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- V -
Pocas semanas después de la visita de los
jesuitas a la Motte Seuilly llegó la del señor Sciarra de Alvimar, presentado
por Guillermo de Ars.
Fueron recibidos por el padre y la hija;
monsieur de Bois - Doré había ido a correr una liebre con el guarda de monsieur
de Beuvre.
Esta circunstancia contrarió vivamente a
Guillermo, que veía su viaje retrasarse de hora en hora y comenzaba a perder la
esperanza de ir aquel día a Bourges.
Sciarra de Alvimar se prestó con galantería,
y monsieur de Beuvre, que era muy entendido en la materia, no porque hubiera
estado mucho en París, sino porque había frecuentado las cortes de provincias,
en las que reinaba tanta hidalguía como en la del rey, comprendió desde las
primeras palabras que tenía ante él a un hombre de la mejor sociedad.
El encanto y la juventud de Lauriana
sorprendieron a Alvimar, quien seguía esperando que le presentasen a la viuda,
de quien le había hablado monsieur de Ars.
Al cabo de un cuarto de hora comprendió que
la hermosa niña era la señora de la casa.
En aquella época se comía a las diez de la
mañana, y Guillermo, que había recorrido el prado en busca del marqués, volvió
a despedirse.
- Ya he avisado al marqués - dijo a Sciarra
- ; ahora vendrá. Me ha jurado que será vuestro huésped y amigo hasta mi
regreso. Os dejo bien acompañado, y yo voy a procurar ganar el tiempo perdido.
Insistieron en vano para que se quedase a
comer. Partió, después de besar la mano de la bella Lauriana, de estrechar la
de su buen vecino monsieur de Beuvre y de abrazar a Alvimar, a quien juró que,
antes de que terminase la semana, iría a buscarle a Briantes para conducirle a
su castillo de Ars, donde le retendría el mayor tiempo posible.
- Ahora - dijo monsieur de Beuvre a Alvimar
- , ofreced vuestra mano a la castellana y sentémonos a la mesa. No os
sorprenda el que no aguardemos a nuestro amigo Bois - Doré. Después de una
cacería, aunque sea de unos minutos, suele hacerse un tocado de una hora, y por
nada en el mundo consentiría en presentarse ante una dama, ni aun ante ésta,
que es para él como una hija, puesto que la ha visto nacer, sin haberse aseado,
perfumado y mudado de pies a cabeza.
Encuentra gusto en ello, y, después de todo,
la manía es inocente. No gastamos cumplidos con él, y le hubiéramos causado
verdadera violencia al retrasar nuestra comida para esperarle.
- ¿Acaso - dijo Alvimar, a quien habían
hecho sentarse en el sitio de honor - hubiera yo debido ir a ofrecer mis
respetos a monsieur de Bois - Doré en su habitación antes de empezar el
almuerzo?
- ¡No! - exclamó Lauriana riendo - ; le
hubierais apenado sorprendiéndole en su tocado. No nos preguntéis por qué; ya
lo comprenderéis vos mismo al verle.
- ¡Además - añadió monsieur de Beuvre - , no
le debéis más atenciones que las debidas a un viejo por un joven. En su
cualidad de huésped fiduciario, es él quien os debe toda suerte de deferencias.
Y monsieur de Ars me ha confiado el encargo de presentaros a él.
Al hablar de la juventud de Alvimar, monsieur
de Beuvre participaba del error que producía al verle por primera vez.
Aunque tenía cerca de cuarenta años, Alvimar
no aparentaba tener treinta, y acaso, en su fuero interno, monsieur de Beuvre
comparaba el hermoso rostro de su huésped temporal con el de su querida hija
Lauriana. Su preocupación constante era el deseo de encontrar para su hija,
fuera del país, un marido que no exigiese la abjuración solemne.
El buen hidalgo ignoraba que los jesuitas
reinaban ya en todas partes, y que el Berry era precisamente una de las
provincias en las que su propaganda era menos activa.
