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- LXVII -
Una vez decidido, Bois - Doré, que no sabía
hacer las cosas a medias, utilizó por espacio de un mes el talento y la
actividad de Adamas para preparar los lindos trajes y los ricos carruajes que
quería exhibir ante la corte y la sociedad.
Se abastecieron de nuevos caballos y arneses
de lujo; se enteraron de las últimas modas. Estaban decididos a eclipsar a todo
el mundo. El viejo hidalgo, siempre tieso y ágil, siempre pintado y rizado, de
imaginación siempre sana y juvenil, quiso vestirse con las mismas telas y las
mismas hechuras que su nieto.
Llamaban así a Mario en Bourges; porque el
príncipe, queriendo decir a Bois - Doré una frase de agradable ironía y no
recordando el parentesco que existía entre los caballeros de Bois - Doré, le
había preguntado si era por economía por lo que vestía a su nieto con los
restos de sus trajes; Mario comprendió el desdén del alto vasallo, y se sintió
más monárquico que nunca.
Lauriana también había deseado ver, por
primera vez en su vida, una gran fiesta. Como su padre no había tomado parte en
la última sublevación de los hugonotes, y además, como desde hacía tres meses
una nueva paz había sido firmada con ellos, podían dejarse ver sin peligro.
Quedó convenido que irían todos juntos.
Festines espléndidos, trofeos con dísticos
latinos y anagramas en horror del príncipe niño; regimientos infantiles
marcialmente equipados y que le escoltaban, maniobrando perfectamente; motetes
cantados; arengas de los magistrados; presentación de las llaves de la ciudad;
conciertos, danzas, comedia ofrecida por el colegio de jesuitas; ángeles que
descendían de los arcos de triunfo y presentaban ricos regalos al duquesito -
es decir, a su señor padre, que no se hubiera contentado con almendras - ;
maniobras de la milicia; ceremonias y festejos; todo ello duró cinco días.
Allí se vieron grandes personajes.
El célebre y hermoso Montmorency - a quien
Richelieu mandó más tarde al patíbulo - y la princesa, madre de Condé - llamada
la envenenadora - , fueron padrinos, en representación de los reyes de Francia.
El señor duque recibió el bautizo con un
gorrito de pedrerías y un faldón de tisú de plata. El príncipe de Condé llevaba
un traje gris recamado de oro.
Monsieur Biet invitó a los caballeros de
Bois - Doré a que se colocasen en el estrado de la alta nobleza, no porque
fuesen grandes amigos de aquella Corte, sino porque su elegancia honraba el
espectáculo.
La belleza de Mario llamó la atención más
aún que su traje; Lauriana oyó a las señoras - principalmente a la joven y
hermosa madre del principito - hacer observaciones acerca de los encantos de
aquel lindo adolescente. Por primera vez sintió cierta turbación, como si
hubiera tenido celos de las miradas y las sonrisas que iban hacia él.
Mario no prestaba atención a ello. Miraba al
hijo del príncipe con curiosidad. El niño era feo y enclenque; pero había mucha
inteligencia en sus ojos y mucha decisión en sus movimientos.
El día 6 de mayo, cuando nuestros personajes
se disponían para la marcha, Beuvre cogió aparte al marqués y le dijo:
- ¡Vaya!, habrá que acabar por tomar una
resolución.
- Tened paciencia; los caballos estarán
dispuestos en seguida - le contestó Bois - Doré, que creyó que tenía prisa de
regresar a su castellanía.
- No me comprendéis, vecino. Digo que habrá
que resolverse a casar a nuestros hijos, puesto que tal es su idea y la
nuestra. Debo deciros que pienso emprender otro viaje. No he venido aquí más
que para ponerme de acuerdo con unas personas que me prometen buenos negocios
en Inglaterra; y si debo confiaros de nuevo mi Lauriana, más valdría que fuese
casada ya con vuestro heredero. Es una suerte para él, porque mis buques van a
aumentar, según me dicen, y la paz dará libre curso a la piratería angloprotestante.
Por lo tanto, mi hija hubiera podido aspirar a quien valiera más que vos, en
nombre y dinero, pero no en corazón, y como la preocupación de cuidar de ella
me desvía mucho del cuidado de mis negocios, deseo, al recobrar mi libertad,
dejar a mi Lauriana entre buenas manos. Decid que sí, y apresurémonos.
El marqués quedó asombrado ante una
proposición que monsieur de Beuvre parecía poco dispuesto a acoger, desde hacía
cuatro años, en el caso de que se la hubiera hecho. Pero no necesitó
reflexionar mucho para comprender la inconveniencia de aquel proyecto y la
egoísta ligereza del padre de Lauriana. Bois - Doré también pecaba a menudo por
ligereza y por estar fuera de la realidad; pero era verdaderamente padre, y le
parecía que Mario, casado a los diez y seis años, se hallaría en una situación
más temible que Mario novelescamente enamorado a los once.
- ¡Qué ocurrencia! - exclamó - . Que
nuestros hijos sean prometidos, ¡muy bien! Pero para casarlos es pronto
todavía.
