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- LXIII -
En un delicioso atardecer de primavera,
Lauriana y Mario corrían por el prado del recinto, riendo con voz tan armoniosa
como el canto de los ruiseñores, cuando Mercedes acudió hacia ellos con aire
asustado.
- ¡Venid, venid, mi querida señora! - dijo
la morisca, abrazando a su amiga - ; huyamos; antes de cogeros, tendrían que
matarme.
- ¡Y a mí! - exclamó Mario, cogiendo su
pequeña tizona, que se había quitado para jugar - . Pero ¿qué es lo que pasa,
Mercedes?
Mercedes no tenía tiempo de explicarse.
Sabía que la puerta estaba guardada por los soldados del prebostazgo; quería intentar
volver al castillo, ocultando a Lauriana bajo su mantón, y facilitar su evasión
por el pasaje secreto.
Pero la empresa era imposible, y Mario se
opuso a ella cuando vio que el postigo estaba guardado también.
Mientras deliberaban, el marqués se hallaba
en un gran apuro: había declarado a los agentes del prebostazgo, que le
exhibían sus poderes en orden, que la señorita de Beuvre había salido a caballo
con su hijo. Pero como le exigían su palabra de honor, y él, para evitar hacer
un falso juramento, fingía mostrarse ofendido por la desconfianza, la sospecha
crecía, y después de pedirle humildemente perdón, los agentes guardaron las
puertas en nombre del rey, y procedieron a hacer dentro de la casa pesquisas
minuciosas.
La guardia prebostal de La Châtre no era tan
numerosa ni estaba tan bien equipada que pudiera enviar a Briantes un gran
contingente de tropa. Además, los oficiales y los soldados obedecían a
disgusto, y hubieran preferido no enojar al buen monsieur de Bois - Doré. Pero
temían ser denunciados al príncipe, que era muy temido en la ciudad y en el
país.
Cumplieron su misión concienzudamente, con
la esperanza de que monsieur de Bois - Doré se resistiera; y como acaso no
fuesen ellos los más fuertes, estaban dispuestos a largarse, según era
costumbre en los altercados entre la fuerza provincial ejecutiva y los hidalgos
campesinos recalcitrantes.
El marqués se daba cuenta de la situación, y
Aristandre se consumía de impaciencia, esperando la señal para acometer a los
agentes. Pero Bois - Doré comprendía que el caso era grave y que no se trataba
solamente de una sencilla escaramuza.
Monsieur de Beuvre estaba tan comprometido,
que la defensa de su causa había de constituir un acto de rebeldía contra la
autoridad real, y para un castellano buen patriota, aquellas puertas, guardadas
en nombre del rey, lo estaban mejor que si lo hubieran sido por un ejército
entero.
A pesar de su antiguo carácter batallador y
de su viejo fondo de protestantismo incorregible, Bois - Doré, desde el fin de
la dinastía de los Valois, había encarnado siempre la Francia en la persona del
rey; y en aquella época, en que los últimos refuerzos de la Reforma iban,
involuntariamente, sin duda, pero fatalmente, a entregarnos a los enemigos
extranjeros, el sentimiento de patriotismo de Bois - Doré era el más justo.
Sin embargo, no quería de ninguna manera
abandonar a la hija de su amigo.
Sabía las persecuciones que se ejercían en
los conventos contra los hijos de las familias protestantes, y comprendía que
Lauriana, con una resistencia enérgica, agravaría acaso el rigor de tales
persecuciones.
Era menester evitar esta nueva crisis a
fuerza de ingenio, y el marqués imploraba con la mirada el genio fecundo de
Adamas.
Adamas iba y venía, dándoselas de amable con
los arqueros, y rascándose la cabeza con desesperación cuando no le veían.
Pensó en inundar el patio, alzando por aquel
lado las palas del estanque, o en prender fuego a la casa por medio de algunos
haces amontonados en el cobertizo, a trueque de chamuscarse algo la barba, para
apagarle después de conseguir que el enemigo se alejase; pero en medio de sus
perplejidades vio llegar a Lauriana, serena y altiva, dando el brazo a Mario,
pálido y pensativo.
La morisca les seguía llorando.
Cuatro guardas del prebostazgo les acompañaban
bastante respetuosamente.
He aquí lo que había ocurrido.
Lauriana había pedido una explicación de lo
que se trataba. Comprendió que toda resistencia para salvarla atraería sobre
sus amigos la acusación de alta traición. Bien sabía ella que su padre se había
jugado la cabeza, y al verle marchar había previsto que su propia libertad se
vería amenazada algún día. No había hablado nunca de esto; pero estaba
dispuesta a sufrirlo todo antes que negar sus creencias.
