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- LXVIII -
No le costó ninguno trabajo al marqués saber
la verdad por Lucilio.
Éste confesó candorosamente que hacía mucho
tiempo que adoraba a la morisca, y que le parecía ser correspondido; con sin
escritura concisa definió la situación.
En un principio, había temido provocar las
persecuciones que por verdadero milagro había evitado en Francia. Luego, cuando
le pareció evidente que la política de Richelieu, a pesar de sus luchas contra
la Reforma, estaba inflexiblemente resuelta a mantener el edicto de Nantes en
favor de toda libertad de conciencia, se había decidido a esperar el enlace de
Mario con Lauriana, o con otra mujer elegida por su corazón; en el estado de
esperanza o de sentimiento, de espera apacible o de agitación secreta en que
podía hallarse su querido discípulo, no quería ofrecerle el espectáculo
peligroso y egoísta de un casamiento por amor.
El marqués aprobó la generosa prudencia de
su amigo, pero encontró un medio de conciliación.
- Mi gran amigo - le dijo - : la morisca
tendrá pronto treinta años, y vos ya pasáis de los cuarenta. Todavía sois lo
bastante jóvenes para agradaros, y vuestras edades están perfectamente
proporcionadas; pero, dicho sea sin ánimo de ofenderos, ya no sois unos
adolescentes para dejar páginas en blanco en el libro de vuestra dicha.
Aprovechad los hermosos años que os quedan y casaos. Viajaré con Mario durante
algunos meses, y le diré que a mí solo se me ha ocurrido la idea de este
casamiento de conveniencia entre Mercedes y vos. Inventaré pretextos para que
no tengáis que esperar nuestro regreso; y cuando os vuelva a ver, Mario se
habrá acostumbrado ya a la idea, de la nueva situación. El matrimonio pone
seriedad en todo, y además fío en vos para ocultar vuestra luna de miel tras
las densas nubes de la prudencia y de la discreción.
El marqués condujo a Mario a París. Hizo que
viera al rey en la corte, pero de lejos, porque la sociedad había cambiado
mucho en los quince años que el buen Silvio había permanecido alejado en sus
tierras. Los amigos que tuvo en su juventud habían muerto o se habían retirado
como él del tumulto de la nueva sociedad. Los escasos personajes que había
conocido antaño y que vivían aún se acordaban poco de él y apenas le hubieran
reconocido con sus trajes anticuados.
Pero la interesante figura y las discretas
maneras de Mario llamaron la atención: los caballeros de Bois - Doré fueron
bien acogidos en algunas casas distinguidas; no les ofrecieron influencias,
pero ninguno de los dos deseaba mucho acercarse al pálido sol de Luis XIII.
Mario había experimentado una gran
desilusión al ver pasar a caballo al hijo de Enrique IV, y aquel rostro
asustado no animó al marqués a proseguir sus designios de ratificación real
para su título de marqués.
Todos los días se publicaban nuevos edictos
contra las usurpaciones de nobleza; estos edictos eran poco respetados, puesto
que los rancios o recientes hidalgos seguían tomando nombres de fincas muy
discutibles. Estaban garantizados por su obscuridad; Bois - Doré tuvo que
convencerse de que ésta era la mejor protección que podía tener.
Además comprendió que en París no se podía
sobresalir cuando no se formaba parte de la Corte. Verdad es que en los paseos
y en la plaza Royale algunas personas volvían la cabeza para considerar el
contraste de su extraño rostro pintarrajeado con la deliciosa lozanía de Mario;
al principio, el buen señor, creyendo que le reconocían, sonreía a los
transeúntes y llevaba la mano a su chambergo, dispuesto a acoger las
amabilidades que nadie pensaba en hacerle. Esto le daba un aire de
incertidumbre atontada, de cortesía vulgar, que inspiraba ganas de reír. Las
damas que se hallaban sentadas o que se paseaban abanicándose bajo los árboles
del Cours - La - Reine se preguntaban:
- ¿Quién será ese viejo loco?
Y si entre aquellas damas había alguna
perteneciente a la sociedad en la que Bois - Doré había vuelto a presentarse, o
a la burguesía del barrio en que se había alojado, contestaba:
- Es un hidalgo de provincia que pretende haber
sido amigo del difunto rey.
- ¿Algún gascón? ¡Todos han salvado a
Francia! ¿O algún bearnés? ¡Todos han sido hermanos de leche del buen Enrique!
- No, es un viejo natural del Berry o de la
Champaña. En todas partes hay gascones.
El buen Silvio, a pesar de erguir su alta
estatura, se hallaba borrado y perdido entre aquella sociedad olvidadiza y
rozagante. Pensaba, con cierto despecho, que más vale ser el primero en un
pueblo que el último en la corte. Sin embargo, es seguro que con un poco de
audacia y de intriga hubiera podido elevar a Mario, como se elevan tantos
otros; pero temió alguna afrenta a propósito de su problemático marquesado.
Se resignó a su papel de provinciano, y se
hubiera aburrido grandemente a no ser por Mario, quien, siempre estudioso y de
gustos seriamente artistas, le animó a visitar los monumentos de arte y de
ciencia, que constituían para él el principal atractivo de la capital.
