillo? ¡Vamos! ¡Vosotros, abajo!
¡A golpes de mazo, a patadas, partid la cabeza de los que quieran pasar! ¡Siega
todo lo que encuentres con tu hoz, vivos y muertos, mi bravo Andoche! Y tú,
Chataignier, ¿te queda una carga de plomo? ¡A ese hocico rojo que se
adelanta!... ¡Eso es! ¡Bravo! ¡Por el dios Teutatós, está bien! ¡En plena jeta!
¡Siempre es uno menos!
Y así, mezclando los apóstrofes sublimes a
las trivialidades, con las que se dignaba ponerse al nivel de su gente, Adamas
vio con satisfacción que el rastrillo acababa de aplastar los cuerpos y que los
sitiadores retrocedían hasta la entrada del puente.
- ¡Ahora a los falconetes! - exclamó - .
¡Más de prisa, mis Cupidos! ¡Vamos, mil rayos del diablo! ¡Apuntad, apuntad!
¡Hacedme una fritada con esos pajarracos!
La pequeña artillería del castillo
descorazonó a los bandidos, que no tenían con qué responder, y, llevándose sus
heridos, se decidieron, a falta de otra cosa, a ir entretanto a saquear el
cortijo abandonado.
Arrojaron terneros y corderos vivos en el
almiar incendiado, y no tardó en extenderse un acre olor a lana quemada. Rechazaban
con horcas a los pobres animales que querían huir de aquel suplicio, y al final
los devoraron medio crudos y medio carbonizados. Desfondaron los toneles de la
cueva. Todos se emborracharon más o menos, incluso los niños y los heridos.
Arrojaron al fuego el cuerpo del desdichado granjero, y hubieran hecho otro
tanto con los dos prisioneros de no habérselo impedido la esperanza del
rescate, contra el deseo de Sancho, que no quería dar cuartel a nadie.
El viejo español era el único que no pensaba
ni en comer, ni en beber, ni en robar. Contra su opinión, la banda de Brilbault
se había adelantado a los auxiliares más importantes que él esperaba con
impaciencia para consumar su venganza. Lo que le preocupaba no era perder su
vida, que ya había sacrificado de antemano, sino ver fracasar su empresa por la
precipitación y la avidez de los miserables que se habían unido a él.
Como no había podido hacerles esperar a que
llegasen sus verdaderos aliados para abrir la marcha y guiar la expedición, les
había seguido para no dejarse arrebatar por nadie la satisfacción de torturar a
los caballeros de Bois - Doré, en el caso de que tuviesen la mala suerte de
caer en las manos de aquellos bandidos.
Como era el único fanáticamente bravo, había
llevado naturalmente la dirección del combate. Pero una vez ganada la batalla,
los bandidos habían prescindido de él, y hasta, según hemos visto, tuvo que ir
él mismo a guardar la torre de la entrada, por donde era de temer alguna
sorpresa, y desde donde, además, acechaba la llegada de los que habían de
efectuar la toma y saqueo del castillo y la pérdida de cuantos fueron causa o
instrumento de la muerte de Alvimar.
En el castillo reinaba más cordura que en el
corral, pero no más tranquilidad, y se tomaban apresuradamente todas las
disposiciones necesarias contra un nuevo asalto.
Veían y oían la orgía de los miserables, y
si hubieran consentido en sacrificar el cortijo, hubiera sido fácil echarlos a
tiros de arcabuz.
Si no lo hacían era porque esperaban ver
llegar refuerzos durante la noche, antes de que a los bandidos se les ocurriese
prender fuego a los edificios del corral, y además porque temían alcanzar a los
prisioneros, cuyo número desconocían, y al ganado, que era demasiado considerable
para que fuese devorado enteramente por aquel grupo de hambrientos.
Se contaron y comprobaron la falta de los
desdichados que habían muerto o habían sido hechos prisioneros.
Adamas hizo entrar en el edificio de las
caballerizas a todo el personal inútil de la parroquia. Dieron a aquellos
infelices paja fresca en abundancia y les ordenaron que permanecieran
tranquilos y se lamentasen en voz baja, lo que no fue fácil conseguir.
Lauriana y Mercedes practicaron curas a los
heridos y dieron de cenar a los niños.
Entretanto, Adamas apostó a su gente en
todas las puertas expuestas al tiroteo de los asaltantes, a fin de prevenirlo
disparando primero, y para que nadie se adormeciese, pasó el tiempo yendo de
uno a otro, distribuyendo elogios y estímulos, mostrando esperanza, temor o
confianza absoluta en los acontecimientos, según el temperamento de cada uno.
