|
- LVII -
Monsieur Robin no había creído ni una
palabra del relato de Pilar. Sin embargo, se había puesto en camino con su
escolta, pero sin apresurarse, y era de temer que se hubiesen encontrado con
los reitres, porque nuestros caballeros llegaron cerca de Briantes sin que les
alcanzasen.
También los preocupaba maese Jovelin, que
era el primero que había partido de Brilbault, con cinco o seis hombres de Briantes.
Les sorprendía el no haberle alcanzado todavía, a pesar de lo rápido de la
marcha que llevaban; cada cual hacía estas reflexiones para sí, sin tener
tiempo de comunicarlas a los demás.
En muchas novelas he leído largas
conversaciones cambiadas por los personajes mientras que sus caballos devoran
el espacio; pero, en realidad, no he visto nunca que esto fuese posible.
Cruzaron el pueblo, y aunque no era más que
la una de la madrugada, se veía con tanta claridad como en pleno día. Los
edificios de la granja del castillo eran presa de las llamas.
Ante tal espectáculo no dudaron ya y se
precipitaron al asalto de la puerta, que estaba cerrada y defendida por Sancho
y por algunos gitanos, que habían reunido apresuradamente al oír el galope de
los que llegaban.
- ¿Qué hacemos? - dijo Guillermo al marqués
- . Los nuestros, arrebatados por la ira, no esperan órdenes de nadie. Vamos a
perder nuestros mejores criados acaso inútilmente. Pensemos en hacer las cosas
con provecho.
- Eso es - dijo Bois - Doré - , detenedlos;
un momento más o menos no ha de impedir que mi granero arda; la vida de estos
buenos cristianos está para mí por encima de toda mi cosecha. Llamadlos y
apaciguadlos; pero antes quiero ocuparme de este niño, que me inquieta.
Al hablar en esta forma, el marqués apartó
un poco a Mario.
- Hijo mío - le dijo - , dadme vuestra
palabra de que no avanzaréis hasta que yo os llame.
- ¡Cómo, padre! - exclamó Mario, desesperado
- ; me habláis como hace un momento me hablaba Aristandre, y me tratáis como si
fuera un niño chiquitín. ¿Así me dais lecciones de honor y de valentía, ves
que...?
- ¡Silencio, señor! ¡Obedeced! - dijo el
marqués, hablando autoritariamente a su hijo amado por la primera vez en su
vida - . No tenéis todavía edad para batiros, y os lo prohíbo.
Gruesas lágrimas llenaron los ojos del niño.
El marqués volvió la cabeza para no verlas, y después de dejar a Mario en medio
de una pequeña escolta de buenos servidores, corrió a reunirse con Guillermo de
Ars, que había logrado imponer orden y obediencia a su tropa.
- Es completamente inútil - dijo el marqués
- que intentemos forzar la entrada; dos hombres se bastan para defenderla
durante una hora, de no ser que consintamos en sacrificar a veinte de los nuestros.
¡Ah!, primo mío, está muy bien que uno fortifique sus entradas, pero resulta
muy incómodo cuando se trata de volver a casa. En este lugar el foso tiene
quince pies de profundidad, y ya veis que los taludes no permitirían cruzarlo a
nado; el que lo hiciera sería tiroteado desde la terraza. ¿Sabéis lo que hay
que hacer? ¡Mirad!, el granero se ha derrumbado; ha debido de caer en el foso y
colmarlo en parte. Por ahí es por donde hay que entrar. Voy con mi gente;
quedaos aquí fingiendo buscar tablas y materiales para reemplazar el puente
levadizo, y así engañaréis al enemigo y le impediréis huir cuando nosotros
caigamos sobre él. Nosotros, amigos míos - dijo a los suyos - , nos
deslizaremos sin hacer ruido, bordeando el muro, cuya sombra nos ocultará, a pesar
del fuego que consume nuestras mieses.
El plan del marqués era muy juicioso. Había
ocurrido lo que él suponía. El foso estaba colmado en parte y el muro derribado
por la caída del granero; pero había que pasar sobre los escombros incendiados
y a través de las llamas y del humo. Los caballos, espantados, retrocedieron.
- ¡A pie, amigos míos, a pie! - gritó el
marqués, avanzando al galope entre aquel infierno.
Sólo Rosidor se arrojó en él intrépidamente;
salvó todos los obstáculos con una habilidad milagrosa, y, sin preocuparse de
que sus hermosas crines y las cintas que le adornaban se chamuscasen, llevó
valientemente a su amo al centro del recinto.
La espléndida cabellera del marqués no
corría peligro alguno. Se había quedado bajo los haces de leña, en la hostería
del Gallo Rojo.
