|
- VIII -
Hablaron sosegadamente unos instantes más.
Monsieur de Beuvre rogó a Alvimar que no
tomase en cuenta sus salidas y que volviese a los dos días, con Bois - Doré,
que solía almorzar todos los domingos en la Motte; luego vinieron a anunciar
que la carroza del señor marqués estaba dispuesta.
La carroza de monsieur de Bois - Doré era
una enorme y pesada berlina, valientemente arrastrada por cuatro percherones
fuertes y hermosos, acaso demasiado gordos, porque en casa del buen monsieur
Silvain todo estaba bien nutrido, bichos y gentes.
Este respetable vehículo, destinado a
afrontar las carreteras transitables, y aun las no transitables tenía una
solidez a toda prueba, y si la flexibilidad de su marcha dejaba algo que
desear, al menos el enorme mullido del interior ofrecía a los viajeros la
seguridad de no partirse excesivamente los huesos, aun en caso de vuelco.
Debajo del forro de damasco había un espesor
de seis pulgadas de lana y estopa; de suerte que se gozaba en el vehículo, si
no de toda clase de comodidades, al menos de una especie de seguridad.
Era un hermoso coche, completamente forrado
de cuero adornado con clavos, que formaban cenefas ornamentales alrededor de
los tableros. Para subir y bajar había una escalerita, que se retiraba y se
colocaba en el interior cuando el coche se ponía en marcha.
En esta ciudadela ambulante se veía un
arsenal, compuesto de pistolas y espadas, sin olvidar la pólvora y las balas;
de suerte que, llegado el caso, podía sostenerse un sitio en regla.
Dos criados a caballo abrían la marcha
llevando antorchas; otros dos portaantorchas iban detrás del coche con el
criado de Alvimar, que llevaba el caballo de éste sujetándole por la rienda. El
pajecito del marqués subió al pescante al lado del cochero.
Todo esto se efectuó con un gran estrépito, al
que se unió el ruido del puente levadizo al levantarse tras la cabalgata, y los
ladridos alegres de los perros sueltos por el patio, produciendo tal algarabía,
que se oyó hasta en la aldea de Champillé, situada a un cuarto de legua de
distancia.
Alvimar creyó deber dirigir a Bois - Doré
algunas alabanzas sobre su hermosa carroza, que era un objeto de lujo y confort
poco corriente en provincias y que, particularmente en el país, pasaba por ser
una maravilla. - No esperaba - dijo -
encontrar en el interior del Berry las comodidades de las grandes ciudades, y
veo, señor marqués, que lleváis aquí la vida de un perfecto noble.
Nada podía ser más halagador para el marqués
que esta última expresión. Era un simple gentilhombre, y, a pesar de su título,
no era, no podía ser, un noble.
Su marquesado consistía en un modesto
cortijo del Bauvoisis, que ni siquiera le pertenecía.
Un día de fatiga y de peligro, Enrique IV
había llegado con él y con una reducidísima escolta a aquel cortijo, donde el
azar de la guerra civil les había obligado a detenerse. El cortijo estaba
desierto y abandonado, y el rey corría gran riesgo de no almorzar, cuando
monsieur Silvain, que era hombre de recursos en esta clase de aventuras,
descubrió en un matorral algunas aves abandonadas y ya salvajes. El Bearnés se
había proporcionado el placer de una caza improvisada y monsieur Silvain se
había encargado de guisar las piezas cobradas.
El inesperado festín puso al rey de Navarra de
buen humor y «regaló» el cortijo a su buen compañero, elevándole al rango de
marqués por su propia voluntad y, según dijo, para recompensarle por haber
impedido que un rey se muriese de hambre.
La posesión se había limitado a aquella
estancia de unas horas en el pequeño feudo, conquistado sin batalla. Al día
siguiente había sido recuperado por el partido contrario, y después de la paz
había vuelto a sus propietarios legítimos.
Esto no le importaba a Bois - Doré, que no
tenía ningún interés por la barraca, sino por su título; más tarde, el rey de
Francia confirmó riendo la promesa hecha por el rey de Navarra. Ningún
pergamino certificó aquella dignidad al gentilhombre del Berry; pero bajo la
protección del monarca, ya todopoderoso, el título fue admitido, y el obscuro
campesino se vio acogido en la intimidad del rey como marqués de Bois - Doré.
Como nadie protestó, la broma y la
tolerancia del rey crearon, si no un derecho, al menos un precedente, y por
mucho que se mofaron del Marquesado de monsieur Silvain Bouron du Neyer - este
era su verdadero nombre - , él, a pesar de los burlones, se tuvo por noble.
Después de todo, merecía aquel título y lo llevaba más dignamente que muchos
otros partidarios.
Alvimar ignoraba estas circunstancias. Había
prestado poca atención a lo que Guillermo de Ars le había indicado rápidamente.
No pensó en burlarse de la nobleza de su huésped, y nuestro marqués, habituado
a que le molestasen sobre este delicado punto, le agradeció infinitamente su
cortesía.
Pero creyó debérselas dar de robusto para
borrar la enojosa fecha del sitio de Sancerre.
- Tengo esta carroza - dijo - con el único
objeto de poder ofrecerla a las damas de mi vecindad cuando se presenta el
caso; en cuanto a mí, prefiero el caballo. Se va más de prisa y con menos
aparato.
- Entonces - repuso Alvimar - , al mandar
venir hoy la carroza, ¿me habéis tratado como a una dama? Esto me confunde, y
si hubiera pensado que no temíais el fresco de la noche os hubiera suplicado
que no cambiarais nada en vuestras costumbres.
