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- LVIII -
Al pronto, el marqués no supo qué ángel
libertador había acudido en su auxilio.
Se desasió del cuerpo de Sancho, que pesaba
sobre él; luego extendió los brazos, tanteando en la obscuridad, porque creía
que se trataba de un nuevo enemigo que se había equivocado al disparar.
Sus manos tropezaron con Mario, que
se esforzaba en levantarle, diciendo con angustia:
- ¡Padre! ¡Mi pobre padre! ¿Estás muerto? No me
hablas; ¿estás herido?
- No, nada; algo contuso solamente -
contestó el marqués - . Pero ¿qué ha ocurrido? ¿Dónde está ese infame?
- Me parece que le he matado - dijo Mario -
, porque no se mueve.
- ¡No te fíes! ¡No te fíes! - exclamó Bois -
Doré, levantándose con esfuerzo y llevando a su hijo abajo de la escalera - .
Mientras que a la serpiente le queda un soplo de vida, intenta morder.
En aquel momento Clindor llegó con una
antorcha, y vieron a Sancho inerte y desfigurado.
Respiraba todavía; a través de la sangre que
cubría su rostro, sus ojos parecían decir: «Muero dos veces, puesto que me
sobrevivís.»
- ¡Cómo, mi pobre David! ¿Has matado a este
Goliat? - exclamó el marqués en cuanto empezó a reponerse.
- ¡Ay!, padre, lo he matado demasiado tarde
- contestó Mario, que estaba como ebrio, y que recobró con la memoria el dolor
- . Creo que mi Mercedes ha muerto.
- ¡Pobre morisca! Esperemos que no - dijo el
marqués, suspirando.
Y volvieron a pasar por el puente para ir a
reunirse con ella, mientras que Clindor, que temía ver levantarse a Sancho,
atravesaba con una punta de partesana la garganta de aquel miserable.
La morisca se hallaba en pie. No
quería que se ocupasen de ella, aunque le costaba trabajo sostenerse.
Tenía una herida
dolorosa: la bala había atravesado su brazo derecho, que ceñía el talle de
Mario en el momento del disparo; pero no pensaba más que en el niño, preocupada
porque no lo veía; y cuando él se acercó, ella tuvo una sonrisa y perdió el
conocimiento.
La transportaron al
castillo, donde Mario y Lauriana la siguieron dándole la mano y llorando
amargamente porque la creían perdida.
El marqués quedó fuera.
La ausencia de Guillermo le parecía de mal
agüero, y avanzó porque creyó oír en la carretera rumores más serios que los
que podían provenir de la captura o de la resistencia de algunos fugitivos.
A medida que avanzaba, los ruidos se hacían
más alarmantes, y cuando llegó a lo alto de la torrentera vio venir hacia él
una partida en desorden, compuesta por vasallos de Ars y Briantes.
- ¡Alto, amigos! - les gritó - . ¿Qué ocurre
y cómo es que unos valientes como vosotros parecen volver la espalda?
- ¡Ah!, sois vos, señor marqués - contestó
uno de aquellos hombres - . Hay que volver al castillo y defenderse detrás de
las murallas, porque ya llegan los reitres. Monsieur de Ars sabía que llegaban,
porque monsieur Mario se lo había advertido; ha ido a su encuentro, y en este
momento se está batiendo con ellos. Pero no hay medio de luchar contra esas
gentes, porque, según dicen, un reitre es más fuerte y más malo que diez
cristianos, y además tienen un cañón; ya lo hubieran utilizado contra nosotros
de no haber sido por miedo a alcanzar a los suyos, por el desorden en que los
ha puesto monsieur de Ars.
- Monsieur de Ars se ha portado juiciosa y
valerosamente, hijos míos - dijo el marqués - ; y si el miedo a los reitres os ha
hecho volver la espalda, no sois dignos de estar a su servicio ni al mío. Id,
pues, a ocultaros detrás de las murallas; pero yo os advierto que, si me veo
forzado a retroceder y a refugiarme en mi casa, os echaré de ella, como a
gentes que comen demasiado bien y se baten demasiado mal.
