|
- LXXIII -
Al fin Mario pudo levantarse, y una tarde
salió solo para probar sus fuerzas, sediento de aire y de libertad, resuelto a
continuar su viaje aunque se viese obligado a mandar detener provisionalmente a
Pilar o a permitir que ésta le acompañase.
Meditaba el plan que tendría que adoptar
mientras subía lentamente, como atraído por las alturas, hacia el convento de
la Visitación. De pronto una persona se detuvo ante él; Mario se detuvo,
también.
Era una mujer, y a juzgar por su traje y su
aspecto debía de ser noble; estaba vestida con sencillez; era bajita y fina;
parecía hermosa y joven por lo que se adivinaba a través del antifaz negro que
cubría su rostro, según costumbre de las mujeres de rango cuando salían de
paseo.
Llevaba una caperuza de viuda y vestía un
traje negro. Sus cabellos, de un rubio ceniza, formaban dos hermosas crenchas.
Iba sola.
De lejos, la gracia flexible y casta de sus
andares llamaron la atención de Mario; a medida que se acercaba, el color de su
cabellera le emocionaba profundamente; quiso desechar la ilusión naciente, pero
al hallarse junto a la desconocida la emoción y la duda volvieron a apoderarse
de él.
Las mismas perplejidades parecían agitar a
la dama enmascarada. Pasó devolviendo a Mario el saludo que éste le dirigía.
Mario anduvo unos pasos volviendo varias
veces la cabeza y se detuvo de nuevo.
«Aun a riesgo de cometer una incorrección y
de ser mal acogido - pensó - , quiero saber quién es esta mujer.»
Retrocedió rápidamente y se encontró de
nuevo frente a la dama enmascarada, que retrocedía también. Dudaron aún y
estuvieron a punto de alejarse como la primera vez, sin atreverse a hablar. Al
fin, la dama se decidió.
- Perdonadme - dijo emocionada - ; si no me
engaña el parecido, sois Mario de Bois - Doré.
- ¡Y vos sois Lauriana de Beuvre! - exclamó
Mario con arrebato.
- ¿Cómo es posible que me hayáis reconocido,
Mario? - dijo Lauriana quitándose el antifaz - . ¡Ved cuánto he cambiado!
- Sí - dijo Mario encantado - ; no erais tan
hermosa.
- No os creáis obligado a ser galante - dijo
Lauriana - . La muerte de mi padre, los sufrimientos de mi partido y la caída
de todos los míos me han envejecido más que los años. Pero habladme de vos y de
los vuestros, Mario.
- Sí, Lauriana; pero tomad mi brazo y conducidme
hacia donde os alojáis, porque tengo que hablaros, y, al menos de que tengáis
aquí una buena protección, no me separaré de vos.
La agitación de Mario sorprendió a
Lauriana; aceptó su brazo y le dijo.
- Aunque quisiera,
no podría conduciros ahora a mi refugio. Es aquel convento que veis en lo alto
de la meseta. Pero podéis
acompañarme hasta la puerta, y en el camino nos comunicaremos mutuamente lo que
nos concierne.
Lauriana contó a Mario que después de la
toma de La Rochelle no la habían dejado compartir el cautiverio de madame de
Rohan, y entonces había querido volver al Berry. Pero se había enterado a
tiempo de que el príncipe de Condé había dado órdenes para que la detuviesen de
nuevo en el caso de que volviese a aparecer.
Una tía suya, la única pariente y amiga fiel
que le quedaba, era superiora del convento de la Visitación de Grenoble; era
una antigua protestante, que había entrado muy joven en aquella casa y se había
dejado convertir. Pero había conservado una gran mansedumbre hacia los
protestantes y llamó a Lauriana con cariño para ocultarla y protegerla hasta el
final de la guerra del Mediodía. Lauriana halló allí algún descanso y mucha ternura.
Lo mismo que en el convento de Bourges, la
dejaron tranquila. Por consideración hacia su tía, hasta fingieron ignorar que
era disidente, y la dejaban salir sola y enmascarada para lleva, socorros y
consuelos a los desdichados protestantes alojados en los arrabales.
