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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo II
    • - LXI -
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 - LXI -

   En vano habían buscado a monsieur Poulain para que asistiese a los moribundos de su parroquia: no le encontraron.

 

   Los gitanos habían saqueado su casa, prefiriéndola a todas las demás. Su criada estaba en cama a consecuencia de los malos tratos que le habían dado, y pedía al cielo que volviese el señor rector, de quien ella no podía dar razón alguna. Había desaparecido desde hacía dos días.

 

   Por fin, al anochecido, cuando messieurs Robin y Guillermo se disponían a retirarse con sus gentes, dejando ambos sus heridos a los buenos cuidados del marqués, vieron llegar a Juan Faraudet, el aparcero de Brilbault, que solicitó hacer a su amo una comunicación importante.

 

   Vamos a referir lo que contó, y al mismo tiempo diremos lo que había ocurrido la víspera en Brilbault, ya que todavía no hemos tenido ocasión de seguir a los numerosos personajes que se habían citado allí para asaltar e invadir el viejo castillo.

 

   Las disposiciones estaban tan bien tomadas, que nadie había faltado a la cita, salvo monsieur de Bois - Doré, cuya ausencia, al pronto, no fue advertida, porque todos los conjurados se hallaban diseminados en los alrededores del castillo por pequeños grupos, que se comunicaban en la obscuridad.

 

   Exploraron las ruinas de arriba abajo, y las hallaron silenciosas y desiertas. Pero vieron huellas de reciente ocupación en la parte de la planta baja, donde el marqués no se había atrevido a penetrar solo; en las chimeneas había ceniza; en el suelo, harapos y restos de comida.

 

   También descubrieron un pasaje subterráneo que tenía la salida a una distancia bastante alejada del recinto; estos pasajes existían en todos los castillos feudales. En la época en que acontece nuestra historia, estaban ya colmados casi todos; pero los gitanos habían sabido descombrar éste y ocultar su entrada con bastante habilidad.

 

   Los conjurados no hicieron más pesquisas, no solamente porque las juzgaban inútiles, puesto que el enemigo había partido, sino porque empezaron a preocuparse por monsieur de Bois - Doré y a buscarle por los alrededores. Estaban alarmados cuando la gitanita llegó y dio cuenta de los acontecimientos.

 

   Aun perdieron tiempo en perplejidades. Monsieur Robin, creyendo que el marqués había caído en alguna emboscada, se obstinaba en buscarle, mientras que monsieur de Ars, juzgando que las afirmaciones de la niña eran bastante verisímiles, se decidió a partir hacia Briantes con los suyos. Una hora más tarde monsieur Robin tomó el partido de hacer otro tanto.

 

   Cuando todos se alejaron, el aparcero de Brilbault, a quien habían ordenado que siguiese registrando el castillo, cedió a la fatiga, según dijo, aunque probablemente más bien a un resto de miedo, y aplazó la tarea hasta el día siguiente.

 

   - Cuando fue completamente de día - contó Juan Faraudet - me fuí allí; y después de registrar bien de arriba abajo todos los escombros, advertí un camaranchón que todavía no había visto, y encontré dentro un hombre mejor liado que un haz de espigas. Tenía las manos y los pies atados, y además la boca amordazada con un tapón de paja, que formaba una cuerda muy sutilmente retorcida alrededor de su cabeza. Tanto es así, que el hombre parecía muerto de pies a cabeza. Lo cogí y lo llevé a mi casa. Allí, desatado y aliviado, se repuso con un poco de aguardiente.

 

   - ¿Y quién era ese hombre? - preguntó el marqués, creyendo que se trataba de Alvimar - . ¿No le conocíais?

 

   - ¡Ya lo creo que sí, monsieur Silvain! - contestó el aparcero - . Era monsieur Poulain, el rector de vuestra parroquia. Estuvo más de cuatro horas sin poder decir una palabra ni hacer un movimiento, a consecuencia de los esfuerzos que había hecho para desatar sus ligaduras. Sólo al amanecer nos dijo: «No quiero hablar más que delante de la justicia. No soy culpable de lo que ha podido ocurrir. ¡Lo juro por mi crisma y mi bautismo!» Todo el día tuvo calentura y estuvo delirando. Por fin a la tarde se encontró mejor y quiso volver a su casa, donde le he llevado a la grupa de mi yegua preñada, sea dicho sin ofensa.

 

   - Vamos a interrogarle - dijo Guillermo, levantándose.