Aquellos reproches hicieron volverse a
varios; los demás huyeron; estos últimos pertenecían casi todos a Guillermo.
Sin embargo, eran hombres valientes; pero
los reitres habían dejado en el país tan terribles recuerdos, a los que la
leyenda había añadido tan espantosos prodigios, que se necesitaba ser
extraordinariamente bravo para afrontarles.
El marqués, acompañado por algunos, que se
ruborizaban de su pánico, no tardó en reunirse con Guillermo, que atacaba heroicamente
al capitán Macabro.
La noche era muy clara, y esto había
permitido a Guillermo emboscarse, para caer sobre ellos e impedir que fuesen a
cañonear el castillo, porque llevaban, efectivamente, una pequeña pieza de
campaña, cuya existencia no había sospechado Bois - Doré durante su reclusión
con Etalié.
Todo el mundo sabe que basta con un mal
cañón para demoler aquellas pequeñas fortalezas, hábilmente dispuestas para
resistir los asaltos de la Edad Media, pero indefensas ante los recursos de la
buena artillería de sitio. Los más formidables castillos del Berry fueron
derrumbados cual castillos de naipes, bajo el reinado de Richelieu y de Luis
XIV, en cuanto el poder central quiso acabar con la nobleza armada; es
sorprendente lo insignificante del número de soldados y de granadas que
bastaron para ejecutar tan magna empresa.
Por estas causas el marqués debía impedir a
todo trance que el enemigo se aproximase a su castillo, y con tal fin corrió a
auxiliar a Guillermo, que se portaba como un valiente, a pesar de la deserción
de la mayoría de sus hombres.
Pero fue necesario ceder bajo el impulso de
los reitres, que tenían la doble ventaja del terreno y del número; la partida
parecía perdida, cuando se oyeron, a retaguardia de la tropa enemiga, rumores
de combate, como si ésta se hubiera encontrado cogida simultáneamente entre dos
fuegos.
Era monsieur Robin de Coulogne, que llegaba
muy oportunamente con los suyos. Su retraso se tornaba providencial. Si hubiera
seguido a los reitres de más cerca, los hubiera alcanzado antes, y
probablemente no lo hubiera sido fácil vencerlos.
Sin embargo, aunque cogidos entre dos
fuegos, los reitres se batieron encarnizadamente, sobre todo los vigorosos
alemanes de Macabro y los fogosos franceses de la teniente.
Los italianos de Saqueo fueron los primeros
en ceder; aborrecían a Macabro y a Proserpina, y no querían morir por ellos.
Intentaron separarse de los demás para
llegar al castillo por algún rodeo; pero a mitad del camino fueron recibidos por
Aristandre, que, ocupado en perseguir a los gitanos, ignoraba el ataque de los
reitres, y cayó sobre ellos sin saber de qué se trataba.
Como llevaba consigo una partida poco
numerosa, pero buena, y como al primer disparo mató al teniente, los demás no
tardaron en ser derrotados por completo, y temiendo una nueva generosidad de
Bois - Doré, el carrocero se apresuró a suprimir a todos los prisioneros.
El cinturón del teniente Saqueo era una
buena presa; pero Aristandre no quiso apropiárselo, y lo reservó para la
comunidad.
Un momento después, mientras corría para ir
a reunirse con el marqués, encontró a uno de los hombres que habían acompañado
a Lucilio a Brilbault.
- ¡Eh!, Denison - le gritó - . ¿Qué
has hecho con nuestro músico?
- Pregunta más bien - contestó Denison - lo que
han hecho con él esos bandidos de reitres. ¡Dios sabe! Nos dirigíamos, hacia
Etalié para reunirnos con el señor marqués; pero al pie de la colina los
bandidos nos rodearon, nos echaron abajo de nuestros caballos y nos llevaron
con ellos.