- Así lo creo yo también - dijo Beuvre - .
Pues bien, que sean prometidos, y guardad de nuevo a mi hija en vuestra casa.
Vigilaréis a los novios, y dentro de dos o tres años volveré para celebrar la
boda.
Bois - Doré era lo bastante novelesco para
ceder; sin embargo, vaciló. Había olvidado el amor, o al menos sus tormentos.
Pero Adamas, que fingía arreglar los equipajes y que lo escuchaba todo, lo
recordó con una mirada los rubores y las palideces que había advertido en el
rostro de Mario, y que bien podían ser la revelación de un sufrimiento
cuidadosamente ocultado.
- No, no - dijo - ; no colocaré a mi hijo
junto al fuego; no le expondré a consumirse o a faltar a las leyes del honor.
Quedaos en vuestro castillo, vecino, y seamos prudentes. Ya sois bastante rico;
cambiemos nuestras palabras, pero esta vez sin que se enteren nuestros hijos.
¿Para qué vamos a quitarles el sueño? Dentro de tres años les haremos felices
sin turbación ni reproche.
Beuvre comprendió que la ambición y la
codicia le habían hecho desear una tontería; pero se había vuelto testarudo e
iracundo. Se enfadó, se negó a cambiar las palabras, y decidió que conduciría a
su hija al Poitou, a casa de su parienta la duquesa de la Tremouille.
En el momento de subir al coche, Mario tuvo
un desfallecimiento al enterarse de que Lauriana no regresaba con él y se
alejaba por un espacio de tiempo ilimitado. Su padre había intentado atenuar el
golpe; pero monsieur de Beuvre tenía interés en probar sus sentimientos y en
vengarse de la lección de prudencia que acababa de recibir, con gran despecho
suyo, del hombre menos prudente del mundo. Lauriana, que todavía no sabía nada
- su padre le había dicho solamente que tenían que quedarse unos días más en
Bourges - , bajó precipitadamente la escalera al oír la exclamación dolorosa
que lanzó el marqués ante el espectáculo de su hijo, lívido y desfallecido.
Pero Mario se repuso en seguida, diciendo que sólo había tenido un calambre, y
subió a la carroza cerrando los ojos. No quería ver a Lauriana, cuyo aire
apacible le hería en el alma. Suponía que estaba enterada de todo y decidida,
sin pena, a abandonarle para siempre.
El marqués quiso aplazar la partida y tener una explicación con monsieur de
Beuvre. Ante la energía
de Mario, tuvo el valor de no hacerlo; ocurriese lo que ocurriese, había
llegado para Mario la edad en que se imponía una separación de algunos años.
Mario, tan expansivo en todos conceptos, no
abrió su corazón a nadie, y afectó durante el trayecto una serenidad perfecta.
En Briantes, el marqués le interrogó con habilidad y Mercedes con
imprudencia. Mantuvo su actitud, diciendo que quería mucho a Lauriana; pero que
esta pena no perjudicaría ni a su corazón, ni a su razón, ni a su trabajo.
Cumplió su palabra; su salud sufrió un poco; pero se sometió a todos los
cuidados que le rogaron que tuviese, y no tardó en reponerse.
- Espero - decía a veces el marqués a Adamas
- que no será demasiado sentimental y que olvidará a esa niña despiadada, que
no le quiere.
- Yo - decía el prudente Adamas - quiero
esperar que ella le quiera más de lo que parece; porque si nuestro Mario
perdiese la esperanza que lo hace vivir, puede ser que esto nos costase muchos
disgustos.
Al año siguiente, es decir, el 1627, una
nueva crisis amenazó el castillo de Briantes. Se habló de arrasar sus murallas,
sus baluartes y sus entradas fortificantes.
Richelieu, ya definitivamente instalado en
el poder, había decretado la destrucción de las fortificaciones de ciudades y
ciudadelas en todo el reino.
Esta
excelente medida, considerada en todo su rigor, abarcaba «todas las
fortificaciones hechas desde hacía treinta años, sin autorización expresa del
rey», incluso los castillos y casas particulares.
Briantes no estaba en este caso: sus
defensas databan de la época feudal, y no hubieran resistido a los cañones. Los
magistrados y regidores de La Châtre, descontentos por tener que arrasar sus
propias defensas, hubieran deseado hacer otro tanto con las de todos los
hidalgos vecinos. Pero Bois - Doré, que sentía la necesidad de ampararse contra
las bandas de guerrilleros y ladrones de camino, sostuvo sus derechos y los
hizo respetar. Sus vasallos le querían mucho, y no era de temer que hiciesen
como los de otros hidalgos, que se ofrecieron voluntariamente como ejecutores
de las órdenes del gran cardenal.
Aquella medida era muy popular, a la vez que
muy absoluta. Perseguía el espíritu de la Liga hasta en sus guaridas feudales.
Pero las órdenes no se ejecutaron más que en las regiones protestantes, y aquel
audaz decreto se quedó a medio cumplir, como muchos actos de autoridad de
Richelieu.
