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- LXVI -
Los caballeros de Bois - Doré estuvieron
echo días sin parecer por la Motte Seuilly; Mario tenía algo de fiebre;
Lauriana, llena de inquietud, lloró. Su padre no quería llevarla a Briantes,
con el pretexto de que no convenía alimentar ciertas ilusiones. Hubo entre
ellos una pequeña disputa.
- Seréis causa de que me crean ingrata -
decía Lauriana - . Después de todas las atenciones que han tenido conmigo, yo
debía ir a cuidar a Mario. Al menos, vos debíais ir todos los días. Dirán que
los olvidáis ahora, porque ya no necesitamos de ellos. ¡Ah! ¡Por qué no seré yo
un hombre! Iría a caballo a todas horas; sería el camarada, el amigo del pobre niño,
y podría mostrarle mi amistad sin tener ningún compromiso suspendido sobre mi
cabeza, y sin tener que temer ningún reproche.
Al fin convenció a su padre de que la
llevase a Briantes.
Halló a Mario bastante consolado y sin fiebre.
Parecía haberse resignado una vez más a ser un niño. El marqués estaba algo
dolido por la conducta de monsieur de Beuvre. Pero era imposible guardarse
rencor. Poco a poco los padres se pusieron a conversar como si tal cosa, y
Lauriana empezó a reír y a jugar con su inocente adorador.
- Vecino - dijo entonces Beuvre a Bois -
Doré - , no debéis guardarme rencor. Vuestra idea referente a estos niños era
una ilusión. ¡Ved qué bien se entienden juntos para los juegos inocentes! Señal
de que se llevarían mal en los juegos del amor. Pensad que un marido demasiado
joven no se contenta por mucho tiempo con una sola mujer, y que una mujer
abandonada se torna en celosa y malhumorada. Además, hay entro estos niños un
obstáculo en el que no habíamos pensado: él es católico y ella protestante.
- Eso no es un obstáculo - dijo el marqués -
. Se les casa en la misma Iglesia, y luego cada cual vuelve a la que prefiere.
- Sí, sí; eso está bien para vos, viejo
incrédulo, que pertenecéis a ambas Iglesias, o más bien a ninguna; pero
nosotros...
- ¿Vos, vecino? Ignoro en qué religión
comulgáis; yo creo en Dios, y vos no.
- ¡Acaso! ¿Quién sabe?, ha dicho
Montaigne. Pero mi hija cree, y no la haréis ceder.
- No tendría por qué ceder. Aquí ha tenido
libertad de rezar según sus ideas. Mario y ella hacían por la noche sus
oraciones juntos, y no se les ocurría disputar. Además, Mario estaría dispuesto
a hacer como yo...
- Sí, a decir como vos, en tiempos del buen
rey: «¡Viva Sully!» y «¡Viva el Papa!»
- Tened la seguridad de que Lauriana tampoco
se empeñaría en el calvinismo.
Bois - Doré se equivocaba. Cuanto más
escéptico se declaraba monsieur de Beuvre, más empeño tenía Lauriana en
adherirse desinteresadamente a la Reforma. Beuvre, que lo sabía y que buscaba
la ocasión de suscitar obstáculos, promovió la cuestión durante la comida. Lauriana
manifestó sus ideas con dulzura, pero con energía notable.
El marqués no había
hablado nunca de religión con ella ni delante de ella. No hablaba de religión
con nadie, y le parecía que los dioses medio galos y medio paganos de la Astrée
eran muy conciliables con sus vagas nociones sobre la divinidad. Sintió pena al ver a Lauriana en una
actitud de intransigencia, y no pudo menos de decirle:
-
¡Ah!, mala niña, no seríais tan testaruda en esta controversia si me quisierais
un poquito más.
Lauriana no se había dado cuenta del juego
de su padre. El reproche del marqués se lo hizo comprender. Era el
primer reproche que le dirigía, y le llegó al alma; pero el temor de irritar a
su padre la impidió responder según el impulso de su corazón. Bajó los ojos y contuvo una lágrima al borde de
sus párpados.
Mario, que no parecía ocupado más que en
preparar la delicada comida del perrito Pleurial, vio aquella lágrima, y dijo
de pronto, con un aire serio, casi viril, que contrastaba con la pueril
ocupación de sus manos:
- Padre, estamos apenando a Lauriana; no
hablemos más de esto. Tiene voluntad; hace bien. Yo en su lugar haría lo mismo,
y no abandonaría mi partido en la desgracia.
