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- LXXI -
Era más de media noche cuando se separaron.
Cada grupo volvió al albergue más o menos detestable que le correspondía, y
Mario, seguido por Clindor, había llegado solo a la puerta del suyo, cuando una
sombra indecisa, que estaba acurrucada en el umbral, se levantó y vino hacia
él.
Era Pilar.
- Mario - le dijo - , no me tengas miedo; nunca
te hice daño, y no tengo motivos para aborrecer a tu padre. No comparto el odio
que os tiene Belinda.
- ¿Belinda sigue odiando a mi padre? -
preguntó Mario - . ¿Entonces ha olvidado que él impidió que la ahorcasen como
al capitán Macabro?
- Sí; Belinda lo había olvidado, o acaso no
lo haya sabido; pero ya es tarde para decírselo, y ahora no odia ya a nadie.
- ¿Qué quieres decir?
- Que he hecho con ella lo que ella quería
hacer con vosotros.
- ¿Qué? ¡Habla!
- No, Mario, es inútil; no por eso habías de
quererme más; ya sé que me odias.
- No odio a nadie - dijo Mario - ; odio el
mal, y los malos instintos me inspiran horror. ¡Has conservado los tuyos,
desdichadamente! Bien me he dado cuenta de ello ayer, cuando te complaciste en
perturbar mi espíritu; has de saben que no lo conseguirás nunca, y déjame
tranquilo; lo mejor para ti es que te olvide.
- Escucha, Mario - exclamó Pilar con voz
entrecortada - : no debes hablarme así; no, no debes hacerlo, si amas a alguien
en este mundo. Porque yo te quiero y te he querido siempre. Sí, desde aquel
tiempo en que éramos tan pobres el uno como el otro, cuando dormíamos sobre los
mismos brezos y pordioseábamos en los mismos caminos, yo estaba enamorada de
ti. No recuerdo un día de mi vida en que la pasión del amor o del odio no me
haya devorado. Yo no he tenido infancia; he nacido del fuego, y en el fuego
moriré, porque soy una chispa de hoguera. ¿Qué importa? Tal como soy, valgo más
para ti que tu Lauriana, que siempre te ha despreciado y no quiere más que a
sus viejos hugonotes..., ¡afortunadamente para ella! Sí, afortunadamente,
repito, porque yo conozco vuestra vida. He vuelto dos veces a vuestro país, y
un día pasé junto a ti sin que me reconocieras. Me arrojaste una moneda de
plata. Mira: aquí la llevo, oculta bajo mis collares, por ser lo más precioso
que tengo en el mundo; la he agujereado, y he grabado tu nombre en ella con un
punzón: es mi talismán. ¡Cuando lo pierda, moriré!
- ¡Bueno! - dijo Mario - , basta de locuras.
¿Qué quieres ahora? ¿Por qué has vuelto, con riesgo de tu vida, y por qué me
esperabas aquí? Devuélveme esa moneda, y toma éste oro, que te puede hacer
falta.
- Quédate con tu oro, Mario; no lo necesito;
quiero conservar, y conservaré, tu moneda, aunque te moleste que lleve tu
nombre escrito sobre mi pecho. He venido aquí para contarte mi historia, y
tienes que oírla.
- Pues date prisa; la noche es fría y tengo
sueño.
- No quiero que nadie más que tú me oiga, y
el paje nos está escuchando. Ven conmigo fuera de las murallas.
- No, mi paje duerme; habla aquí, y date
prisa, o te dejo.
- Escúchame; acabo en seguida. Ya sabes que
mi padre fue ahorcado y mi madre quemada.
- Sí; recuerdo que me lo has dicho muchas
veces. ¿Qué más?
- La Fleche no hacía más que hacerme sufrir.
Me dislocaba los huesos para darme más flexibilidad, y me llevaba en una jaula
para hacerme pasar por una fiera.
- Pero ¡te has vengado horriblemente!
- Sí, le ahogué con piedras y tierra
cuando gritaba: «¡Socorro! ¡Tengo sed!» Uno de sus brazos se movía aún y quería estrangularme. Pero yo,
con riesgo de mi vida, le llené la boca hasta la garganta. ¿No era justo? No tenía yo derecho a ello?
Acaso vosotros le hubierais salvado, y él os hubiera pagado como Belinda, que
os habría envenenado a todos de no impedírselo yo: a ti, a tu padre y a
vuestros criados, porque decía que era necesario justificar la predicción que
yo te había hecho ante testigos, para conservar mi fama de adivinadora.
¿Y entonces tú la has...?