- Lauriana - dijo Mario - , no debéis salir ni
dejaros ver hasta que yo os lo diga. Por un milagro de la Providencia no habéis
sido vista y reconocida por un enemigo peligroso; ya hemos llegado al convento;
juradme por la memoria de vuestro padre que no saldréis de aquí antes de
haberme vuelto a ver.
- ¿Os volveré a ver, Mario?
- Sí, mañana. ¿Podéis recibirme en el
locutorio?
- Sí, a las dos.
- ¿Juráis no salir?
- Lo juro.
Esta vez Mario sintió alegría al ver la
puerta del claustro cerrarse entre Lauriana y él; allí estaba en seguridad, si
Pilar no la descubría. Exploró atentamente los alrededores del convento para
cerciorarse de que la gitana no le había seguido. Sabía que era capaz de
sacrificar a toda la Comunidad para vengarse de su rival.
Volvió a casa y no la encontró. Clindor no
la había visto desde que su amo había salido.
Mario sintió renacer todas sus inquietudes. Volvía
a dirigirse a la calle cuando oyó un tumulto que le hizo redoblar el paso. Vio que unos arqueros llevaban
detenida a Pilar. Ella lanzaba gritos desgarradores y feroces, y cuando vio a
Mario tendió hacia él sus manos suplicantes, con una expresión desesperada que
le conmovió un momento.
- ¡Ah, cruel! - exclamó - . ¡Eres tú quien hace que me encierren en un
calabozo! ¡Este es el
pago que das a mi amor y mis cuidados! ¡Infame! ¡Quieres librarte de mí!
¡Malditos!
Mario, sin contestar, interrogó al jefe de
la patrulla que la llevaba.
- ¿Podéis decirme si encarceláis a esta
mujer por una noche, como vagabunda, o por mucho tiempo, como acusada de algún
crimen?
Le contestaron que sólo se trataba de un
delito. El médico que tan torpemente había asistido a Mario, descontento al
verle curado por una aventurera, la había denunciado en términos que equivalían
en aquella época a una acusación de ejercicio ilegal de la medicina, acusación
que podía tener consecuencias mucho más terribles que hoy, puesto que podía
complicarse con el crimen de brujería que aun los magistrados más graves
tomaban en serio y castigaban con la muerte.
- Sea como sea - pensó Mario - , es
necesario que esta peligrosa mujer pierda la pista de Lauriana.
Al día siguiente corrió al convento.
- Ya podemos respirar tranquilos - dijo a su
amiga - , pero no confiarnos demasiado.
Y contó su extraña aventura con la
gitana.
Lauriana le escuchaba atentamente.
- Ahora - dijo - lo comprendo todo. Vais a
saber por qué sentí ayer tal emoción al veros y tuve la osadía de dirigiros la
palabra sin estar segura de que fueseis vos. Vais a saber también por qué dudó
al principio, creyendo ser víctima de una ilusión. Hace ocho días recibí mi
anónimo lleno de insultos y amenazas donde me anunciaban que habíais muerto en
la batalla del Pas de Suze.
Esta noticia me trastornó; os lloré, Mario,
como se llora a mi hermano, y escribí a vuestro padre una carta que envié en el
acto. Sin embargo, poco a poco la reflexión me inspiró dudas sobre el
sospechoso aviso que había recibido, y cuando os encontré me dirigía
precisamente hacia la ciudad para enterarme, a ser posible, de los nombres de
los hidalgos que habían muerto en aquel combate.
Si el vuestro hubiera estado entre ellos,
estaba decidida a ir a ver a vuestro padre para intentar consolarle en esta
prueba mortal. Bien le debía esto, ¿verdad, Mario?, por todas las bondades que
tuvo antaño conmigo.
Mario miraba a Lauriana y no se cansaba de
contemplar su rostro alterado y sus ojos enrojecidos por un sufrimiento y por
unas lágrimas cuya huella parecía reciente todavía.