 

   - No - contestó el marqués - , dejémosle dormir. Le hace tanta falta como a nosotros; y ¿qué podría revelarnos que no sepamos ya de sobra? ¿Y de qué podríamos acusarle? Al ir a asistir a monsieur de Alvimar, moribundo, ha cumplido con su deber; y si al enterarse de lo que allí se tramaba contra mí no ha intentado impedirlo con amenazas, al menos se ha negado a asociarse a la empresa, y por eso los gitanos le han atado y amordazado.

 

   Guillermo repuso que monsieur Poulain era un rector peligroso para la señoría de Briantes, y que al menos había que amenazarle con comprometerle en el asunto de los reitres, para que se mantuviera sometido y alejado.

 

   Pero el marqués se negó en absoluto a atormentar a un hombre que le parecía bastante castigado por el trato brutal que había sufrido y el riesgo en que se había visto de perecer en un calabozo, olvidado y reducido al silencio.

 

   - ¡Cómo! - dijo - . Por la gracia de Dios hemos conseguido librarnos de cuarenta reitres bien equipados y provistos de un cañón; de una cuadrilla de ladrones ágiles y duchos; de un incendio terrible y de una emboscada infame; ¿y vamos a pensar en vengarnos de un pobre cura, que ya no puede nada contra nosotros?

 

   El marqués olvidaba que no estaba libre de todo peligro.

 

   El príncipe, que había partido precipitadamente para reunirse con la corte, podía no ser bien acogido, volver de pronto y desahogar su mal humor con los señores de la provincia.

 

   El marqués debía, por lo tanto, ocuparse de no dejar entre él y Condé un peligroso defensor de la causa de Alvimar.

 

   Fue Lucilio quien al día siguiente hizo estas reflexiones al marqués, quien corrió en el acto a casa de monsieur Poulain, so pretexto de informarse de su salud.

 

   El rector había sufrido tanto por el frío, la molestia y el miedo, que no podía levantarse de su butaca; intentó explicarlo diciendo que una caída de caballo le había puesto en aquel estado y lo había obligado a permanecer veinticuatro horas en casa de un compañero suyo.

 

   Pero Bois - Doré fue derecho al asunto y le habló con una firmeza dulce y generosa, sin olvidar el hacerle ver las notas de la Memoria de Alvimar y demostrarle la manera como aquel difunto amigo hablaba de él y del príncipe.

 

   Monsieur Poulain no luchó contra estas revelaciones. Las ansiedades atroces en que se había hallado sumido habían abatido considerablemente su orgullo.

 

   - Monsieur de Bois - Doré - dijo, suspirando y enjugándose el sudor frío que bañaba su frente al recuerdo de aquellas angustias - , he visto la muerte de cerca, y no creía temerla; pero se me ha aparecido bajo una forma tan fea y cruel, que he hecho el voto de retirarme a un claustro si salía de aquellos muros helados, tras los cuales me habían enterrado vivo. He salido, y no quiero ya luchar ni en pro ni en contra de nadie, ni de ningún interés en este mundo. En mi retiro no pensaré más que en mi salvación, y si quisierais concederme celda en la abadía de Varennes, de la que sois poseedor fiduciario, no desearía ya nada.

 

   - Sea - contestó Bois - Doré - ; con la condición de que me deis aclaraciones sinceras acerca de lo que ha ocurrido en Brilbault. No os cansaré con preguntas inútiles; las tres cuartas partes de lo que vos sabéis. Lo único que deseo conocer es si monsieur de Alvimar os ha confesado el asesinato de mi hermano.

 

   - Me pedís que traicione el secreto de confesión - contestó monsieur Poulain - , y yo me negaría a ello, según es mi deber, si monsieur de Alvimar, sinceramente arrepentido en su última hora, no me hubiera encargado que lo revelase todo después de su muerte y de la de Sancho, que él no creía tan próxima. Sabed, pues, que monsieur de Alvimar, que pertenecía por su madre a una familia noble, y estaba autorizado por el secreto de su nacimiento a llevar el nombre del esposo de su madre, era, en realidad, el fruto de una intriga culpable con Sancho, antiguo jefe de bandidos que se había hecho labrador.

 

   - ¡Es posible! - exclamó el marqués - . Esto me explica, señor rector, las últimas palabras de Sancho. Pretendía sacrificarme a la memoria de su hijo. Pero ¿cómo habló de esto monsieur de Alvimar en su confesión?

 

   - Monsieur de Alvimar tuvo que revelarme su situación respecto a Sancho para arrancarme el juramento de no entregar a la justicia secular el hombre a quien él llamaba con vergüenza y con dolor «el autor de sus días». También le llamaba el causante de su crimen y de sus desdichas.