El valor del amo electrizó a los criados, ya
muy animados por el deseo de libertar o de vengar a sus familias, y varios le
siguieron de bastante cerca para impedir que cayera en manos del enemigo.
Pero en el momento en que el grueso de la
tropa llegaba a los escombros llameantes, uno de los campesinos lanzó un grito
de alarma, que detuvo a los demás y los hizo retroceder con terror.
Bajo la acción de un calor intenso, la parte
superior de la fachada del granero, que estaba todavía en pie, acababa de
crujir y se inclinaba, amenazando aplastar a quien intentase pasar. Seguramente
no tardaría en caer ni un minuto; entonce pasarían, por muy difícil que fuese.
Esto es lo que todos pensaron y todo el
mundo esperó. Pero los segundos y hasta los minutos pasaban, y la fachada no
caía. Y aquellos segundos, aquellos minutos, eran siglos en la situación en que
se hallaba el marqués en aquel momento.
Solamente con una docena de los suyos hacía
frente a una partida de combatientes compuesta por más de treinta gitanos.
Cuatro horas habían pasado desde la evasión
de Mario, y en estas cuatro horas los bandidos no sólo habían pensado en
engullir.
A la primera embriaguez de la victoria y a
la primera satisfacción de su apetito había sucedido la esperanza obstinada de
apoderarse del castillo. Habían intentado todos los medios para introducirse
por sorpresa. Varios habían muerto en aquellas intentonas, gracias a la
vigilancia de Adamas y de Aristandre, secundada por la serenidad, los buenos
consejos y la actividad de Lauriana y de la morisca.
Viendo la inutilidad de sus esfuerzos,
habían prendido fuego al granero, con la esperanza de inducir a los sitiados a
hacer una salida para salvar los edificios y las cosechas. El prudente Adamas
tuvo que gastar tesoros de elocuencia para lograr retener a Aristandre, que
quería arrojarse ciegamente en la trampa. Hasta había sido necesario que
Lauriana hiciese uso de su autoridad y le demostrase que si él sucumbía en la
empresa todos los desdichados encerrados en el castillo, empezando por ella
misma, estaban perdidos sin remedio.
Hacía una hora que el granero ardía, y
Aristandre, exasperado, había agotado todos los juramentos y todas las
imprecaciones de su vocabulario. Condenado a la inacción, tascaba el freno y
maldecía de Adamas y de Lauriana, de Mercedes y de Clindor, que también
predicaban la paciencia, y de todos los que le retenían, cuando Adamas, subido
a lo alto de la torre de la escalera, le gritó desde la lucerna:
- ¡Ahí está el señor! ¡Ahí está el señor! No
lo veo, pero respondo que está ahí, porque hay pelea, y estoy seguro de haber
reconocido su voz dominando a todas las demás.
- Sí, sí - exclamó Mercedes, que miraba por
una de las ventanas del patio - Mario está aquí, porque el perrito Fleurial
anda como loco; le ha sentido. ¡Mirad!, no le puedo sujetar.
- ¡Aristandre! - exclamó Lauriana - .
¡Salid! ¡Salgamos todos! ¡Es el momento!
Aristandre había salido ya. Sin preocuparse
de si era seguido o no, se precipitó al lado del marqués, y le libertó de La
Fleche, que, flexible como una serpiente, había saltado sobre la grupa de su
caballo y le ahogaba entre sus brazos, secos y nerviosos, aunque sin lograr
desarzonarle.
Aristandre agarró al gitano por una pierna,
a trueque de arrastrar también al marqués, le arrojó al suelo y le pisoteó,
hundiéndolo las costillas; luego le abandonó desmayado o muerto, y se abalanzó
sobre los demás.
Los criados del castillo habían salido
también, incluso Clindor, y el pobre perrito Fleurial, que se escapó de los
brazos de la morisca, se metió entre las piernas del marqués y, por último,
desapareció entre el tumulto para ir en busca de Mario.
Lauriana, armada y exaltada, quería salir
también.
- ¡En nombre de Dios! - exclamó Adamas,
precipitándose entre ella - . ¡No hagáis tal! Si el señor ve a su amada hija en
medio del peligro, perderá la cabeza y, por vuestra causa, se dejará matar.
Además, ved, señora, que me encuentro solo para cerrar las puertas, y acaso
esto sea la salvación de los nuestros. ¿Quién sabe lo que puede ocurrir?
Quedaos para ayudarme en caso necesario.
- ¡Pero la morisca ha salido! -
exclamó Lauriana - . Mira,
Adamas, mira. Busca a Mario; va detrás del perrito. ¡Dios mío! ¡Dios mío!
¡Mercedes, volved! ¡Que os van a matar!
Pero Mercedes, en medio de la batalla, no
oía nada, ni hubiese querido oír tampoco: no pensaba más que en su hijo. Pasaba
entre fuego y hierro; hubiera atravesado un muro de piedra.
