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- II -
Salieron del castillo por el conejar, y por
el atajo llegaron a la carretera de Bourges, que dejaron inmediatamente a su
izquierda, volviendo a encaminarse por senderos para llegar a la carretera de
Château Meillant; quedó a su derecha la ciudad baronal de La Châtre, y al final
abandonaron este camino para descender a campo traviesa al castillo y aldea de
Briantes, que era el término de su viaje.
Como el país era realmente apacible, los dos
hidalgos se habían adelantado a su pequeña escolta a fin de poder conversar con
libertad. He aquí los informes que el joven Guillermo de Ars dio a Alvimar:
- El amigo a cuya casa os llevo - dijo - es
el personaje más singular de la cristiandad. Junto a él os veréis en el caso de
contener la risa muy a menudo; pero la tolerancia que tengáis con los defectos
de su carácter os será bien recompensada por la gran bondad de alma que os
demostrará en todas las ocasiones. Ésta es tan notoria, que si, olvidando su
nombre, preguntáis al primer transeunte que pase, noble o campesino, por la
casa del «buen señor», os la designará, sin confundirla con ninguna otra. Pero
esto requiere una explicación, y como vuestro caballo no tiene muchas ganas de
correr y son las nueve, a lo sumo, os voy a obsequiar con la historia de
vuestro huésped. Empiezo. Escuchad:
- Historia del buen señor de Bois - Doré.
Como sois extranjero, y sólo hace unos diez años que llegasteis a Francia, no
le habéis podido conocer, porque él vive en sus tierras desde ese tiempo
aproximadamente. De no ser así, en cualquier lugar que lo hubieseis visto os
hubierais fijado en el viejo, en el bravo, en el loco, en el noble marqués de
Bois - Doré, hoy señor de Briantes, de Guinard, de Validé y demás lugares, e
incluso abad fiduciario de Verennes, etc., etc.
A pesar de todos estos títulos, Bois - Doré
no pertenece a la alta nobleza del país, y nuestro parentesco con él es sólo
por alianza. Es un simple gentil hombre, a quien el difunto rey Enrique IV hizo
marqués por pura amistad, y que se ha enriquecido en las guerras del Bearnés,
no se sabe de qué manera. Es de suponer que habrá habido algo de exacción en
sus negocios, según costumbre del tiempo y usando el derecho de la guerra de
partidos.
No os contaré ahora las campañas de Bois -
Doré; tardaría demasiado. Sabed solamente su historia familiar. Su padre,
monsieur de...
- Un momento - interrumpió Alvimar - . El tal
monsieur de Bois - Doré, ¿es hereje?
- ¡Ah, diablo! - exclamó su compañero riendo
- . Se me había olvidado que sois un celoso, un verdadero español. Nosotros,
los de aquí, no tomamos tan a pecho las disputas religiosas. Por causa de
ellas, esta provincia ha sufrido demasiado, y ansiamos que la Francia no sufra
más. Tenemos la esperanza de que el rey acabará en Montauban con todos los
fanáticos del Mediodía; les deseamos una buena paliza, pero no como hacían
nuestros padres, el dogal ni la hoguera. En nuestros días, toda vehemencia se
emplea en partidos políticos. Pero advierto que mi discurso os molesta, y me
apresuro a participaros que monsieur de Bois - Doré es hoy tan buen católico
como otros muchos que no han dejado nunca de serlo. El día en que el Bearnés
reconoció que París bien valía una misa, Bois - Doré pensó que el rey no podía
equivocarse, y abjuró sin ostentación, pero creo que con sinceridad, de las
doctrinas de Ginebra.
- Volved a la historia de la familia de
monsieur Bois - Doré - dijo Alvimar, que no quiso dejar ver la desdeñosa
desconfianza que sentía hacia los nuevos convertidos.
- Muy bien - dijo el joven - . El padre de
nuestro marqués fue el más rudo liguero de estos contornos. Fue el ciego
instrumento de Claudio de la Châtre y de las Brabanzones; con esto está dicho
todo. Había en su castillo principal un arsenal delicado de instrumentos de
tortura, destinado a los hugonotes que lograba atrapar, y no tenía
inconveniente en poner a sus propios vasallos sobre el potro cuando no le
podían pagar sus diezmos.
Era tan temido y detestado por todo el
mundo, que se le llamaba, y con razón, «El mal señor».
Su hijo Silvio, el hoy marqués de Bois -
Doré, sufrió tanto con aquel carácter perverso, que desde muy joven se dio a
proceder en la vida en un sentido opuesto al de su padre, tratando a los
prisioneros y a los vasallos con una dulzura y una condescendencia acaso
excesivas por parte de un hombre de guerra hacia rebeldes y por parte de un
noble hacia sus inferiores; sus maneras, que hubieran debido granjearle afecto,
hicieron que se le despreciase, y los campesinos, que son gente ingrata y
desconfiada, decían de él y de su padre: «El uno pesa más de lo debido, y el
otro no pesa nada.»
