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- LXIX -
Nos hemos esforzado hasta aquí en seguir a
nuestros personajes en la vida de nobleza sedentaria, que, merced a nuestros
informes, conocemos bastante bien; pero ahora nos vemos obligados a saltar
cierto espacio de tiempo y a buscar a los caballeros de Bois - Doré bastante
lejos de su apacible mansión.
Era en el año 1627, creo que el día 1º de
marzo. Las dos vertientes del monte Genèvre, cubierto de escarcha, ofrecían el
espectáculo de una animación extraordinaria hasta la entrada del pueblo llamado
el Pas de Suze.
Era que el ejército francés marchaba contra
el duque de Saboya, es decir, contra España y Austria, sus aliadas.
El rey y el cardenal subían por la montaña,
a pesar del frío excesivo. Los cañones rodaban entro la nieve. Era aquélla una
de las grandes escenas que los soldados franceses han sabido siempre
representar tan bien en el cuadro grandioso de los Alpes, lo mismo con Napoleón
que con Richelieu, lo mismo con Richelieu que con Luis XIII, sin preocuparse de
las rocas, como aseguran que hacía Aníbal, y sin emplear más artificio que la
voluntad, el ardor de la alegría y la intrepidez.
En uno de los senderos que la nieve
pisoteada formaba paralelamente al camino, dos jinetes subían la escarpada
montaña.
Uno de ellos era un joven de diez y nueve
años, robusto, y cuya flexibilidad de movimientos se revelaba bajo el gracioso
traje de guerra de la época. Los colores de su indumento eran de fantasía; su
equipo y sus armas, así como su alejamiento del ejército, denunciaban a un
soldado voluntario.
Mario de Bois - Doré - ya se habrá supuesto
que me refiero a él - era el más lindo jinete del ejército. El desarrollo de su
fuerza juvenil no había restado nada a la adorable dulzura de su fisonomía,
inteligente y noble. Su mirada era, por la pureza, la de un ángel; pero la
naciente barba recordaba que aquel joven de celeste mirada era un sencillo
mortal, y el bigote juvenil acusaba suavemente una sonrisa indolente, pero
llena de benevolencia cordial a través de su melancolía.
Una espléndida cabellera castaña,
naturalmente rizada, rodeaba su rostro hasta el nacimiento del cuello y caía en
una gruesa trenza - las trenzas estaban de moda más que nunca - hasta los
hombros. Las mejillas eran delicadamente sonrosadas, pero algo pálidas. Una
distinción exquisita en las maneras y en el indumento era el principal carácter
de aquella figura, que no llamaba la atención, pero de la que no podía
desprenderse la mirada después de haberse posado en ella.
Tal fue la impresión del jinete que el azar
acababa de colocar junto a Mario.
Este jinete, tenía unos cuarenta años: era
enjuto y pálido; sus facciones eran bastante regulares; sus labios eran muy
finos; sus ojos, muy penetrantes, y había en él una expresión de astucia,
atenuada por una inclinación marcada hacia la reflexión. Estaba ataviado de una
manera bastante enigmática: de negro, con una sotana corta, como un cura en
viaje, pero armado y calzado militarmente.
Su caballo, seco y ágil, alargaba el paso
tanto como el ardiente y noble corcel de Mario.
Los dos jinetes se saludaron en silencio, y
Mario moderó el trote de su caballo para ceder el paso al viajero más viejo que
él.
El jinete pareció agradecer una cortesía tan
escrupulosa y se negó a adelantarse al joven.
- Después de todo, señor - dijo Mario - , me
parece que nuestros caballos tienen el mismo paso; me cuesta trabajo contener
al mío, y he tenido que dejar que mis compañeros tomasen la delantera para no
llegar yo antes que ellos a la cima de la montaña.
- Lo que censuráis en vuestro magnífico
caballo me es de gran utilidad en el mío - contestó el desconocido - . Como
viajo casi siempre solo, puedo avanzar sin que nadie me lo reproche. ¿Me será
permitido preguntaros, señor, dónde he tenido ya el honor de veros? Vuestra
agradable fisonomía no me es del todo desconocida.
Mario
miró atentamente al jinete y le dijo:
- La última vez que tuve el honor de veros
fue en Bourges, hace cuatro años, en el bautizo de monseñor el duque de
Enghien.
- ¿Entonces sois, en efecto, el conde de
Bois - Doré?
