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- LXX -
El marqués no necesitaba hacer grandes
esfuerzos para poner en pie un pequeño ejército de voluntarios: sus mejores
hombres, seguros de ser bien recompensados, le habían seguido con entusiasmo.
El intrépido Aristandre tenía la esperanza
de una satisfacción personal dando una paliza a los españoles, a los que
aborrecía por el recuerdo de Sancho. El fiel Adamas montaba a retaguardia una
dulce jaquita, y llevaba a la grupa las esencias y las tenacillas de su señor.
A excepción del rizado de los escasos
cabellos que aun le quedaban en la nuca y de algunos perfumes que aun utilizaba
para su agrado particular, el marqués se había vuelto tan sencillo como
deslumbrante fue antaño. Nada de peluca; nada de colorete; casi nada de
encajes, de canutillos, de bordados, de galones; un jubón de paño carmesí, con
las mangas abiertas, las calzas iguales y, llegando hasta más abajo de las
rodillas, botas con vueltas de batista lisa, y una amplia y fuerte capa forrada
de piel; tal era el traje del caballero de Bois - Doré.
Explicaremos esta metamorfosis en pocas
palabras.
Mario había tenido un duelo para castigar a
un impertinente que se había burlado en su presencia de la careta de yeso, de
la cabellera negra y de los mil perifollos del marqués. Mario había
malherido a su adversario: ¡fue su primer duelo! Pero Bois - Doré, enterado más tarde del
asunto, no quiso exponer a su hijo a una segunda aventura. Un día, de pronto y
sin avisar a nadie, suprimió el colorete y la peluca, con el pretexto de que
monsieur de Richelieu tenía razón al proscribir el lujo, y que había que dar el
buen ejemplo. Ya resignado a parecer viejo y feo, se presentó heroicamente ante
su familia; pero, con gran sorpresa suya, todo el mundo lanzó una exclamación
de alegría, y la morisca le dijo ingenuamente:
- ¡Ah! ¡Qué hermoso estáis, señor! Yo creía
que erais mucho más viejo.
La verdad es que bajo su careta el marqués
estaba muy bien conservado, y era extraordinariamente hermoso, dada su avanzada
edad. No conocía ni había de conocer nunca las enfermedades. Conservaba todos
los dientes; su ancha frente calva, estaba surcada por hermosas arrugas, bien
trazada, sin huella de malicia o de odio; su bigote y su barba, blancos como la
nieve, se destacaban sobre su cutis moreno, y sus grandes ojos, brillantes y
risueños, lanzaban todavía dulces miradas a través del matorral de sus tupidas
cejas enmarañadas.
Iba siempre derecho como un pino; pero ya no
se ocultaba para apoyar su delgada rodilla en la potente mano de Aristandre al
montar a caballo, aunque, una vez sobre la silla, estaba firme como una roca.
Le hicieron tantas alabanzas sobre su
hermoso aspecto, que cambió por completo su sistema de coquetería: en lugar de
disimular su edad, la aumentó; pretendió tener ochenta años, aunque sólo tenía
setenta y seis, y se divirtió maravillando a sus jóvenes compañeros de armas
con el relato de las antiguas guerras, que él había conservado en los archivos
de su memoria.
El día 3 de marzo, o sea dos días después
del encuentro de los caballeros de Bois - Doré con monsieur Poulain, la
vanguardia real, compuesta de una selección de diez o doce mil hombres, acampó
en Chaumont, último pueblo de la frontera. Los voluntarios, como no tenían
tiendas de campaña, pasaron la noche como pudieron en el pueblo.
El marqués se metió tranquilamente en la
primera cama que encontró, y durmió como hombre ducho en el oficio de la guerra
que sabe aprovechar los momentos de descanso y dormir una hora cuando no puede
ser más, o doce, a modo de provisión, cuando no tiene otra cosa que hacer.
Mario, muy excitado por la impaciencia de
batirse, pasó la velada con varios jóvenes, voluntarios como él, con quienes
había hecho conocimiento en el camino.
Estaban en la sala baja de una taberna
bastante miserable, tan llena de gente, que apenas había sitio para moverse, y
tan llena de humo, que apenas se veían unos a otros. Así como el ejército
regular era silencioso y sobrio cual una comunidad de frailes austeros, los
cuerpos de voluntarios eran alegres y revoltosos. Bebían, reían, cantaban
canciones libertinas, recitaban versos eróticos o burlescos, hablaban de
política y de galantería, se peleaban y se abrazaban.
