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- VI -
Era hacia fines de octubre. El veranillo de San
Martín se había prolongado y los días más cortos eran todavía claros y
templados. Los árboles, desnudos, dibujaban su hermosa silueta sobre el sol
rojo, que se ponía detrás de las negras zarzas que resaltaban sobre el fondo
del horizonte.
Una capa de hojas secas cubría los paseos,
de bojs y de tejos cuajados, que daban a los jardines de aquella época una
seriedad limpia y digna.
En los fosos, hermosas y viejas carpas,
acostumbradas a recibir las migas de pan que les echaba Lauriana, seguían a los
paseantes.
Un lobito domesticado acompañaba a Lauriana
como un perro; estaba dominado y maltratado por el gran podenco predilecto de
monsieur de Beuvre; este podenco, joven y retozón, no manifestaba aversión
alguna hacia su compañero y le arrollaba y le mordisqueaba con la brusquedad
llena de soberbia de un niño noble dignándose jugar con un villano.
En el momento en que Alvimar se disponía a
ofrecer su brazo a la bella Lauriana, se detuvo al ver que monsieur de Bois -
Doré se acercaba a ella con la misma intención.
Pero el cortés hidalgo retrocedió a su vez.
- Este derecho os pertenece - dijo - ; un
huésped como vos debe estar antes que todos los amigos; pero sabed el valor del
sacrificio que os hago.
- Aprecio todo el mérito que tiene -
contestó Alvimar, en cuyo brazo Lauriana apoyó ligaramente su manita - , y de
cuantas bondades tenéis para conmigo, estimo que ésta es la mayor.
- Veo con placer - dijo Bois - Doré,
caminando a la izquierda de madame de Beuvre - que entendéis la galantería
francesa a la manera del difunto rey, nuestro Enrique, de grata memoria.
- Espero entenderla mejor.
- ¡Oh!, eso sería prometer ya demasiado.
- Al menos nosotros, los españoles, la entendemos
de distinta manera. Pensamos que la fidelidad en el cariño hacia una sola mujer
es preferible a la galantería hacia todas.
- ¡Oh! Entonces, mi querido conde... ¿Sois
conde, verdad, o duque?... Dispensad; pero sois grande de España; lo sé, lo
veo... ¿Caéis en la perfecta fidelidad de la novela? Nada más hermoso, mi
querido huésped, nada más hermoso. ¡A fe mía!
Monsieur de Beuvre llamó a Bois - Doré a
poca distancia para enseñarle no sé qué árbol recién plantado, y Alvimar
aprovechó la interrupción para preguntar a Lauriana si monsieur de Bois - Doré
se había querido burlar de él.
- De ninguna manera - contestó ella - ;
debéis saber que la novela de monsieur de Orfé es la lectura favorita de
nuestro querido marqués, y que se la sabe casi de memoria.
- ¿Cómo pueden conciliarse estos gustos de
gran pasión con los de la antigua corte?
- Es muy sencillo. Cuando nuestro amigo era
joven, dícese que se enamoraba de todas las damas. Al envejecer, su corazón se
ha enfriado; pero pretende ocultarlo, como cree ocultar sus arrugas fingiendo
haber sido convertido a la virtud de los grandes sentimientos por el ejemplo de
los héroes de Astrée. Tanto es así, que para disculparse de no cortejar a
ninguna bella se jacta de permanecer fiel a una, a quien no nombra y que nadie
ha visto nunca ni verá jamás, por el excelente motivo de que sólo existe en su
imaginación.
- ¿Es posible que a sus años se crea
obligado a fingir amor?
- Es natural, puesto que quiere pasar por
joven; si confesase que las mujeres le tienen ya sin cuidado las unas como las
otras, ¿por qué había de tomarse el trabajo de embadurnarse la cara y de gastar
peluca?
- ¿Entonces creéis que no es posible ser
joven sin estar enamorado de alguna mujer?
- Eso no lo sé - contestó alegremente madame
de Beuvre - ; no tengo experiencia y no conozco el corazón de los hombres; pero
lo he oído decir, y, según parece, monsieur de Bois - Doré debe estar
convencido de ello. Y vos, ¿qué opináis?
Yo creo - dijo Alvimar, que sentía curiosidad
por conocer las ideas de la dama - que se puede vivir largo tiempo con el
recuerdo de un amor pasado, en espera de un amor futuro.
Lauriana no contestó, y sus hermosos ojos
azules miraron al cielo.
- ¿En qué pensáis? - le preguntó él, con una
familiaridad acaso demasiado tierna.
La indiscreta pregunta pareció sorprender a
Lauriana.
Le miró con un aire que parecía decir: «¿Qué
os importa?» Pero desechó de sus palabras toda dureza inútil, y contestó
sonriendo:
- No pensaba en nada.
- Es imposible - prosiguió Alvimar - ; se
piensa siempre en algo o en alguien.
- Se piensa vagamente, tan vagamente, que al
minuto siguiente ya no se recuerda.
Lauriana no decía la verdad. Había pensado en Carlota de Albret,
y vamos a traducir lo que había pasado en su breve meditación.