A lo primero querían arcabucear a maese
Jovelin en el sitio. Estaban furiosos porque él no les contestaba, y tomaron su
silencio por un desprecio. Pero había entre ellos una señora que lo reconoció y
que dijo que el señor marqués daría un buen rescate por él. Entonces le ataron
como a nosotros, y a estas horas deben de estar, él y cuatro de nuestros
camaradas, o libres como yo, o muertos en la batalla.
En cuanto a esa señora, que está ataviada
como un oficial, no sé quién es; pero el cielo me confunda si no se diría que
es la dama Belinda en persona.
- Pues vamos a ver, Denison - dijo
Aristandre - , y salvemos a todos nuestros amigos, si es posible.
El buen carrocero reunió, mientras iba
corriendo, a cuantos pudo, y atacó a los reitres por el flanco con bastante
inteligencia y oportunidad.
Cogidos por tres lados y reducidos a la
mitad, porque unos habían sido muertos por Bois - Doré, Guillermo y monsieur
Robin, y otros habían huido con el teniente Saqueo, los reitres, reunidos en
pequeño batallón, hicieron un esfuerzo para retirarse en buen orden por el
flanco izquierdo.
Pero era fácil envolver a un ejército tan
pequeño; su cañón, conducido a retaguardia, había caído ya en poder de monsieur
Robin. Ni siquiera pudieron dispersarse. Tuvieron que rendirse a discreción,
salvo algunos que, cegados por la rabia, se dejaron matar, no sin haber antes
herido a algunos de sus adversarios.
Como no podía fiarse en la palabra de los
reitres, hubo que desarmarlos y maniatarlos; amanecía cuando vencedores y
vencidos se encontraron reunidos en el patio del castillo.
El incendio de los edificios del cortijo
había sido dominado; el destrozo era considerable, pero el marqués no pensaba
en ello; limpiábase el sudor y el polvo, que velaban sus ojos, y buscaba con
emoción en torno suyo a los seres queridos: primero a Mario, que no se hallaba
junto a él para felicitarle, lo cual le hizo temer que el estado de la morisca
hubiese empeorado; después a Lauriana, que acudió para tranquilizarle acerca de
Mercedes; Adamas, que le besaba los pies con entusiasmo; Jovelin y Aristandre,
que no aparecían por ninguna parte, y, por último, su buen cortijero, cuya
muerte le ocultaban; en fin, todos sus fieles servidores y vasallos, cuyo número
había disminuido en aquella noche fatal.
Pero mientras preguntaba por ellos, se
interrumpía continuamente para preguntar por Mario con una súbita ansiedad.
Dos o tres veces, durante el encarnizado
combate con los reitres, le había parecido ver a la luz del crepúsculo el
rostro de su hijo pasar cerca de él cual una visión flotante.
- ¡Ah! ¡Aristandre, por fin! - exclamó al
ver de pronto al carrocero, que se acercaba a caballo - . ¿Has visto a mi hijo?
¡Habla pronto!
Aristandre tartamudeó algunas palabras
ininteligibles. Su rostro estaba alterado por la fatiga, desconcertado por una
confusión inexplicable.
El marqués se puso pálido como un muerto.
Adamas, que le contemplaba con adoración
comprendió en seguida su angustia.
- ¡No!, no, señor - exclamó, mientras
recibía en sus brazos a Mario, que se precipitaba desde la grupa de Squilindre,
donde había permanecido oculto detrás del ancho pecho del carrocero - . Hele
aquí sano y lozano como una rosa del Lignon.
- ¿Qué hacíais a caballo detrás del cochero,
señor conde? - preguntó el marqués, después de abrazar a su heredero.
- ¡Ay!, mi buen amo, perdonadle - dijo
Aristandre, que acababa de echar pie a tierra - . Cuando vine a buscar a
Squilindre a la cuadra para combatir a los alemanes, me apresuró a encerrar a
Coquet, para que el señor conde no pudiera montarle, porque había visto rondar
por allí a vuestro demonio... ¡perdón!, a vuestro encanto de hijo, y ya me
sospechaba yo que quería lanzarse al peligro.
