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- LIX -
Cada cual se volvió a su casa en cuanto hubo
visto partir a los prisioneros, a los que monsieur Robin acompañaba con un gran
séquito de gente de los alrededores, que, atraída por el ruido de la batalla,
había llegado un poco tarde para combatir, pero a tiempo de ayudar a los
combatientes en las últimas tareas, proporcionándoles un poco de descanso, del
que estaban en verdad muy necesitados.
Juan el Cojo, que llegó medio borracho y de
los últimos, consideró como un honor el unirse a la escolta. Desde hacía mucho
tiempo abrigaba un odio oculto contra el capitán Macabro; además, había perdido
la pierna en un encuentro con los reitres.
Por eso entró en la ciudad de La Châtre con
la cabeza erguida, con aires de matamoros, y contando a quien quería oírle que
con su fulgente espada había matado a catorce, como dice la canción.
Y señalando a los más fornidos prisioneros,
decía:
- A éste le he cogido yo.
Aun quedó desorden en el patio de Briantes
después de despejar el sitio.
La planta baja de los edificios seguía
sirviendo de enfermería para los hombres y los animales. El comedor y la cocina
estaban abiertos para todo el que quería calentarse, beber o comer; el marqués
no quiso ni sentarse antes de proveer a las necesidades de todo el mundo.
Lucilio y Lauriana curaban y animaban cuanto mejor podían a aquellos desdichados.
Aquel agitado cuadro presentaba episodios
variados.
Unos gritaban y gemían por la extracción de
una bala; otros reían y chocaban las copas, recordando las proezas de la noche;
otros lloraban sus muertos.
Había ancianas insoportables que alborotaban
porque no encontraban una cabra, y otras que, habiendo perdido a sus hijos,
corrían con la mirada extraviada y el pecho tan oprimido, que no tenían ni
fuerzas para llamarlos.
Mario, ágil y compasivo, les ayudaba en sus
pesquisas, mientras que Adamas, siempre previsor, hacía cavar en un campo
próximo una vasta fosa para enterrar los muertos del enemigo. Se trató con más
honor a los del país, y se mandó buscar a monsieur Poulain para que orase por
ellos hasta el momento de la inhumación.
Festejaron a los más valientes; a última
hora lo había sido casi todo el mundo; sin embargo, durante el día fueron
encontrando a algunos infelices idiotizados, agazapados bajo haces de leña o en
rincones del cobertizo, donde se hubieran dejado abrasar o asfixiar, dominados
por el terror.
En medio de aquellas escenas, trágicas o
grotescas, Bois - Doré se multiplicaba, ayudado por el buen Guillermo, para
vigilarlo todo.
A pesar de las cosas horribles o dolorosas
que se presentaban ante ellos a cada paso, estaban animados por esa especie de
embriaguez que sigue siempre al fin dichoso de una gran crisis.
Lo que había que lamentar era poca cosa en
comparación de lo que hubiera podido ocurrir.
El marqués había vuelto a montar a caballo,
para dedicarse más rápidamente a sus caritativos deberes, y su indumento
resultaba incomprensible para la mayoría de los que le veían pasar.
Llevaba todavía su delantal de cocina,
verdad es que ya hecho jirones y manchado con la sangre de los enemigos; tanto
era así, que varios vasallos creyeron que se había ceñido un trozo de
estandarte para demostrar su victoria. Sus grandes bigotes se habían tostado en
el incendio, y el gorro de tela de maese Pignoux, aplastado por el sombrero que
Bois - Doré se había puesto apresuradamente, le cubría hasta los ojos; todo el
mundo creía que estaba herido, y le preguntaban con solicitud si era cosa de
cuidado.
En el momento en que se arrojaban las
primeras paletadas de tierra sobre los cadáveres, uno de éstos protestó.
Era La Fleche, que pretendía no estar muerto
del todo.