Aquella pobre princesa se le había como
aparecido para inspirarle la contestación que Alvimar solicitaba; esta
contestación era: «A veces una joven que no ha amado nunca y que siente
impaciencia por amar acepta ligeramente el cariño que se le ofrece, y a veces
cae entre los brazos de un malvado, que la martiriza, la deshonra y la
abandona.»
Alvimar estaba lejos de suponer la extraña
advertencia que esta alma virgen acababa de recibir; creyó que se trataba de un
poco de coquetería, y aunque su alma era como el mármol, el juego le agradó.
Insistió:
- Apuesto - dijo - que habéis pensado en un
amor más real que la pasión de la cual monsieur de Bois - Doré os da la
parodia; en un amor que pudierais, si no sentir, al menos inspirar a un
perfecto caballero.
Tan pronto como hubo pronunciado estas
palabras de provocación trivial, pero que supo matizar con una emoción que se
le figuró persuasiva, sintió que el brazo de Lauriana se estremecía y se
separaba del suyo, y al mismo tiempo la vio palidecer y retroceder.
- ¿Qué os sucede? - exclamó intentando
recuperar el brazo.
- Nada, nada - contestó Lauriana
esforzándose en sonreír - . He visto una culebra ahí, entre los juncos, y he
sentido miedo; voy a llamar a mi padre para que la mate.
Y echó a correr hacia monsieur de Beuvre,
mientras que Alvimar, buscando al maldito bicho, batía con su bastón los juncos
de la escarpa.
Pero no apareció ningún bicho, ni bonito ni
feo, y cuando los ojos de Alvimar buscaron a madame de Beuvre, la vieron
abandonar el jardín y entrar en el patio.
«Es una sensitiva - pensó viéndola alejarse
- ; sea porque haya tenido miedo de la serpiente, sea porque mis palabras hayan
causado su repentina turbación... ¡Ah! ¿Por qué no tendrán las reinas y las
princesas, que llevan en sus manos los altos destinos, el amoroso candor de las
damitas campesinas?»
Mientras que su vanidad explicaba de esta
manera la emoción de Lauriana, la joven había subido a la capilla de Carlota
Albret, no para rezar, pues no solía frecuentar este oratorio católico,
ordinariamente cerrado como santuario de una memoria respetable, sino para
cerciorarse de un hecho que acababa de trastornarla.
Había en la capillita un retrato, ya muy
ennegrecido y ahumado por el tiempo, que no se enseñaba nunca a nadie, pero que
se conservaba en el sitio en que se había hallado, por respeto hacia la
disposición de las cosas que fueron del uso de la santa familia.
Lauriana no había visto este retrato más que
dos veces en su vida. La primera, por casualidad, porque una viejecita
encargada del aseo de la capilla había abierto, para limpiarlo, una especie de
armario que lo encerraba.
Lauriana era entonces una niña. Sin
que supiese por qué, el retrato la había asustado.
La segunda vez era
bastante reciente; su padre, al contarle con ciertos detalles de tradición la
historia de la pobre duquesa, le había dicho:
- Y, sin embargo, nuestra santa abuela no
aborrecía aquel monstruo. Acaso porque le hubiese amado antes de conocer los
crímenes que le mancillaban; acaso únicamente impulsada por la caridad
cristiana, se impuso como un deber el rezar por él, y guardaba su retrato en la
capilla.
Lauriana había comprendido de quién era la
espantosa imagen del viejo cuadro y había deseado volverle a ver. Lo había
mirado con atención y sangre fría, y se había jurado a sí misma no casarse
nunca con un hombre que tuviese el menor parecido con aquel terrible rostro.
A pesar de la serenidad de su examen, el
espectro había permanecido por algún tiempo ante sus ojos, y cada vez que se le
presentaba una fisonomía siniestra la comparaba instintivamente con el tipo
aborrecido. Pero como era por temperarnento alegre, tranquila, y tan valiente
como la mayoría de las jóvenes castellanas de aquel tiempo de disturbios y de
peligros recientes, había acabado por olvidar su preocupación.
Por lo tanto, al ver a Alvimar no se le
había ocurrido establecer la menor aproximación, y aun en el jardín, al darle
el brazo, al conversar alegremente con él, al mirarle frente a frente, tampoco
había sentido temor alguno. Sin embargo, ¿por qué había pensado en Carlota de
Albret mientras que él hablaba? No lo sabía, y al principio no le concedió
mucha importancia.
Pero Alvimar había insistido para conocer
sus pensamientos; casi le había hablado de amor; al menos, él, a quien veía por
primera vez, le había dicho más en dos palabras que lo que nunca se atrevió a
decirle ninguno de los amigos, jóvenes o viejos, que la rodeaban.
Sorprendida por tanta audacia, había vuelto
a mirarle; pero esta vez le había mirado a hurtadillas, y, sobre el rostro
encantador, había sorprendido una sonrisa pérfida; al mismo tiempo, el perfil,
que se dibujaba sobre el fondo rojizo del cielo bajo, le había arrancado un
gesto de terror.
¡El hermoso joven que parecía provocar los
primeros latidos de su corazón se parecía a César Borgia!
Fuese realidad o ilusión, le había sido
imposible permanecer un insitante más junto a él.
Había inventado un pretexto a su terror,
había huido y venía a mirar el retrato, para borrar o confirmar sus dudas.
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