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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo II
    • - LXII -
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 - LXII -

   Después de la conversación que había tenido con Mario respecto a su matrimonio, Lauriana se había quedado con una sensación de intranquilidad por la sobreexcitación y las preocupaciones que había notado en el niño.

 

   Por poca experiencia que tuviera, tenía más conocimiento de la vida que él, y preveía que cuando Mario llegase a la edad de distinguir el amor de la amistad, sería todavía demasiado joven con relación a ella para inspirarle algo más que un sentimiento de protección fraternal.

 

   Sonreía melancólicamente ante la idea de una combinación de circunstancias que la obligase a casarse con un niño, después de haber estado casada siendo niña; y pensaba que en tal caso su destino sería un problema extraño, acaso doloroso y fatal.

 

   Se sentía triste, y se armaba de resolución para resistir a las influencias posibles, porque el marqués había tomado el proyecto en serio, y monsieur de Beuvre en sus cartas parecía disimular con bromas un gran deseo de que se realizase algún día.

 

   En sus ensueños de dicha y de matrimonio, Lauriana no llamaba resueltamente al amor; pero sentía vagamente que sería demasiado casarse dos veces sin conocerle.

 

   Y veía una nube, ligera todavía, pero inquietante, pasar sobre su tranquilidad presente y sobre la dulzura de sus relaciones con los caballeros de Bois - Doré.

 

   Sin embargo, al día siguiente se tranquilizó.

 

   Mario había dormido y se había repuesto de las fatigas de la víspera; las rosas de la infancia habían vuelto a florecer en sus suaves mejillas; sus hermosos ojos habían recobrado su limpidez angelical, y una sonrisa de felicidad confiada dibujábase en sus labios. Había vuelto a ser un niño.

 

   Tan pronto como vio a su padre descansando, a su Mercedes tranquila y a todos los suyos en pie, corrió a la cuadra a abrazar a su caballito; a la aldea, a informarse de la salud de todo el mundo, y luego al jardín, a jugar con su peón, y al corral, a corretear entre los escombros incendiados.

 

   Regresó al castillo para prodigar tiernos cuidados a su morisca, y le hizo una compañía fiel mientras tuvo que guardar cama.

 

   Y cuando toda inquietud se disipó, volvió a ser por completo el Mario dichoso, alternativamente asiduo al trabajo y apasionado en el juego, a quien Lauriana podía todavía querer y acariciar santamente, sin temor por el porvenir.

 

   La Naturaleza favorecía el organismo privilegiado de aquel amable niño. Si hubiera durado en él la impresión de las conmociones violentas que se habían acumulado durante aquella crisis, hubiera acabado loco o enfermo.

 

   Pero también hay que decir que como en aquellos tiempos las costumbres eran más rudas, hacían que los temperamentos fueran más flexibles y, por lo tanto, más resistentes. La excitación nerviosa, a la que sucumben hoy tantas almas precoces, existía entonces con más aspereza, pero de manera más general y menos sostenida. No había tampoco una necesidad tan grande de descanso y de seguridad.

 

   La sensibilidad, más frecuentemente despertada por las agitaciones de la vida exterior, se embotaba más pronto, y las vivas emociones producían esa necesidad de vivir, sea como sea, que salva al hombre en las épocas de confusión y de desdicha.

 

   El invierno transcurrió con dulce alegría en el castillo de Briantes.

 

   Se trabajaba en reconstruir la armadura de las granjas incendiadas, en espera de que la estación permitiera el trabajo de los albañiles. Se había descombrado el foso y levantado provisionalmente con piedras la parte derrumbada de la muralla exterior; en fin, Adamas había acabado de restablecer la comunicación subterránea con el campo, y el marqués había comprado la paz futura con las gentes de Corte y de Iglesia de la provincia, restituyendo a ciertas capillas del país, a modo de donativos voluntarios, varios objetos de precio. Rogó a la princesa de Condé que aceptase varias alhajas, y Adamas escondió hábilmente las que, según su creencia, debían servir para el adorno de la futura esposa de Mario.