Mario, sentado bajo la campana del
hogar, soñaba en medio del tumulto.
A su lado estaba Clindor, que se había vuelto
bastante decidido, pero que se sentía intimidado al verse en medio de tanta
nobleza. No tomaba parte en las ruidosas conversaciones, porque no se atrevía,
a pesar de su deseo, mientras que Mario se dejaba mecer en sus meditaciones por
aquel tumulto, que, si no le atraía, no le molestaba tampoco.
De pronto, Mario vio entrar a una criatura
extraña.
Era una muchacha menuda, delgada y morena,
que llevaba un traje incomprensible: cinco o seis faldas de colores llamativos,
puestas unas encima de otras, un cuerpo cubierto de galones y lentejuelas, un
amontonamiento de plumas abigarradas en sus cabellos crespos y rizados y una
gran cantidad de cobres y cadenas de oro y plata, de pulseras y de sortijas;
tenía cuentas de vidrio hasta en los zapatos.
Aquella extraña figura no tenía edad: podía
ser una niña precoz, o una muchacha marchita. Era muy bajita; fea cuando quería
sonreír o hablar como todo el mundo, y hermosa cuando se enfurecía: lo que parecía
ser en ella una necesidad continua o un estado normal. Insultaba a las criadas
de la casa que no la servían bastante de prisa; injuriaba a los jinetes que no
le cedían el sitio; arañaba a los que querían propasarse con ella, y contestaba
con imprecaciones inauditas a los que se burlaban de su absurdo indumento y de
su mal genio.
Mario no comprendía con qué intención una
criatura tan antipática se mezclaba en semejante reunión. Una mujer gorda,
herpética y ridículamente ataviada con harapos miserables, entró a su vez,
cargada de cajas como una mula, e impuso silencio. Lo consiguió difícilmente, y
al fin hizo, en francés, una especie de pregón en honor de la incomparable
Pilar, su compañera, danzarina morisca y adivinadora infalible por la ciencia de
los árabes.
Aquel nombre de Pilar sacó a Mario de su
meditación: examinó a las dos gitanas, y, a pesar del cambio que se había
operado en ellas, reconoció en una a la discípula, víctima y verdugo del
miserable La Fleche; en la otra, a la ex Belinda de Briantes, ex Proserpina del
capitán Macabro, que en la actualidad se anunciaba con los títulos y nombres de
Narcisa Bobalina, tocadora de laúd, vendedora de encajes y, en caso necesario,
zurcidora y rizadora de chorreras.
La concurrencia aceptó la exhibición de los
talentos anunciados; la Belinda tocó el laúd con más vehemencia que corrección,
y la bailarina, a quien los espectadores hicieron un sitio amontonándose sobre
las mesas, se entregó a una especie de pantomima epiléptica, cuya fabulosa
flexibilidad y gracia violenta provocaron el entusiasmo de una asamblea ya muy
excitada por el vino, la charla y el tabaco.
El éxito que obtuvo Pilar sobre aquellos
espíritus turbados causó en Mario una viva repulsión, y se disponía a
retirarse, cuando sintió curiosidad por escuchar lo que la gitana empezaba a
decir en términos generales, en espera de que alguien le pidiese el secreto de
su porvenir.
- ¡Habla! ¡Habla, joven sibila! - le
gritaban de todas partes - . ¿Seremos felices en la guerra? ¿Forzaremos mañana
el Pas de Suze?
- Sí, si estuvierais todos en estado de
gracia - contestó desdeñosamente Pilar - ; pero no hay uno solo aquí que no
esté cubierto con una lepra de pecados mortales, y mucho temo por vuestra
blanca piel.
- Esperad - dijo alguien - ; tenemos aquí un
mocito dulce y casto, un ángel del cielo, Mario de Bois - Doré. Que comience la
prueba, y que interrogue a la adivinadora.
- ¿Mario de Bois - Doré? - exclamó Pilar, y
sus ojos centelleantes se tornaron lívidos y descoloridos - . ¿Está aquí?
¿Dónde? ¿Dónde? ¡Mostrádmelo!
- Vamos, Bois - Doré - exclamaron varias
voces - , no ocultéis vuestro rostro, y enseñad vuestras manos.
Mario salió de su rincón y se presentó ante
las dos gitanas; una se precipitó para coger su mano, y la otra bajó la cabeza,
como para no ser reconocida.
- Os he visto, Belinda - dijo Mario a esta
última - ; en cuanto a ti, Pilar - añadió, retirando su mano, que la joven
parecía querer llevar a sus labios - , mira mis líneas, y basta.