- También ella se lo merecía. Escucha,
escucha mi historia. Después de vengarme de La Fleche, yo me había escondido en
el pabellón del jardín. Había
visto que estabas enojado conmigo, y esperaba que se te pasara el enfado. Yo
creía que te preocuparías de mí, que me buscarías y que me llevarías a tu
castillo. Pero al atardecer fuiste allí con Lauriana y le dijiste que querías
ser su marido. Ella se burló de ti; te encontraba demasiado joven;
afortunadamente, ahora es ella la que resulta demasiado vieja. Luego le dijiste
que me aborrecías, y yo lo oía todo. Entonces arrojé un pedrusco sobre ella,
para matarla, y me oculté cuidadosamente. Pero vosotros creísteis que la piedra
se había desprendido sola y os alejasteis, dejándome allí.
«Pasé la noche en el mismo sitio, muerta de hambre y de frío. La rabia me sostenía: os maldecía a
los dos y me maldecía a mí misma por no haber sabido agradarte. Deseaba morir,
pero no tuve valor para ello; y como ya no quería nada contigo, porque creía
que te aborrecía, me marché a Brilbault, a buscar el dinero de Sancho, que La
Fleche me había obligado a robar, dos o tres meses antes, de casa de la
Zancuda.
«En aquel tiempo yo ignoraba el valor del
dinero, y por odio a La Fleche se lo había devuelto todo a Sancho; él lo ocultó
tan bien, que conseguía dominar a los gitanos con promesas y con algunas
monedas que les daba de vez en cuando. Pero yo sabía dónde había enterrado
aquel tesoro, y sabía que quedaba bastante, al menos para mí, que necesitaba
tan poco. Lo dividí en varias partes y lo escondí en distintos sitios.
«Se me había metido en la cabeza que podía
vivir sola, sin depender de nadie, y andar libre por toda la tierra. ¡Qué niña
era! No tardé en aburrirme, y encontrando a la Belinda, que huía del país con
el pelo cortado al rape y en un estado miserable, le conté que tenía pequeños
tesoros escondidos; pero me guardé mucho de decirle dónde estaban. ¡Oh!, para
arrancarme el secreto me mimó, me atormentó, me emborrachó y me interrogó hasta
durante mi sueño; no perdía la esperanza; por eso me sirvió de madre y de
criada, acariciándome siempre y haciéndome traición...
«Sí, me hizo traición de una manera odiosa:
me vendió cuando yo era aún una niña, y más tarde, cuando comprendí mi
deshonra, juré vengarme.
«A estas horas los cuervos devoran su
carne.»
- ¡Eres una desdichada y una
miserable! - dijo Mario - . ¿Has
acabado ya tu historia?
- Ahora quiero que me ames, Mario, o me
vengaré de Lauriana, a quien ya sé que sigues amando, puesto que hace un
momento, en la taberna, no has querido hablar de ella a los señores que te
rodeaban. Yo también estaba allí, escondida en el granero, desde donde oía todo
lo que decías de mí.
- Puesto que lo has oído, ¿cómo eres tan loca
que pretendes que te quiera?
- No estoy tan loca; el odio conduce al
amor; lo sé por experiencia. Se aborrece y se odia a la vez. Además, has
confesado que tengo ahora ojos hermosos, brazos delicados y una especie de
belleza diabólica. Así lo has dicho hace un momento en la taberna. Y muchos hidalgos de los que había
allí me ofrecieron ayer los medios de tener vestidos de seda y pendientes,
porque yo, hermosa o fea, les había enloquecido. Pero no quiero nada ni de
ellos ni de ti. Aun me queda dinero escondido en el Berry, e iré por él cuando
se me antoje. Ten cuidador Mario; tu Lauriana me responde por ti. Llévame
contigo, o renuncia a ella.
- Puesto que con tal osadía confiesas tus
malos designios - dijo Mario - , te detengo...
Se disponía a apoderarse de la gitana,
resuelto a entregarla a la justicia del campamento; pero sólo logró apoderarse
de su toquilla. Pilar había huido más rápida que las nubes empujadas por el
viento.
Mario la persiguió, y la hubiera alcanzado,
porque él también era veloz y ágil; pero apenas había dado vuelta a la esquina
de la calle cuando el estrepitoso sonido de las trompetas anunció el
botasillas: era la señal de la marcha a la batalla.
Mario olvidó las amenazas que tanto le
habían conmovido y corrió a reunirse con su padre, que se levantaba a toda
prisa.
Al despuntar el día, todo el mundo estaba en
marcha.
«El Pas de Suze es un desfiladero que, en
una extensión de un cuarto de legua, no tiene siquiera una anchura de veinte
pasos, y que, de distancia en distancia, está obstruido por rocas derrumbadas.
Las tergiversaciones del príncipe del Piemont no habían logrado otra cosa que
retrasar unos días la marcha de nuestro ejército. El enemigo había aprovechado
el tiempo para fortificarse.
«Tres fuertes barricadas, cubiertas por
baluartes y fosos, cortaban el desfiladero: las rocas que había a cada uno de
sus extremos estaban coronadas de soldados y protegidas por pequeños reductos.
