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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo II
    • - LXXII -
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 - LXXII -

   El cardenal leyó el mensaje.

 

   Debía de ser una buena noticia; acaso la de que el número de las fuerzas que González de Córdoba había reunido ante Casal era insuficiente; acaso una conspiración de las reinas contra el poder del ministro.

 

   Fuese lo que fuese, el cardenal dobló la misiva, sonriendo maliciosamente, y alzó los ojos hacia Mario, diciendo:

 

   - Los destinos propicios han dispuesto hoy todo tan perfectamente, que han escogido un arcángel por mensajero. ¿Cuál es vuestro nombre, señor, y cómo es que sois portador de un mensaje tan importante?

 

   - Soy un hidalgo voluntario - contestó Mario - . He tomado este mensaje de la mano que un moribundo tendía hacia mí, cuando perseguíamos al enemigo. Me dijo: «El servicio del rey ante todo.» No he podido acercarme al rey, y he pensado que me sería más fácil llegar hasta Vuestra Eminencia.

 

   - ¿Y habéis juzgado que era lo mismo? - repuso el cardenal - . Así es, puesto que el rey no puede tener secretos para su ministro.

 

   - He pensado que no debe tenerlos - contestó Mario con tranquilidad.

 

   - ¿Cómo os llamáis?

 

   - Mario de Bois - Doré.

 

   - ¿Qué edad tenéis?

 

   - Diez y nueve años.

 

   - ¿Estabais en La Rochelle?

 

   - No, monseñor.

 

   - ¿Por qué?

 

   - Me agrada poco batirme contra los reformados.

 

   - ¿Lo sois vos también?

 

   - No, monseñor.

 

   - ¿Pero los aprobáis?

 

   - Los compadezco.

 

   - Si tenéis algo que pedirme, daos prisa, el tiempo apremia.

 

   - ¡Lo único que os pido es que nos proporcionéis a menudo jornadas como la de hoy! - contestó Mario; y en su deseo de no hacer perder tiempo al cardenal, se alejó sin advertir que Su Eminencia quería decirle algo más.

 

   Pero otras ocupaciones reclamaban al gran ministro, y se olvidó de Mario. Al día siguiente, al instalarse en Suze, Mario creyó ver pasar a monsieur Poulain vestido de campesino. Le llamó, y no obtuvo contestación.

 

   Monsieur Poulain se ocultaba según su costumbre. Como su empleo consistía en desempeñar misiones secretas, el ex rector se mostraba en público lo menos posible en ciertas localidades, y no se presentaba nunca ostensiblemente ante los personajes importantes a cuyo servicio estaba.

 

   Mientras que el rey, es decir, el cardenal, recibía en Suze la sumisión del duque de Saboya, lo que duró, naturalmente, varios días, el marqués descansaba de sus emociones.

 

   Aunque las campañas de Richelieu no se parecieran en nada a las guerras de partidarios que hiciera en su juventud, Bois - Doré había estado allí por su parte tan tranquilo como si nunca abandonara los campos de batalla; pero le había conmovido grandemente ver a su querido Mario metido en aquella prueba. Temió al principio que el niño no realizase sus esperanzas, porque desde la noche terrible en que tuvo lugar el asalto de Briantes y la muerte de Sancho, Mario había manifestado mucha repugnancia por la sangre vertida. A veces, viéndole manifestar tan poca curiosidad por el sitio de La Rochela, que calentaba la cabeza de todos los jóvenes, temió el marqués no fuera harto prudente, a pesar de que aprobaba sus principios. Pero cuando lo vio precipitarse sobre las barricadas y subir a los reductos de Suze, le encontró demasiado temerario y pidió perdón a Dios por haberle llevado allí. Por fin recuperó la esperanza, y conociendo la aventura del despacho, lloraba de alegría y chocheaba de gusto en el seno del fiel Adamas.

 

   Éste llamaba la atención en la ciudad por su arrogancia y por el desprecio que manifestaba hacia todo lo que no fuese el marqués o el conde de Bois - Doré. Aristandre estaba orgulloso por haber matado a muchos piamonteses; pero hubiera querido matar aún más españoles. Clindor no se había portado mal: en un principio había tenido mucho miedo; pero pretendía que se hallaba dispuesto a volver a empezar.

 

   Sin embargo, Mario, en medio de la alegría de los suyos, era presa de una viva inquietud. Él, que despreciaba las vanas predicciones y que había pasado sin miedo ante el fuego, se sentía débil ante una loca amenaza, y Pilar pasaba en sus sueños como el espíritu del mal, bajo la forma de un enemigo invisible. Sabía por experiencia que los adversarios más débiles pueden llegar a ser los más temibles, por la perseverancia de su odio. Estaba obsesionado por el recuerdo de Lauriana; le parecía que le amenazaba un peligro espantoso, y tomaba sus temores por presentimientos.