El prudente Adamas no había manejado nunca más armas que el peine y las
tenacillas rizadoras, y evidentemente su papel se limitaba al de estimulador;
pero todos los que conocen las lentitudes y la apatía del carácter del Berry
saben que este papel es a veces necesario, y él sabía hacerle realmente útil.
Cuando todo quedó dispuesto, Adamas,
extenuado por la fatiga y la emoción, se dejó caer sobre una silla, en la
cocina, para descansar al menos durante unos momentos y reflexionar.
Tenía el corazón oprimido y no se atrevería
a confiar su pena a nadie. Él solo sabía que Mario no debía acompañar a su
padre a Brilbault y que podía llegar de un momento a otro y ser hecho
prisionero, si es que no lo era ya.
Ni Lauriana ni Mercedes compartían su
angustia; para no preocuparlas, el marqués los había ocultado sus proyectos,
diciendo que sólo se trataba de una batida para la que llevaba a los criados.
Por su aire preocupado y por los frecuentes conciliábulos que había tenido
durante el día con sus amigos y sus gentes, ellas habían sospechado que la cosa
era más seria; pero conocían demasiado bien el cariño paternal de Bois - Doré
para temer que expusiese a Mario a algún peligro, y suponían que el niño
pasaría la noche en el castillo de Ars o en el de Coudray.
Adamas, muy perplejo, se preguntaba si no
sería mejor emplear a todo el mundo en acabar de despejar el pasaje secreto, a
fin de salir por allí al encuentro de Mario, mandar un aviso al marqués y
facilitar la evasión de las mujeres. Pero había medido el terreno y sabía que
quedaba trabajo para muchas horas, y entre tanto el castillo, al hallarse sin
gente que lo defendiera, podía ser invadido. En este caso, ¿qué sería de ellos,
encerrados en aquellos subterráneos sin salida y cuya entrada podía ser muy
bien descubierta por los bandidos?
Clindor, que se acercaba a él de puntillas,
interrumpió su meditación.
- ¿Qué vienes a hacer aquí, mal paje? - le
preguntó malhumorado.
Y añadió, sin reparar en que él también
estaba descansando:
- ¿Es que la noche está para descansar?
- No, ya lo sé - contestó el paje - ; pero
es que busco...
- ¿A quién? ¡Habla pronto!
- ¡Al carrocero! ¿No le habéis visto?
- ¿Aristandre? ¿Es que lo has visto tú?
¡Contesta!
- No lo he visto dentro del castillo; pero
tan cierto como estáis aquí que le he visto sobre el puente, durante la pelea.
- ¡Por vida de...! ¡No está aquí, estoy
seguro! ¡Pero Mario! ¡Tenía que traerle! ¿Has visto a Mario?
- No; ya he pensado en ello y he mirado por
todas partes; Mario no estaba.
- Entonces ¡alabado sea Dios! Si Mario
hubiera estado con Aristandre no hubieras visto a uno sin el otro. No se
hubiera separado de él ni se hubiera mezclado en el combate. Sin duda el señor
ha guardado al niño con él y ha enviado a Aristandre para avisárnoslo. ¡Pero el
pobre carrocero!... ¿Dices que se batía?
- ¡Cómo treinta demonios!
- ¡Bien seguro estoy! ¿Y después?
- Después, después... el rastrillo ha caído
y yo he corrido a cerrar las puertas.
- ¡Voto al diablo!, puede que haya caído
sobre... ¡Pronto, coge esta antorcha y ven!
- ¡No, no! Ya he visto los que han sido
aplastados. No está entre ellos.
- Acaso no has mirado bien. ¡Tendrías miedo!
- ¿Miedo yo?
- ¡No importa! Te digo que vengas.
Y Adamas corrió a abrir las puertas y a
mirar, temblando, entre los cadáveres aplastados bajo los dientes de hierro.
Estaban mutilados de tal manera, que ante aquel horrendo espectáculo el paje
dejó caer la antorcha al suelo. Adamas se enderezó blasfemando; pero a la luz
de la antorcha humeante, que se apagaba en medio de la sangre vio a Aristandre
de pie junto a él.
- ¡Ah, mi buen amigo! - exclamó
abalanzándose a su cuello - . ¿Y Mario? ¿Dónde está Mario?