Mario y Mercedes la suplicaron en vano que
se callase y permaneciese tranquila; ella levantó la voz, declarando y jurando
que quería entregarse, y cuando los guardias que la buscaban se acercaron al
prado, la joven había salido ya y avanzaba hacia ellos.
Los guardias vacilaban en apoderarse de
ella, dudando, ante su serenidad, de que fuese efectivamente la que buscaban.
Pero Lauriana dio su nombre y dijo:
- No me toquéis, señores; me rindo de buen
grado. Permitidme solamente ir a saludar a mi huésped, y haced el favor de
acompañarme.
El marqués se sintió dolorosamente
impresionado por esta aparición; pero no pudo menos de admirar la grandeza de
alma de aquella generosa niña.
- Señor - dijo al teniente de la guardia
prebostal - , me veis resignado a obedecer a vuestro mandato, ya que tal es la
voluntad de madame de Beuvre; pero vos no querréis ser menos que ella en cuanto
a grandeza. Permitidme que la conduzca a Bourges en mi carroza, con mi hijo y
con su doncella. No llevaré conmigo más que dos o tres criados, y podéis hacer
que nos escolten y nos vigilen con todo el rigor que os convenga.
El teniente atendió a tan justa petición y
dio a la familia un plazo de una hora para hacer sus preparativos de viaje.
Lauriana se ocupó de ello con una
serenidad admirable.
Mario, abrumado y como atontado, dejaba que
Adamas le vistiera sin pensar en nada.
Mientras que le ponía las botas, estaba sentado
y parecía que no tenía fuerzas ni para levantar sus piernecitas.
Lucilio se acercó y le puso ante los ojos
estas palabras, escritas en italiano:
«Tened valor; seguid el ejemplo que os da su
gran corazón.»
- ¡Sí! - exclamó Mario, arrojándose en los
brazos de su amigo - ; me esfuerzo en ello, y comprendo lo que ella hace. ¿Pero
no creéis que mi padre se ocupará en libertarla?
- Si puede ser, no lo dudéis, señor - dijo
Adamas - . Yo no me separaré de vos, a Dios gracias, y pensaré en ello a todas
horas. Si el señor se ha resignado, es porque cabe esperanza.
El marqués llevó en su carroza a Adamas y a
Mercedes. Clindor subió al pescante con Aristandre.
Quedó convenido que Lucilio, acerca de quien el
marqués no estaba muy tranquilo, se fuera secretamente a Bourges.
- Señor - dijo Adamas al marqués cuando
hubieron pasado La Châtre - . ¡Ya la tengo!
- ¿El qué, amigo mío? ¿Qué es lo que tienes?
- ¡Una idea! Cuando lleguemos a Etalié,
pediremos que nos dejen descansar un rato en casa de madame Pignoux. Tiene
una ahijada de la edad de la señorita Lauriana. Haremos que cambie de traje con ella, y nos la llevaremos en su lugar.
Pero ¿esa ahijada se hallará allí tan oportunamente?
- Si no está - dijo Mario, animado por los
proyectos de Adamas, yo me pondré el chal, la falda y la caperuza de Lauriana,
y pasaré por ella; entre tanto, ella permanecerá en mi lugar en la hostería,
desde donde le será fácil evadirse a casa de Guillermo o de monsieur Robin
cuando nos alejemos.
-
Hijos míos - dijo el marqués - , haced lo que mejor os parezca; pero no me
digáis nada, porque es muy violento tener que jurar en falso, y seguramente me
interrogarán cuando la trampa se descubra. Intentad otra cosa y hablad bajo. No
os escucho.
- Olvidáis - dijo Lauriana - que yo no me
prestaré a ninguna tentativa de evasión. No caviléis, Adamas; y tú, Mario,
resígnate. He jurado a Dios aceptar mi suerte.
Efectivamente, Lauriana se negó a apearse
ante la hostería del Gallo Rojo, donde el cambio proyectado hubiera podido
tener alguna probabilidad de éxito. Mario esperaba que cambiase de parecer y
aceptase alguna otra combinación; pero en vano intentaron convencer a Lauriana
de que las cosas podían arreglarse sin comprometer al marqués: fue inflexible.