También ignoraba que Alvimar era, en cuerpo
y alma, un perfecto caballero de la Santa Inquisición.
Guillermo, queriendo proporcionar a su amigo
una acogida cordial, se había guardado mucho de pintarle como un ortodoxo
excesivamente puntilloso. Él también era católico; pero como era tolerante y
hasta poco creyente, ni al presentar a Alvimar al dueño de la casa, ni al
recomendarle a monsieur de Bois - Doré había hablado de la cuestión religiosa,
a la cual estas personas no daban tampoco mucha importancia en sus relaciones.
Pero hablando aparte con monsieur de Beuvre, le había asegurado, en pocas
palabras, que el señor Villarreal - tal era al nombre convenido por Alvimar -
era de buena familia y se hallaba en camino de hacer fortuna. Guillermo lo
creía así, porque Alvimar ocultaba su pobreza con todo el orgullo de que es
capaz un español sobre este particular.
El primer servicio se efectuó con toda la
calma peculiar de los criados del Berry, y fue saboreado con la lentitud
metódica de las personas bien educadas que no quieren aparentar glotonería.
El lento comer, las pausas prolongadas entre
bocado y bocado, los relatos del anfitrión entre plato y plato, son aún
artículos del código de la buena educación para los ancianos del Berry.
Los aldeanos modernos extreman este
principio de urbanidad, y quien come con ellos puede tener la seguridad de que
permanecerá tres horas seguidas en la mesa, aunque no sea más que delante de un
pedazo de queso y una botella de aguapié.
Alvimar, cuyo espíritu inquieto y activo no
se adormecía en los placeres de la comida, se aprovechó de la majestuosa
masticación de monsieur de Beuvre para hablar con su hija, que comía poco y de
prisa, y se ocupaba más de su huésped y de su padre que de ella misma.
Sorprendiole encontrar ingenio en una
muchacha que vivía en el campo y que, salvo una o dos escapadas a Bourges o a
Nevers, no había salido de las tierras de sus dominios.
Lauriana no tenía gran cultura, y acaso
hubiera sido incapaz de escribir una carta de extensión sin hacer alguna falta
gramatical. Pero su conversación era agradable, y a fuerza de oír a su padre y
a sus vecinos hablar de la política de la época, conocía y juzgaba sanamente la
Historia desde el reinado de Luis XII y las primeras guerras de religión.
Sin embargo, como veneraba el recuerdo de
Carlota de Albret y se enorgullecía de descender de ella, no tuvo ocasión de
dejar ver a Alvimar que era hereje. Además, la cortesía de aquel tiempo
prohibía hablar inútilmente de las propias creencias, aun entre personas de la
misma comunión, porque había muchos matices religiosos y la controversia surgía
en cualquier parte.
Lauriana, además de poseer una gran
delicadeza y muy buen juicio, tenía una mezcla de sinceridad y de malicia
peculiar del carácter del Berry, y esta alianza de dos cosas opuestas produce
una manera de ver y de hablar bastante original. Era del país en el que se sabe
decir las verdades riendo y sin necesidad de reñir.
Alvimar, que era más déspota que irónico y
más rencoroso que sincero, se sintió, sin saber por qué, algo cohibido ante
aquella niña.
A ratos le parecía que Lauriana adivinaba su
carácter, su vida o su reciente aventura, y que le daba a entender:
«A pesar de todo, no por eso dejamos de ser
unas buenas gentes, dispuestas a ayudarle.»
Cuando llegó el momento de servir el asado,
monsieur de Bois - Doré hizo su aparición, en medio de un gran ruido de puertas
y de platos, precedido por un criadito lujosamente ataviado, al que ocultamente
daba el nombre de paje, como para justificar este verso, que más tarde señaló
análogas ridiculeces:
Todo
marqués quiere tener pajes.
y obedeciendo
a los edictos, que ya no permitían tener pajes más que a los príncipes y a los
hidalgos de alto rango.
Ante la aparición de su huésped, Alvimar
tuvo que contener la risa, a pesar de su melancolía habitual y de su malestar
presente.