Por último, el cañón del fuerte Talasse,
emplazado en una montaña vecina, barría el espacio descubierto entre Chaumont y
la entrada del desfiladero. Era aquélla una de las posiciones en las cuales
parece que un puñado de hombres puede detener un ejército entero.
«Sin embargo, nada detuvo la furia francesa»
Tantos historiadores excelentes nos han
transmitido el relato de aquella hermosa hazaña, que, después de ellos, no
tenemos más que decir; nuestra misión no es relatar los hechos oficiales de la
Historia, sino sus episodios olvidados. Por eso seguiremos a los caballeros de
Bois - Doré a través de la batalla, sin dejarnos deslumbrar por el conjunto
majestuoso del espectáculo. Lo cual nos será tanto más fácil cuanto que ellos
mismos no lo pudieron contemplar largo tiempo.
La escena era magnífica. ¡Un combate de héroes
en un lugar sublime!
Al primer cañonazo, Mario sintió como los
efectos de una borrachera. Nunca supo cómo franqueó la primera barricada: si lo
hizo sobre un caballo alado o «sobre el propio soplo ardiente del dios Marte»;
olvidó el juramento que había hecho a su padre de no separarse de él. Toda la
pasión de su alma, toda la fiebre de su sangre, refrenadas hasta entonces por
la modestia y el amor filial, hicieron en él como una erupción volcánica.
Hasta olvidó por un momento que su padre le
seguía en medio del peligro y, por no perderle de vista, se exponía tanto como
él.
Verdad es que Aristandre estaba allí, y se
colocaba junto a su amo como una muralla móvil; pero Mario, en lo más rudo del
asalto, se volvió más de una vez para buscar el penacho gris del anciano, que
ondeaba sobre todos los demás, y cada vez que lo veía daba gracias a Dios y
cobraba nueva confianza en su estrella.
La acción fue llevada con tal ímpetu, que no
costó ni cincuenta hombres a Francia. Fue una de esas jornadas maravillosas en
que la fe está en todos los corazones y en que nada resulta imposible.
Cuando la posición hubo caído en poder de
los franceses, éstos se precipitaron por la carretera de Suze en persecución de
los fugitivos, entre los cuales estaba el duque de Saboya en persona; de
pronto, Mario vio venir, a su derecha, un jinete enmascarado que acudía al
galope.
- ¡Deteneos! ¡Deteneos! - le gritó aquel
hombre - . El servicio del rey ante todo. Tomad estos despachos; os conozco; fío en vos.
Y al decir estas palabras, el jinete se dejó
caer en tierra inánime, junto a su caballo extenuado.
Mario fue el único que tuvo valor de
renunciar a una última proeza; saltó a tierra y cogió el paquete lacrado que el
mensajero acababa de dejar caer.
Pero en el momento en que volvía riendas
hacia el campamento del rey, un grupo de hombres armados, que parecían no haber
tomado parte en la batalla y que evidentemente perseguían al mensajero,
desembocaron por la derecha y se precipitaron hacia él, gritándole en italiano
que tendría la vida salva si entregaba el paquete sin dar la voz de alarma.
Mario se apresuró a pedir auxilio con todas
sus fuerzas. Nadie lo oyó. Su padre estaba todavía muy lejos, y sus compañeros
se habían adelantado ya mucho. Disparó su carabina para hacerse oír; para no
desperdiciar el tiro, disparó sobre los agresores: uno cayó redondo en el polvo
del camino. Mario no esperó a los demás; había vuelto a montar a caballo, y
huyó como una flecha en medio de una granizada de balas; unas atravesaron su
sombrero, y otras fueron a sepultarse en la cuneta del camino.
Oyó detrás de él gritos y golpes. No hizo
caso ni volvió la cabeza.
No había visto la cara del mensajero, ni
había reconocido su voz; lamentaba tener que abandonarle entre las manos del
enemigo; pero, ante todo, se trataba de salvar los despachos, y los salvaba
milagrosamente.
Su carrera hacia atrás sorprendió a todos
los que encontró. A poca distancia del campamento real vio acudir a su padre,
que se asustó al verle pasar sin detenerse, creyéndole herido y arrastrado por
su caballo.
Pero Mario le gritó:
- ¡Nada! ¡Nada!
Y desapareció entre
un torbellino de polvo.
No le dejaron
acercarse a la persona del rey, y entonces tomó una resolución y se precipitó
hacia la tienda del cardenal.
Richelieu se había visto ya expuesto a tantos
atentados, que no era fácil llegar hasta él. Pero los despachos que Mario
mostraba y la agraciada fisonomía del digno joven inspiraron una confianza
repentina al gran ministro. Le llamó y cogió el paquete, que Mario, en su
precipitación, no se acordó de presentar rodilla en tierra.
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