- ¡Ah, Lauriana mía! - exclamó besándole las
manos - . ¿Entonces habíais reservado un poco de amistad por mí?
- Amistad y aprecio - respondió ella - ;
sabía que no habíais querido pelear contra los protestantes.
- ¡Eso jamás! Y, sin embargo, nunca dije el
motivo esencial de ello. A vos os lo puedo decir: no quería verme en el trance
de tener que disparar contra vuestro padre o contra vuestros amigos. Lauriana,
os he amado profundamente; ¿por qué las cartas que dirigíais a mi padre eran
tan frías para mí?
- Yo también puedo sincerarme ahora con vos,
Mario. Cuando nos vimos en Bourges la última vez, hace cuatro años, mi padre
tuvo la idea singular de que fuésemos prometidos. El vuestro rechazó, y con
razón, el proyecto de una unión tan desigual; y yo, un poco humillada por la
ligereza de mi pobre padre, os anuncié repetidas veces proyectos de matrimonio
en los que no podía pensar dadas las tristes circunstancias en que me hallaba.
Al mismo tiempo mostraba frialdad para vos en mis cartas porque me sentía
humillada ante la idea de que pudierais suponer en mí tales pretensiones.
«Sonriamos hoy de aquellas puerilidades y
hacedme la justicia de creer que no pienso en ninguna clase de matrimonio.
Tengo veintitrés años; ya es tarde para mí. Mi partido ha sido derrotado y
cualquier capricho del príncipe de Condé puede confiscar mi fortuna. Mi pobre
padre ha muerto, despojado por los azares de la guerra de los bienes que había
conquistado en sus excursiones marítimas.
«Ya no soy rica, ni joven ni bella. Por mi parte, me alegro, porque así
podré vivir cerca de vos sin que nadie pueda sospechar que aspiro a otra cosa
que a vuestra amistad.»
Mario escuchaba a Lauriana confuso y
tembloroso.
- Lauriana - le dijo fogosamente - , despreciáis
mi nombre, mi edad y mi corazón al hablarme de ese lazo tranquilo de amistad
que os sería fácil reanudar. Pero yo os digo: es tarde para la amistad. Siempre
os amé santamente, y no creo amaros de otra manera, porque os amé con más
pasión desdo que os perdí y desde que os he vuelto a encontrar.
«Yo también, Lauriana, he sufrido mucho,
pero nunca he desesperado del todo. Ocultaba cuidadosamente mi dolor, y Dios me
enviaba como un socorro, para no morir de pena, ráfagas de esperanza en Él y de
fe en vos.
«Ella sabe - pensaba yo - , debe saber que
si amase a otro me moriría; no lo hará; me amará a mí aunque sólo sea por
bondad de alma. Soy un niño, pero puedo hacerme pronto digno de ella,
trabajando mucho, conservando puro el corazón, teniendo valor, haciendo felices
a los que me quieren y batiéndome bien cuando surja una guerra honrosa; ésta lo
ha sido, ¿verdad, Lauriana? Y vuestro corazón no ha podido cambiar hasta el
punto de amar a los españoles.»
- No, por cierto - contestó Lauriana - ; y
porque monsieur de Rohan ha querido esta alianza desatinada, vergonzosa y
desesperada, yo aguardaba aquí el fin de los acontecimientos sin querer
interesarme en ellos.
- ¿Veis, Lauriana, cómo ya no nos separa
nada? Si no soy tan bueno y tan sabio como quisiera ser, al menos creo que
ahora sé tanto y puedo batirme tan bien como los jóvenes de veinticinco a
treinta años que acabo de ver en el ejército.
«En cuanto a mi afecto, puedo responder de
él por toda mi vida. No tendré mérito en ello; he nacido fiel y desde mi más
tierna infancia me ha sido imposible encontrar amable y bella a otra mujer que
vos; os entregué mi corazón desde el primer día que os vi. Nunca he podido
acostumbrarme a vivir lejos de vos y nunca pasé un día en Briantes sin pensar
en vos, tan pronto como abandonaba mis estudios. Lo que yo pensaba y os decía,
hace ocho años, en aquel famoso laberinto, lo sigo pensando y os lo repito hoy:
«No puedo vivir feliz sin vos, Lauriana.