Silvio de Bois - Doré había sido uno de los
hombres más hermosos de su tiempo: alto, bien formado, de cuerpo robusto y
ágil, con cabellos negros, piel blanca, ojos magníficos y facciones perfectas;
había gustado a muchas mujeres, pero, a causa de su ligereza y de su frialdad
estudiada, no había inspirado nunca una pasión violenta o duradera.
Para encarnar el tipo de héroe apasionado
que gustaba en los tiempos de la juventud de Bois - Doré no bastaba con una
bondad sin límites, ni con una lealtad extraordinaria, dada su época y su
ambiente, ni con una esplendidez regia en los momentos de suerte y de fortuna o
una filosofía perfecta en las horas de desgracia; en una palabra, no bastaba
con las cualidades fáciles y simpáticas de los aventureros campeones del Bearnés.
En aquella época, exaltada y sanguinaria, la
galantería necesitaba un poco de ferocidad para llegar a la pasión romántica,
y, fuera de los combates, en los que se portaba con valentía, Bois - Doré tenía
una mansedumbre irritante. No había asesinado a ningún marido ni a ningún
hermano; no había degollado a ningún rival entre los brazos de una amante
infiel; se consolaba fácilmente con Javotte o con Nanette de las traiciones de
Diana o de Blanca. Por aquel entonces Bois - Doré, a pesar de su afición a las
novelas pastorales y de caballería, pasaba por tener un espíritu mezquino y un
corazón poca ardiente.
Pero se consolaba de que las mujeres le
engañasen o se riesen de él, tanto más cuanto que nunca se había dado cuenta de
ello. Era hermoso, liberal y valiente, y lo sabía; sus aventuras eran breves,
pero numerosas; su corazón necesitaba más amistad que pasión, y, por su
discreción y la dulzura de sus costumbres, había merecido el afecto de todo el
mundo. Por lo tanto, se había encontrado feliz sin preocuparse de despertar
pasiones, y, en realidad, había amado un poco a todas las mujeres sin adorar a
ninguna.
Se le hubiera acusado de egoísmo si este
reproche se hubiera podido conciliar con el de ser demasiado bueno y humano.
Era, en cierto modo, la caricatura del buen Enrique, a quien muchos llamaban
ingrato y traidor, pero a quien, sin embargo, todos amaban después de haberle
tratado.
Pero el tiempo había pasado, lo que tampoco
se había dignado notar monsieur de Bois - Doré. Su cuerpo flexible se había
tornado rígido y duro; sus hermosas piernas se habían secado; su frente noble
se había desguarnecido, y las arrugas rodeaban sus ojos como los rayos rodean
al sol. Lo único que había conservado de su juventud perdida eran los dientes
algo largos, pero blancos y bien alineados; en los postres cascaba avellanas
con afectación para que todo el mundo se fijase. Sus vecinos afirmaban que se
molestaba si se olvidaban de ponerle avellanas en la mesa.
Al decir que monsieur de Bois - Doré no
había notado los ultrajes del tiempo, queremos expresar la satisfacción que
seguía causándose así mismo; pero indudablemente se dio cuenta de que
envejecía, y combatió los estragos con un valor obstinado. Creo que empleó en
esta batalla la mayor energía de que era capaz.
Cuando vio que sus cabellos empezaban a
blanquear y caer, hizo un viaje a París sólo para encargarse una peluca en la
mejor casa. La peluquería era ya un arte; los historiadores detallistas dicen
que las pelucas con las rayas de seda blanca y los cabellos minuciosamente
colocados costaban, por lo menos, sesenta pistolas.
Pero monsieur de Bois - Doré, que ya era
rico y no tenía inconveniente en gastar mil doscientos a mil quinientos francos
de nuestra moneda en una indumentaria corriente y cinco o seis mil en un traje
de gala, no se detuvo ante aquella pequeñez. Corrió a probarse pelucas; al
principio se encaprichó de una guedeja rubia que, según opinión del peluquero,
le sentaba maravillosamente.
