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- IV -
El castillo de la Motte Seuilly - éste es el
nombre que ha prevalecido - está aún hoy día en pie y casi intacto; es una
mansión de reducidas proporciones, compuesta de una torre hexagonal y
completamente feudal, y de un cuerpo de edificio liso, con ventanas muy
espaciadas y con dos cuerpos más, enfrente de los cuales, uno está flanqueado
por un torreón. En el pabellón de la izquierda están las caballerizas,
abovedadas, con gruesas nervaduras; las cocinas y las habitaciones de la
servidumbre. En el de la derecha, la capilla, con ventana ojival, y que data
del tiempo de Luis XII, está situada encima de una galería corta y descubierta,
sostenida por dos pilares rechonchos, rodeados de nervaduras en relieve, cual
gruesos troncos estrechados por enredaderas.
Esta galería conduce al torreón, que
data, como la torre de la entrada, del siglo XII. Hay en él habitaciones redondas, sobrias, pero
elegantemente adornadas, con columnas incrustadas en zócalos con garras. En una
torrecilla adosada al torreón, una escalera de caracol termina en una de esas
antiguas armazones, de construcción sabia y atrevida, que son verdaderas obras
de arte.
En el centro de esta armazón hay un caballo
de madera o potro, instrumento de tortura, cuya aplicación hasta fue fríamente
reglamentada por un decreto del año 1670. Este horrible aparato data
desde la construcción del edificio, puesto que hace cuerpo con la armazón.
En este pobre y triste castillo, la bella
Carlota de Albret, esposa del siniestro César Borgia, pasó quince años, y murió
en plena juventud, tras de una vida de dolor y de santidad.
Sabido es que el infame cardenal, el
bastardo del Papa, el incestuoso, el depravado, el sanguinario, el amante de su
propia hermana Lucrecia y el asesino de su propio hermano y rival, abandonó un
día las dignidades de la Iglesia para ir a Francia en busca de mujer y fortuna.
Luis XII quería romper su enlace con
Juana, la hija de Luis XI, para casarse con Ana de Bretaña. Necesitaba el
consentimiento del Papa, y lo consiguió a cambio de ceder el Valentinois y la
mano de una princesa al bastardo, al cardenal condottiere.
Carlota de Albret, bella, erudita y pura, fue
sacrificada; algunos meses después fue abandonada y considerada como viuda.
Compró este triste castillo, y vino a educar
a su hija en él. Su única distracción era el ir a Bourges a visitar a su
mística compañera de infortunio, Juana de Francia, la reina repudiada,
convertida en «la buena duquesa de Berry», fundadora de la Orden religiosa de
la Anunciata.
Pero Juana murió, y Carlota, que tenía
entonces veinticuatro años, vistió de luto para siempre, y no volvió a salir de
la Motte Seuilly hasta su muerte, que tuvo lugar nueve años más tarde, en 1514.
Su cuerpo fue transportado a Bourges y
enterrado junto al de Juana; medio siglo más tarde, los calvinistas lo
desenterraron, lo profanaron y lo quemaron, como el de la otra pobre santa. Su
hija había hecho edificar en la rústica capilla de la Motte Seuilly un lindo
monumento, en el que su corazón pudo, por largo tiempo, descansar en paz.
Pero ningún vestigio terrestre de aquel
triste destino había de ser respetado. En 1793 los aldeanos, transmitiendo a
aquella tumba el odio que sentían hacia su señor, rompieron el mausoleo, y sus
restos elegantes yacen hoy todavía esparcidos sobre las losas. La estatua de
Carlota, en pie contra el muro, está partida en tres pedazos. La iglesia,
abandonada, se hunde. El corazón de la víctima estaba, sin duda, encerrado en
alguna valiosa arqueta de oro o de plata. ¿Qué habrá sido de él? Acaso la
arqueta fue vendida a vil precio, o acaso fue, sencillamente, escondida y
enterrada por miedo o por piedad, y aquel pobre corazón yace tal vez en alguna
cabaña de pueblo, sin que lo sepa su nuevo dueño, bajo la piedra del hogar o
las zarzas del vallado.
