|
- LIII -
El pobre marqués, disfrazado de cocinero,
estaba realmente muy cómico.
Había hecho las cosas a conciencia. Se había
quitado la peluca, ocultando su cráneo desnudo bajo un bonete almidonado en
forma de molde de repostería.
De esta manera, con su cara privada de sus
bucles de ébano y embadurnada con hollín y con sus grandes manos blancas
convenientemente embadurnadas también, haciendo juego con su rostro, estaba
casi desconocido.
Se las había arreglado de manera que
ocultaba completamente su fina camisa bajo un blusón campesino, y se había
calzado unas malas zapatillas de fieltro; un mandil grasiento disimulaba sus
calzas de paño, que no eran excesivamente llamativas, porque con motivo de la
expedición nocturna a Brilbault se había vestido muy sencillamente, lo cual
resultaba beneficioso en la presente circunstancia.
Como Mario le había advertido que Macabro
parecía ser un bruto, tonto y vanidoso, comprendió que debía tratar de
inspirarle confianza, y desde las primeras palabras se dio cuenta de que no
había hipérbole, por exagerada que fuese, que no pudiera hacerle tragar.
- Ilustre y valeroso capitán - le dijo
haciendo un saludo hasta el suelo - , os ruego disculpéis la tontería de mi
mujer, que no ha sabido darme a conocer qué gran hombre de guerra y de talento
teníamos en casa. Es verdad que estoy enfermo de gota; pero vuestro aire
simpático y marcial haría resucitar a un muerto, y recuerdo demasiado el haber
servido bajo vuestro estandarte para no querer, aunque dejase mi vida en la
lumbre de mis hornillos, volver a serviros con el pequeño talento que el cielo
me ha concedido.
- Bien, bien - dijo Saqueo al capitán - ; no
hay nada como saber amenazar a tiempo; he aquí que ahora todos pretenden haber
servido a vuestras órdenes.
- Para el caso es lo mismo - repuso Macabro -
, con tal de que me sirvan bien ahora. Y al fin y al cabo, señor teniente, no
creo que sea imposible el que este viejo me haya conocido antaño en las guerras
de la provincia. Mi persona hizo bastante para que haya quedado memoria de
ella. ¡Cocinero!, a los postres me contarás tus campañas, porque ya veo por tu
aire y tus andares que la gota no te ha quitado el tipo militar. Hueles de una
manera extraña - añadió sorprendido por el perfume que a pesar del disfraz,
exhalaba la persona del marqués - ; parece un olor a dulce. ¡Bueno! ¡Apuesto
que has sido lansquenete!
- Lo fui durante un año - contestó Bois -
Doré, que sabía de memoria toda la existencia aventurera de maese Pignoux y la
borrascosa juventud de Macabro - . Y bien os vi perseguir a los hugonotes de
Bourges, cuando las matanzas en las cárceles, en compañía de aquel terrible
viñador a quien llamaban el Gran Vinagrero...
- ¡Ah! - exclamó el teniente, mirando
a su capitán con aire burlón - . ¿No decía yo que fuisteis un gran papista, mi
capitán?
- Cada cosa en su
tiempo - repuso Macabro, con calma filosófica - ; mi padre, que era entonces
capitán de la torre principal de Bourges, con el difunto monsieur de Pisseloup,
protegió cuanto pudo a los pobres calvinistas del país... Yo me aparté cuando no tuve más remedio; pero
he vuelto al buen camino y obro con más franqueza que vos, señor italiano, que
lleváis escapularios bajo vuestro corselete alemán.
El italiano contestó con acrimonia, y
Macabro, molesto al verle elevar la voz en presencia de sus pajes y de sus
estradiotes, aunque entendiesen poco francés, le impuso silencio y preguntó al
marqués la lista de la comida que podía servirle.
Bois - Doré, que había provocado el
incidente de las matanzas católicas precisamente para enterarse de las aguas en
que navegaba en la actualidad el viejo Macabro, se sintió más tranquilo.
Aquel jefe de partido no podía obrar bajo la
protección del príncipe de Condé. Tuvo la presencia de ánimo de hablar de
cocina como hombre entendido en la materia, y como durante las dos horas de
estancia en la hostelería había, a modo de pasatiempo, tratado de esta grave
cuestión con madame Pignoux, conocía a fondo el contenido de la despensa y los
recursos de la bodega.
- Tendremos - dijo - el honor de ofreceros un
cuarto de jabalí aderezado con especias, del cual me hablaréis; una buena
fuente de cangrejos de Issoudun hervidos en cerveza...
- ¡Supongo que con mucha pimienta! - dijo el
capitán - . A mi esposa le agradan los manjares de gusto subido.
- Se le echará pimienta de España.
Y después de enumerar todos los platos, el
marqués añadió:
- ¿Pero no le agradarían a vuestra ilustre
dama algunos manjares dulces después del asado?
- ¡Diablo!, sí. Iba a olvidar que me ha
recomendado cierta tortilla de almizcle...