La alegría y el provecho que estas visitas
valieron al joven consolaron un poco al anciano de lo que en su fuero interno
consideraba un viaje fracasado.
No comunicaba a Mario todas sus decepciones.
Había abrigado siempre la esperanza de encontrar la familia materna del niño, y
reconquistarle así algún hermoso título español con una herencia cualquiera.
Repetidas veces había escrito a España para
pedir informes y para darlos acerca de Mario, por si pudiesen interesar a la
citada familia. No había recibido más que contestaciones vagas, acaso evasivas.
En París se había decidido a ir en persona a
la Embajada de España. Fue recibido por una especie de secretario particular,
que le contestó en concreto que, en vista de sus frecuentes peticiones, el
misterioso asunto había sido esclarecido. La joven raptada y desaparecida
pertenecía, efectivamente, a la noble familia de Mérida, y Mario era el fruto
de un matrimonio clandestino, sobre el que cabía litigar.
La joven no había dejado derechos a ninguna
fortuna, y sus parientes tenían pocos deseos de reconocer a un muchacho educado
por un viejo hereje mal convertido.
El marqués se dio por enterado, y decidió
devolver olvido por desprecio a aquellos vanidosos españoles. Demasiada
violencia le había costado dirigirse a una Embajada cuyas insignias aborrecía,
en su calidad de antiguo protestante y de buen francés.
Pero se sentía triste, y confiaba sus
pesares a su inseparable Adamas.
- Indudablemente - le decía - , la
existencia más suave y más honrada es la de la nobleza sedentaria. Pero si
conviene a los que han pagado ya su deuda de valor, en cambio puede tornarse
pesada y hasta vergonzosa para un corazón juvenil como el de Mario. ¿Es que le
habré dado una educación tan esmerada y conseguido que, gracias a su
inteligencia precoz, se haya convertido en un hidalgo perfecto y apto, para
enterrarle en un solar con el pretexto de que no necesita hacer fortuna y que
tiene el corazón dulce y humano? ¿No sería conveniente que guerrease un poco,
para conquistar con alguna proeza este marquesado, que las ideas de reforma
universal del gran cardenal pueden arrebatarle un día u otro? Ya sé que el niño
es muy joven y que todavía no se ha perdido el tiempo; pero me parece que sus
inclinaciones son pacíficas y cortesanas, y quisiera encontrar los medios
necesarios para que se distinguiese en este camino.
- Señor - contestó Adamas - , si creéis que
vuestro hijo se mostrará menos valeroso que vos en la guerra, es que no le
conocéis.
- ¿No conozco a mi hijo?
- Pues no, señor, no le conocéis. Es una criatura
que os ama hasta el punto de no atreverse a manifestar una idea que pudiera
preocuparos o una pena que pudierais compartir. Pero yo conozco el mundo: Mario
sueña con la guerra tanto como con el amor, y ya se acerca el momento en que,
si no adivináis sus anhelos, se tornará triste o enfermo.
- ¡No lo quiera Dios! - exclamó el marqués -
. Mañana mismo quiero interrogarle.
Aplazar asuntos de esta índole es
retroceder; y el marqués retrocedió, en efecto. La debilidad paternal entabló
en él un gran combate con el orgullo, y triunfó. Mario no se encontraba todavía
apto para resistir las fatigas de la guerra, y, además, la guerra con
Inglaterra o con España parecía aplazada por los esfuerzos que hacía Richelieu
para crear una marina francesa. No había por qué darse prisa: el tiempo no
apremiaba; ¡ya llegaría demasiado pronto!
Volvieron a Briantes al final del otoño y
encontraron a Lucilio casado con Mercedes.
Al enterarse en París de esta noticia, Mario
había manifestado más alegría que sorpresa. Hacía mucho tiempo que había notado
en el fuego de las miradas de la morisca, en la suave melancolía de Lucilio y
hasta en el lenguaje ardiente y tierno de la sordina los efluvios de pasión que
a veces le abrasaban a él también. La idea del amor dichoso le oprimió
el corazón; pero tenía un imperio inmenso sobre sí mismo. Como su padre no vivía más que por él, se había
acostumbrado a ocultarle sus emociones, y cuando Adamas le reprochaba el
disimular demasiado sus pensamientos, contestaba:
- Mi padre es viejo; me quiere como
una madre quiere a su hijo. No
debo abreviar sus días con disgustos, ya que el cielo me ha impuesto la
obligación de conservar esta vida.
Lauriana vivía en el Poitou, y daba rara vez
noticias suyas; su estilo era cariñoso y respetuoso hacia el marqués; pero
apenas nombraba a Mario, como si hubiera temido hacerse recordar.
En cambio, se expresaba con una gran ternura
acerca de la morisca, de Lucilio y de los buenos servidores de la casa. Parecía
como si, al reprimir el cariño hacia los que le merecían en primer término,
necesitara desquitarse con los demás. Incluso anunció varias veces, con una
especie de afectación, que se formaban proyectos de casamiento para ella, y que
no tardaría probablemente en participar una decisión, deseando, según decía,
que su elección agradase al marqués, a quien consideraba como a un segundo
padre.
