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- LXI -
En vano habían buscado a monsieur Poulain
para que asistiese a los moribundos de su parroquia: no le encontraron.
Los gitanos habían saqueado su casa,
prefiriéndola a todas las demás. Su criada estaba en cama a consecuencia de los
malos tratos que le habían dado, y pedía al cielo que volviese el señor rector,
de quien ella no podía dar razón alguna. Había desaparecido desde hacía dos
días.
Por fin, al anochecido, cuando messieurs
Robin y Guillermo se disponían a retirarse con sus gentes, dejando ambos sus
heridos a los buenos cuidados del marqués, vieron llegar a Juan Faraudet, el
aparcero de Brilbault, que solicitó hacer a su amo una comunicación importante.
Vamos a referir lo que contó, y al mismo
tiempo diremos lo que había ocurrido la víspera en Brilbault, ya que todavía no
hemos tenido ocasión de seguir a los numerosos personajes que se habían citado
allí para asaltar e invadir el viejo castillo.
Las disposiciones estaban tan bien tomadas,
que nadie había faltado a la cita, salvo monsieur de Bois - Doré, cuya
ausencia, al pronto, no fue advertida, porque todos los conjurados se hallaban
diseminados en los alrededores del castillo por pequeños grupos, que se
comunicaban en la obscuridad.
Exploraron las ruinas de arriba abajo, y las
hallaron silenciosas y desiertas. Pero vieron huellas de reciente ocupación en
la parte de la planta baja, donde el marqués no se había atrevido a penetrar
solo; en las chimeneas había ceniza; en el suelo, harapos y restos de comida.
También descubrieron un pasaje subterráneo
que tenía la salida a una distancia bastante alejada del recinto; estos pasajes
existían en todos los castillos feudales. En la época en que acontece nuestra
historia, estaban ya colmados casi todos; pero los gitanos habían sabido
descombrar éste y ocultar su entrada con bastante habilidad.
Los conjurados no hicieron más pesquisas, no
solamente porque las juzgaban inútiles, puesto que el enemigo había partido,
sino porque empezaron a preocuparse por monsieur de Bois - Doré y a buscarle
por los alrededores. Estaban alarmados cuando la gitanita llegó y dio cuenta de
los acontecimientos.
Aun perdieron tiempo en perplejidades. Monsieur Robin, creyendo que el marqués había
caído en alguna emboscada, se obstinaba en buscarle, mientras que monsieur de
Ars, juzgando que las afirmaciones de la niña eran bastante verisímiles, se
decidió a partir hacia Briantes con los suyos. Una hora más tarde monsieur
Robin tomó el partido de hacer otro tanto.
Cuando todos se alejaron, el aparcero de
Brilbault, a quien habían ordenado que siguiese registrando el castillo, cedió
a la fatiga, según dijo, aunque probablemente más bien a un resto de miedo, y
aplazó la tarea hasta el día siguiente.
-
Cuando fue completamente de día - contó Juan Faraudet - me fuí allí; y después
de registrar bien de arriba abajo todos los escombros, advertí un camaranchón
que todavía no había visto, y encontré dentro un hombre mejor liado que un haz
de espigas. Tenía las manos y los pies atados, y además la boca amordazada con
un tapón de paja, que formaba una cuerda muy sutilmente retorcida alrededor de
su cabeza. Tanto es así, que el hombre parecía muerto de pies a cabeza. Lo
cogí y lo llevé a mi casa. Allí, desatado y aliviado, se repuso con un poco de
aguardiente.
- ¿Y quién era ese hombre? - preguntó el
marqués, creyendo que se trataba de Alvimar - . ¿No le conocíais?
- ¡Ya lo creo que sí, monsieur Silvain! -
contestó el aparcero - . Era monsieur Poulain, el rector de vuestra parroquia.
Estuvo más de cuatro horas sin poder decir una palabra ni hacer un movimiento,
a consecuencia de los esfuerzos que había hecho para desatar sus ligaduras.
Sólo al amanecer nos dijo: «No quiero hablar más que delante de la justicia. No
soy culpable de lo que ha podido ocurrir. ¡Lo juro por mi crisma y mi
bautismo!» Todo el día tuvo calentura y estuvo delirando. Por fin a la tarde se
encontró mejor y quiso volver a su casa, donde le he llevado a la grupa de mi
yegua preñada, sea dicho sin ofensa.
- Vamos a interrogarle - dijo Guillermo,
levantándose.