- ¿Vuestra señoría quiere acaso decir
pistachos? Es una invención mía.
- ¡Ah! ¿Sí? Ella me había dicho que
era una invención del viejo...
- ¿Del viejo? ¿Quién se atreve a vanagloriarse de
haber inventado antes que yo la tortilla de arroz con pistachos?
- Pues el viejo Bois - Doré, ya que hay que
nombrar a ese majadero.
Bois - Doré se mordió el bigote.
- ¿Y quién - dijo - hace al marqués el honor
de repetir sus fanfarronadas cocineriles? ¿Vuestra señora esposa se jacta de
conocerle?
- Así parece - contestó Macabro - , y
además, viejo bribón, ya sé que eres un humilde servidor de ese canalla de
falso marqués, tu maestro de cocina. ¡Pero no me importa! ¡Estás bien vigilado
y tus orejas me responden de tus guisotes!
El marqués vio que no le quedaba más salida
que hablar mal de sí mismo, y no se privó de hacerlo, rebajando cuanto pudo su
nobleza y su carácter en términos bastante cómicos, pero sin poder resolverse a
unir a su nombre maldecido y calumniado el epíteto de viejo que su
contemporáneo Macabro usaba con orgullo contra él.
Macabro insistió de un modo desagradable.
- Ese cacoquimio - dijo - debe de estar muy
decrépito, porque la última vez que le vi era un mozuelo larguirucho, sin pelo
de barba, y a poco, por descuido, le parto por la mitad.
- ¿De veras? - dijo Bois - Doré recordando
la aventura de su juventud, que había contado recientemente a Adamas - . ¿Le
hicisteis el honor de mediros con él?
- No, buen hombre, no me rebajé hasta ese
punto. Él iba a caballo, llevando municiones de guerra a nuestros enemigos. Le
cogí por una pierna, le tumbé a mis pies y, dejándole por muerto, me apoderé de
su cargamento.
- ¿Que consistía en pólvora y balas? - preguntó
Bois - Doré, que no podía menos de reír para sus adentros de las fanfarronadas
del hombre a quien él había tumbado de un puntapié y del re cuerdo de aquel
famoso cargamento de municiones, que consistía en juguetes de niño.
- Era una buena presa - contestó el
capitán - . ¡Pero basta de
hablar, viejo charlatán! Vete abajo a vigilarlo todo.
Bois - Doré, despedido, se vio obligado a
abandonar a Mario, a quien el capitán retuvo.
Al salir, cambió con su hijo una
mirada llena de angustia, que el niño le devolvió llena de confianza. Sentía que Macabro no estaba
dispuesto en contra suya.
- Bueno, muchacho - dijo el capitán - ,
adelántate y dime quién eres, si es que lo sabes.
- Pues la cosa es que no lo sé, mi capitán -
contestó Mario, que aun no había olvidado el modo de hablar de los gitanos; soy
un niño robado o encontrado en algún camino por los estradiotes negros,
llamados egipcios.
- ¿Qué sabes hacer?
- Tres grandes cosas - dijo Mario, que
recordó oportunamente las bellas divisas de La Fleche - : ayunar, velar y
correr; con esto se va lejos y se sale bien de todo.
- Tiene ingenio - dijo Macabro mirando a su
teniente, quien para demostrar su mal humor lo volvía la espalda y estaba
sentado a horcajadas sobre su silla, con la cabeza y las manos apoyadas sobre
el respaldo, junto a la lumbre.
Macabro encontró aquella postura indecente,
y se lo reprochó en términos cínicos. Saqueo se levantó sin decir nada y salió.
Mario lo observaba todo, y la enemistad de
los dos jefes le pareció de buen agüero.
Se prometió sacar partido si la cosa
era posible y la ocasión se presentaba.
Macabro reanudó la
conversación con él.
- ¿Cómo es - le preguntó - que la noche pasada
no te he visto en Brilbault?
Mario no se inmutó.
- No estaba allí - dijo - ; estaba
recogiendo gallinas por los alrededores, con el solo objeto de preservarlas
contra el zorro y la pepita.
- ¿Sabes robar gallinas? ¡Muy bien!, es un don de la Naturaleza que puede
aprovecharse. Pero dime
si el español ha acabado de reventar.
- ¿Monsieur de Alvimar? - dijo Mario, que
iba comprendiendo el relato de Pilar y no lo consideraba ya como un sueño.
- Sí, sí - dijo Macabro - , ese perro de papista
que me ha removido el estómago con sus padrenuestros.
- Ha muerto esta mañana.
- ¡Ha hecho bien el imbécil! ¿Y Sancho? Ese
vale más; es un beatón, pero, sin embargo, entiende de negocios. ¿Dónde está a
estas horas?
- Se oculta.
- ¿Por qué no ha venido aquí a reunirse
conmigo?
- Ya os he dicho que hay peligro para vos, y
él lo sabía.
- ¿Qué peligro? ¿Nos hará traición el viejo
Pignoux?