 

   Una mañana volvió a Chaumont con el pretexto de dar un paseo. En vano preguntó por la gitanita. Llegó hasta el monte Genèvre y averiguó que habían encontrado por allí el cuerpo de una mujer en la mañana del 3 de marzo. Al pronto creyeron que había muerto de frío. Pero al enterrarla vieron en sus labios y en su chorrera huellas de quemaduras como si hubiera tomado por sorpresa algún veneno corrosivo.

 

   Los montañeses que comunicaron esta noticia a Mario le propusieron enseñarle el cadáver. Le habían enterrado en la nieve provisionalmente, porque en aquel lugar la tierra estaba helada y era difícil cavarla.

 

   Mario comprobó en seguida que aquel cadáver era el de Belinda. Pilar no había mentido; había matado a su compañera; por los mismos medios podía matar a su rival.

 

   Mario volvió a Suze a toda prisa y relató todo a su padre.

 

   - Dejadme ir a Briantes - le dijo - . Esperadme aquí para proseguir la campaña si se presenta el caso. Si la paz se firma definitivamente, lo sabréis dentro de unos días y vendréis a reuniros conmigo sin apresuramiento ni fatiga. Yendo solo iré más de prisa y podré adelantarme a esa odiosa mujer, que no dispone de los medios necesarios para correr la posta.

 

   El marqués asintió; Mario hizo en el acto sus preparativos para marchar al día siguiente con Clindor.

 

   - 41 atardecer, monsieur Poulain fue a visitarles en secreto. Estaba alegre y misterioso a la vez.

 

   - Señor marqués - dijo a Bois - Doré cuando estuvo en presencia de él y de Mario - , mucho os debía ya, pero ahora deberé mi fortuna a vuestro amable hijo. El precioso mensaje que yo llevaba y que él ha logrado salvar me asegura un puesto menos peligroso y más alto en la confianza del padre José, o sea del cardenal.

 

   «Vengo a pagaros mi deuda anunciándoos que vuestra mayor ambición se halla realizada. El rey ratifica vuestro derecho al marquesado de Bois - Doré, con la única condición de que edifiquéis en vuestras tierras una casa cualquiera a la que deis este nombre; por cartas reales será transferible a vuestros herederos y a sus descendientes. Su Eminencia espera que proseguiréis la guerra, si la guerra sigue, y en cuanto tenga un momento disponible os llamará a su presencia para cumplimentar el valor y la abnegación del anciano y del niño; perdonadme, tales son sus propias palabras. El cardenal ya se había fijado en vosotros y había preguntado vuestros nombres.

 

   «Además, está muy satisfecho de vos en particular, señor conde, porque no le habéis pedido otra recompensa que la ocasión de guerrear. He tenido la dicha de comparecer ante él a pesar de mi humilde condición y de hacerle el relato de los peligros que he corrido y de los que habéis corrido también, sin olvidar decirle que a los once años matasteis al asesino de vuestro padre; finalmente, le recordó que debía una noticia útil y grata a este joven tan listo como valeroso; ya estáis en buen camino, señor conde. A pesar de valer tan poco, os ayudaré con todas mis fuerzas si se vuelve a presentar la ocasión

 

   Aunque el marqués tenía vivos deseos de presentarle al cardenal, Mario no quiso esperar el día eventual de la entrevista prometida. Después de dar efusivamente las gracias al abad Poulain - el cual decía confidencialmente, sonriendo, que ya se le podía dar este título - , Mario, feliz por la alegría que causaba a su padre y a Adamas el asunto del famoso marquesado, se echó sobre su cama, durmió unas horas, fue de nuevo a abrazar a sus compañeros y partió para Francia al despuntar el alba.

 

   Mario hubiera querido devorar el espacio; a pesar de tener un caballo admirable, quiso correr la posta, pero las fuerzas le faltaron. En la batalla del Pas de Suze había sido ligeramente herido, aunque había ocultado cuidadosamente su herida. Como tenía fiebre, al llegar a Grenoble tuvo que meterse en la cama. Clindor vio con espanto que deliraba.

 

   El pobre paje corrió en busca de un médico. No tuvo suerte; aquel médico empeoró la herida con sus ungüentos. Mario se puso muy mal. La impaciencia y el dolor de verse detenido agravaron su estado; Clindor se había decidido a enviar un mensaje al marqués, pero perdía la cabeza y envió aquel correo a Niza en lugar de enviarlo a Suze.

 

   Una noche en que se desesperaba y lloraba delante de la habitación donde yacía Mario extenuado, creyó que le oía hablar solo y entró precipitadamente en la alcoba.

 

   Pero no estaba solo; una figura delgada y pálida vestida de rojo se inclinaba hacia él como para interrogarle.

 

   Clindor sintió miedo. Creyó que el diablo iba a atormentar la agonía de su pobre amo; buscaba fórmulas de exorcismo cuando a la débil luz de la lamparilla reconoció a Pilar.