Hoy, el castillo, restaurado, tiene cierta
alegría bajo el sol que la desaparición de un gran trozo de muro permite entrar
hasta su patio enarenado. El agua de los antiguos fosos, alimentada, según
parece, por un manantial cercano, discurre, formando un riachuelo encantador,
por el jardín inglés, recientemente dibujado.
El gigantesco árbol, que data del tiempo de
Carlota de Albret, descansa sus venerables ramas sobre soportes de roca
piadosamente colocados para sostener su monumental decrepitud. Algunas
flores y un cisne solitario ponen como una sonrisa melancólica en la tristeza
del castillo.
El horizonte es continuamente sombrío; el
paisaje, desolador, y la torre, siniestra; pero nuestro siglo artista gusta de
estas moradas sombrías, de estas viejos nidos tristes, que son construcciones
de un pasado duro y amargo, que el pueblo de hoy no conoce y que ya en el año
1793 no comprendía, puesto que destruía la tumba de la humilde Carlota y dejaba
en pie el triunfante potro de la Motte Seuilly.
En la época en que acontece nuestra
historia, este castillo, cerrado por todos los lados, era a la vez más lúgubre
y más confortable que hoy. Si la gente vivía en la sombra glacial, de estas
pequeñas fortalezas, es que sabía disponerlas para vivir cómodamente.
Las grandes chimeneas, completamente
revestidas de hierro en el interior del hogar, esparcían un calor fuerte en las
vastas habitaciones. El entapizado se reemplazaba ya en las paredes por unos
papeles de fieltro, notablemente gruesos y hermosos; en lugar de nuestras
lindas cortinas de tela persa, que oscilan ante el aire colado de la ventana,
se usaban los damascos de pesados pliegues o, en las habitaciones más modestas,
las aducas, que duraban cincuenta años. Alfombras de nueva fabricación, que
eran mezclas de lana, de algodón, de lino y de cáñamo, cubrían los ladrillos de
gres de los pasillos y de los salones.
Se hacían hermosísimos entarimados de
marquetería, y en nuestras provincias del centro se comía en la hermosa loza de
Nevers, mientras que los trincheros ostentaban los singulares cubiletes de
cristal de color, que no servían más que para los días de gala, y que
representaban monumentos, plantas, buques o bichos fantásticas. De suerte que,
a pesar del aspecto mediocre de la pared del edificio habilitada para las
habitaciones de los dueños - porque ya los señores no vivían en las alturas de
sus viejos torreones feudales - , el señor de Alvimar halló un hogar agradable,
limpio y en cierto modo elegante, y que revelaba, si no la riqueza, al menos un
verdadero bienestar.
- Cuando el casamiento de Luis Borgia, la
Motte Seuilly pasó a ser propiedad de la familia de La Tremouille, a la cual
monsieur de Beuvre estaba aliado por su madre.
Era un hidalgo rudo y bravo, que manifestaba
con mucha franqueza sus opiniones y creencias. Su hija única, Lauriana , se
había casado a los doce años con su primo Helyon de Beuvre, que tenía diez y
seis.
Se tuvo separados a los dos niños, y esto
había sido fácil porque la provincia sufría el rechazo de una agitación en la
que los caballeros de Beuvre no podían dejar de tomar parte. Partieron de la
Motte el mismo día de la boda para acudir al auxilio de la duquesa de Nevers, que
se había declarado partidaria del príncipe de Condé y se hallaba situada en su
buena ciudad por monsieur de Montigny (Francisco de la Grange).
El joven Helyon fue muerto al intentar
osadamente penetrar en Nevers a la vista de los católicos. Al regresar de
aquella campaña, monsieur de Beuvre tuvo el dolor de anunciar a su amada hija
que pasaba sin transición del estado de virgen al de viuda.