- No - contestó el marqués - , dejémosle
dormir. Le hace tanta falta como a nosotros; y ¿qué podría revelarnos que no
sepamos ya de sobra? ¿Y de qué podríamos acusarle? Al ir a asistir a monsieur
de Alvimar, moribundo, ha cumplido con su deber; y si al enterarse de lo que
allí se tramaba contra mí no ha intentado impedirlo con amenazas, al menos se
ha negado a asociarse a la empresa, y por eso los gitanos le han atado y
amordazado.
Guillermo repuso que monsieur Poulain era un
rector peligroso para la señoría de Briantes, y que al menos había que
amenazarle con comprometerle en el asunto de los reitres, para que se
mantuviera sometido y alejado.
Pero el marqués se negó en absoluto a
atormentar a un hombre que le parecía bastante castigado por el trato brutal
que había sufrido y el riesgo en que se había visto de perecer en un calabozo,
olvidado y reducido al silencio.
- ¡Cómo! - dijo - . Por la gracia de Dios
hemos conseguido librarnos de cuarenta reitres bien equipados y provistos de un
cañón; de una cuadrilla de ladrones ágiles y duchos; de un incendio terrible y
de una emboscada infame; ¿y vamos a pensar en vengarnos de un pobre cura, que
ya no puede nada contra nosotros?
El marqués olvidaba que no estaba libre de
todo peligro.
El príncipe, que había partido
precipitadamente para reunirse con la corte, podía no ser bien acogido, volver
de pronto y desahogar su mal humor con los señores de la provincia.
El marqués debía, por lo tanto, ocuparse de
no dejar entre él y Condé un peligroso defensor de la causa de Alvimar.
Fue Lucilio quien al día siguiente hizo
estas reflexiones al marqués, quien corrió en el acto a casa de monsieur
Poulain, so pretexto de informarse de su salud.
El rector había sufrido tanto por el frío,
la molestia y el miedo, que no podía levantarse de su butaca; intentó
explicarlo diciendo que una caída de caballo le había puesto en aquel estado y
lo había obligado a permanecer veinticuatro horas en casa de un compañero suyo.
Pero Bois - Doré fue derecho al asunto y le
habló con una firmeza dulce y generosa, sin olvidar el hacerle ver las notas de
la Memoria de Alvimar y demostrarle la manera como aquel difunto amigo hablaba
de él y del príncipe.
Monsieur Poulain no luchó contra estas
revelaciones. Las ansiedades atroces en que se había hallado sumido habían
abatido considerablemente su orgullo.
- Monsieur de Bois - Doré - dijo, suspirando
y enjugándose el sudor frío que bañaba su frente al recuerdo de aquellas
angustias - , he visto la muerte de cerca, y no creía temerla; pero se me ha
aparecido bajo una forma tan fea y cruel, que he hecho el voto de retirarme a
un claustro si salía de aquellos muros helados, tras los cuales me habían
enterrado vivo. He salido, y
no quiero ya luchar ni en pro ni en contra de nadie, ni de ningún interés en
este mundo. En mi retiro no pensaré más que en mi salvación, y si quisierais
concederme celda en la abadía de Varennes, de la que sois poseedor fiduciario,
no desearía ya nada.
- Sea - contestó Bois - Doré - ; con la condición de que me deis
aclaraciones sinceras acerca de lo que ha ocurrido en Brilbault. No os cansaré
con preguntas inútiles; sé las tres cuartas partes de lo que vos sabéis. Lo
único que deseo conocer es si monsieur de Alvimar os ha confesado el asesinato
de mi hermano.
- Me pedís que traicione el secreto de
confesión - contestó monsieur Poulain - , y yo me negaría a ello, según es mi
deber, si monsieur de Alvimar, sinceramente arrepentido en su última hora, no
me hubiera encargado que lo revelase todo después de su muerte y de la de
Sancho, que él no creía tan próxima. Sabed, pues, que monsieur de Alvimar, que
pertenecía por su madre a una familia noble, y estaba autorizado por el secreto
de su nacimiento a llevar el nombre del esposo de su madre, era, en realidad,
el fruto de una intriga culpable con Sancho, antiguo jefe de bandidos que se
había hecho labrador.
- ¡Es posible! - exclamó el marqués - . Esto me explica, señor rector, las últimas
palabras de Sancho. Pretendía sacrificarme a la memoria de su hijo. Pero ¿cómo
habló de esto monsieur de Alvimar en su confesión?
- Monsieur de Alvimar tuvo que revelarme su situación
respecto a Sancho para arrancarme el juramento de no entregar a la justicia
secular el hombre a quien él llamaba con vergüenza y con dolor «el autor de sus
días». También le llamaba el
causante de su crimen y de sus desdichas.