- ¡Bien dicho, hombrecito! - dijo Beuvre,
sorprendido por el aire razonable de Mario.
- Además - añadió el marqués - , estamos por
encima de estas vanas discusiones. Mi hijo tiene ya la amplitud de ideas de los
espíritus nobles, y él no contrariaría nunca las opiniones de Lauriana.
- Contrariarlas, no - dijo Mario - ; pero...
- Pero ¿qué? - preguntó vivamente Lauriana -
. ¿No llegaríais a compartirlas, Mario, ni aun por amistad a mí?
- ¡Ah! ¡Ah! - exclamó Beuvre, asaltado por
una idea repentina - , si eso fuera posible; si este niño, con su nombre y sus
bienes, consintiese en entrar resueltamente en nuestra causa, no digo que no
aconsejaría a Lauriana que guardase durante algún tiempo más su caperuza negra.
- Si no se trata más que de eso - dijo el
marqués - , cuando llegue el momento...
- ¡No, no, padre! - dijo Mario con
una energía extraordinaria - . Ese
momento no llegará para mí. He sido bautizado por el abate Anjorrant; él me ha
educado en la idea de que no debo cambiar; y aunque no me haya hecho jurar nada
al morir, creería desobedecerle si no permaneciese en la religión en que él me
inició. Lauriana me ha dado el ejemplo; yo le imitaré; seguiremos como hasta
ahora, y todo estará bien. Esto no me impedirá quererla; y si ella deja de
quererme a mí, entonces hará mal y será mala.
- ¿Qué contestáis a esto, hija mía? - dijo
Beuvre - . ¿No creéis que este maridito, si os viera en la hoguera, se
limitaría a decir: «Lo lamento; pero no lo puedo remediar, porque tal es la
voluntad del Papa»?
Lauriana y Mario discutieron, como niños que
eran, y se enfurecieron. Lauriana continuó malhumorada; Mario no cedió, y acabó
por exclamar fogosamente:
- Dices, Lauriana, que te rebajarías si
cambiaras; entonces, si yo cambiase, ¿me despreciarías?
Lauriana comprendió la justeza de esta
réplica, y no contestó; pero se sentía ofendida como una mujercita que riñe con
su novio, y su mirada decía: «Creía que me querías más de lo que me quieres.»
Cuando volvió a casa con su padre,
éste le dijo:
- Y bien, hija mía, ¿no veis ahora que Mario,
ese niño encantador, es un papista de pura cepa, como su difunto señor padre,
que servía a España en contra nuestra? Y algún día, avergonzado por la nulidad
de su tío, nos hará sencillamente la guerra. ¿Qué diríais entonces al ver a
vuestro marido y a vuestro padre frente a frente en el combate?
- En verdad, padre - dijo Lauriana - , me
habláis como si yo hubiera manifestado el deseo de permanecer viuda, y yo no he
tomado nunca semejante resolución. Pero no veo cómo se libraría monsieur de Ars
de lo que predecís; ¿no es católico y gran partidario del rey?
- Monsieur de Ars no tiene voluntad - repuso
Beuvre - , y respondo de que en cualquier circunstancia le haríamos servir a
nuestros fines. Otros más listos que él han cambiado cuando la Reforma ha
estado en auge.
- Si monsieur de Ars no tiene voluntad, peor
para él - declaró Lauriana - ; entonces no es un hombre, y él ya tiene edad de
serlo.
Lauriana no se equivocaba; Guillermo era
nulo de carácter, pero era un buen mozo y un vecino agradable; era valiente
cual un león, y su alma era muy generosa para sus amigos.
Dulce y fácil para los aldeanos, se dejaba
robar por ellos con desprendimiento; pero también hacía como los señores de su
tiempo: los dejaba estancarse en la ignorancia y en la miseria. Le parecía muy
hermoso que los vasallos de Lauriana estuviesen limpios y bien alimentados, y
muy gracioso el que los de Bois - Doré estuviesen gordos; pero cuando le decían
que en Saint - Denis - de - Touhet los aldeanos morían como moscas por las
epidemias; que en Chassignoles y en el Magny no conocían el sabor del vino ni
de la carne, apenas el del pan, y que en los países de Brenne comían hierba, mientras
que en otras provincias, más desdichadas todavía, se comían unos a otros, él
contestaba:
- ¡Qué se le va a hacer! No todo el mundo puede ser feliz.