Lauriana lloró mucho a su primo; pero ¿puede
el llanto ser eterno a los doce años? Además, ¡su padre le había regalado una
muñeca tan hermosa! ¡Una muñeca que tenía una falda de tisú de plata y zapatos
de terciopelo rojo, en forma de cola de cangrejo! ¡Y al cumplir los catorce
años le trajo de Bourges un caballo tan gracioso, que provenía de las
caballerizas del señor príncipe! En fin, Lauriana, niña pálida y fina al
casarse, se tornó a los quince años una rubita fresca, tan elegante y tan
amable, que no corría mucho riesgo de permanecer viuda.
Se hallaba tan tranquila junto a su padre y
tan completamente dueña de todo en el castillo que monsieur de Beuvre le había
dado en dote, que no tenía la menor prisa de contraer segundas nupcias. ¿No se
llamaba señora? ¿Y no es el deseo pueril de ser llamadas de esta manera una de
las mayores razones que impulsan a las jóvenes al matrimonio? ¿Y no había
tenido también los regalos y el atavío de la boda?
Lauriana decía ingenuamente:
- He tenido ya todos los placeres y todas
las penas del matrimonio.
Monsieur de Beuvre tenía una fortuna
bastante considerable, que administraba con prudencia, y que su vida retirada
le permitía ir redondeando; pero, a pesar de esto, no le era fácil realizar
para su hija nuevas proyectos de casamiento.
Había tomado el partido de la Reforma en el
momento en que ésta, agotada de hombres y de dinero, no tenía más recurso en
nuestras provincias que permanecer tranquila y conseguir ser tolerada.
En torno suyo todo era católico o fingía
serlo, porque en Berry el calvinismo no tuvo más que un momento de poderío y
una sola plaza fuerte verdadera. Pero «El año mil quinientos sesenta y dos»,
cuando «Bourges no tenía ni curas ni mendigos», había pasado, y Sancerre, la
enojosa montaña, tenía ya sus murallas arrasadas hasta el nivel del suelo.
Los habitantes del Berry no son fanáticos;
durante algún tiempo, las pasiones exteriores habían embriagado al pueblo y a
la burguesía; pero después de pasado este momento de sorpresa y de excitación,
la provincia había vuelto a caer bajo el imperio del miedo a la nobleza, que
constituye el fondo de su política habitual.
Los nobles, por su parte, sigudendo su
invariable costumbre, habían vendido su sumisión. Condé se había tornado un
católico celoso; monsieur de Beuvre, que había servido al padre y luego había
perdido a su yerno sirviendo la causa del hijo, estaba, naturalmente, en
completa desgracia y no parecía ya por Bourges.El príncipe le había enviado
unos jesuitas con el fin de incitarle a abjurar con toda solemnidad.
Monsieur de Beuvre no era un exaltado en
materia religiosa. Al adoptar la fe de Lutero había cedido a pasiones
políticas, y ahora se daba perfecta cuenta de que aquello había sido una
equivocación en cuanto se relacionaba con sus intereses. Se había convertido
demasiado tarde para que tuviesen ya necesidad de comprar su abjuración, y se
limitaban a intimidarle, dándole hábilmente a entender que no podría casar a su
hija en el país si persistía en la herejía. Después de haber fieramente
levantado la cabeza ante las amenazas, el temor de que Lauriana no pudiese casarse
y de que su patrimonio cayese en manos femeninas, le había conmovido.
Pero Lauriana no le había dejado
ceder. Educada bastante
fríamente por su padre en la religión protestante, en la que tenía una mediocre
instrucción, solía mezclar en su corazón las prácticas y los rezos de ambos
cultos.
Su celo protestante no era tan grande que la
hiciese recorrer los interminables y malos caminos de Issoudun o de Linières
para ir al sermón, y cuando pasaba junto a una iglesia, el sonido de la campana
no le producía indignación. Pero a veces su dulzura sonriente y pueril dejaba
traslucir los gérmenes de una gran fiereza; y cuando vio que la humillante idea
de una abjuración pública hacía sufrir a su padre, acudió en su ayuda con una
energía sorprendente, diciendo a los jesuitas de Bourges:
- Perdéis vuestro tiempo queriéndome
convertir con tal idea; he jurado en el fondo de mi corazón que antes
pertenecería a un mal marido de mi comunión que a un católico perfecto.
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