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- III -
Era una partida de gitanos tumbados en una
zanja, y que se levantaron como una bandada de gorriones al acercarse los
jinetes, haciendo dar una huida al caballo del señor de Alvimar.
Pero eran gorriones demasiado bien
domesticados, y en lugar de volar a lo lejos, se arrojaron casi entre las patas
de los caballos, saltando, gritando y pordioseando de una manera lastimosa y
gestera.
Guillermo se contentó con reírse de aquellas
maneras extrañas y les dio limosna con generosidad; pero Alvimar les gritó con
singular brusquedad y amenazándoles con su látigo:
- ¡Largo, largo, largo de aquí, chusma!
Llegó hasta querer pegar a un muchacho que
se agarraba a su bota con el aire burlón y suplicante a la vez de los niños
acostumbrados al oficio de pordioseros en las carreteras. El niño esquivó el
látigo, y Guillermo, que se hallaba un poco atrás, le vio coger una piedra, que
habría lanzado a Alvimar si otro mozalbete de la banda no le hubiera sujetado,
regañándole y amenazándole.
Pero el incidente no quedó en esto. Una
mujercita bastante hermosa, aunque marchita y mal vestida, cogió al niño, le
habló como si hubiera sido su madre y le empujó hacia Guillermo; luego, a su
vez, empezó a correr tras Alvimar: tendiéndole la mano, pero mirándole como si
hubiera querido no olvidar nunca su cara. Alvimar, cada vez más irritado, lanzó
su caballo contra la mujer, y la habría arrojado al suelo si ella no se hubiera
apartado rápidamente; incluso llevó la mano a la culata de una de sus pistolas
de arzón, como dispuesto a disparar sobre aquellas malas bestias idólatras.
Los gitanos se miraron entre sí y se
juntaron como para consultarse.
- Avanti! Avanti! - gritó Guillermo a
Alvimar.
Gustaba de pronunciar palabras italianas, para
hacer ver que había estado en la corte de la reina madre; acaso se imaginaba
que una i añadida al final de las palabras bastaba para que aquellos egipcios
no las comprendiesen.
- ¿Por qué avanti? - preguntó Alvimar, sin
querer apresurar la marcha de su caballo.
- Porque habéis enojado a esos pajarracos.
Mirad: se reunen como grullas apuradas. ¡Diablo! Ellos son unos veinte y
nosotros no somos más que siete.
- ¡Cómo! Mi querido Guillermo, ¿teméis algo
de esos débiles y cobardes animales?
- No tengo mucha costumbre de temer - contestó
el joven, algo picado - ; pero me sería muy desagradable tener que disparar
contra esos pobres harapientos, y me sorprende que os hayan puesto de tan mal
humor, puesto que os era fácil deshaceros de ellos con algunas monedas.
- No doy jamás a estas gentes - dijo Scierra
de Alvimar con un tono breve y seco, que sorprendió al benévolo Guillermo.
Comprendió que su amigo estaba nervioso,
como diríamos hoy, y se abstuvo de censurarle. Pero insistió en acelerar el
paso, porque la banda de gitanos, andando más de prisa que los caballos, los
seguía y se aproximaba a ellos, repartida en dos bandas, que bordeaban los
lados del camino.
Y, sin embargo, la actitud de aquellas
gentes no era hostil, y era difícil adivinar cuál era su intención al escoltar
de tal guisa a nuestros jinetes.
Se hablaban entre ellos en un idioma
ininteligible y aparentaban no preocuparse más que de la mujer que iba a su
vanguardia.
El niño al que el señor Alvimar había
querido golpear con su látigo iba al lado de monsieur de Ars, como si se
hubiera puesto bajo su protección, y parecía tener mucho interés en aquella
extraordinaria expedición. Guillermo advirtió que aquel niño era menos sucio y
menos negro que los demás, y que el tipo de sus facciones, finas y agraciadas, no
ofrecía ninguna semejanza con el de los gitanos.
Si hubiera prestado la misma atención a la
mujer a quien Alvimar había ofendido y amenazado, hubiera notado que, sin
parecerse en nada al niño, tampoco se parecía a sus demás compañeros de
miseria. Tenía un aire más noble y más dulce. Y tampoco era de raza europea, a
pesar de llevar el traje montañés de los Pirineos.
Lo sorprendente era que, a pesar de haber
comprendido perfectamente el gesto que había hecho Sciarra para coger su
pistola, y a pesar de la naturaleza temerosa de los mendigos y saltimbanquis de
aquella especie, marchaba resueltamente junto a él, sin intentar molestarle,
sin aparentar amenazarle, pero mirándole siempre con un excesivo cuidado.
Aquello le pareció a Alvimar un verdadero
descaro, y de buena gana habría obedecido a las sugestiones de su genio
antojadizo y violento.
Guillermo lo advirtió, y temiendo algún
desaguisado y verse forzado a tomar el partido del hidalgo altivo en contra de
la chusma inofensiva, colocó su caballo entre Sciarra y la mujercita, hizo seña
a ésta de que se detuviese y, medio en serio, medio en broma, le habló en la
forma siguiente:
- ¿Haríais la merced de decirnos, reina de
las retamas y de los brezos, si nos seguís para hacernos burla u honor y si
debemos tomar en agrado o en disgusto la ceremonia que nos hacéis?
La egipcia - entonces se trataba
indistintamente de egipcios o de gitanos a los que componían aquellas hordas
errantes de origen desconocido - movió la cabeza e hizo una seña al mozalbete
que había arrebatado la piedra de las manos del niño.
