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- LXV -
El castellano de la Motte y sus amigos habían
pasado el día cazando. Por la noche, después de cenar, se hallaban junto a la
chimenea del salón principal, cuando Guillermo de Ars, que desde que se había
hecho la paz venía mostrándose muy asiduo con Lauriana, solicitó con cierta
emoción que le concediesen el permiso para decir unas palabras; este permiso
fue solicitado especialmente de Lauriana, que asintió sin adivinar de lo que se
trataba.
Abandonaron los juegos y las conversaciones,
y Guillermo habló en esta forma:
- Señoras - Mercedes se hallaba presente - ,
señores, parientes y vecinos, todos honorables, respetados y amados: os ruego
que escuchéis una historia, que es la mía. Como podéis ver, soy un hombre como
muchos otros, ni muy guapo ni muy feo; bastante ignorante - maese Jovelin no dirá
lo contrario - , bastante rico, bastante noble, lo que en realidad no
constituye ninguna virtud, y, dicho sea sin jactancia, bastante valiente...;
pero prefiero abandonar a otros el trabajo de hacer mi apología, porque yo no
acierto a elogiarme a mí mismo, como podéis ver.
- ¡Cierto! - exclamó el marqués con su
benevolencia acostumbrada. - Valéis más de lo que decís; sois la flor y nata de
los hidalgos del país, espejo de los caballeros y, como Alcidor, «tan apreciado
de cuantos os conocen, que no hay nada que vuestros méritos no lograran
alcanzar».
- Dejemos esas ñoñeces de la Astrée - dijo monsieur de Beuvre - . ¿Adónde queréis ir a parar,
Guillermo? ¿Y por qué solicitáis nuestros elogios cuando nadie piensa en
quejarse de vos?
- Es que, como quiero haceros una petición
muy importante, hubiera deseado que todas las personas de vuestra confianza
abogasen por mi causa.
- Todos proclamamos vuestra lealtad, vuestro
valor, vuestra cortesía y vuestra intachable amistad - dijo Lauriana - . Por lo
tanto, podéis hablar, porque estamos aquí dos mujeres, es decir, dos curiosas.
Apenas hubo dicho Lauriana estas palabras,
cuando se ruborizó y lamentó haberlas pronunciado; porque la mirada entusiasta
y un tanto fatua del buen Guillermo le hizo presentir de qué se trataba.
En efecto; Guillermo, más alentado por
Lauriana de lo que ella hubiera deseado, hizo una petición de matrimonio,
solicitando de nuevo el apoyo de las personas presentes y mezclando la
hipérbole, la broma y el sentimiento de una manera que, dado el espíritu de la
época, podía parecer agradable y correcta.
La declaración fue bastante larga y
enrevesada, según lo exigían las reglas del trato social, pero franca y
cordial.
Diversas emociones se manifestaron en el
rostro de los auditores. Monsieur de Bois - Doré no logró disimular
completamente una gran contrariedad y un profundo disgusto. Lauriana bajó los
ojos con un aire más melancólico que turbado. Mercedes, con ansiedad, intentó
leer en los hermosos ojos de Mario; Mario se había vuelto hacia la pared, y
nadie vio su cara. Lucilio miró atentamente a Lauriana.
Monsieur de Beuvre fue el único que
permaneció impasible, sin que su cara denotase más que la reflexión; parecía
hacer un cálculo imperceptible, pero absorbente.
Todo el mundo guardó silencio, y Guillermo
se quedó algo confuso.
Pero aquel silencio podía ser lo mismo
considerado como un estímulo que como una desaprobación. Puso una rodilla en
tierra ante Lauriana, como para esperar su respuesta, en la actitud de una
sumisión absoluta.
- Levantaos, Guillermo - le dijo la joven,
levantándose para darlo el ejemplo - . Nos sorprende vuestra petición, porque
no la esperábamos, y no podemos contestar tan súbitamente como a vos se os ha
ocurrido esa idea.