- Está salvado - dijo el carrocero - y yo
también, no sin trabajo. ¡Pronto! Un vaso de ginebra o de aguardiente; los dientes
me castañetean y no quiero morir, ¡qué diantre! Aun quiero servir aquí para
algo.
- ¡En qué estado estás, mi pobre amigo! -
exclamó Adamas, que le condujo rápidamente a la cocina, donde Clindor le sirvió
una bebida - . ¿De dónde diablos sales?
- ¡Del estanque, pardiez! - repuso el
carrocero, que estaba cubierto de lodo - . ¿Por dónde si no hubiera podido
entrar? Llevo un cuarto de hora pisando hierba y barro.
Se quitó las ropas, que estaban hechas
pedazos, y se puso en cueros delante de la lumbre, diciendo:
- Adamas, mira a ver si no pierdo demasiada
sangre y conténmela, compañero, porque me encuentro débil.
Adamas le examinó; tenía unas diez heridas y
otras tantas contusiones.
- ¡Numes celestes! - exclamó Adamas - . No
veo un sitio sano sobre tu pobre cadáver.
- ¡Cadáver lo serás tú! - contestó el
carrocero bebiendo otro trago - . ¿Es que me tomas por un fantasma? La verdad
es que de buena me he librado; pero ya me encuentro mejor; tengo la piel tan
dura como la de mis caballos, ¡a Dios gracias! Lo único que te pido es que no
dejes que me desangre. No le conviene a un hombre perder la sangre de su
cuerpo.
Adamas le lavó y le curó con una habilidad
maravillosa.
Efectivamente, gracias a la dureza de su
piel y a la fuerza hercúlea de sus músculos, el herido no tenía ninguna lesión
de gravedad.
- ¿Y el niño? - decía Adamas mientras le
ponía ropas secas, que Clindor había ido corriendo a buscar - . ¿Ha estado en
peligro?
Aristandre contó todo, hasta el momento en
que había alzado la estaca de la compuerta.
- El niño ha pasado - añadió - , porque los
bandidos que estaban sobre la terraza han tirado sobre él, pero no le han
alcanzado. En aquel momento yo sujetaba al pillo de Sancho por la garganta.
Hubiera podido ahogarle; pero le soltó para correr a la terraza, y vi a Mario
que huía, ligero como el viento. Entonces acometí a los otros dos granujas. No
tenía más que un pico, pero les he dado una buena lección, ¡te lo aseguro! El
tal Sancho volvió sobre mí con su tizona partida, y con el puño me daba en la
cabeza y en la cara, cuando no en el estómago. ¡Ah! ¡El viejo furioso! ¡Tiene
el puño duro! Además, yo ya estaba herido y no tenía todas mis fuerzas. Pero
eso me hizo entrar un poco en calor, porque ya había cruzado el estanque para
ir a reunirme con nuestro lindo Mario y estaba tiritando. Lo que siento es que
no he podido acabar con ese viejo diablo. Cuando vi que los otros llegaban en
su auxilio, me deslicé por la escalera del cuarto de maniobras, y como el viejo
no tiene las piernas tan buenas como los brazos, he podido llegar al jardín sin
que supiese dónde me había metido. Desde allí no me quedaba más que volver por
el estanque, y aquí estoy.
- ¡Carrocero! - exclamó Adamas, quien, al
revés de muchos hombres, admiraba sinceramente las proezas que él se sentía
incapaz de realizar - . ¡Eres tan grande como los más grandes héroes de
monsieur de Urfé! ¡Y si el señor me hace caso, hará que te pinten en las
tapicerías de su sala, para inmortalizar la memoria de tu valor y de tu buen
corazón!
- Si no se trata más que de ser grande -
contestó el ingenuo carrocero - , puedo decir que tengo buena estatura. Pero
basta; voy a ver a mis caballos; después pensaremos en hacer una pequeña salida
para limpiar el corral de toda esa canalla. ¿Qué te parece, compañero?
El juicioso Adamas no era de esta opinión.
Mientras en el castillo discutían sus planes
de ataque y de defensa, vamos a reunirnos con Mario en el momento en que llega
cerca del árbol enorme que todavía hoy existe en Etalié.
El niño mira hacia las estrellas, que
aprendió a conocer durante su vida de pastor; son las nueve y media
aproximadamente.
En aquella época no había en aquel lugar más
que una casa: era a la vez una hostería y una especie de pabellón de caza.