Bois - Doré empezaba a creerlo, a pesar de
que en su vida se había visto de rubio; pero se probó una color castaño que -
siempre según la opinión del vendedor - le sentaba tan bien como la otra. Las
dos costaban lo mismo; pero Bois - Doré se probó una tercera que costaba diez
escudos más y que llevó a su colmo el entusiasmo del peluquero; aquélla era
verdaderamente la única que ponía de relieve los atractivos del señor marqués.
- Este peluquero debe de tener razón - pensó
Bois - Doré, recordando el tiempo en que las señoras se maravillaban por ver
una cabellera tan negra como la suya con una piel tan blanca.
Sin embargo, permaneció unos momentos ante
el espejo, sorprendiéndose de que aquella guedeja sombría le diese un aire duro
y violento.
- Es extraordinario cómo me cambia la expresión
- pensó - . Y sin embargo, éste es mi color natural - . Tenía en mi juventud el
aire tan dulce como lo tengo ahora. Mi abundante cabellera negra no me daba
este aspecto de maldad.
No se le ocurrió pensar que las operaciones
de la Naturaleza se efectúan siempre con perfecta armonía, lo mismo al hacernos
como al deshacernos, y que sus cabellos grises le daban el aire que le
correspondía.
Pero tantas veces le repitió el peluquero
que con la hermosa peluca no aparentaba más de treinta años, que la compró, y
en el acto se encargó otra por economía - dijo él - , para que la primera
durase más tiempo.
Sin embargo, al día siguiente volvió sobre
su acuerdo; encontraba que su cabeza tan joven le hacía parecer más viejo que
antes, y todas las personas a quienes consultó fueron del mismo parecer.
El peluquero le explicó que las cejas y la barba tenían que hacer juego con
la cabellera, y le vendió un tinte. Pero Bois - Doré se encontró entonces tan pálido en medio de tantas
manchas de tinta, que el peluquero hubo de explicarle también la necesidad del
colorete. Bois - Doré le preguntó:
- ¿Dicen que cuando se empieza a usar
artificios ya no es posible detenerse?
- Tal es la costumbre - contestó el
rejuvenecedor - ; escoged entre ser o parecer.
- ¿Pero es que yo soy viejo?
- No, puesto que con la ayuda de mis recetas
podéis todavía parecer joven.
Desde aquel día Bois - Doré gastó peluca;
llevó las cejas, la barba y los bigotes pintados y llenos de cosmético; el
hocico, embadurnado; colorete en las mejillas; polvos olorosos en todas las
arrugas de la cara; además, esencia y saquitos de perfume sobre su persona;
tanto es así, que cuando salía de su cuarto se le olía desde el corral, y
bastaba con que pasase por delante de la perrera para que sus galgos corredores
se quedasen estornudando y haciendo muecas durante una hora.
Cuando hubo conseguido transformarse de un
hermoso anciano que era en un viejo muñeco grotesco, pensó en estropear también
su parte que tenía la dignidad correspondiente a sus años: hizo forrar sus
calzones y sus justillos con dobles hojas de acero, y tomó la costumbre de
andar tan derecho, que todas las noches se metía en la cama con agujetas.
Afortunadamente para él, la moda cambió, sin
lo cual se hubiera muerto.
Los justillos rígidos y apretados de Enrique
IV se ensancharon sobre el pecho de los favoritos de Luis XIII, formando
ligeras casacas. Los calzones amplios y flotantes, obedientes a todas las
inflexiones del cuerpo, reemplazaron a las bragas con armadura.
A Bois - Doré le costó trabajo admitir estas
innovaciones y separarse de sus inflexibles gorgueras afolladas para disfrutar
de mayor comodidad con las ligeras rotondas. Lamentó hondamente la desaparición
de los pasamanos; pero poco a poco las cintas y los encajes le sedujeron, y
después de un breve viaje que hizo a París volvio vestido a la moda de los
jóvenes de buen tono, afectando su desenvoltura indolente y fatigada,
tumbándose en los butacones con posturas cansadas y levantándose en tres
tiempos cuando estaba sentado; en una palabra: con su alta estatura y sus
rasgos acentuados reproducía el tipo de marquesito ñoño que treinta años más
tarde Molière encontró completamente transformado en su ridiculez y a punto
para la sátira.