Pero en lo más fuerte del combate, de
repente siento algo que salta junto a mí; al pronto no hice caso, ¡era una cosa
tan ligera!; pero entonces vi que tenía cuatro brazos, dos grandes y dos
chicos. Con los grandes guiaba mi caballo y mataba a los enemigos; con los chicos
cargaba más armas y manejaba la pica con tal destreza que hacía doble trabajo.
¡Qué iba a hacer yo! Me encontraba en tal
tremolina, que no hubiera sido prudente dejar en tierra a mi pequeño compañero,
y ¡a Dios gracias! hemos salido enteros, después de dar una buena tunda al
enemigo y de abatir, bajo las patas de este valeroso caballo, que ha resultado
un famoso caballo de guerra, a más de un malvado que iba contra vuestra vida,
que Dios conserve, señor marqués. Si he obrado mal, castigadme; pero no
regañéis al señor conde, porque, en verdad, ¡vive Dios! que es un mocito... que
atizaba de firme a esos... alemanes, y que no tardará en ser, a fe mía, un...
como vos, mi amo.
- Basta, basta de elogios, amigo - repuso
Bois - Doré, estrechando la mano de su carrocero - . Ya que enseñas a tu joven
amo a desobedecer, al menos no le enseñes a jurar como un pagano.
- Pero ¿he desobedecido, padre? - dijo Mario
- . Me habías prohibido que me batiese con los gitanos, pero no me habías dicho
nada de los reitres.
El marqués cogió a su hijo en brazos, y no
pudo menos de mostrarle con orgullo a sus amigos y contarles de qué manera
había librado a su tío del terrible Sancho.
- Vamos, pequeño héroe - le dijo, besándole
de nuevo - , ya no necesitas andadores. Has vengado con tu propia mano, y a la
edad de once años, la muerte de tu padre, y has ganado las espuelas de
caballero. Vete a arrodillar ante tu dama, porque has conquistado la esperanza
de agradarle algún día.
Lauriana, sin vacilar, besó fraternalmente a
Mario, y éste le devolvió sus caricias sin ruborizarse.
No había llegado todavía el momento de que
aquella santa amistad pudiese tornarse en santo amor.
Ambos fueron a reunirse con Mercedes,
después de tranquilizar al marqués acerca de la suerte de Lucilio. Éste, que
era un buen cirujano, se hallaba junto a la morisca. Mario no había querido
vanagloriarse por haber contribuido a la liberación de su amigo, que a su vez
se había batido bravamente junto a él.
La morisca estaba tan contenta por los
cuidados del preceptor y el regreso de Mario, que no sentía el dolor de su
herida.
Después de curarle, Lucilio se ocupó en
curar a los demás heridos, incluso a los prisioneros, que debían partir en
seguida, con una buena escolta, a la cárcel de La Châtre.
Sentados en el patio, en torno a los restos
del incendio, los reitres estaban cabizbajos; el capitán Macabro, que se había
batido completamente borracho y que estaba mal herido, no pensaba más que en
pedir aguardiente, para olvidar su derrota; la Belinda había tenido tanto miedo
en la derrota, que había quedado como idiotizada; esto la preservaba de sentir
la humillación de verse expuesta al desprecio y a los reproches de los criados
y vasallos, a los que durante tanto tiempo ella había desdeñado y mortificado.
Sin embargo, las aldeanas tuvieron algunas
consideraciones para con ella, porque el lujo de su traje las deslumbraba
instintivamente.
Pero cuando Adamas se enteró de las
pretensiones que había manifestado de casarse con el marqués y de sus
intenciones de martirizar a Mario, excitó contra ella la execración general,
hasta tal punto que el marqués tuvo que apresurarse a mandarla a la cárcel de
la ciudad. Contra la opinión de Adamas, la dejó sus alhajas y su bolsa, y
consintió que fuera transportada en el caballo.
Los caballos de los reitres, que eran
excelentes; sus equipajes, sus armas y el dinero de los oficiales fueron
distribuidos entre los vencedores, sin que el marqués consintiese en guardar para
él nada de los despojos del enemigo. Además, cuidó de socorrer cuanto antes a
los pobres vasallos, saqueados y maltratados por los gitanos.
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