El marqués y Aristandre, valerosamente
secundados, no tardaron en hacerse dueños del terreno, y empezaron a rechazar a
los bandidos, unos hacia las ruinas del granero y otros hacia la puerta. Los
que pasaban junto a la pared, sin preocuparse por su inminente caída, fueron
recibidos con picos y estacas por los vasallos de Bois - Doré, que habían
empezado a franquear el pasaje peligroso.
Mataron e hicieron prisioneros a varios; los
otros retrocedieron y, siguiendo las murallas, toda la banda, que no se componía
ya más que de unos veinte hombres, se metió bajo la bóveda de entrada.
- Apagad el fuego - gritó Bois - Doré, al
ver que el incendio alcanzaba los demás edificios del cortijo - , y dejadnos
acabar de derrotar a esta canalla.
Dirigía estas palabras a los aldeanos, a las
mujeres y a los niños que se habían decidido a salir del castillo; luego corrió
con sus criados hacia la bóveda de la entrada, donde acababa de entablarse un
extraño conflicto entro los bandidos, que huían, y Sancho, que guardaba la
salida.
Sancho no tenía más que una idea: una idea
implacable. Había visto a Mario colocado por el marqués detrás de una casa de
la aldea, en medio de una escolta. El niño estaba bien resguardado y bien
protegido. Pero era imposible que en algún momento no saliese de su refugio y
no se colocase al alcance de un tiro de arcabuz.
Sancho permanecía en acecho, con el cañón de
su arma apoyado sobre una almena de la terraza, con el cuerpo bien escondido y
con la mirada fija en la pared tras de la cual su presa había de surgir tarde o
temprano. El sombrío español tenía la ventaja formidable de que no le desviaba
de su objeto ninguna preocupación por su propia vida. No pensaba en el
porvenir, ni aun en la hora presente, tan llena de peligros. No pedía al cielo
más que un minuto para realizar y saborear su venganza.
Por eso, cuando los gitanos, derrotados,
azuzados por las espadas, llegaron gritando ante las macizas estacas de la
compuerta, Sancho permaneció tan inmóvil como las piedras de la bóveda. En
vano voces furiosas y desesperadas le gritaron:
- ¡El puente! ¡El
rastrillo! ¡El puente!
Fue sordo. ¡Qué le importaban sus cómplices!
Los gitanos se vieron obligados a precipitarse hacia la maniobra para
intentar libertarse. Sus mujeres y sus hijos lanzaban gritos espantosos.
Ocurría la contra de la escena de terror y
de confusión que había tenido lugar en aquel mismo sitio, pocas horas antes,
entre los espantados vasallos del castillo.
Bois - Doré, siempre a caballo y rodeado por
los suyos, tenía ya en su poder los restos de aquella horda de asesinos y
ladrones. Las mujeres, enfurecidas, en defensa de sus hijos, se revolvían
contra él con una rabia desesperada.
- ¡Rendíos! ¡Rendíos todos! - exclamó el
marqués, apiadado - . ¡Os doy cuartel por los niños!
Pero nadie se rendía; aquellos desdichados
no creían en la generosidad del vencedor; no comprendían la bondad, que, hay
que confesarlo, era cosa rara en los señores de aquella época.
El marqués tuvo que detener a sus gentes,
para impedir, según dijo más tarde, una matanza de inocentes, si es que se
encontraban algunos entre aquellos pequeños salvajes, ya ejercitados en todas
las perversidades de que eran capaces.
En fin, la compuerta fue alzada y el puente
bajó.
Guillermo, tan generoso como el marqués,
hubiera dado cuartel a los débiles; pero, con gran sorpresa de Bois - Doré, los
fugitivos pasaron sin obstáculo. Guillermo y los suyos no estaban allí.
- ¡Mil rayos del demonio! - exclamó
Aristandre - . ¡Esos diablos se escapan! ¡Sus! ¡Sus! ¡A ellos! ¡Ah, señor,
mientras los teníamos aquí, debíamos haberlos triturado como paja!...
Y se lanzó en su persecución, dejando al
marqués solo bajo la bóveda abierta y despejada, muy intranquilo por Mario, y
no pudiendo lanzar su caballo por el puente, por temor a aplastar a los suyos,
que estaban a pie y se precipitaban sobre aquel pasaje estrecho para alcanzar a
los fugitivos.
Al fin, el puente quedó despejado. Vencedores y vencidos se
precipitaron hacia adelante. El marqués pudo pasar, y vio llegar hacia él a
Mario, que pensaba que ya podía abandonar su refugio, puesto que todo parecía
haber terminado.