Éste se acercó, y con un tono dulzón
y un gesto insolente, dijo, hablando el francés sin acento alguno y designando
a la mujer, que estaba silenciosa:
- Mercedes no entiende el idioma de vuestras
señorías. Yo soy quien habla por aquellos de los nuestros que no saben
expresarse.
- Bien - dijo Guillermo - ; eres el orador
de la cuadrilla - . ¿Cómo te llamas, señor descarado?
- La Fleche, para serviros. Tengo el honor
de haber nacido francés, en la ciudad cuyo nombre llevo.
- El honor lo tiene Francia, indudablemente.
Pues bien, maese La Fleche, di a tus compañeros que nos dejen tranquilos. Para
ir, como voy, de camino, ya os he dado bastante, y no sería agradecérmelo cual
es debido hacernos tragar vuestro polvo. Adiós, y, dejadnos, o, si tenéis
alguna nueva petición que presentarme, hacedla pronto, porque tenemos prisa.
La Fleche tradujo rápidamente las palabras
de Guillermo a la que él llamaba Mercedes, y que parecía ser, por su parte y
por parte de los demás, objeto de una deferencia especial.
Ella le contestó algunas palabras en
español, y La Fleche dijo, dirigiéndose a Ars:
- Esta buena muchacha pide humildemente los
nombres de vuestras señorías, a fin de rezar por ellas.
Guillermo se echó a reír.
- ¡Vaya una petición graciosa! - dijo - .
Amigo La Fleche, aconseja a esta buena muchacha que rece por nosotros sin nombrarnos.
Dios nos conoce perfectamente, y no podríamos decirle nada de nosotros que no
supiese mejor que nosotros mismos.
La Fleche saludó humildemente con su gorro
mugriento, y nuestros viajeros, espoleando sus monturas, no tardaron en dejar
atrás a los gitanos.
- ¡Ah! - dijo Alvimar a Guillermo al ver que
apuntaban en el horizonte, bajo y cercano, las torrecillas de la Motte Seuilly
- . No me habéis dicho adónde vamos. ¿Pertenece este castillo a otro amigo
vuestro, a quien acaso mi presencia sea inoportuna?
- Este castillo es el de una dama joven y
bella, que vive en él con su padre, y ambos os recibirán cortésmente. Os
detendrán hasta la noche, no sólo por no verse privados de la compañía de
monsieur de Bois - Doré, a quien aprecian mucho, sino también para probaros que
en estos pobres campos no somos unos salvajes y que sabemos practicar la
hospitalidad a la antigua usanza francesa.
Alvimar contestó que no lo dudaba, y supo
decir a su compañero frases llenas de amabilidad, pues no había hombre que le
ganase en cuanto a buena educación. Pero su espíritu amargado tomó pronto otra
dirección:
- A juzgar por lo que me habéis contado de
ese Bois - Doré, mi futuro huésped, ¿es un viejo fantoche, del cual los
vasallos se mofan a su antojo?
- ¡Ah, no! - contestó monsieur de Ars - .
Los gitanos no me han dejado terminar. Iba a deciros que cuando regresó a su
país, enriquecido y enmarquesado, la gente se sorprendió al ver que, a pesar de
su aire benigno, era bravo como un león y que, si bien tenía maneras ridículas,
tenía también virtudes cristianas que podían beneficiarle grandemente.
- ¿Consideráis entre las virtudes cristianas
la templanza y la castidad?
- ¿Por qué no?
- Porque aquella ama de llaves de ardiente
cabellera, a quien hemos visto a la entrada de sus dominios, me ha parecido
fruta algo verde para un hombre tan maduro.
- Honni soit qui mal y pense! - dijo Guillermo sonriendo - . No juraría que nuestro marqués haya
permanecido insensible a los encantos de las damas de honor de la reina
Catalina; pero ya hace tiempo de eso. Creo que podríais cortejar a la tal
Belinda sin causar a monsieur de Bois - Doré ni pena ni perjuicio. Pero ya
hemos llegado. No necesito deciros que semejantes conversaciones estarían aquí
fuera de lugar. Nuestra hermosa viuda madame de Beuvre no es una gazmoña; pero
a su edad y en su posición...
Nuestros caballeros atravesaron el puente
levadizo, que, en razón de la tranquilidad del país, permanecía bajado todo el
día; el rastrillo estaba levantado.
Llegaron, pues, sin obstáculo y sin
cumplidos al patio del castillo, donde echaron pie a tierra.
- ¡Un momento! - dijo Sciarra de Alvimar a
Guillermo en el instante de entrar - . Os ruego que, a causa de los criados, no
deis mi nombre aquí.
- Ni aquí ni en otra parte - contestó monsieur de Ars - . No tenéis acento extranjero; de modo
que no hay necesidad siquiera de decir que sois español. ¿Por cuál de mis
amigos de París deseáis que os haga pasar?
- Me violentaría mucho representar el papel
de un personaje distinto a mí; prefiero ser yo, poco más o menos, y limitarme a
tomar uno de los apellidos de mi familia. Seré, si os parece bien, un
Villarreal, y tomaré como pretexto para mi huida de París...
- Vos mismo hablaréis confidencialmente al
marqués y arreglaréis las cosas según os plazca. Yo no tengo que hacer más que
decirle lo muy amigo mío que sois, que andáis perseguido y que le ruego os
cuide como a mí mismo.
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