- No, no - decía - ; nadie creerá que el
marqués no ha cerrado los ojos voluntariamente. ¿Quién sabe, mi pobre Mario, si
no te guardarían en rehenes hasta encontrarme? En cuanto a Adamas, iría
seguramente a la cárcel. No quiero que tal cosa ocurra, y no consentiré en
escaparme de ninguna manera; y si lo intentáis, gritaré para que vuelvan a
prenderme.
La resolución de Lauriana fue
inquebrantable. Hubo que abandonar toda esperanza, y llegaron a Bourges mucho
más abatidos y descorazonados que cuando salieron de Briantes.
El resultado de esta sumisión fue bastante
favorable.
El teniente general, monsieur Biet, que
había contado con la rebeldía del marqués, lo cual hubiera agravado el asunto,
quedó muy sorprendido al verle presentarse ante él con Lauriana y reclamar para
ella un retiro honorable y las consideraciones a que la dignidad de su conducta
le daba derecho.
Monsieur Biet tuvo que dulcificar su
actitud: fingió que lamentaba hondamente las rigurosas medidas que, según él,
obedecían a órdenes secretas del príncipe, y consintió que Lauriana fuese
conducida al convento de religiosas de la Anunciada, del que fue fundadora
Juana de Francia, tía de la ilustre Carlota de Albret; Lauriana tenía allí
algunas amigas, y éstas consintieron que Mercedes se quedase con ella para
servirla.
Aquel convento era de los pocos en que la
ardiente propaganda jesuítica no había penetrado todavía: las religiosas,
dedicadas a la vida contemplativa, no emplearían con Lauriana un proselitismo
demasiado riguroso.
El marqués celebró con la superiora una
entrevista, en la que supo disponerla en favor de la joven cautiva, y consiguió
el permiso de visitarla a diario con Mario en el locutorio, en presencia de una
hermana celadora.
A pesar de esta esperanza, Mario sintió que
el corazón se lo desgarraba cuando oyó cerrarse ante él y su querida compañera
la pesada puerta del convento.
Le parecía que Lauriana no saldría ya nunca
de allí, y también estaba preocupado por Mercedes, que se esforzaba en sonreír
al separarse de él, pero que pareció volverse loca cuando el niño desapareció y
ella se vio condenada, por la primera vez en su vida, a dormir bajo otro techo.
Casi no pudo pegar los ojos, lo mismo que
Lauriana. Pasaron la mayor parte de la noche hablando y llorando, no
temiendo ya afligir a Mario con su dolor.
- Mercedes mía - decía Lauriana, abrazando a la
morisca - , comprendo el sacrificio que haces separándote de tu hijo para
consolarme.
- Hija mía - le contestó Mercedes - , te
confieso que también lo hago para consuelo de Mario, puesto que te quiere aun
más de lo que me quiere a mí. No proteste, lo he visto perfectamente; pero no
siento celos de ti, porque tengo el presentimiento de que tú harás la felicidad
de su vida.
No había medio de quitar a la morisca la
idea de aquel matrimonio inverisímil, y Lauriana no se atrevía a contradecirla,
sobre todo en aquel momento.
Bois - Doré abrigaba ciertas dudas acerca de
las órdenes dadas por el príncipe respecto a Lauriana.
El príncipe era avaro, pérfido e ingrato por
naturaleza; pero no era cruel, y su aversión por las mujeres no llegaba hasta
la persecución.
Además, el marqués había creído notar cierta
turbación en el teniente general al interrogarle sobre las supuestas órdenes
secretas del príncipe. Esperó conseguir, con dulzura y persuasión, que revocase
su decisión.
Mandó un mensajero al Poitou para que
buscase a monsieur de Beuvre y le aconsejase volver cuanto antes, y él se quedó
en Bourges, tanto para ejecutar su plan cerca de monsieur Biet como para no
perder de vista a su protegida.
El mensajero no pudo encontrar a monsieur de
Beuvre: éste se había embarcado de nuevo, y no se sabía en qué parajes
navegaba.
Dos meses transcurrieron sin que se
recibieran noticias de él.
Lauriana le lloraba por muerto. No creía en
los cuentos que inventaba el marqués para persuadirla de que algunas personas
habían visto a su padre y de que se hallaba en perfecto estado de salud; Bois -
Doré fingía que la presencia de la hermana celadora, que dormía constantemente,
le cohibía, impidiéndole enseñar cartas que probaban sus afirmaciones.
Lauriana tomó el partido de fingir
tranquilidad para tranquilizar a Mario, que tenía siempre la mirada fija en
ella con ansiedad.
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