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- LVI -
Trajeron al marqués y a Mario, que se
agarraba desesperadamente a él.
Belinda reconoció al niño en el acto, y una
alegría feroz hizo enrojecer su cara, pálida por el miedo.
- ¡Amigos míos! - exclamó - , ya tenemos
cogidos al jabalí y al jabato, y han de valernos un buen rescate; pero para
nosotros solos, ¿oís?, sin repartir con los alemanes - llamaba así a los
reitres del capitán - ni con el teniente Saqueo y sus italianos. Para nosotros,
para nosotros solos el tal Bois - Doré y su hijo, y ¡viva Francia, pardiez! ¡Una
pluma, papel, tinta, pronto! El marqués tiene que firmar su rescate. Yo conozco
su fortuna, y os respondo que no me ocultará nada. Mil escudos de oro para cada
uno de estos bravos, ¿lo oyes, marqués?; y para mí, la palabra que te he
pedido.
- Para ti, mala mujer, toda mi fortuna -
exclamó el marqués - , con tal de que mi hijo tenga la vida en salvo. ¡Dadme,
dadme la pluma!
- Eso no - repuso
la Proserpina - ; no quiero solamente la fortuna, sino tu nombre, y vas a
firmar la promesa de matrimonio.
El marqués no creía que aquel demonio se
hubiera atrevido a declarar sus pretensiones ante testigos.
Pero, lejos de escandalizarse, los reitres
aplaudieron, como si se hubiera tratado de una excelente jugada, y el rubor
invadió el rostro de Bois - Doré, sublevado por el papel abyecto y ridículo que
le hacían representar.
- Pedís demasiado, señora - dijo,
encogiéndose de hombros - ; tomad mi oro y mis tierras, pero mi honor...
- ¿Es tu última palabra, viejo loco?
Entonces venid aquí, camaradas; traed una cuerda y haced la estrapada al
chiquillo.
Al hablar así, la odiosa mujer designaba un
enorme gancho de hierro clavado en la bóveda de la cocina y que servía para
colgar los pies del asador.
En un segundo se apoderaron de Mario, que
gritó al marqués:
- ¡Niégate, niégate, padre! Aguantaré todo.
Pero el marqués no podía soportar la idea de
martirizar a su hijo.
- ¡Dadme la pluma! - gritó - . Consiento.
¡Firmo todo lo que queráis!
- Hagámosle dar, sin embargo, un salto o dos
de estrapada - dijo uno de los bandidos, mientras empezaba a atar a Mario - ;
esto hará que la escritura del viejo sea más generosa.
- Sí, hacedlo - contestó Proserpina - . Este
niño insoportable lo tiene bien merecido...
El marqués se volvió furioso; pero se calmó
en seguida al ver a su pobre hijo, que palidecía de miedo a pesar de su valor.
Era inútil toda resistencia: Mario estaba en
poder de aquellos bandidos.
Bois - Doré cayó a los pies de Proserpina.
- ¡No hagáis sufrir a mi hijo! - exclamó - .
Cedo, me someto, me caso con vos. ¿Qué más necesitáis que mi palabra?
- Quiero tu firma y tu sello - contestó
Proserpina.
El marqués cogió la pluma con mano
temblorosa y escribió lo que lo dictaba aquella furia:
«Yo, Silvio Juan Pedro
Luis Bouron del Noyer, marqués de Bois - Doré, prometo y juro a Guillette
Carcat, llamada Belinda, y llamada Proserpina...»
En aquel momento se oyó un ruido espantoso, y
los reitres de Proserpina se precipitaron hacia la puerta.
Eran los alemanes del capitán, a quienes
éste había llamado por la ventana, y que acudían para libertarle. Los italianos
de Saqueo montaban la guardia con orden de no dejar entrar ni salir a nadie.
Estos tres bandos estaban siempre peleando;
sus jefes tenían que sujetarlos y separarlos a menudo. Pero esta vez fue
imposible. Saqueo, atraído por los gritos de Macabro, y creyendo que Proserpina
quería acabar con su tirano, se esforzaba en impedir que los alemanes le
auxiliasen; los franceses, al servicio de la teniente, odiaban a los unos y a
los otros, y todos vinieron a las manos, sin utilizar las armas, pero
injuriándose y golpeándose con los pies y los puños.
Aquel estrépito estaba aumentado por el del
estropicio de muebles en la sala alta, donde Macabro se debatía como un demonio
para libertarse, y por los gritos agudos de Proserpina, que alentaba a los
suyos y empezaba a temer por su vida en el caso de que fuesen derrotados.
Bien puede suponerse que el marqués no
aguardó al fin de la lucha para pensar en su huida. Dio un salto hacia su hijo
para libertarle; pero la cuerda estaba tan ingeniosamente atada y era tal su
turbación, que no conseguía desatarla.