Con este disfraz, que hacía de él una
especie de cómico fantasmón, Bois - Doré tenía más facilidad para ocultar el
peso real de sus años.
A primera vista, Alvimar le encontró
espantoso. La profusión de bucles de ébano sobre aquella faz arrugada; las
cejas tupidas y terribles sobre aquellos ojos tan dulces; el colorete
resplandeciente, que parecía una careta disparatadamente colocada sobre una
cara respetable y bondadosa, le desconcertaban.
La indumentaria, exageradamente esmerada,
con su abundancia de galones, de bordados, de lazos y de penachos, resultaba de
lo más ridículo que puede darse de día y para el campo; añadiéndose a ello que
los matices pálidos y desmayados que nuestro marqués prefería contrastaban
mucho más con el aspecto leonino de su bigote erizado y de su guedeja postiza.
Pero la acogida que le hizo el viejo hidalgo
destruyó agradablemente en Alvimar el efecto repulsivo de su disfraz
carnavalesco.
Monsieur de Beuvre se había levantado para
presentar al marqués el amigo de Guillermo y recordarle que estaba a su cargo
por varios días.
- Si me encontrase en mi propia casa - dijo
monsieur de Beuvre - , reclamaría para mí mismo este placer y este honor; pero
no debo olvidar que estoy en casa de mi hija. Además, mi querido Silvio, esta
morada es menos rica y menos lujosa que la vuestra, y no queremos privar a
monsieur de Villarreal de los agrados que en ella le esperan.
- Acepto esta hipérbole - dijo Bois - Doré -
, si tiene la facultad de deslumbrar a monsieur de Villarreal hasta el punto de
hacerle permanecer largo tiempo bajo mi techo.
Y abriendo sus grandes brazos, cubiertos de
encajes hasta los codos, abrazó al supuesto Villarreal, diciéndole con una risa
llena de bondad que mostraba sus grandes dientes blancos:
- Aunque fueseis el diablo, señor, del
momento que me habéis sido confiado, sois para mí un hermano.
Se guardó mucho de decir «como un hijo»;
porque hubiera temido revelar el número de sus años, que creía misterioso para
los demás, desde que él mismo lo había olvidado.
Villarreal de Alvimar hubiera fácilmente
prescindido del abrazo de un católico tan reciente; tanto más, cuanto que los
perfumes de que el marqués estaba impregnado le quitaron el ya escaso apetito
que tenía, y que, después de abrazarle, Bois - Doré le oprimió vigorosamente
las manos entre sus dedos secos y cubiertos por enormes sortijas. Pero Alvimar
debía pensar, ante todo, en su propia seguridad, y sintió, por el acento
cordial y decidido del marqués, que se hallaba en manos fieles y leales.
Por lo tanto, se resignó a agradecer la
doble hospitalidad de la que era objeto, mostrándose bajo su más amable
aspecto, y cuando se levantó de la mesa, los dos ancianos hidalgos estaban
encantados con él.
Sin embargo, hubiera deseado descanso; pero
el castellano le desafió para un partido de ajedrez y luego para uno de billar,
con Bois - Doré, quien se dejó vencer.
A Alvimar le gustaba el juego, y la ganancia
de algunos escudos de oro no le era indiferente.
Las horas pasaban en una intimidad en cierto
modo malgastada, puesto que aquellas diversiones no provocaron ninguna
conversación bastante seguida para facilitar el conocimiento de los tres
personajes.
Madame de Beuvre se había retirado después
de la comida; reapareció hacia las cuatro, al ver que se hacía en el patio los
preparativos para la marcha de sus huéspedes.
Les propuso tomar el aire en los jardines
antes de separarse.
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