 

   El marqués gastó gran parte de sus reservas de oro y plata en la reparación de sus edificios y en la compra de trigo para él y para sus vasallos pobres.

 

   También les proporcionó el ganado que habían perdido, porque los caballeros de Bois - Doré no toleraban la miseria en torno de ellos.

 

   Por último, el famoso tesoro, cuya importancia se había exagerado de tal manera y que había estado a punto de acarrear tales desastres y tan lamentables persecuciones, dejó de constituir un escándalo al dejar de estar oculto. A la vista de todo el mundo se abrieron las puertas de la habitación misteriosa, y abiertas continuaron.

 

   Se intentó ganar a monsieur Poulain, ofreciéndole una parte en el reparto; pero éste tuvo el talento de no aceptar: no codiciaba riquezas materiales, sino poder e influencia.

 

   Según decía, no quería poseer, sino ser. Por eso insistía en pedir la abadía de Varennes: era un retiro bastante pobre, situado en un verdadero rincón abandonado, junto al riachuelo de Gourdon.

 

   La deseaba sin más tierra de la que necesitaba para vivir, con dos o tres religiosos de la Orden. Codiciaba el título de abad y una apariencia de retiro que le libertase de los deberes de su cargo de rector.

 

   Al cabo de un mes estaba curado del deseo de renunciar al mundo y soñaba con tener el pan y un título asegurados, a fin de poder deslizarse entre los nobles y mezclarse en los asuntos diplomáticos, como hacían tantos otros menos capaces y menos pacientes que él.

 

   Bois - Doré comprendió el género de su ambición, y le satisfizo amablemente. Comprendía que, tarde o temprano, el príncipe, gran secularizador de abadías en beneficio propio, le quitaría ésta en malas condiciones, y no podía hallar ocasión más segura de oponer la autocracia del príncipe a los intereses personales de monsieur Poulain.

 

   Por lo tanto, le cedió la abadía mediante un censo muy módico, y Poulain marchó a solicitar del juez eclesiástico la autorización para abandonar su curato.

 

   Veía realizarse la primera fase de su sueño; lo que había anunciado a Alvimar empezaba a verificarse. Medraba, explotando oportunamente en torno suyo la cuestión de disidencia en materia religiosa; Alvimar, sediento de dinero y cegado por el odio, había sucumbido sin provecho ni honor; monsieur Poulain, acechando el crédito y el movimiento, exento de otras pasiones, y siempre dispuesto a sacrificar sus rencores a sus intereses, entraba por lo que él llamaba el buen camino. Al menos, era el más seguro.

 

 

   En el castillo se sorprendieron al no ver reaparecer a la niña Pilar. El marqués, al enterarse del importante servicio que había llevado a cabo, hubiera deseado recompensarla, y Lauriana decía que hubiera querido arrancarle al mal aquella pobre presa. Pero no pudo saberse lo que había sido de ella, y se supuso que había ido a reunirse con los gitanos que se habían salvado.

 

   Los reitres prisioneros habían sido trasladados a Bourges. Su proceso fue rápidamente instruido.

 

   El capitán Macabro fue condenado a la horca como bandido, rebelde y traidor.

 

   El marqués se apiadó de la Belinda, a la que las miserias de la cárcel tenían como loca: se negó a declarar contra ella, diciendo que la consideraba como un cerebro enfermo. La echaron de la ciudad y del país, prohibiéndola volver a él bajo pena de muerte.

 

   La morisca estaba curada. Lucilio, ante su valor en el sufrimiento, que soportó con una especie de alegría exaltada, empezó a sentir por ella un cariño muy particular. Pero hubiera temido parecer loco al decírselo, y el mutuo afecto que ambos ocultaban cuidadosamente lo desviaban hacia los niños, Lauriana y Mario, con una especie de emulación.