- Sí, señor abad Poulain - contestó Mario,
llevando por segunda vez la mano a su chambergo empenachado.
- Me alegro encontraros tal como estáis -
contestó el rector de Briantes - . Habéis ganado en estatura, en presencia y
también en calidad, por lo que veo. Pero no me llaméis abad, porque, ¡ay!, no
lo soy todavía, y puede que no lo sea nunca.
- Ya sé que el príncipe no ha querido
interesarse por vuestro nombramiento; pero creía...
- ¿Que había encontrado algo mejor que la abadía
de Varennes? ¡Sí y no! En espera de un título cualquiera, he abandonado el
Berry; la casualidad me ha unido a la suerte del cardenal, y estoy al servicio
del padre José, a quien soy fiel en cuerpo y alma; puedo deciros en confianza
que soy mensajero suyo; por eso tengo tan buen caballo.
- Os doy mi enhorabuena, señor. El servir al
padre José es digno de un buen francés, porque la suerte del cardenal está
unida a la de Francia.
- ¿Habláis sinceramente? - preguntó el
eclesiástico con una sonrisa de duda.
- ¡Sí, señor, por mi honor! - contestó el
joven con una lealtad que hizo desvanecer las sospechas del agente diplomático
- . No tengo interés en que el cardenal se entere de que tiene en mi padre y en
mí dos admiradores más; pero háganos la merced de creer que somos lo bastante
buenos patriotas para querer servir en cuerpo y alma, lo mismo que vos, si
podemos, la causa del gran ministro y del hermoso reino de Francia.
- Os creo firmemente - repuso monsieur
Poulain - , pero no confío igualmente en vuestro señor padre. Por ejemplo, el
año pasado no os envió al sitio de La Rochelle. Ya sé que erais todavía muy
joven; pero había otros más jóvenes que vos, y seguramente habéis debido de
contrariar vuestros deseos de asistir a la gloriosa cita de toda la juventud
noble de Francia.
- Monsieur Poulain - contestó Mario, con
cierta severidad - , creía que el agradecimiento os unía a mi padre. Ha hecho
por vos todo cuanto le ha sido posible y no podéis culparle porque la abadía de
Varennes haya sido secularizada en beneficio del príncipe; él mismo se ha visto
perjudicado en este asunto.
- ¡Oh! ¡No lo dudo! - exclamó Poulain - . Ya
sé que el príncipe de Condé sabe enredar las cuentas; no culpo a nadie más que
a él. En cuanto a vuestro padre, sabed, señor conde, que le quiero y le
aprecio siempre. Lejos de
pensar en perjudicarle, yo daría mi vida por tener la seguridad de que se ha
unido sinceramente a la causa católica.
- Mi padre no ha tenido necesidad de
unirse a la causa de su patria, señor. Quiero decir que abraza apasionadamente la del cardenal en contra de
todos los enemigos de Francia.
- ¿Incluso en contra de los hugonotes?
- Los hugonotes han dejado de existir,
señor; ¡dejemos en paz a los muertos!
La dignidad de la expresión de aquel rostro tan dulce sorprendió a monsieur
Poulain. Comprendió que
no se las tenía que haber con un joven ambicioso y frívolo como los demás.
- Tenéis razón, señor - dijo - . ¡Paz al
calvinismo, muerto en La Rochelle, y que Dios os oiga, a fin de que no
resuciten en Montaubán o en algún otro sitio! Puesto que vuestro padre ha
abandonado por completo su indiferencia religiosa, esperemos que os permitirá,
en caso necesario, marchar contra los rebeldes del Mediodía.
- Mi padre me ha permitido, y me permitirá
siempre, que yo manifieste mi inclinación; pero sabed, señor, que ésta no será
nunca la de marchar contra los protestantes, al menos de ver la Monarquía en un
gran peligro. Jamás, por ambición o por vanidad, sacaré mi espada contra
franceses; jamás olvidaré que esta causa, antaño gloriosa, hoy desdichada, ha
puesto a Enrique IV sobre el trono. Vos, monsieur Poulain, os habéis educado en
el espíritu de la Liga, y ahora la combatís con todas vuestras fuerzas. Habéis
ido del mal al bien, de la mentira a la verdad; yo he vivido y viviré en el
camino que me han colocado: fidelidad a mi país, horror a las intrigas con el
extranjero. Tengo menos mérito que vos, porque no he necesitado convertirme;
pero os juro que haré cuanto pueda, y, sin dejar de respetar la libertad de
conciencia en los demás, lucharé con todas mis fuerzas contra los aliados del
duque de Saboya...