- No, el pobre hombre no sabe nada de nada.
¿Y qué podría hacer contra vos?
- ¿Pero quién nos amenaza?
- Unos señores que os buscan en Brilbault en
este momento y que van a volver a pasar por aquí con un gran séquito para ir a
dormir a Briantes.
- ¿Los has visto tú?
- Sí.
- ¿Cuántos son?
- ¡Acaso doscientos jinetes! - dijo Mario,
que creía asustar a su interlocutor.
- ¿Entonces la cosa está descubierta? -
preguntó éste con cierta vacilación.
- Así parece.
El capitán pareció reflexionar, si es que su
rostro de piedra podía indicar alguna preocupación moral.
El corazón de Mario latía bajo sus andrajos.
Por un instante abrigó la esperanza de que su ardid tendría éxito y de que
Macabro se decidiría a volverse atrás. Pero el capitán se puso a hablar
en alemán con sus estradiotes, que salieron al punto, y Macabro volvió a su
graciosa postura, con una pierna sobre el morrillo de la chimenea y la otra
sobre la silla que el teniente había abandonado.
Mario se atrevió a interrogarle:
- Y bien, mi capitán, ¿vais a volver a...?
- ¿A Linières? ¡No, por cierto, amigo mío!
Mis caballos están cansados y mi gente también. Y he dormido tan mal en
Brilbault la noche pasada, que quiero descansar aquí. ¡Pobre del que venga a
molestar!
Estos proyectos de sueño hicieron de nuevo
renacer la esperanza de Mario.
- Si están muy cansados - pensó - , llegará
un momento en que podremos huir.
- No contaba, como el marqués, con la
llegada de sus amigos y de sus gentes. Pilar había debido avisarles de la toma
del patio de Briantes, y sin duda todos se habrían precipitado en tal dirección
con la esperanza de encontrar al marqués, porque la gitanita, que tenía la
inteligencia más clara de lo que correspondía a su edad, les habría comunicado
sin duda que Mario había ido por su parte, a avisar a su padre.
Mientras hacía estas reflexiones, el
teniente Saqueo entró y se dirigió a Macabro, que se adormilaba ante la lumbre.
- Capitán - le dijo con un tono medio
humilde y medio arrogante - , permitid que os diga que gracias a vuestra idea
de hacernos avanzar por pequeñas partidas estamos perdiendo el tiempo; vuestra
mujer y su séquito no llegan, y si permanecéis mucho rato en la mesa, según
vuestra costumbre, todo puede fracasar. No se trata de celebrar un festín, sino
de comer de prisa, dormir dos horas y avanzar sin dar tiempo a los transeúntes
para que lleven la noticia de nuestra llegada.
- ¡Suprimid los transeúntes! - contestó
tranquilamente Macabro - . ¿No es cosa convenida? No os costará mucho trabajo,
pues desde Linières no hemos encontrado un gato, y este país está vacío, como
una iglesia en el 62. Pero son palabras inútiles. Oigo la voz de Proserpina.
¡Ya llega! Acudamos a recibirla.
Al hablar en esta forma, Macabro se levantó
pesadamente y bajó a la cocina.
- El capitán envejece - dijo Saqueo en italiano
a uno de los herradores que se habían quedado plantados ante la puerta como
estatuas.
- No es eso - contestó el reitre - , es que
se ha casado, lo que es peor, porque así no se piensa más que en la boda y no
se tiene energía cuando hace falta.
Mario, que estudiaba el italiano con
Lucilio, comprendió poco más o menos estas palabras y siguió al teniente y a
los dos reitres a la cocina.
Tan pronto como entró, y sin ocuparse de los
que llegaban y obstruían la puerta, se deslizó hasta Bois - Doré, que guisaba
lo mejor que podía en compañía de madame Pignoux, pensando que cuanto antes
estuviese el enemigo sentado ante la mesa antes se ofrecería alguna posibilidad
de evasión.
- ¿Eres tú, hijo mío? - dijo el marqués en
voz baja - . ¿No te han maltratado?
- No, no - contestó Mario - . Somos muy
buenos amigos el capitán y yo. Déjame que te ayude, padre. Podremos hablar
mientras no se ocupan de nosotros.
- Muy bien, pero no nos miremos. Mira cómo
me las arreglo para hablar con la hostelera. ¡madame Pignoux! - gritó - .
¡Dadme la mantequilla!
Y añadió por lo bajo:
- ¿Quién llega, buena mujer?
- Una dama que se apea del caballo. No os
volváis por si acaso os conoce.
- Niño, dame la pimienta - dijo el marqués,
dando una palmada sobre el hombro de Mario.
Y le dijo al oído:
- No te vuelvas tú tampoco.
- Madame Pignoux - añadió inclinándose hacia
la hostelera - , haced por verle la cara.
- No la conozco - contestó la Pignoux - ;
tiene un matorral de cabellos y de plumas... ¡Es una buena moza!
|