- ¡Cortad! ¡Cortad! - decía madame Pignoux.
Pero un temblor convulso agitaba las
manos del anciano, y temía herir a su hijo con el cuchillo.
- Dejadme a mí - dijo Mario, rechazándole.
Y con maña y sangre fría deshizo el nudo.
El marqués le cogió en sus brazos y siguió a
la hostelera y a la criada, que corrían hacia la cocina.
Al precipitarse hacia fuera, tropezó
en el umbral y estuvo a punto de caerse; había un cuerpo tumbado en el suelo:
era el del Mellado. Estaba
muerto; pero junto a él yacían dos reitres: uno atravesado por un asador, y el
otro medio decapitado por el cuchillo. Santiago se había vengado y había dejado
libre el paso. Su cara horrible, pero enérgica, tenía una expresión espantosa:
parecía contraída por una risa de triunfo, y dejaba ver sus colmillos, espaciados,
como a punto de hacer presa.
El marqués vio rápidamente que ya no se
podía hacer nada por el pobre Mellado; corrió cuanto pudo, llevando a Mario
apretado contra su pecho.
- Déjame en el suelo - le decía el niño - ;
correremos mejor. Por favor, déjame en el suelo.
Pero el marqués creía oír cargar detrás de
él las terribles pistolas de chispa, y quería proteger a su hijo con su cuerpo.
Cuando se vio fuera de su alcance se decidió
a dejarle en el suelo, y ambos se lanzaron hacia el bosquecillo, en el que se
ocultaba la antigua hostería medio derrumbada.
Mientras corrían, vieron correr también a
madame Pignoux y a su criada. Se apiadaron de aquellas dos viejas; pero
llamarlas hubiera sido la perdición de todos. Ellas cortaron a campo traviesa;
sin duda se dirigían hacia algún escondrijo conocido, que podría ofrecerles un
buen refugio.
Los caballeros de Bois - Doré saltaron sobre
sus caballos y evitaron llegar al Terrier por la carretera. Pasaron por uno de
esos senderos estrechos y bordeados de altos matorrales de endrinas, que
serpenteaban entre las propiedades.
La batalla de los reitres podía cesar
bruscamente. Estaban bien montados, y eran capaces de alcanzar a los fugitivos;
pero el ligero galope de Rosidor y de Coquet hacía poco ruido sobre la tierra
mojada, y como el sendero que seguían se cruzaba con otros, el enemigo tendría
que separarse en varios grupos para poderles seguir.
Ante todo, se trataba de ganar terreno; por
eso los de Bois - Doré no pensaron en un principio más que en despistar al
enemigo, metiéndose al azar en aquel dédalo de caminos cenagosos que se hundían
cada vez más a medida que llegaban al fondo del valle.
Después de diez minutos de galope, el
marqués detuvo su caballo y el de Mario.
- ¡Alto! - le dijo - . Agudiza tu fino oído.
¿Somos perseguidos?
Mario escuchó; pero el ruido de la
respiración de su caballo jadeante le impedía oír bien.
Saltó a tierra, se alejó unos pasos y
volvió.
- No oigo nada - dijo.
- Tanto peor - contestó el marqués - ,
porque ya habrán terminado de batirse, y deben de pensar en nosotros. Pronto, a
caballo, hijo mío, y sigamos corriendo. Hay que llegar a Brilbault, donde están
nuestros amigos y nuestros servidores.
- No, padre, no - repuso Mario, que ya se
hallaba de nuevo sobre su caballo - . A Briantes es donde debemos correr a
campo traviesa. ¡Oh!, padre, os lo suplico; no vaciléis y no dudéis de que
tengo razón. Estoy seguro de lo que digo.
Bois - Doré cedió sin comprender; el momento
no era para discusiones.
Llegaron en línea directa a la aldea de
Lacs, a través de la gran llanura fronteriza que pertenecía por entero a la
señoría de Montlery, y, por lo tanto, no estaba todavía en aquella época
dividida en lotes, bordeados por zarzas.
Iban a la ventura de Dios en terreno
descubierto y sin poder apresurarse, porque en varios sitios los caballos se
hundían hasta las rodillas en la tierra labrada.
Sin embargo, nuestros fugitivos hicieron la
mitad del trayecto sin oír ninguna partida de jinetes por la carretera, a la
que seguían casi paralelamente, a una distancia de dos o tres tiros de arcabuz.
Según el marqués, esto era mala señal. La
disputa de los reitres no había podido prolongarse tanto. Al comprobar los
alemanes que Macabro no había sido asesinado, sino sencillamente encerrado por
causa de su borrachera, todo debía de haberse apaciguado, y Proserpina no era
mujer que olvidase a los cautivos, de quienes esperaba, al menos, un buen
rescate.