Consideraban al padre como hombre duro, pero
inteligente, bravo y, después de haberlos estrujado y atormentado, capaz de
protegerlos debidamente contra las exacciones del fisco y los saqueos de los
guerrilleros; en cambio, pensaban que el joven Silvio los dejaría atropellar y
devorar por falta de valor y de cabeza.
No sé qué idea le pasaría por las mientes a
Silvio un buen día en que estaba excesivamente aburrido; el caso es que se
escapó del castillo de Briantes, donde su señor padre se avergonzaba de él, y,
considerándole como un imbécil, no le hubiera consentido nunca pasar de paje, y
fue a reunirse con los católicos moderados, a quienes llamaban entonces el
«tercer partido». Bien sabéis que este tercer partido dio bastantes veces la
mano a los calvinistas; tanto es así, que, de concesión en concesión, Silvio se
encontró otro buen día siendo hugonote y servidor predilecto del rey de
Navarra. Su padre, al enterarse, le maldijo, y para hacerle una mala
partida ideó, a pesar de su edad madura, volverse a casar y darle un hermano.
Así reducía a la mitad la herencia, ya bastante
menguada, de Silvio, el cual, como hugonote, podía perder el derecho del
mayorazgo. «El mal señor» no tenía gran fortuna, y sus tierras habían sido
devastadas repetidas veces por los calvinistas.
¡Pero juzgad del buen fondo del
joven! Lejos de enfadarse o,
al menos, de dolerse por el casamiento de su padre y el nacimiento del niño que
le acortaba la mitad de sus futuros escudos, se enorgulleció al saber la
noticia.
¡Mirad, señores! - dijo hablando a sus
compañeros - . Mi señor padre ha pasado de los sesenta, y vedle engendrando un
hermoso chico. Es una buena raza, y espero ser digno de ella.
Era tan bonachón, que llegó aún más lejos;
cuando, siete años más tarde, su padre se ausentó del Berry para marchar contra
monsieur de Alençon, en unión del Balafré, nuestro amable Silvio, habiendo oído
que su madrastra había muerto, dejando al niño casi sin protección en el
castillo de Briantes, volvió secretamente al país para defender a su hermano,
en caso de necesidad, y también, según decían, por el gusto de verle y besarle.
Pasó un invierno entero con el
chiquillo, jugando con él y llevándole en brazos, como lo hubiera podido hacer
una nodriza o un aya. Esto
hizo reír mucho a las gentes de los alrededores, y les hizo pensar que era
demasiado simple y casi un «inocente», según dicen para hablar de un hombre
privado de razón.
Cuando el mal padre volvió, después de la
«Paz de Monsieur», disgustado, como supondréis, por ver a los rebeldes mejor
recompensados que a los aliados, se enfureció contra todo el mundo y contra
Dios mismo, que había permitido que su joven esposa muriese de la peste en su
ausencia. Luego, no sabiendo en quién vengarse, inventó que su hijo mayor había
vuelto a su casa con el solo objeto de causar, valiéndose de brujerías, la
muerte del hijo de su vejez.
Aquello era una gran maldad del viejo
pirata, pues nunca estuvo el niño en mejor estado de salud ni mejor cuidado, y
el pobre Silvio era tan incapaz de un mal designio como lo fuera un niño recién
nacido...
Guillermo de Ars se hallaba en este punto de
su relato en el momento que daban vista a Briantes, cuando observó que una
especie de damisela burguesa, vestida de negro, de rojo y de gris, con la falda
recogida y el alzacuello levantado, se dirigía a su encuentro y, acercándose a
su estribo, después de hacerle un sin fin de reverencias, le dijo:
- ¡Ay, señor! ¿Veníais, sin duda, a almorzar
con mi noble amo, el marqués de Bois - Doré? No le encontraréis. Ha ido a pasar
el día a la Motte Seuilly y nos ha dado permiso hasta la noche.
Esta noticia contrarió profundamente al
joven Guillermo; pero tenía demasiada educación para dejarlo entrever, y,
resignándose en el acto, se descubrió cortésmente y contestó:
- Está bien, dama Belinda; iremos hasta la
Motte Seuilly. Buenos días.
Luego, para disimular su contrariedad, dijo
a Alvimar, invitándole a volver riendas con él:
- ¿Verdad que esta ama de llaves es muy
apetitosa, y que su buen aspecto da sabrosa idea de la casa de mi amigo Bois -
Doré?