- He pensado que, después del viaje que
acabáis de hacer, habíais cabalgado bastante por hoy, y en lo que atañe al
frío, para decir la verdad, confieso que soy un gran holgazán, y me proporciono
dulzuras que mi salud no necesita para nada.
Bois - Doré quería conciliar la indolencia
de los jóvenes de la corte con el vigor de los jóvenes campesinos, y a veces se
encontraba muy apurado para armonizar estas cosas.
En realidad, estaba todavía fuerte, a pesar
de algunos dolores de reuma, que no confesó nunca, y de una leve sordera, que
negaba, poniendo las equivocaciones de su oído a la cuenta de su distracción.
Añadió:
- Debo pediros que disculpéis la descortesía
de mi amigo Beuvre. Nada hay más inoportuno que las disputas religiosas, que
están ya completamente pasadas de moda. Perdonad la testarudez de un anciano.
En el fondo, Beuvre se preocupa tanto como yo de estas sutilezas. Su amor al
pasado le da de vez en cuando la manía de censurar a los muertos, molestando
así grandemente a los vivos. No comprende por qué la vejez tiene la pedantería
de sus recuerdos, ¡como si en todas las edades no se vieran bastantes cosas y
bastantes gentes para adquirir toda la filosofía que se necesita! ¡Ah, mi
querido huésped! ¡No hay como las gentes de París para saber conversar con
delicadeza y moderación acerca de todos los asuntos de controversia! Nada, por
ejemplo, como el hotel de Rambouillet. ¿Habréis frecuentado seguramente el
«salón azul de Artemisa»?
Alvimar pudo, sin faltar a la verdad,
contestar que había sido recibido en casa de la marquesa. Su ingenio y su
cultura le habían abierto las puertas del Parnaso a la moda; pero había sido
ave de paso, porque su intolerancia se había revelado demasiado pronto en aquel
santuario de la urbanidad francesa.
Además, era poco aficionado a la pastoral
literaria. La ambición del mundo le devoraba, y la pastoral, que es un ideal de
reposo y de ocios modestos, no convenía a su carácter. Y se sintió poseído por
la fatiga y el sueño cuando Bois - Doré, encantado por tener alguien con quien
hablar, se puso a recitar páginas enteras de la Astrée.
- ¿Existe nada más hermoso - exclamaba el
buen marqués - que esta carta de la pastora a su amante?
«Soy recelosa, soy celosa, soy difícil de
conseguir y fácil de perder y muy susceptible de ofenderme y muy difícil de
apaciguar.
Mis voluntades han de ser fatalidades; mis
opiniones, razones, y mis mandamientos, leyes inviolables.»
¡Eso
es estilo! ¡Qué hermosa pintura de un carácter!... Y lo demás, señor, ¿no
contiene toda la sabiduría, toda la filosofía y toda la moralidad que un hombre
puede necesitar? Oid esto que Silvia contesta a Galatea:
«No puede dudarse de que este pastor está
enamorado siendo tan cortés.»
¿Comprendéis bien, señor, la profundidad de
este pensamiento? Además, Silvia lo explica:
«El amante no desea nada tanto como ser
amado; para ser amado debe hacerse amable, y lo que hace amables a los hombres
es precisamente lo que les hace corteses.»
- ¿Qué? ¿Qué pasa? - exclamó Alvimar,
despertando de pronto por el discurso de la docta pastora, que Bois - Doré le
gritaba al oído, para dominar el ruido que la carroza hacía sobre el rudo
empedrado de la antigua vía romana de La Chautre a Chateau Meillant.
- Sí, señor, sí; lo mantendré a despecho del
mundo entero - prosiguió Bois - Doré, sin notar el sobresalto de su huésped - ;
y me mato en repetírselo a ese viejo chiflado, a ese viejo hereje en materia de
sentimientos.
- ¿Quién? - preguntó Alvimar asustado.
- Hablo de mi vecino Beuvre, un hombre
excelente, os lo juro, pero empeñado en la idea de que la virtud está en los
libros de teología, que no lee por la razón de que no los entendería; y yo porfío
que está en las obras poéticas, en los pensamientos agradables y decorosos, de
los que cualquier mortal, por muy simple que sea, puede sacar provecho. Por
ejemplo, cuando el joven Lycidas cede a los amores apasionados de Olimpia...
Esta vez, Alvimar se volvió resueltamente a
dormir. Y monsieur de Bois - Doré seguía declamando cuando la carroza y la
escolta hicieron resonar el puente levadizo de Briantes con un ruido semejante
al que había producido sobre el de La Motte.
- Había obscurecido mucho; Alvimar no vio
más que el interior del castillo, que le pareció muy pequeño, y que lo era,
efectivamente, en relación con las grandes dimensiones de las moradas de
aquella época.
Hoy en día, las salas de este castillo
parecían muy vastas; pero entonces eran de lo más exiguas.
La parte habitada por el marqués, y
arruinada por las bandas de aventureros en 1594, era de construcción reciente.
Consistía en un pabellón cuadrado, adosado a una torre muy antigua y a otra
construcción más antigua todavía; el conjunto constituía un solo macizo de
arquitectura heterogénea, de una estrechez esbelta y de un aspecto elegante y
pintoresco.
- No os asustéis demasiado por el pobre
aspecto de mi casita - dijo el marqués a su huésped, precediéndole en la escalera,
mientras que su paje y su ama de gobierno, Belinda, les alumbraban - ; es tan
sólo un pabellón de caza y una morada de soltero. Si alguna vez se me antojase
la fantasía del matrimonio, tendría que hacer edificar. Pero hasta ahora no he
pensado en ello, y como vos sois soltero también, espero que no encontraréis
esta casuca demasiado inconfortable.
|