El Berry lo evitó con habilidades, como
siempre. El príncipe no dejó que quitaran una piedra de su fortaleza de
Montrond; los castillos de la alta y de la pequeña nobleza permanecieron en
pie, y la torre principal de Bourges no cayó hasta el reinado de Luis XIV.
Apenas Bois - Doré se había repuesto de esta
emoción, tuvo otra más importante, aunque más dulce.
- Señor - le dijo una noche Adamas - , debo
contaros una historia de la cual monsieur de Urfé hubiera sacado una novela.
- Veamos tu historia, amigo - dijo el
marqués, colocando su gorro de encajes sobre su cráneo calvo.
- Se trata, señor, de vuestro virtuoso
druida y la hermosa morisca.
- Adamas, os estáis volviendo mordaz y
satírico, amigo mío. Nada de calumnias, os lo ruego, acerca de mi digno amigo y
de la casta Mercedes.
- Pero, señor, ¿qué mal habría en que estas
honradas personas se uniesen con los lazos del himeneo? Sabed, señor, que esta
mañana, mientras yo arreglaba la biblioteca del sabio... - no consiente que
nadie más que yo arregle sus libros, y la verdad es que hace falta para ello un
hombre de cierta cultura - , vi a la morisca besar con cariño, a hurtadillas, una
rama de rosas que cada mañana coloca sobre su mesa, mientras que él está
desayunando con vos. Luego, al verme de pronto, se puso pálida como su
toquilla, y huyó como si hubiera cometido un gran crimen. Hacía tiempo ya, mucho tiempo, señor, que yo me
sospechaba algo. Tanta amistad, tantas consideraciones, tantas atenciones como
tiene ella para él..., ya pensaba yo que eso podía conducirles a los dos al
amor.
- Al grano - dijo el marqués - . Prosigue, Adamas.
- Pues bien, señor; mi descubrimiento me
hizo soltar una carcajada, no de burla, sino de satisfacción, porque siempre
alegra el adivinar o el sorprender un secreto, y cuando se está alegre, es
natural que se ría uno. Tanto es así, que maese Jovelin, al entrar en el
cuarto, me preguntó dulcemente con los ojos de qué me reía, y yo se lo dije
inocentemente, para que se riera él también...; y además, lo confieso, para
saber cómo iba él a tomar la aventura.
- ¿Y cómo la tomó?
- Con una insolación en cada mejilla, ni más
ni menos que una niña bonita, y es de suponer que la alegría embellece a los
hombres; porque éste, con sus ojos inmensos, su boca enorme y su gran bigote
negro, se iluminó como un astro, y me pareció tan hermoso como lo es a veces
cuando toca su melodiosa sordina.
- Bravo, Adamas; te vas acostumbrando a
hablar bien. ¿Y entonces?...
- Entonces me marché, o más bien fingí que
me marchaba; y al mirar por la puerta entreabierta, vi que el buen Lucilio
cogía las flores, las besaba con pasión y se las guardaba en su casaca, con
espinas y todo, como si le hubiera sido agradable sentir el pinchazo al mismo
tiempo que la dulzura; y anduvo por la habitación apretando con sus dos manos
aquel cáliz de amor sobre su pecho.
- ¡Mejor que mejor, Adamas! ¿Y luego?
- Luego, la morisca entró por otra puerta y
le preguntó: «¿Es hora de llamar a Mario para la lección?»
- ¿Y él qué contestó?
- Contestó que no con los ojos y con la
cabeza; esto medio a comprender que deseaba que ella se quedase con él.
Mercedes quiso alejarse, suponiéndole ocupado con sus grandes bobadas; porque
ella, señor, está ante él como una criada que no aspira siquiera a agradar a su
amo. Pero él dio una palmada para llamarla. Ella volvió. Se miraron, no mucho
rato, porque ella bajó en seguida sus hermosos ojos negros, y le dijo en árabe,
al menos yo lo entendí así por su aire:
«¿Qué quieres, mi amo?»
Él le enseñó el búcaro vacío, y ella, al no
ver las flores que había colocado en él, dijo:
«Sin duda, las habrá quitado ese revoltoso
de Adamas, porque yo no las olvido nunca.»
- ¿Dijo eso?
- Sí, señor; en árabe. Lo he adivinado todo
muy bien. Luego se fue corriendo a buscar otras flores, y él la siguió hasta la
puerta, como un hombre que lucha contra sí mismo. Luego volvió a su mesa, se
cogió la cabeza entro las manos, y experimentó, os lo aseguro, señor, los más
hermosos sentimientos del mundo para conciliar su amor con su virtud.
- ¿Y qué necesidad tiene de luchar? -
exclamó el marqués - . ¿No sabe que yo me alegraría de verle casado con esta
hermosa y digna mujer? Va a buscarlo, Adamas; se acuesta tarde, y todavía
estará levantado. Mario duerme; el momento es oportuno para una explicación tan
delicada.
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