 

   «Aquel hombre cruel y perverso le había hecho cómplice de la muerte de vuestro hermano; a él se le ocurrió primero la idea, y él fue quien lo apuñaló, mientras que Alvimar se resignaba a ayudarle y a aprovecharse del crimen.

 

   «Es absolutamente verdad que el único objeto de aquel asesinato, cuyos autores no conocían a la víctima, fue el apoderarse de una cantidad de dinero y de una caja de alhajas que vuestro hermano había tenido la imprudencia de dejar ver en una hostería la víspera.

 

   «En aquella época de su vida, monsieur de Alvimar era muy joven, y tan pobre, que dudaba si podría costearse el viaje hasta París, donde esperaba encontrar protecciones. Era ambicioso; éste es un gran pecado, lo reconozco, señor marqués; es la peor tentación de Satanás.

 

   «Sancho alimentaba y excitaba aquella ambición maldita en su hijo. Tuvo que vencer su repugnancia; lo consiguió demostrándole que aquel crimen se presentaba como una ocasión segura, que no volvería a encontrarse, y que le evitaría la necesidad de envilecerse implorando la caridad ajena.

 

   «Cuando monsieur de Alvimar me hizo esta confesión Sancho se hallaba presente y bajó la cabeza, sin intentar disculparse. Al contrario, cuando yo vacilaba en dar la absolución por un crimen que no me parecía lo suficientemente expiado, Sancho se acusó con energía, y debo confesar que había cierta grandeza en la pasión de aquel alma sombría por la salvación de su hijo.

 

   «Entonces creí que trataba con dos cristianos, ambos culpables, pero ambos arrepentidos; pero Sancho me llenó de horror y de espanto tan pronto como su hijo dejó de existir.

 

   «Aquello, señor, fue una escena horrible, y no la olvidaré en la vida.

 

   «La sala baja en que nos hallábamos en aquel castillo destartalado no tenía más que una chimenea; y a pesar de que el local era vasto, el espacio en que era posible ampararse contra el frío que caía de la bóveda derrumbada era muy reducido.

 

   «Monsieur de Alvimar tenía como lecho un montón de paja, y como abrigo, su capa y la de Sancho. Estaba tan extenuado por dos meses de agonía, que parecía un espectro.

 

   «Sin embargo, Sancho le había vestido lo mejor que pudo para que recibiera los últimos auxilios de la religión; y el espectáculo de aquel hidalgo distinguido y resignado en medio de una horda de gitanos, paganos e infames, entristecía el alma y los ojos.

 

   «Aquellos herejes, disgustados por asistir a una ceremonia cristiana, rugían, juraban y vociferaban de un modo irrisorio, para no oír las oraciones de la Santa Iglesia, que ellos execran.

 

   «Según me han dicho, esto ocurría continuamente durante los últimos tiempos de la deplorable existencia de monsieur de Alvimar en aquel lugar.

 

   «Todas las noches Sancho intentaba aprovechar el sueño de los gitanos para recitar a su hijo las oraciones que éste reclamaba; pero en cuanto alguno lo notaba, todos, hombres, mujeres y niños, empezaban a alborotar para ahogar su voz y para impedir que llegasen a los oídos del moribundo las santas palabras de nuestros ritos.

 

   «En medio de aquella bacanal espantosa, en la que Sancho conseguía a veces, gracias a su autoridad - fundada en que tenía algún dinero escondido, que les iba entregando poco a poco - , restablecer un instante de silencio, administró la Extremaunción al desdichado joven.

 

   «Creo que murió reconciliado con Dios, porque mostró mucho arrepentimiento por su crimen y me rogó que dijera la verdad al príncipe, en el caso de que éste, engañado, como yo lo había sido, sobre las circunstancias y las causas de vuestro duelo, os molestase por este particular.

 

   - ¿Y estáis resuelto a hacerlo, señor rector? - dijo Bois - Doré, examinando el rostro alterado de monsieur Poulain.

 

   - Sí, señor - contestó el rector - ; con la condición de que volváis seria y sinceramente al camino del deber.

 

   - ¿Todavía me regateáis, en el nombre de la Verdad suprema, el testimonio de la verdad?

 

   - No, señor; porque lo que ha ocurrido después de la muerte de Alvimar me ha quitado la esperanza de convertiros con el ejemplo del arrepentimiento de vuestros enemigos. Sancho se inclinó sobre el lívido rostro de su hijo y permaneció un momento sin decir nada y sin verter una lágrima; luego se levantó, hizo en voz alta el odioso juramento de vengarle por todos los medios posibles, y puso su mano en la de un brutal hugonote que se hallaba allí.

 

   - ¿El capitán Macabro?