- Olvidáis que son ahora los aliados de la
Reforma.
- Decid más bien de monsieur de Rohan. De este modo, monsieur de Rohan acaba de
aniquilar su partido; por lo cual os digo: ¡Paz a los muertos!
- Vaya - dijo el afiliado al padre José - ,
ya veo que sois un espíritu tan novelesco como el buen marqués, y que,
siguiendo su ejemplo, os dejaréis guiar por el sentimiento. ¿Puedo, sin
indiscreción, pediros noticias de vuestro padre?
- Le vais a ver en persona, señor. Se
alegrará de saludaros. Ha tomado la delantera y dentro de un cuarto de hora nos
reuniremos con él.
- ¿Qué me decís? Monsieur de Bois - Doré, a
los setenta y cinco u ochenta años...
- Combate todavía contra los enemigos y los
asesinos de Enrique IV. ¿Os sorprende, monsieur Poulain?
- No, hijo mío - contestó el ex liguero,
que, por la fuerza de las cosas, se había vuelto practicante y admirador de la
política del bearnés - ; pero me parece que empieza algo tarde.
- ¡Qué queréis, señor! Él no podía combatir
solo; esperaba el ejemplo del rey de Francia.
- ¡Vaya! - exclamó monsieur Poulain sonriendo - . Tenéis contestación para todo. Tengo ansia de
saludar al noble anciano. Pero aquí es imposible galopar. Dadme también
noticias de un hombre a quien debo la vida: maese Lucilio Giovellino, o sea
Jovelin, el gran músico.
- ¡Es dichoso, a Dios gracias! Se ha casado
con mi mejor amiga, y entre los dos nos hacen el favor de regentar nuestra casa
y nuestros bienes durante nuestra ausencia.
- Vuestra mejor amiga... ¿Os referís a
Mercedes, la bella morisca? Yo hubiera creído que preferíais, aunque bien es
verdad que con otra clase de sentimientos, una amiga más joven y más bella.
- ¿Os referís a la señorita de Beuvre? -
repuso Mario, con una lealtad que contrastaba con la curiosidad insinuante de
monsieur Poulain - . Puedo contestaros con facilidad, como podría hacerlo a
todo el mundo. En efecto, la he querido apasionadamente en mi infancia y la
respetará toda mi vida; pero nuestra amistad es muy tranquila, y podéis
interrogarme acerca de ella sin rodeos. ¿No se ha casado?
No lo sé, señor. Viajamos desde hace varios
meses y no tenemos noticias de nuestros amigos.
Monsieur Poulain examinó a Mario a hurtadillas. Tenía la calma de un
corazón destrozado, pero no el decaimiento de un alma agotada.
- ¿Ignoráis - preguntó el rector - que
monsieur de Beuvre estaba en la flota inglesa ante La Rochelle?
- Sé que allí fue muerto, y que Lauriana no depende ya de nadie.
- Estaba en el Poitou cuando el duque de la
Tremouille fue a abjurar de su herejía al campamento del rey, después del
abandono de los ingleses.
- Lauriana le siguió, señor - dijo
vivamente Mario - . Solicitó
compartir el cautiverio de la heroica duquesa de Rohan, que se negó a
someterse, y, no habiendo logrado esta fin se disponía a regresar al Berry,
cuando nos marchamos de nuestra provincia.
- Ya sabía todo eso - dijo monsieur Poulain,
que parecía, en efecto, estar enterado de todo.
- Aunque no lo hubierais sabido - dijo Mario
- , no me arrepiento de habéroslo dicho. ¿No querríais dar al príncipe de Condé
un nuevo pretexto para confiscar los bienes de la señorita de Beuvre?
- No, por cierto - dijo el ex rector, riendo
casi con cordialidad - . Razonáis bien, y cuando tan bien se conoce a la gente,
se puede ser, sin gran peligro, tan sincero como vos. Pero podéis tener
absoluta, confianza en mí: he roto abiertamente con los jesuitas, a mi costa y
riesgo.
Monsieur Poulain no mentía.
Pocos momentos después se encontró en
presencia del marqués de Bois - Doré, y la entrevista fue por ambas partes muy
cortés, casi amistosa.
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