Para ser feliz tengo que veros constantemente. Ya sé que no tengo derecho a
deciros: ¡hacedme dichoso! No me debéis nada. Pero acaso vos seríais más
dichosa conmigo que lo fuisteis con vuestro pobre padre y que lo sois ahora,
sola, perseguida y obligada a ocultaros. No necesito que seáis rica; pero si tenéis
interés en serlo, yo haré valer vuestros derechos en cuanto se haga la paz; os
defenderé contra vuestros enemigos.
«Casada conmigo, dispondréis libremente de
vuestra conciencia, y, al amparo de mi protección, rezaréis según os parezca.
No lucharemos por nuestras creencias, como hacen el rey y la reina de
Inglaterra. Si tenéis interés en poseer un título, sabed que mi marquesado está
definitivamente autorizado. Yo no sé si sois bella y no lo sabré nunca; veo que
habéis cambiado; estáis más pálida y más delgada que a los diez y seis años;
pero para mí estáis más hermosa; y aunque no lo hubierais sido nunca, me parece
que os habría amado lo mismo.
«Si la dicha de una mujer consiste en ser
bella para el hombre a quien ama, amadme, Lauriana, y poseeréis esa felicidad. En fin, escucha, Lauriana mía, y déjame
que te hable como antaño. Hasta ahora he tenido mucha resignación y mucho valor; no me quites la
fuerza; si quieres un plazo para conocerme como amigo y como hermano, esperaré
a que tengas confianza en mí. Si quieres que vuelva a la guerra, y tal es, en
verdad, mi deseo, ven al campamento como hija adoptiva de mi padre. No te veré
más que cuando tú lo desees; y si lo exiges, no volveré a verte hasta que me
aceptes por marido. No nos abandones ya; con o sin tu amor, queremos ser
siempre tu familia, tus amigos, tus defensores, tus esclavos, todo lo que tú
quieras con tal de que nos permitas quererte y servirte.»
Lauriana estrechó las manos de Mario.
- Eres un ángel - le dijo - , y necesito
mucho valor para rechazarte. Pero te quiero demasiado para unir tu brillante
destino a mi destino doloroso; quiero demasiado a tu padre para causarle tal
pena.
- ¡Mi padre! ¿Es que dudas de mi padre? -
exclamó Mario fuera de sí - . ¡Ah, Lauriana! ¿No has comprendido que el tuyo te
engañó? Di que no me quieres, que no me has querido nunca...
En aquel momento se oyó un fuerte aldabonazo
en la puerta del convento, y un minuto más tarde el marqués de Bois - Doré
entraba en el locutorio y estrechaba alternativamente a Lauriana y a Mario
entre sus brazos.
No había recibido el mensaje de Clindor,
pero sí la carta de Lauriana, y como la paz había sido firmada y él regresaba
al Berry, iba a buscarla al convento para llevársela a su casa. Se quedó muy
sorprendido al ver allí a Mario, a quien creía ya en Briantes.
Se explicaron; luego Mario, lleno de
emoción, dijo al marqués.
- Llegáis a tiempo, padre; Lauriana cree que
no la queréis.
Las explicaciones prosiguieron. El marqués veía la agitación y el dolor de
Mario y sonreía.
De pronto, Lauriana comprendió
aquella sonrisa:
- ¡Querido marqués! - exclamó ruborizada y
temblorosa - , devolvedme la carta que os escribí cuando creí que vuestro hijo
había muerto. Quiero que me la devolváis, no la enseñéis...
- No, no - contestó el marqués ofreciendo
con aire burlón la carta a Mario - ; no la verá nunca a no ser que me la
arranque de las manos... cosa que es muy capaz de hacer, como veis...
|