 

   - Sí, señor; tal era el nombre siniestro que le daban.

 

   - «Os he llamado - le dijo Sancho - para entregaros los tesoros de Bois - Doré; me uno a vosotros, y os aseguro la ayuda de esta partida de gitanos y de estradiotes voluntarios que veis aquí. Por medio de Belinda os he mandado a decir que podréis hacer un buen negocio, y el rector, aquí presente, que odia al tal Bois - Doré y que está en buenas relaciones con el príncipe, os garantizará la impunidad.» Entonces, señor, yo protesté.

 

   - Claro - dijo Bois - Doré, sonriendo - . Sabíais muy bien que el príncipe quería mi supuesto tesoro para él solo, y que no era hombre que consentiría en dejarte pasar por las manos de tales depositarios.

 

   Monsieur Poulain sufrió el reproche e inclinó la cabeza con una expresión fingida o sincera de arrepentimiento y de humildad.

 

   A instancia del marqués prosiguió su relato, y contó que Macabro había propuesto saltarle la tapa de los sesos, sin más ceremonia, para impedirle que hablase. Entonces los gitanos se precipitaron sobre él para quitarle sus ropas antes de que la sangre las hubiese estropeado.

 

   - Aquella tregua - añadió monsieur Poulain - me salvó la vida, porque dio tiempo a Sancho de hacer otra proposición. Él fue quien me ató y luego me encerró. ¡Pero qué medio de salvación! Me pareció peor que una muerte rápida y violenta, cuando, sin darme ni esperanza ni auxilio, el infame abandonó Brilbault con sus gitanos para ir a atacar vuestro castillo.

 

   - ¿Me podéis decir - preguntó el marqués - lo que se hizo con el cuerpo de Alvimar?

 

   - Comprendo - dijo el rector, con una pálida sonrisa, en la que apuntaba, a pesar suyo, un resto de aversión - que tenéis interés en encontrarle en caso de proceso criminal. Pero pensad que esta prueba podrá volverse contra vos. Quien quisiera mentir, podría decir con toda libertad que habíais enterrado allí a vuestra víctima con la ayuda de vuestro amigo, monsieur Robin. Por lo tanto, señor marqués, no debéis esperar vuestra seguridad futura más que de mi lealtad, cuya ayuda os ofrezco.

 

   - ¿Con qué condiciones, señor rector?

 

   - ¡Condiciones! Ya no impongo ninguna, hermano; desde ahora soy un recluso retirado del mundo. He implorado de vuestra bondad la abadía de Varennes.

 

   - ¡Ah! ¡Ah! - dijo Bois - Doré - . ¡La abadía! Hace un momento sólo pedíais una celda.

 

   - ¿Vais a permitir que se derrumbe una abadía tan venerable confiando a unos patanes la dirección de una comunidad llamada a dar buenos ejemplos al mundo?

 

   - ¡Vamos, ya comprendo! Veremos, señor rector, cómo os portáis conmigo; y si yo quedo satisfecho, vos lo quedaréis también. ¿Hasta entonces, sin duda, no me diréis dónde se halla enterrado el asesino de mi hermano?

 

   - Perdón, señor - contestó el cura, que tenía demasiada inteligencia para aparentar que quería regatear, y que además se esforzaba realmente en libertarse de las pasiones y de las luchas del mundo - , con tal de que no fuese en condiciones excesivamente duras, os diré cuanto he visto. Sancho parecía tener mucha prisa en substraer el cadáver a alguna profanación de los gitanos. Levantó una losa en medio de la sala donde estábamos, y seguramente allí es donde ha dado sepultura a su hijo. No he visto nada más; me arrastraron a mi horrible calabozo, donde he permanecido durante diez y ocho horas, con alternativas de desesperación y de desfallecimiento.

 

   El marqués y el rector se separaron en buenos términos, y este último hizo un esfuerzo para levantarse y ocuparse del entierro de los muertos de su parroquia. Pero después de la ceremonia se encontró tan mal, que mandó llamar a maese Jovelin, cuyos bálsamos y elixires pregonaban como milagrosos.

 

   Al principio sintió mucho miedo de confiar su vida a quien él consideraba como un enemigo natural. Pero los cuidados del italiano le aliviaron tan enérgicamente, que sintió penetrar en su corazón una especie de gratitud, sobre todo cuando Lucilio se negó obstinadamente a percibir remuneración alguna.

 

   El rector se vio obligado también a dar sinceramente las gracias a los caballeros de Bois - Doré, que durante su enfermedad le habían atendido y habían hecho que le cuidasen con una solicitud igual a la que demostraban con sus amigos.

 

 

 




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