- No se me ha ocurrido súbitamente -
contestó Guillermo - . La llevo en mí desde hace dos o tres años; pero por
vuestra edad y vuestro luto temía hablar inoportunamente.
- Permitid que lo dude - dijo Lauriana, que
sabía por la voz pública que Guillermo había llevado siempre una vida alegre y
que recientemente había suspirado tras varias damas más o menos casaderas.
- Mi señora hija - dijo al fin monsieur de
Beuvre - , permitid que diga que Guillermo no miente. Yo sé que hace mucho
tiempo que piensa en vos que piensa en el matrimonio. Pero, según mi opinión,
se decide algo tarde a comunicároslo.
- ¡Algo tarde! - exclamó Guillermo
contrariado - . ¿Es que ya habéis dispuesto...?
- No, no - repuso Beuvre riendo - ; mi hija
no está prometida a nadie, como no sea a nuestro joven vecino, el marqués de
Bois - Doré, o a ese grave personaje, el otro monsieur Bois - Doré, que está
durmiendo mientras me piden la mano de su prometida.
Mario, confuso y mortificado, no volvió la
cabeza; creyeron que dormía; solamente la morisca vio que lloraba; pero el
marqués se levantó y contestó con más vivacidad de la que solía tener:
- Apostaría, querido vecino, que vuestra
burla es un reproche por nuestro silencio; perdonadle, Guillermo, porque tan
cierto como hay un Dios, os tengo por el hombre más leal que existe, y digno
por todos conceptos de ser el feliz esposo de nuestra Lauriana; pero, sin
querer perjudicaros, declaro que mi petición se ha adelantado a la vuestra, y
que he sido estimulado por la señorita de Beuvre y por su padre.
- ¡Vos! - exclamó Guillermo estupefacto.
- Sí, yo - contestó Bois - Doré - , en
calidad de tío, tutor y padre adoptivo de Mario de Bois - Doré, aquí presente.
- Aquí presente, no - dijo monsieur de
Beuvre, siempre riendo - , puesto que duerme con el sueño de la inocencia.
- ¡No duermo! - exclamó Mario, arrojándose
en los brazos de su padre y dejando ver su cara, contraída por los sollozos,
que había ahogado entre sus manos.
- Ya, ya - dijo monsieur de Beuvre - ; nos
lo dice con los ojos hinchados de sueño.
- No - repuso el marqués, examinando a su
hijo - ; con los ojos abrasados por el llanto.
Lauriana se estremeció; el dolor de Mario le
recordó la escena del laberinto y trajo de nuevo a su memoria las inquietudes
que había olvidado. Las lágrimas del niño le dolieron, y la mirada, de Mercedes
la inquietó como un reproche.
Lucilio parecía compartir aquella ansiedad;
Lauriana, comprendió que tenía entro sus manos, por largo tiempo, acaso para
siempre, la felicidad de aquella familia a quien debía tanto agradecimiento.
Acabó de entristecerse viendo que el marqués
lloraba también; se acercó al anciano y al niño y les dio un beso con igual ternura,
suplicándoles que fuesen razonables y que no se apenasen por un porvenir en el
que ni ella había pensado todavía.
Beuvre se encogió de hombros.
- Sois todos ridículos - dijo - ; y a vos,
Bois - Doré, os encuentro triplemente loco, por haber llenado de novelas
idiotas la cabeza de este pobre colegial. Aquí tenéis el resultado. Se cree un
hombre, y quiere casarse a la edad en que sólo necesitaría azotes.
Estas duras palabras acabaron de desesperar
a Mario, y enojaron seriamente al marqués.
- Os encuentro hoy - dijo a Beuvre - en vena
de decir severidades superfluas. Los azotes no juzgo oportuno emplearlos con un
niño que ha probado tener el alma de un hombre. Comprendo que no debe casarse
hasta dentro de algún tiempo; pero también creo acordarme de que nuestra
Lauriana no quería casarse hasta dentro de siete años a contar desde el día en
que en esta misma habitación, el año pasado, me dio una prenda...