Belinda, que oyó esta reflexión, hecha en
voz alta y con tono jovial, se pavoneó, sonrió y, sacando de sus amplias mangas
dos perritos blancos, llamó a un lacayito que la escoltaba a modo de paje y le mandó
que los colocase suavemente sobre el césped, como para pasearlos, pero, en
realidad, para permanecer vuelta hacia los caballeros y hacerlos apreciar por
mayor tiempo su vestido de rica sarga y su talle redondito.
Era una mujer de treinta y cinco años, de
tez coloreada, y cuyos cabellos tiraban al rojo; esto no era desagradable a la
vista, porque los tenía abundantes y los llevaba rizados bajo su toquita, con
gran disgusto de las damas del país, que le reprochaban el querer sobrepasar su
condición. Pero tenía un aire de maldad, aun cuando quería mostrarse
amable.
- ¿Por qué la llamáis Belinda? - preguntó
Alvimar a Guillermo - . ¿Es un nombre en este país?
- ¡Oh, no! Su nombre es Guillette Carcat;
pero monsieur de Bois - Doré la ha bautizado, según su costumbre. Es una manía
que os explicaré luego. Primero tengo que acabar de contaros su historia.
- Es inútil - dijo Alvimar, deteniendo su
caballo - . A pesar de vuestra amabilidad y cortesía, ya veo que soy para vos
un estorbo considerable. Lleguemos hasta ese castillo de Briantes, y allí me
escribiréis una carta de recomendación para monsieur de Bois - Doré. Puesto que
debe volver esta noche, le esperaré descansando.
- ¡No! ¡No! - exclamó Guillermo - .
Preferiría renunciar a los festejos de Bourges, y ya lo hubiera hecho de no
haber dado mi palabra a unos amigos de que estaría allí esta noche. Pero
ciertamente no os abandonaré sin haberos recomendado yo mismo a un amigo amable
y fiel. La Motte Seuilly no dista una legua de aquí, y no hay necesidad de
cansar nuestros caballos. Tenemos el tiempo necesario, y aunque llegue a
Bourges una o dos horas más tarde, en esta época de festejos encontraré las
puertas todavía abiertas.
Y prosiguió la historia de Bois - Doré, que
Alvimar escuchó apenas.
Su seguridad le preocupaba, y el país que
estaba recorriendo no le parecía propicio a su designio de permanecer oculto.
Era un país llano y descubierto, en el que,
en caso de un mal encuentro, era imposible resguardarse al amparo de un bosque
ni aun de un bosquecillo. La tierra laborable es allí demasiado buena para que
jamás se haya tolerado sombra de árboles sobre ella. Fina y roja, se extiende
al sol sobre las anchas ondulaciones de una inmensa llanura, de aspecto triste,
aunque esté limitada por hermosas colinas y sembrada de elegantes castillos.
Sin embargo, Briantes, del que nuestros
viajeros se hallaban ya próximos, ofrecía a Alvimar un aspecto más
tranquilizador.
A diez minutos del castillo, la llanura
desciende bruscamente, y conduce, por pendientes suaves, hacia un vallecito
estrecho y convenientemente sombreado.
El castillo no se ve hasta que «se está
encima» - como dicen en el país - , y la palabra es justa, porque el campanil
apizarrado de su torre principal apenas se eleva sobre la meseta, y cuando,
desde la llanura, se le ve brillar bajo los rayos del sol poniente, parece un
fino farol dorado, colocado al borde de la torrentera.
Ocurre casi otro tanto con el castillo de la
Motte Seuilly, situado más bajo que la llanura del Chaumois; pero menos
agradablemente que Briantes, pues, en vez de estar en un vallecito encantador,
está tristemente situado en una región llana y sin extensión.
Antes de llegar al atajo que conduce a este
castillo, Guillermo había contado sucintamente a su compañero las demás
vicisitudes de la vida de Silvio, de Bois - Doré; de cómo su padre había
querido encerrarle en una torre para impedirle que volviese con los hugonotes;
de cómo el joven se había escapado saltando los muros y había ido a reunirse
con su amado Enrique de Navarra, con el cual había guerreado nueve años después
de la muerte del rey Enrique III, y, en fin, de cómo después de contribuir lo
mejor que pudo a colocarlo en el trono, había vuelto a vivir en sus tierras,
donde su tirano padre había dejado de existir y de hacer rabiar a todo el
mundo.
- ¿Y qué fue de su hermano? - preguntó
Alvimar, que se esforzaba en interesarse por esta historia.
- Su hermano ha muerto - contestó Ars
- . Bois - Doré le conoció poco, porque su padre le había alistado, cuando aun
era muy joven, al servicio del duque de Saboya, y murió de una manera...
Aquí Guillermo fue interrumpido por un
accidente que pareció contrariar mucho a Alvimar, fuese porque empezasen a
interesarle los informes de su compañero o porque, en calidad de español,
sintiese repugnancia por los que causaban la interrupción.
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