- Mario de Bois - Doré - exclamó Pilar
súbitamente irritada - , conozco de sobra las líneas de tu mano fatal. Las he
estudiado en otros tiempos. Nunca te dije tu destino: es demasiado desdichado.
- Y yo - contestó Mario encogiéndose de
hombros - conozco tu ciencia: depende de tu capricho, de tu odio o de tu
locura.
- ¡Pues haz la prueba! - repuso Pilar, cada
vez más indignada - , y si no crees en mi ciencia, no tiembles al oír tu fallo:
Mañana, hermoso Mario, dormirás boca arriba al borde de un barranco; y tus
ojos, por muy abiertos que estén, no verán ya la luz de las estrellas.
Sin duda, porque el cielo estará nublado -
contestó Mario sin inmutarse.
- ¡No, el tiempo estará claro, pero tú estarás
muerto! - contestó la sibila, enjugando con sus cabellos el sudor frío que
bañaba su frente - . ¡Basta!, que no me pregunten más; diría cosas demasiado
duras para todos los que están aquí.
- ¡Revocarás tus palabras, mala bruja! -
exclamó el joven que había facilitado a Mario aquella agradable predicción - .
¡Amigos míos, no la dejéis salir! Estas brujas odiosas nos llevan a la muerte
por la turbación que ponen en nuestros espíritus. Por su causa perdemos en el
peligro la confianza que salva. Obliguémosla a retractarse de sus palabras y a
confesar que las ha pronunciado por maldad.
Pilar, ágil cual una víbora, se deslizó a
través de las mesas; algunos corrieron tras ella; la Belinda huía por otra
puerta.
- Dejadlas - dijo Mario - . Son dos seres
despreciables, cuya historia os contaré en otra ocasión. No me preocupa su
predicción; de sobra sé lo que vale esa ciencia.
Agobiaron a Mario a preguntas.
Mañana hablaré - contestó - ; después de la
batalla, después de mi supuesta muerte. Por ahora, permitidme que vaya a ver si
mi padre está bien guardado por sus gentes; porque creo que una de estas
mujeres, acaso las dos, son muy capaces de querer hacerle daño.
- Y nosotros - contestaron sus amigos -
haremos una ronda para cerciorarnos de que no hay alguna banda de gitanos,
ladrones y asesinos por los alrededores de este pueblo.
Hicieron la ronda con cuidado. Parecía inútil, puesto que el
campamento regular tenía centinelas y estradiotes vigilantes que registraban y
guardaban los alrededores hasta una gran distancia. Se supo por las gentes del
pueblo que las dos gitanas habían llegado solas la víspera, y que paraban en
una casa que fue designada a los jóvenes. Se aseguraron de que las gitanas
estaban en ella, y Mario no juzgó necesario vigilarlas. Le bastaba con
hacer que se vigilase bien la casa donde descansaba su padre.
La noche transcurrió tranquilamente, demasiado
tranquilamente para aquella juventud impaciente, que esperaba verse despertada
por la señal del combate. No ocurrió tal cosa. El príncipe de Piemont, cuñado
de Luis XIII, había ido a entablar negociaciones con Richelieu, de parte del
duque de Saboya, y la conferencia suspendió las hostilidades, con gran
descontento del ejército francés.
El día siguiente transcurrió en una espera
febril, y la predicción abortada de la gitana dejó de preocupar a los amigos de
Mario.
Las dos vagabundas habían levantado el campo
y cruzado las vanguardias, para ir a ejercer en Francia su industria nómada. No
era de temer que volviesen. El cardenal tenía dadas las órdenes más severas
para que se expulsase del séquito de los ejércitos a las mujeres y a los niños,
y sobre todo a las mozas de partido. Contra éstas, fuesen gitanas, bailarinas o
adivinadoras, había pena de muerte.
La víspera del día 4 de marzo Mario se vio
obligado a contar las aventuras de la gorda Belinda y de la niña Pilar. Lo hizo
con una claridad y una sencillez que sorprendieron a todos los que se hallaban
presentes. Hasta entonces su modestia le había impedido llamar la atención; su
interesante historia y su manera de contarla, a la vez conmovedora, natural y
animada, hicieron olvidar a sus compañeros, encantados, el juego y la hora
tardía.
Hubiera podido contar toda su vida; pero un
sentimiento indefinible, de reserva temerosa, le hizo callar el nombre de
Lauriana.
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