«Aquel hombre cruel y perverso le había
hecho cómplice de la muerte de vuestro hermano; a él se le ocurrió primero la
idea, y él fue quien lo apuñaló, mientras que Alvimar se resignaba a ayudarle y
a aprovecharse del crimen.
«Es absolutamente verdad que el único objeto de aquel asesinato, cuyos
autores no conocían a la víctima, fue el apoderarse de una cantidad de dinero y
de una caja de alhajas que vuestro hermano había tenido la imprudencia de dejar
ver en una hostería la víspera.
«En aquella época de su vida, monsieur de
Alvimar era muy joven, y tan pobre, que dudaba si podría costearse el viaje
hasta París, donde esperaba encontrar protecciones. Era ambicioso; éste es un
gran pecado, lo reconozco, señor marqués; es la peor tentación de Satanás.
«Sancho alimentaba y excitaba aquella
ambición maldita en su hijo. Tuvo que vencer su repugnancia; lo consiguió
demostrándole que aquel crimen se presentaba como una ocasión segura, que no
volvería a encontrarse, y que le evitaría la necesidad de envilecerse implorando
la caridad ajena.
«Cuando monsieur de Alvimar me hizo esta
confesión Sancho se hallaba presente y bajó la cabeza, sin intentar
disculparse. Al contrario, cuando yo vacilaba en dar la absolución por un
crimen que no me parecía lo suficientemente expiado, Sancho se acusó con
energía, y debo confesar que había cierta grandeza en la pasión de aquel alma
sombría por la salvación de su hijo.
«Entonces creí que trataba con dos
cristianos, ambos culpables, pero ambos arrepentidos; pero Sancho me llenó de
horror y de espanto tan pronto como su hijo dejó de existir.
«Aquello, señor, fue una escena horrible, y
no la olvidaré en la vida.
«La sala baja en que nos hallábamos en aquel
castillo destartalado no tenía más que una chimenea; y a pesar de que el local
era vasto, el espacio en que era posible ampararse contra el frío que caía de
la bóveda derrumbada era muy reducido.
«Monsieur de Alvimar tenía como lecho un
montón de paja, y como abrigo, su capa y la de Sancho. Estaba tan extenuado por
dos meses de agonía, que parecía un espectro.
«Sin embargo, Sancho le había vestido lo
mejor que pudo para que recibiera los últimos auxilios de la religión; y el
espectáculo de aquel hidalgo distinguido y resignado en medio de una horda de
gitanos, paganos e infames, entristecía el alma y los ojos.
«Aquellos herejes, disgustados por asistir a
una ceremonia cristiana, rugían, juraban y vociferaban de un modo irrisorio,
para no oír las oraciones de la Santa Iglesia, que ellos execran.
«Según me han dicho, esto ocurría
continuamente durante los últimos tiempos de la deplorable existencia de
monsieur de Alvimar en aquel lugar.
«Todas las noches Sancho intentaba
aprovechar el sueño de los gitanos para recitar a su hijo las oraciones que
éste reclamaba; pero en cuanto alguno lo notaba, todos, hombres, mujeres y
niños, empezaban a alborotar para ahogar su voz y para impedir que llegasen a
los oídos del moribundo las santas palabras de nuestros ritos.
«En medio de aquella bacanal espantosa, en la
que Sancho conseguía a veces, gracias a su autoridad - fundada en que tenía
algún dinero escondido, que les iba entregando poco a poco - , restablecer un
instante de silencio, administró la Extremaunción al desdichado joven.
«Creo que murió reconciliado con Dios,
porque mostró mucho arrepentimiento por su crimen y me rogó que dijera la
verdad al príncipe, en el caso de que éste, engañado, como yo lo había sido,
sobre las circunstancias y las causas de vuestro duelo, os molestase por este
particular.
- ¿Y estáis resuelto a hacerlo, señor
rector? - dijo Bois - Doré, examinando el rostro alterado de monsieur Poulain.
- Sí, señor - contestó el rector - ; con la
condición de que volváis seria y sinceramente al camino del deber.
- ¿Todavía me regateáis, en el nombre de la
Verdad suprema, el testimonio de la verdad?
- No, señor; porque lo que ha ocurrido
después de la muerte de Alvimar me ha quitado la esperanza de convertiros con
el ejemplo del arrepentimiento de vuestros enemigos. Sancho se inclinó sobre el
lívido rostro de su hijo y permaneció un momento sin decir nada y sin verter
una lágrima; luego se levantó, hizo en voz alta el odioso juramento de vengarle
por todos los medios posibles, y puso su mano en la de un brutal hugonote que
se hallaba allí.
- ¿El capitán Macabro?