El peligro parecía, efectivamente, disipado
por parte de los bandidos; los fugitivos no pensaban más que en huir como
podían, en todas direcciones; algunos se escondían en tal o cual sitio, con
mucha habilidad, para dejar pasar a los perseguidores.
Pero uno de los vencidos no se había movido,
y nadie pensaba en él: era Sancho, que seguía escondido y arrodillado en el
ángulo de la terraza. Desde allí le hubiera sido fácil arrojar piedras sobre
los de Briantes, porque siempre había en la galería de maniobras una provisión
de adoquines a la medida de la abertura de las almenas. Pero Sancho no quería
revelar su presencia. Quería vivir unos instantes; veía llegar a Mario, y le
apuntaba tranquilamente, cuando vio, mucho más cerca de él y más a su alcance,
al marqués a tres pasos del puente.
Entonces se entabló en su alma un
violento combate. ¿Qué víctima debía escoger? No existían entonces escopetas de dos tiros, y
había demasiada poca distancia entre el padre y el hijo para darle tiempo a
cargar el arma de nuevo.
En su lucha con Aristandre, Sancho
había roto una de sus pistolas, y su vigoroso antagonista le había arrebatado
la otra.
Por un refinamiento de venganza, Sancho se
resolvió a escoger a Mario: verle morir sería, sin duda, para el marqués más
cruel que morir él mismo.
Pero aquel instante de vacilación había
turbado el equilibrio de su apacible ferocidad.
Mario iba a caballo; el tiro partió; pero,
demasiado bajo para alcanzarle, fue a herir a la morisca, que marchaba a su
lado.
- ¡Auxilio! ¡Auxilio, amigos míos! - exclamó
Bois - Doré al verse solo con su hijo, expuesto a los tiros de enemigos
invisibles.
Sólo acudieron Lauriana y Adamas, que, al
ver huir a los bandidos, habían abandonado la guardia del postigo para reunirse
con ellos.
Mientras que con la ayuda del desesperado
Mario levantaban a la pobre morisca, el marqués alzó los ojos hacia la terraza
y vio erguirse la alta silueta de Sancho, que, al reconocer a Mercedes, causa
primera de la muerte de su amo, se consolaba un poco de no haber conseguido su
propósito, y, sin pensar en huir, se apresuraba a cargar de nuevo su arma.
Bois - Doré le reconoció en seguida, a pesar
de que el incendio iluminaba débilmente aquella parte. Como no le quedaba
ningún arma cargada, se arrojó de su caballo para entrar bajo la bóveda y subir
a la terraza. Porque pensaba, y con razón, que de todos los enemigos con
quienes había tenido que habérselas, el vengador de Alvimar era el más
peligroso.
Sancho le vio acudir, adivinó su
pensamiento, y sin entretenerse en lanzarle proyectiles que hubieran podido
caer a su lado sin gran daño, se precipitó a la escalera de la maniobra,
decidido a apuñalarle, porque su cuchillo era la única arma que le quedaba en
estado de servirlo.
Bois - Doré se disponía a franquear la
escalera con la espada en alto, cuando pareció presentir la manera de proceder
de tan vil adversario.
Bajó la punta de la espada, tanteando cada
peldaño en la obscuridad, adivinando que Sancho estaba allí agachado y en
acecho para abalanzarse sobre él y derribarle. Se agarró al pasamanos, pero sin
resguardar suficientemente su cuerpo.
Sancho, avisado por el ruido de la espada al
tropezar contra la piedra, se puso en pie, franqueó varios escalones de un
salto vigoroso, y fue a caer sobre Bois - Doré, a quien derribó y agarró por el
cuello; luego le puso las dos rodillas sobre el pecho y exclamó:
- ¡Ya eres mío, hugonote maldito! No esperes
compasión, que tampoco tú la has tenido por...
Antes de terminar su frase, buscó el
sitio del corazón, y con la otra mano alzó el cuchillo, diciendo:
- ¡Por el alma de mi hijo!
El marqués, aturdido por la caída, se
defendía débilmente: estaba perdido. Pero en aquel momento Sancho sintió sobre
su cara dos manecitas que tanteaban, y que de pronto le arañaron tan
terriblemente, que tuvo que hacer un movimiento para desasirse.
Un pensamiento rápido le hizo abandonar al
marqués.
- ¡El niño primero! - exclamó.
Pero una conmoción espantosa interrumpió
bruscamente sus palabras.
Mario había seguido al marqués. Había oído
su caída. Había encontrado a tientas el rostro de Sancho; había reconocido por
el tacto que no era el de Bois - Doré. Llevaba una pistola, que arrancó a
Clindor al pasar junto a él. Colocó el cañón sobre aquel cráneo velludo y rudo,
y disparó a quemarropa.
Había vengado la muerte de su padre y
salvado la vida de su tío.
|