Y no se torturaba el cerebro para encontrar
un remedio. No se le hubiera ocurrido la idea de vivir en sus tierras, como
hacía Bois - Doré, y asociar a su bienestar a todos los que dependían de él.
Iba a Bourges y a París cuantas veces podía, y aspiraba hacer un buen
matrimonio para llevar una vida aun mejor, con una mujer que él haría perfectamente
feliz con la condición de que no tuviera más corazón ni más cabeza que él.
Era el hombre de su casta y de su tiempo, y nadie pensaba en censurarle.
Por el contrario, Lauriana era considerada
como una calvinista exaltada, y Bois - Doré como un viejo loco. La misma
Lauriana no juzgaba a Guillermo con tanta severidad como nosotros; pero notaba
en él una falta de fondo y de consistencia, y a su lado sentía un aburrimiento
invencible. Entonces el
recuerdo de los días pasados en Briantes se le ofrecía como un sueño delicioso.
Casi hubiera dicho: Et in Arcadia ego.
Sin embargo, no admitía la idea de ser la
mujer de Mario. En sus pensamientos más íntimos seguía siendo su hermana amada,
orgullosa de él y llena de emulación. Pero no le agradó ningún pretendiente, a
pesar de que se presentaron muchos en cuanto vieron a su padre adquirir nuevas
tierras. Y al comparar involuntariamente a su padre, tan positivo y calculador,
que la criticaba a menudo por sus limosnas, con el buen Silvain, que vivía y
hacía que viviera todo el mundo a su alrededor, como en un cuento de hadas,
tomó odio a todo lo razonable y se tornó la muchacha más soñadora y más
romántica del mundo, según opinión de monsieur de Beuvre y demás parientes. En
su familia se burlaban de ella y de su amor ridículo - decían - por un niño
apenas destetado.
A fuerza de oír decir que estaba enamorada
de Mario, Lauriana, algo atormentada en su casa, se sentía impulsada, a pesar
suyo, a considerar este amor como posible, y llegó a admitirle en idea. Era la
época en que Mario cumplía los quince años.
Pero no tardó en rechazar esta idea, porque
Mario, a los quince años, no parecía distinguir todavía el amor de la amistad.
Se mostraba con ella respetuoso en sus maneras, a la vez que familiar en sus palabras,
como un hermano bien educado. No decía una palabra que pudiera dejar suponer
que la pasión se hubiese revelado en él. A veces solamente se ruborizaba,
cuando Lauriana llegaba de improviso a un lugar en que no la esperaba, y
palidecía cuando se hablaba delante de él de algún nuevo proyecto de
matrimonio. Al menos, Adamas transmitía estas observaciones a su amo, a
Mercedes y a Lucilio. Pero podía equivocarse; el joven crecía y leía mucho;
acaso experimentaba cierto malestar en la cabeza y en las piernas.
No hablaremos extensamente de aquella época
en que Mario tenía quince años y Lauriana diez y nueve. La existencia
sedentaria y la tranquilidad de sus relaciones ofrecían, sin duda, un carácter
de armonía dichosa que no nos permite hallar su huella en nuestros archivos
acerca de Briantes y de la Motte Seuilly.
Lo único que encontramos es el casamiento de
Guillermo de Ars con una rica heredera del Dauphiné. Las nupcias se celebraron
en Berry. y no parece que la negativa de Lauriana hubiese enojado al buen
Guillermo, pues ella tomó parte en la fiesta, así como los caballeros de Bois -
Doré.
Un año más tarde, en 1620, vemos dibujarse
la vida de nuestros personajes más claramente. La época del bautizo de monseñor
el duque de Enghien - el futuro gran Condé - apresuró para ellos el curso de
los acontecimientos.
El bautizo tuvo lugar el día 5 de mayo en
Bourges. El joven príncipe tenía entonces aproximadamente cinco años. Se
celebraron grandes festejos, que atrajeron a toda la nobleza y a toda la
burguesía de la provincia.
El marqués de Bois - Doré, que había
conquistado por fin, si no los peligrosos favores, al menos la saludable
indiferencia de Condé y del partido jesuítico, accedió a los deseos de Mario,
que sentía curiosidad por ver un poco el mundo, y a sus propios deseos, que
eran exhibir a su heredero con más ventajas que en 1622, cuando se hallaban
bajo el peso de una situación inquietante y dolorosa.
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