- Sí, señor; tal era el nombre siniestro que
le daban.
- «Os he llamado - le dijo Sancho - para
entregaros los tesoros de Bois - Doré; me uno a vosotros, y os aseguro la ayuda
de esta partida de gitanos y de estradiotes voluntarios que veis aquí. Por
medio de Belinda os he mandado a decir que podréis hacer un buen negocio, y el
rector, aquí presente, que odia al tal Bois - Doré y que está en buenas
relaciones con el príncipe, os garantizará la impunidad.» Entonces, señor, yo
protesté.
- Claro - dijo Bois - Doré, sonriendo - .
Sabíais muy bien que el príncipe quería mi supuesto tesoro para él solo, y que
no era hombre que consentiría en dejarte pasar por las manos de tales
depositarios.
Monsieur Poulain sufrió el reproche e
inclinó la cabeza con una expresión fingida o sincera de arrepentimiento y de
humildad.
A instancia del marqués prosiguió su relato,
y contó que Macabro había propuesto saltarle la tapa de los sesos, sin más
ceremonia, para impedirle que hablase. Entonces los gitanos se precipitaron
sobre él para quitarle sus ropas antes de que la sangre las hubiese estropeado.
- Aquella tregua - añadió monsieur Poulain -
me salvó la vida, porque dio tiempo a Sancho de hacer otra proposición. Él fue
quien me ató y luego me encerró. ¡Pero qué medio de salvación! Me pareció peor
que una muerte rápida y violenta, cuando, sin darme ni esperanza ni auxilio, el
infame abandonó Brilbault con sus gitanos para ir a atacar vuestro castillo.
- ¿Me podéis decir - preguntó el marqués -
lo que se hizo con el cuerpo de Alvimar?
- Comprendo - dijo el rector, con una pálida
sonrisa, en la que apuntaba, a pesar suyo, un resto de aversión - que tenéis
interés en encontrarle en caso de proceso criminal. Pero pensad que esta prueba
podrá volverse contra vos. Quien quisiera mentir, podría decir con toda
libertad que habíais enterrado allí a vuestra víctima con la ayuda de vuestro
amigo, monsieur Robin. Por lo tanto, señor marqués, no debéis esperar vuestra
seguridad futura más que de mi lealtad, cuya ayuda os ofrezco.
- ¿Con qué condiciones, señor rector?
- ¡Condiciones! Ya no impongo ninguna,
hermano; desde ahora soy un recluso retirado del mundo. He implorado de vuestra
bondad la abadía de Varennes.
- ¡Ah!
¡Ah! - dijo Bois - Doré - . ¡La abadía! Hace un momento sólo pedíais una
celda.
- ¿Vais a permitir que se derrumbe una abadía
tan venerable confiando a unos patanes la dirección de una comunidad llamada a
dar buenos ejemplos al mundo?
- ¡Vamos, ya comprendo! Veremos, señor
rector, cómo os portáis conmigo; y si yo quedo satisfecho, vos lo quedaréis
también. ¿Hasta entonces, sin duda, no me diréis dónde se halla enterrado el
asesino de mi hermano?
- Perdón, señor - contestó el cura, que tenía
demasiada inteligencia para aparentar que quería regatear, y que además se
esforzaba realmente en libertarse de las pasiones y de las luchas del mundo - ,
con tal de que no fuese en condiciones excesivamente duras, os diré cuanto he
visto. Sancho parecía tener mucha prisa en substraer el cadáver a alguna
profanación de los gitanos. Levantó una losa en medio de la sala donde
estábamos, y seguramente allí es donde ha dado sepultura a su hijo. No he visto
nada más; me arrastraron a mi horrible calabozo, donde he permanecido durante
diez y ocho horas, con alternativas de desesperación y de desfallecimiento.
El marqués y el rector se separaron en
buenos términos, y este último hizo un esfuerzo para levantarse y ocuparse del
entierro de los muertos de su parroquia. Pero después de la ceremonia se
encontró tan mal, que mandó llamar a maese Jovelin, cuyos bálsamos y elixires
pregonaban como milagrosos.
Al principio sintió mucho miedo de confiar
su vida a quien él consideraba como un enemigo natural. Pero los cuidados del
italiano le aliviaron tan enérgicamente, que sintió penetrar en su corazón una
especie de gratitud, sobre todo cuando Lucilio se negó obstinadamente a
percibir remuneración alguna.
El rector se vio obligado también a dar
sinceramente las gracias a los caballeros de Bois - Doré, que durante su
enfermedad le habían atendido y habían hecho que le cuidasen con una solicitud
igual a la que demostraban con sus amigos.
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