Los señores del país que se reunían para
correr una liebre y para almorzar o cenar en el Gallo Rojo honraban a menudo
con su visita aquella eminencia, situada en medio de vastas llanuras abundantes
en caza.
Esto explica el que una hostería de
reducidas proporciones, situada demasiado cerca de una ciudad para pretender
albergar viajeros opulentos, poseyera en la persona de maese Pignoux un
cocinero del más raro mérito.
Cuando los hidalgos de la provincia iban a
pecar en los estanques de Thevet, se apresuraban a mandar un aviso a maese
Pignoux, que acudía con su mujer a disponer su cantina al borde del estanque y
les servía bajo el hermoso follaje aquellos maravillosos guisos a la marinera
que habían hecho su reputación. También iba a las ciudades y a los castillos en
ocasión de bodas y banquetes, y, según se decía, sabía más que los jefes de
cocina del mismo príncipe.
La hostería del Gallo Rojo era una casa
sólidamente construida, con dos pisos bastante altos y un tejado de un rojo rabioso,
que se veía a la legua. Mediante la protección de los hidalgos vecinos, maese
Pignoux había conseguido la autorización de colocar una veleta sobre su tejado.
Pretendía tener derecho a este privilegio nobiliario por el hecho de albergar
tan a menudo personas de la nobleza. Los chirridos agrios y continuos de dicha
veleta, que parecía ser el punto de mira de todos los vientos de la llanura, se
mezclaban al castañeteo perpetuo de la enorme muestra de hierro colado, que
representaba un gallo rojo en toda su gloria, meciéndose fieramente al extremo
de una pica, colocada en una ventana del segundo piso.
Enfrente de la casa, al otro lado de la
carretera, había una vastísima cuadra con techumbre de paja y largos cobertizos
para albergar el séquito que los nobles cazadores llevaban consigo. La hostería
era especial para jinetes.
Sabido es que en aquella época las posadas
se dividían aún en hosterías, albergues y mesones. Los albergues estaban
destinados especialmente para pasar la noche; la misión de los mesones era dar
de comer a los viajeros: eran casuchas donde los viajeros de fuste no se
detenían más que a falta de otra cosa y donde se comía a veces cuervo, burro y
anguilas de Sancerre, es decir, culebras. Los albergues, por el contrario, eran
a menudo muy lujosos.
Las hosterías se dividían en hosterías para
gentes de a pie y hosterías para gentes de a caballo. Se podía hacer en ella
dos comidas. En la hostería del Gallo Rojo se leía en letras enormes:
HOSTERÍA
POR PERMISO DEL REY
y debajo:
COMIDA DE
VIAJERO A CABALLO: DOCE SUELDOS
CAMA PARA
EL MISMO: VEINTE SUELDOS
Cartas del rey mantenían los privilegios de
los hosteleros. Un viajero a pie no podía ser albergado en una hostería de
jinetes, y viceversa.
«Las leyes francesas impedían al primero
gastar demasiado, y al otro, gastar poco»
Mario vio la hostería iluminada y no se
sorprendió por el relincho de alegría que lanzó su caballito al hallarse a unos
doscientos pasos de la casa. Pensó que reconocía los lugares.
Pero lo que le extrañó fue que de pronto se
volvió hacia la izquierda y se resistió a volver al camino.
El niño, desconfiado, escuchó.
Le pareció oír un ruido de caballo que
provenía del mesón, oculto por las sombras de la noche. Esto le dio una
gran alegría.
- Mi padre - pensó
- está ahí con todos los suyos. Acaso con monsieur de Ars o con su séquito. Acerquémonos a toda prisa.
Pero Coquet se resistía tanto a avanzar, que
el joven jinete quiso comprender su idea. Se paró en seco y oyó el relincho que
tanto conocía, de Rosidor, el fiel corcel del marqués. Pero este relincho no
salía de la caballeriza de la hostería, sino de mucho más cerca.
«Esto significa que mi padre está aquí», se
dijo.
Y como a la izquierda no distinguía más que
una especie de denso bosquecillo, soltó riendas a Coquet, con la seguridad de
que sabría encontrar a su compañero.
Efectivamente, Coquet entró en el
bosquecillo y se detuvo ante una casucha ruinosa y destartalada.
Era la antigua hostería del Gallo Rojo,
abandonada y en ruinas desde hacía más de veinte años, porque Bois - Doré,
Guillermo y monsieur Robin habían cotizado para edificar la nueva y regalársela
a maese Pignoux como testimonio de estimación por su probidad y sus talentos
culinarios.
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