 

   Madame Pignoux y su fiel criada fueron cariñosamente recompensadas. Se habían librado con la huida de los malos tratos; y la hostería del Gallo Rojo había escapado al incendio, gracias a la prisa del enemigo en proseguir la expedición.

 

   De tarde en tarde se recibían noticias de monsieur de Beuvre. Hubo intervalos muy dolorosos para su hija, cuando los señores de la Rochelle y los que se habían asociado a ellos se hicieron corsarios en el océano y concibieron el atrevido proyecto de ocupar las embocaduras del Loira y del Gironda, a fin de poner a rescate todo el comercio de los dos ríos. Monsieur de Beuvre dejó entrever su intención de seguir a Soubise en tan peligrosa expedición.

 

   En aquellos momentos de dolor, Lauriana se vio rodeada de tiernos consuelos; pero ninguno era tan ingenioso ni tan maravillosamente asiduo como los de Mario. Su corazón amante y su inteligencia delicada encontraban palabras animosas, cuyo suave candor obligaba a Lauriana a sonreír a través de sus lágrimas. Cuando los demás no lograban distraerla de sus ideas sombrías, recurría a Mario.

 

   Entonces decía a Mercedes:

 

   - No qué espíritu luminoso ha puesto Dios en este niño; una palabra suya me consuela más que todas las frases de los demás. Sin embargo - pensaba - , aunque es un niño, no tengo edad para quererle como una madre. No por qué no puedo sufrir la idea de vivir lejos de él.

 

   A primeros del mes de abril de 1622 se recibieron mejores noticias.

 

   Monsieur de Beuvre había tenido la feliz ocurrencia de no acompañar a Soubise, que había sufrido una gran derrota en la isla de Re contra el rey en persona. Se había contentado con piratear en las costas de Gascuña, con provecho y salud, según decía él. Sin embargo, el mismo asunto de la isla Re acarreó una dolorosa consecuencia para Lauriana y sus amigos de Briantes.

 

   El príncipe de Condé había creído que el rey, siguiendo sus consejos, se arrojaría insensatamente al peligro.

 

   Así lo hizo el rey: el valor era la única virtud que había heredado de su padre. Pero Condé tuvo poca suerte. Ninguna bala enemiga alcanzó al soberano: su caballo salvó los vados con la marea baja, sin encontrar arenas movedizas, y Su Majestad esgrimió valerosamente la espada contra los hugonotes sin padecer daño ni fatiga.

 

   Además, mientras guerreaba con ardor, Luis XIII, bien aconsejado por su madre, a su vez bien aconsejada por Richelieu, dio oídos a las ideas de conciliación y a las negociaciones que tenían por objeto la terminación de la guerra civil.

 

   Y el príncipe, que no tenía más deseo que el de enredar las cosas, estaba muy aburrido y disgustado, y contestaba a las cartas que recibía de su gobierno del Berry con cartas melosas llenas de hiel.

 

   Entre otros actos de la represión que practicó contra los hugonotes de su provincia, aunque éstos permanecían, por lo general, muy tranquilos, ordenó que se pusiesen en secuestro los bienes de monsieur de Beuvre, si éste no reaparecía en el Berry tres días después de la publicación de la monitoria.

 

   Era difícil que a los tres días monsieur de Beuvre, que se hallaba entonces en Montpellier, estuviera de regreso en su señorío.

 

   Hubiera sido necesario, por lo menos, el doble de este tiempo para recibir el aviso de la medida que se había tomado contra él.

 

   El teniente general y alcalde de Bourges, monsieur Pierre Biet, que había tenido como costumbre toda su vida el ponerse de parte del más fuerte, y que en sus mocedades había sido un gran liguero, quiso dar prueba de celo y decretó, por su propia autoridad, que, puesto que Monsieur de Beuvre no había comparecido en el plazo señalado para dar cuenta de su ausencia, su hija, señora de Beuvre, de la Motte Seuilly y de otros lugares, fuera conducida desde su castillo a un convento de Bourges, para ser instruida en la religión del Estado.

 

 

 




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