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- LXXIV -
La carta era breve
y triste; Mario la devoró con la mirada, mientras que Lauriana ocultaba su
cabeza en el hombro del anciano.
En un momento de dolor y de amargura, Lauriana
había escrito: «Que siempre había amado a Mario desde su separación y que
llevaría luto por él toda su vida.»
«Porque ahora - decía - es cuando me siento
viuda de verdad.»
- No, mi querida Lauriana - le dijo
el marqués quitándole su caperucita negra - . Nunca deseé otra hija que vos, y vamos a
celebrar la boda en Briantes.
Puede suponerse la alegría que reinó en el
castillo cuando vieron volver juntos a los caballeros de Bois - Doré con
Lauriana, Adamas, Aristandre y hasta Clindor; éste, para librarse del hechizo
de la gitana, se apresuró a cortejar a todas las mozas.
No podía celebrarse públicamente el
casamiento de los amados hijos de monsieur Silvain antes de que Lauriana
manifestase su sumisión al rey y consiguiese el perdón de éste, puesto que se
había colocado en actitud rebelde en un momento de desesperación. Y a pesar de
la influencia de monsieur Poulain, el rey fue inflexible mientras duró la
Guerra del Mediodía con los protestantes.
Esta guerra, corta y sangrienta, fue el
último aliento del partido como acción política.
«Después de la derrota de los hugonotes,
Richelieu hizo jurar al hijo de Enrique IV que mantendría la libertad religiosa
proclamada por su padre.» Entonces pudo
ser presentada a Luis XIII la petición del marqués de Bois - Doré a favor de su
nuera.
Con este objeto Mario fue en persona a
Nimes, donde el rey acababa de hacer su entrada triunfal en compañía de
Richelieu. Monsieur de Rohan había marchado a Venecia.
Mario consiguió que su mujer entrase en
posesión de sus bienes, a pesar de la oposición del príncipe, que los
codiciaba. El cardenal le recibió y le reprochó no haber tomado parte en la
última guerra; Mario volvió a manifestar sus deseos de guerrear contra Italia,
y al despedirle, Richelieu le dijo en voz baja, con una sonrisa encantadora:
- Os prometo que vuestros deseos se
cumplirán, pero no digáis nada si no queréis que fracasen.
Mario vio al abad Poulain, que estaba muy
cansado, pero satisfecho por tener un permiso de algunas semanas. Había servido
a Mario con tanto celo, que éste le invitó a ir a descansar a Briantes y
marcharon juntos; el abad gozaba de antemano, la satisfacción de celebrar
públicamente el casamiento de los dos jóvenes.
Era a primeros de julio; cuando nuestros
viajeros se pusieron en camino hacía un calor sofocante. El país que cruzaban
había sido devastado por la guerra y no quedaba ni un árbol, ni una caña en
pie.
Por orden del rey las tropas habían arrasado
los alrededores de las ciudades rebeldes para rendir a los habitantes por
hambre.
- Hace un calor atroz - dijo el abad a Mario
- ; el sol nos trata con la misma crueldad que nosotros hemos tratado a este
pobre país.
- En verdad, señor abad - dijo Clindor, que
gustaba de mezclarse en las conversaciones - , hay por aquí un olor a
chamuscado bastante desagradable.
- Sí - dijo Mario - ; alguna casa está
ardiendo todavía detrás de aquella colina. ¿No veis el humo?
- Es poca cosa - dijo el abad - . Alguna
cabaña. Confieso, señor conde, que estoy harto de tantos males. Antaño
aborrecía a los hugonotes; ahora que están vencidos, hago como vos, los
compadezco. He asistido al combate de Privas y os aseguro que los más sedientos
de venganza pueden estar satisfechos.
- Ya lo creo - dijo Mario suspirando
- . Pero ¿no oís gritos, señor
abad? Debe de haber alguien en peligro. Vamos a ver.
En efecto; detrás de la colina de donde
partía el humo se oían gritos, o más bien un solo grito prolongado, estridente,
atroz; la duración de aquel grito lejano, que parecía el de un niño, impresionó
al abad. Clindor no podía creer que fuese una voz humana.
- No, no - decía - ; será el caramillo de
algún pastor o algún cabrito que están matando.
- Es un ser humano que expira en la tortura
- repuso el abad - . De sobra conozco este horrible grito.
- ¡Corramos, entonces! - exclamó Mario - .
Acaso lleguemos a tiempo para salvar a algún desdichado. Venid, venid, abad. La
paz ya está firmada. Nadie tiene ya derecho a torturar a los hugonotes.
- Ya es tarde - dijo el abad - ; ya no se
oye nada.
El grito había cesado bruscamente y el humo
disminuía; acaso se habían equivocado.
Sin embargo, espolearon los caballos, que no
tardaron en llegar a la cumbre de la colina.
Entonces vieron, mucho más cerca de lo que
esperaban, un grupo de aldeanos que se agitaba en torno de una hoguera casi
apagada. Se dispersaron antes de la llegada de los jinetes. Solamente una vieja
permaneció junto a las cenizas ardientes que removía con una horca como
buscando algo; Mario llegó el primero ante aquel resto de hoguera que exhalaba
un olor acre e insoportable.
- ¿Qué buscáis? - preguntó - . ¿Qué es lo
que se acaba de quemar aquí?
- ¡Oh! Nada, lindo señor. Nada más que una
bruja que nos hacía mal de ojo. Nuestros hombres han acabado con ella y yo
remuevo las cenizas para ver si ha dejado su secreto en ellas.
- ¿Su secreto? - preguntó Mario, sublevado
por la sangre fría de aquella mujer.
- Sí; una cosa brillante que llevaba
colgando del cuello - contestó la vieja - . La ha perdido al forcejear cuando
la llevaban a la hoguera. Entonces ha gritado: «¡Ya no la tengo, estoy
perdida.» Debe de ser un amuleto para garantizarse contra la muerte, y quisiera
encontrarlo.
- Mirad - dijo Mario cogiendo una moneda
agujereada que brillaba a sus pies. - ¿Es esto?
- Sí, sí, esto es, mi lindo señor. Dádmela;
bien la he ganado soplando el fuego.
Mario arrojó a lo lejos la moneda con un
movimiento de horror invencible; acababa de leer en ella su nombre grabado. Era
el talismán de Pilar. Ya no quedaba de la gitana más que aquel testimonio de su
fatal amor, algunos huesos calcinados y el olor acre a carne quemada que
llenaba la atmósfera.
Mario, sobrecogido por el espanto y la
compasión, se alejó rápidamente, sin querer dar la clave de aquel infernal
enigma a Clindor, que le interrogaba. Y durante una parte de su viaje estuvo
bajo la impresión dolorosa de aquel horrible encuentro.
Pero al llegar cerca del castillo se olvidó
de todo, no pensando ya más que en la dicha de volver a ver a su querida
compañera, a su amado padre, a su tierna Mercedes, a su paternal Lucilio, al
prudente Adamas y al heroico carrocero; a todos aquellos grandes corazones,
que, mimándole a cual más, habían conseguido hacer de él el ser más bueno y más
amable del mundo.
La boda fue espléndida. El marqués abrió el
baile con Lauriana que, feliz y repuesta de sus pesares, parecía tener la misma
edad que Mario.
FIN DEL
TOMO SEGUNDO Y ÚLTIMO
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