- ¡Ah! ¡No hablemos de aquella horrible
prenda! - exclamó Lauriana.
- Al contrario, hablemos de ella, dando
gracias a Dios - contestó el marqués - , puesto que aquel puñal me hizo
encontrar al hijo de mi hermano. Por vuestras benditas manos, mi querida
Lauriana, ha entrado esta dicha en mi casa, y si he sido loco al esperar que entraríais
vos también, perdonadme. Cuanto más feliz se es, más avaro se vuelve uno de
felicidad. En cuanto a vos, amigo Beuvre, no negaréis que acogisteis
favorablemente mis proyectos; vuestras cartas pueden dar fe de ello; habéis
escrito: «Si Lauriana tiene paciencia y no se encapricha con la idea de
matrimonio hasta que Mario tenga diez y nueve o veinte años, os juro que me
alegraré.»
- No lo niego - contestó Beuvre - ; pero
sería tonto si no considerase la cuestión del casamiento de mi hija bajo sus dos
aspectos: el porvenir y el presente. El porvenir es el menos seguro. ¿Quién me
responde de que dentro de seis años estaremos aún en este mundo? Además, cuando
yo os hablaba en la forma que decís, mi posición no era muy buena, mientras que
ahora puedo asegurar sin rodeos que es mejor de lo que podéis suponer.
«Por lo tanto, escuchadme vos, monsieur Ars;
vos, marqués, y sobre todo vos, mi señora hija. Cuento con que guardaréis el
secreto de lo que voy a confiaros a vosotros, todos gentes de honor y de
prudencia: en esta última campaña he doblado mi fortuna. Tal era mi objeto
principal, y lo he logrado, a la vez que servía mi causa, con riesgos y
peligros.
«He peleado con todas mis fuerzas contra los
malvados y he contribuido tanto como el primero a la honrosa paz que el rey nos
concede. Por esto, monsieur Ars, si me honráis al solicitar una alianza con mi
hija, es solamente por vuestro nombre y vuestro mérito, porque soy acaso tan
rico como vos.
«Y en cuanto a vos, amigo Silvio, ya que
manifestáis vuestra amistad con la misma petición, sabed que vuestro tesoro no
tiene ya por qué deslumbrarme, porque yo también tengo el mío: tres buques en
el mar, llenos de oro, plata y mercancías, como dice la canción.
«Ahora, mis lindos y amados caballeros,
dadme tiempo para reflexionar y poder contestaros. También mi hija, sabiendo
que no le costará trabajo encontrar marido, lo pensará y nos comunicará su
decisión.»
Después de estas palabras, no quedaba ya
nada que decir, y todo el mundo se despidió.
Guillermo, como verdadero hombre de mundo, tomó a broma las pretensiones
de Mario; pero sin acrimonia ni malicia, porque el niño parecía dispuesto
incluso a pedirle explicaciones, y Guillermo lo quería demasiado para irritarle
hasta tal punto.
Se marchó con la esperanza, muy
natural, de triunfar de un rival que no le llegaba al hombro.
Mario durmió mal, y al día siguiente no tuvo
apetito. Su padre se lo llevó, temiendo que cayera enfermo, y empezando a
comprender que no es prudente jugar con el porvenir de los niños en su
presencia. Pero este remordimiento tardío no le corrigió. Su espíritu novelesco
y singular, que era como el de un niño, no tenía la noción justa del tiempo.
Del mismo modo que se figuraba seguir siendo joven, creía que Mario estaba en
la edad de sentir el amor frío y retórico, casto y amanerado de que la Astrée
le había llenado la cabeza.
Mario no comprendía las sutiles distinciones
de las palabras: sólo sentía los tormentos del corazón, que son los únicos
profundos y verdaderos.