Los improvisados sepultureros estaban poco
dispuestos a hacerle caso, cuando Mario pasó cerca y oyó la discusión. Acudió,
y mandó que desenterraran al miserable; le obedecieron a disgusto; pero, a
pesar de toda su autoridad señorial, el generoso niño no consiguió que
transportasen al herido a la enfermería.
Todos se alejaron con diversos pretextos, y
Mario tuvo que ir a buscar a Aristandre, que obedeció sin murmurar y le acompañó
hasta el lugar en que el gitano herido yacía sobre la tierra húmeda y manchada.
Pero ya era tarde; La Fleche estaba perdido
sin remedio: su mirada, dilatada y extraviada, revelaba que estaba en la
agonía.
- Ya es tarde, señor - dijo Aristandre - ;
he sido yo quien te ha golpeado, y confieso que no lo he hecho con dulzura;
pero no soy yo quien le ha metido esa tierra y esas chinas en la boca para
ahogarle. Nunca se me hubiera ocurrido una cosa semejante.
-
¿Tierra y chinas? - contestó Mario, mirando con horror y sorpresa al gitano,
que se ahogaba - . ¡Antes hablaba! ¿Habrá mordido el suelo al luchar contra la
muerte?
Se inclinó hacia el miserable para
aliviarle; pero La Fleche, que tenía ya la lividez de la muerte, hizo un
esfuerzo con el brazo, como para decirle: «Es inútil; dejadme morir en paz.»
Luego extendió el brazo con el índice
tendido, como si indicase a su asesino; y permaneció así, rígido por la muerte,
que había apagado ya su mirada.
Los
ojos de Mario siguieron instintivamente la dirección que lo designaba aquel
gesto espantoso, pero no vio a nadie.
Sin duda el gitano había tenido, al morir,
una alucinación relacionada con su mala y triste vida.
Pero Aristandre notó que sobre la tierra
arcillosa había huellas recientes de un pie menudo.
Aquellas huellas rodeaban al cadáver; cerca
de la cabeza se multiplicaban; luego se alejaban en la dirección que el brazo
del muerto seguía designando.
- ¿Cómo habrá niños tan malos? - dijo el
buen carrocero, haciendo notar aquellas huellas a Mario - . Ya sé que estos
gitanos valen menos que los perros, y acaso el hijo del pobre Charasson, al ver
que intentábamos salvar a este miserable, ha querido rematarle de esta manera,
para vengar la muerte de su padre. De todos modos, es una invención del
demonio, y buena razón tienen al decir que del mal nace el mal.
- Sí, sí, mi buen amigo - contestó Mario
horrorizado - . Tú te das cuenta de que un moribundo no es ya un enemigo. Pero
mira allí, detrás del matorral. ¿No es la niña Pilar la que se esconde?
- No sé quién es la niña Pilar - dijo el
carrocero - , pero sé que esa bribonzuela es la de esta noche. Mirad, ahora se
aleja. Corre como un gato. ¿La conocéis?
- Sí - dijo Mario - , la conozco demasiado,
y veo que está poseída por el diablo. Dejémosla huir, carrocero, y ¡ojalá se
marche muy lejos de aquí!
- Vamos, señor, no os quedéis en este odioso
lugar - repuso Aristandre - ; voy a enterrar los restos de este hereje, porque
los perros y los cuervos lo están ya olfateando y no le gustaría al señor
marqués que este cuerpo permaneciera sobre sus tierras.
Mario, extenuado por el cansancio, se retiró
a descansar.
Después de dormir una hora sobre una butaca,
junto a su querida morisca, que fingió dormir también para tranquilizarle,
volvió a prodigar cuidados, alivios y consuelos en el castillo y en la aldea,
ayudado por la amable y abnegada Lauriana.
El marqués, después de arreglarse un
poco a toda prisa, recibió la visita del teniente del prebostazgo.
En compañía de los señores de Ars y de Coulogne
expuso los hechos a los magistrados, encargados de hacer buena y pronta
justicia.
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