Estos casamientos que Lauriana anunciaba
ofrecían la particularidad de que parecían proyectos reanudados o renovados,
sin la menor indicación de lo que podía interesar a sus amigos; era, como si en
el fondo ella hubiera querido dar a entender: «No me caso porque no quiero,
pero no vayáis a creer que me guardo para vosotros.»
Tal era, efectivamente, su intención al
escribir aquellas cartas, y he aquí cuál era su estado de ánimo.
Su padre, al separarse de ella, le había
herido en el alma, diciéndole que había consultado en Bourges al marqués y a su
heredero, quienes habían contestado con mucha frialdad. También inventó que
Mario se había mostrado en aquella circunstancia católico ferviente y había
jurado que no haría nunca un matrimonio mixto.
Lauriana hubiera debido desconfiar de su
padre, a quien la codicia del oro mordía hasta el fondo de las entrañas y que
quería a toda costa decidirla a un casamiento precipitado, para poder alejarse
cuanto antes. Ella se negó a casarse, por despecho, a tontas y a locas; pero
prometió que pensaría en ello, y en su alma renunció fieramente al ingrato
Mario. En Bourges lo había amado, amado de amor por la primera vez, después de
transcurrir años de amistad apacible. Y apenas se le revelaba a ella misma el -
primer amor de su vida, tenía que avergonzarse de él y destrozarlo sin
debilidad.
Sin embargo, algunas dudas la asediaron;
pero su padre, aunque no le juró que no exageraba nada, pudo al menos darle su
palabra de honor de que había propuesto el noviazgo al marqués, y que éste
había eludido la oferta con el pretexto de que Mario era demasiado joven
todavía para pensar en el amor. Lauriana era muy pura, y no podía darse cuenta
de los peligros que hubiera corrido volviendo a Briantes. Recordó que en el
momento de la separación, Mario, que pretendía que estaba indispuesto, se había
encogido de hombros y había vuelto la cabeza, diciendo: «Dais demasiada importancia
a un calambre. Ya no siento ningún dolor.»
Repitió a su padre lo que unos meses antes
le había dicho con sinceridad, o sea que nunca había considerado aquel
matrimonio como posible, y le animó a que se marchase, según lo deseaba,
jurándole que se casaría con el pretendiente que le conviniese y no le
inspirase aversión.
Pero este pretendiente no se encontró. Todos
los que madame de la Tremouille le presentó le desagradaron.
Lauriana veía en ellos el positivismo, que
se había apoderado de su padre como una pasión, y que era en ellos un cálculo
frío y algo cínico. Los buenos tiempos de la Reforma se alejaban, disueltos
como la antigua sociedad del siglo presente. La Reforma no se mostraba heroica
más que en las grandes persecuciones, y Richelieu, que por la fatal necesidad
de las cosas aplastaba los restos de un partido, no tenía nada de tirano. Por
su boca, Francia decía a los protestantes: «Contentaos con la libertad
religiosa; salid de la política. Uníos a nosotros contra el enemigo de fuera.»
Los protestantes habían querido ser una república, y eran una Vendée.
Salvo los puritanos de Francia - el grupo
terrible, heroico, indomable, que se constituyó y se inmoló en la Rochelle dos
años más tarde - , los protestantes franceses estaban por aquel entonces
dispuestos a unirse al príncipe de la unidad francesa; pero varios entre ellos
estaban resueltos a no reunirse hasta después de conseguir una victoria que
valiese a su partido consideraciones buenas y duraderas.
Entre los que razonaban bien, pero que iban
a verse obligados a razonar mal y a escoger entre la alianza extranjera y el
aplastamiento final, la nobleza tenía, por lo general, intenciones menos puras
que el pueblo y la burguesía. Hacía reservas personales; los que tenían una
posición elevada querían vender su alianza y traducían sus necesidades de
libertad religiosa en necesidades de empleo y de dinero.
Lauriana se indignaba ante aquellas
numerosas defecciones que se declaraban diariamente o que se mantenían en una
expectativa vergonzosa. La joven se había hecho una idea más caballeresca del
honor de su partido. Ahora se veía forzada a reconocer que su padre, cuya
avidez la había humillado tanto, se había limitado a hacer un poco más tarde lo
que la mayoría de los hombres de su edad había hecho durante toda la vida y lo
que la mayoría de los jóvenes no tardaría en hacer a su vez. Hasta puede
decirse que monsieur de Beuvre era de los mejores, porque no pensaba en hacer
traición a su partido. Se apresuraba solamente en despachar sus asuntos antes
de verle vencido.
Podía encontrarse una excepción para
Lauriana. Había excepciones, puesto que ella era una. No la encontró, acaso
porque, siendo soñadora y distraída, no la supo buscar.
La juventud y la belleza son altivas, y lo son con justicia. Esperan a que se las descubra, y
ellas no descubren nada por miedo a parecer que se ofrecen.
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