Pensaba: «Quiero a Lauriana»; y si le
hubieran preguntado de qué género era su amor, hubiera contestado de buena fe
que no existía más que uno. Puro como los ángeles, comprendía el verdadero
ideal de la vida, que es amar por amar.
Tan pronto como Beuvre y su hija se
encontraron solos, él la animó para que se decidiese por Guillermo de Ars.
- No he querido dar mi opinión por no
molestar al marqués - le dijo - ; pero su proyecto es una locura, y espero que
no querréis conservar la caperuza negra durante seis años todavía, en espera de
que ese nene haya mudado los dientes.
- No he adquirido tal compromiso ante mí
misma - contestó Lauriana, que estaba muy triste - ; pero me temo que, sin yo
saberlo, me hayáis comprometido con el marqués.
- Me importaría muy poco - repuso Beuvre - ,
pero no hay tal cosa; tanto peor para ese viejo loco y para su chiquillo, si
toman en serio palabras dichas en el aire; uno se consolará con un caballo de
cartón; el otro, con un traje nuevo, porque son tan niños el uno como el otro.
- Mi querido padre - dijo Lauriana - , ya no
me es posible tomar a broma las cosas del marqués. Ha sido para mí más que un
padre; algo así como un padre, una madre y un hermano juntos: tal protección,
tal afecto, tal alegría amable ha puesto en su manera de ser conmigo. Si Mario
no es más que un niño, en todo caso no es un niño como los demás. Es un niño
por la dulzura y la delicadeza de sus atenciones; es un hombre por el valor,
como lo demuestran sus actos y la cultura que tiene, extraordinaria dada su
edad; sabe más que vos y que yo.
- Ya, ya, hija mía - exclamó Beuvre, dándose
golpecitos en el vientre - ; estáis demasiado encaprichada con los caballeros
de Bois - Doré, y me parece que ya no valgo gran cosa a vuestros ojos. El
disgusto de ellos os importa mucho, y en cambio mi opinión no os importa nada,
ya que os hacéis la sorda cuando os hablo de Guillermo de Ars.
- Guillermo de Ars es un buen amigo -
contestó Lauriana - , pero es un marido demasiado viejo para mí: tiene casi
treinta años, conoce mucho el mundo, y me encontraría demasiado tonta o
demasiado salvaje. Su petición me hubiera acaso halagado antes de la paz;
cuando estábamos perseguidos, hubiera tenido cierto mérito al ofrecernos el
apoyo de su nombre; pero tiene poco al hacerlo hoy, cuando nuestros derechos
son reconocidos y nuestra tranquilidad está asegurada. Tendrá menos todavía si
persiste en su opinión, ya que sabe que somos ahora más ricos que antes.
Beuvre intentó en vano hacer cambiar de
parecer a su hija. Esto le contrarió mucho; porque en el fondo, en igualdad de
edad, hubiera preferido Guillermo a Mario; un yerno completamente dedicado a la
vida física e inclinado a los placeres fáciles y a la despreocupación le
convenía mucho más que un espíritu cultivado y un carácter selecto.
Lauriana se defendía, añadiendo a cada una
de sus palabras la fórmula «vuestra voluntad será la mía». Pero al decir esto
contaba con la promesa que su padre le había hecho, cuando ella enviudó, de no
forzar nunca su inclinación.
Beuvre, que al enriquecerse se había vuelto
más duro - esta transformación se opera de pronto en edad madura - , tenía
tentaciones de cogerle la palabra y de decir: «Sea.» Pero no era malo, y su
hija era casi su único afecto.
Se limitó a molestarla y a entristecerla
hablándole continuamente de los intereses materiales, de los que ella le había
creído completamente desligado al emprender su última cruzada calvinista.
Lauriana no cedió; pero, para no
mortificarle, consintió en no rechazar a Guillermo bruscamente y en recibir sus
visitas hasta nueva orden.
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