«Si no nos persignen por la carretera -
pensaba el marqués - es que nos han visto cruzar la llanura y nos esperan a la
entrada del bosque de Veille, en los caminos hondos que la Belinda conoce, sin
duda. Acaso esos granujas están más cerca de nosotros de lo que nos figuramos,
porque la niebla se va haciendo densa, y ya no sé si aquellas sombras que veo
allí son árboles o jinetes parados que nos esperan.»
Detuvo otra vez a Mario para comunicarle sus
impresiones.
Mario miró los árboles y dijo:
- ¡Corramos! ¡Corramos! Allí no hay jinetes.
Los fugitivos reanudaron su carrera. Pero al
pasar junto al bosque, que en aquella época se extendía hasta la alquería de
Aubiers, fueron súbitamente alcanzados por un grupo de jinetes que desembocaban
a su derecha y les gritaban «¡Alto!» con voz resonante.
Eran voces francesas; pero los aventureros
de Belinda eran también franceses.
El marqués dudó un momento. Aquellos hombres estaban ocultos todavía por la obscuridad del bosque, y
no era fácil reconocerlos, mientras que los Bois - Doré se hallaban bastante
lejos de la entrada para no escapar a sus miradas.
- Sigamos andando - dijo Mario - . Si no son
enemigos, ya lo veremos.
- ¡Vive Dios! - exclamó el marqués - , son
los reitres, y nos siguen. ¡Corramos, corramos, hijo mío!
Y pensó:
«¡Que Dios dé fuerzas a mis pobres
caballos!»
Pero los caballos habían corrido demasiado
en la tierra resbaladiza; habían perdido su primer ardor, y los que les
perseguían estaban tan cerca, que a cada momento el marqués creía oír silbar
las balas junto a sus oídos. Perdía mucho tiempo, por empeñarse, a pesar de
Mario, en permanecer detrás, para recibir la primera descarga.
Un jinete mejor montado que los demás le
alcanzó casi y le gritó:
- ¿Te detendrás, ladrón, o tendré que
matarte?
- ¡Alabado sea Dios, es Guillermo! - exclamó
Mario - . Reconozco su voz.
Volvieron riendas, y quedaron estupefactos
al ver que Guillermo se abalanzaba sobre ellos, intentando arrojar al marqués
de su caballo.
- ¡Eh!, primo mío - dijo Bois - Doré - , ¿no
me reconocéis?
- ¡Ah! ¿Quién diablo os reconocería con
semejante indumento? - contestó Guillermo - . ¿Qué es eso blanco que tenéis en
la cabeza, y qué clase de falda es ésa que lleváis flotando sobre los muslos?
Quería tener noticias vuestras; luego, al veros de cerca, me pareció reconocer
vuestro caballo y el de Mario. Pero creía que eran ladrones que se llevaban
vuestras monturas, acaso después de haberos asesinado. ¿Es éste Mario? En
verdad que estáis los dos singularmente ataviados.
- Es verdad - dijo el marqués, al acordarse
de su mandil de cocina y de su gorro de dril, que no había tenido todavía ni
tiempo ni idea de quitarse - , no estoy equipado como hombre de guerra, y os
agradeceré, primo mío, que me proporcionéis un sombrero y armas, porque no
llevo más que un cuchillo de cocina, y acaso tengamos necesidad de pelear de un
momento a otro.
- Tomad, tomad - dijo Guillermo, dándole su
propio sombrero y las armas de su mejor criado - ; daos prisa, y no nos
detengamos, porque parece ser que vuestro castillo está en peligro.
Bois - Doré creyó que Guillermo estaba mal
informado.
- Nada de eso - le dijo - ; hace media hora
los reitres estaban todavía en Etalié.
- ¿Los reitres en Etalié? - reclamó Guillermo - . En tal caso, más nos vale correr, si no
queremos ser cogidos entre dos fuegos.
No se podía perder el tiempo en
explicaciones. Prosiguieron a toda marcha por la llanura hasta Briantes.
A lo largo del camino, las gentes de Bois -
Doré iban engrosando la banda de Guillermo; después de vanas pesquisas en
Brilbault, habían recibido los avisos de la gitanita y volvían al azar, sin
tener mucha fe en su mensaje, y pensando que acaso era un ardid de sus
compañeros para despistar las investigaciones.
Se habían decidido porque Pilar les había
dicho que su amo estaba avisado también y volvería sobre sus pasos. Como no le
habían visto en Brilbault en el sitio convenido, pensaron que el aviso, real o
falso, debía de haber sido dado, efectivamente, al marqués, y que era inútil ir
a buscarle a Etalié.
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