 

   Su miedo aumentó. Había oído la conversación que tuvo la gitana con Mario en Chaumont; por lo tanto, sabía que estaba enamorada de él. Creía firmemente que estaba poseída por Satanás, y como el miedo ejerció sobre él su afecto acostumbrado, que era el de valiente, se abalanzó sobre ella con la espada en alto y estuvo a punto de herir a Mario, a quien Pilar dejó al descubierto al evitar el golpe.

 

   No pudo repetir su ataque. Pilar le desarmó, arrojándose sobre él con un ímpetu brusco e imprevisto.

 

   - Estate quieto, loco - dijo - . No vengo a perjudicar a Mario, sino a salvarle. ¿No sabes que le amo y que su vida es la mía? Haz lo que yo te mande y dentro de dos días estará en pie.

 

   Clindor, no sabiendo a qué santo encomendarse y viendo que las recetas del médico empeoraban el estado del enfermo, cedió al ascendiente de la gitana. A pesar del terror que lo infundía, Pilar tenía sobre sus sentidos un prestigio que él no se confesaba a sí mismo, pero al que no podía sustraerse. A ratos temblaba por confiarle la vida de Mario, pero obedecía pensando que la gitana le había embrujado.

 

   La fiebre no era en Mario más que el resultado de la irritación nerviosa; un día de descanso hubiera bastado para curar su herida. Pero el médico le había puesto un ungüento curativo que producía en todo su cuerpo el efecto do un veneno; Pilar lavó y purificó la llaga.

 

   Poseía aquellos secretos de los moriscos, a los cuales los cristianos de España recurrían en último recurso. Hizo beber al enfermo contravenenos eficaces. La pureza de la sangre y el hermoso equilibrio del organismo de Mario ayudaron al efecto de los medicamentos.

 

   Aquella misma noche empezó a recobrar la razón; a la mañana siguiente ya no deliraba. Por la noche, aunque todavía estaba abatido por una gran debilidad, se sentía salvado.

 

   En un arrebato de alegría, Clindor hizo, sin saberlo, una declaración amorosa a la hábil gitana. Ésta no le prestó la menor atención. Se ocultaba tras la cabecera de la cama para que Mario no la viese. Sabía que su aparición le turbaría.

 

   A los dos días el enfermo se sentía tan fuerte que dio orden a Clindor de ir a comprar una silla de postas a fin de poder continuar el viaje. Clindor, viendo que era pronto todavía, fingió que no encontraba ninguna; entonces Mario le mandó que le trajese caballos.

 

   Clindor estaba desesperado ante su obstinación; Pilar intervino. Mario estuvo a punto de recaer enfermo por la ira que sintió al verla y al enterarse de que le debía la vida. Pero se sosegó en seguida y le preguntó con dulzura:

 

   - ¿De dónde vienes? ¿Dónde has estado desde que me hiciste aquellas amenazas?...

 

   - ¡Ah! ¡Temes por «ella» - exclamó Pilar con una sonrisa llena de amargura - . Tranquilízate; no he tenido tiempo de ir allí; no iré si cesas de odiarme.

 

   - Cesaré, Pilar, si renuncias a tu venganza; porque si persistes en tus designios, te odiaré tanto como odiaría la vida que me has devuelto.

 

   - No hablemos de eso por ahora; puedes permanecer tranquilo aquí, puesto que mi presencia junto a ti te responde de todo.

 

   Pilar tocaba el punto esencial de la situación; Mario se calmó y consintió en esperar su curación en Grenoble. Tuvo que consentir también en ver a Pilar a su lado. No podía pensar ya en entregar al rigor de la ley a la que acababa de salvarle y a quien más valía atraer por la dulzura. No se atrevía a irritarla con su desprecio, y a pesar de la invencible repugnancia que Pilar le inspiraba, se preocupaba cuando ella permanecía mucho tiempo fuera y se alegraba cuando la veía volver.

 

   Al cabo de dos o tres días, aquel estado de cosas se hizo intolerable; Pilar era incapaz de hacer ningún razonamiento moral; sólo quería que la amasen. Describía su pasión con una elocuencia salvaje, pretendiendo y creyendo efectivamente que era un amor casto, porque no era gobernado por los sentidos, y sublime, porque tenía todo el fuego de una imaginación desordenada y de un despecho exaltado. Maldecía a Lauriana, asediaba a Mario con reproches amargos y hablaba sin pudor de su pasión delante del pobre Clindor, que se abrasaba ante el fuego de aquel volcán.

 

   Mario no tardó en hartarse del papel ridículo que se veía forzado a representar. En vano intentaba convertir aquella naturaleza incapaz de amar el bien por el bien, incapaz hasta de suponer que Mario, ni nadie en el mundo, pudiese sentir de otro modo.

 

   - Si no amases locamente a esa Lauriana - le decía con una inconsciencia espantosa - , me confiarías el cuidado de tu venganza, porque ella te ha despreciado y te despreciará siempre.

 

 

 




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