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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - VIII -
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 - VIII -

   Hablaron sosegadamente unos instantes más.

 

   Monsieur de Beuvre rogó a Alvimar que no tomase en cuenta sus salidas y que volviese a los dos días, con Bois - Doré, que solía almorzar todos los domingos en la Motte; luego vinieron a anunciar que la carroza del señor marqués estaba dispuesta.

 

   La carroza de monsieur de Bois - Doré era una enorme y pesada berlina, valientemente arrastrada por cuatro percherones fuertes y hermosos, acaso demasiado gordos, porque en casa del buen monsieur Silvain todo estaba bien nutrido, bichos y gentes.

 

   Este respetable vehículo, destinado a afrontar las carreteras transitables, y aun las no transitables tenía una solidez a toda prueba, y si la flexibilidad de su marcha dejaba algo que desear, al menos el enorme mullido del interior ofrecía a los viajeros la seguridad de no partirse excesivamente los huesos, aun en caso de vuelco.

 

   Debajo del forro de damasco había un espesor de seis pulgadas de lana y estopa; de suerte que se gozaba en el vehículo, si no de toda clase de comodidades, al menos de una especie de seguridad.

 

   Era un hermoso coche, completamente forrado de cuero adornado con clavos, que formaban cenefas ornamentales alrededor de los tableros. Para subir y bajar había una escalerita, que se retiraba y se colocaba en el interior cuando el coche se ponía en marcha.

 

   En esta ciudadela ambulante se veía un arsenal, compuesto de pistolas y espadas, sin olvidar la pólvora y las balas; de suerte que, llegado el caso, podía sostenerse un sitio en regla.

 

   Dos criados a caballo abrían la marcha llevando antorchas; otros dos portaantorchas iban detrás del coche con el criado de Alvimar, que llevaba el caballo de éste sujetándole por la rienda. El pajecito del marqués subió al pescante al lado del cochero.

 

   Todo esto se efectuó con un gran estrépito, al que se unió el ruido del puente levadizo al levantarse tras la cabalgata, y los ladridos alegres de los perros sueltos por el patio, produciendo tal algarabía, que se oyó hasta en la aldea de Champillé, situada a un cuarto de legua de distancia.

 

   Alvimar creyó deber dirigir a Bois - Doré algunas alabanzas sobre su hermosa carroza, que era un objeto de lujo y confort poco corriente en provincias y que, particularmente en el país, pasaba por ser una maravilla.    - No esperaba - dijo - encontrar en el interior del Berry las comodidades de las grandes ciudades, y veo, señor marqués, que lleváis aquí la vida de un perfecto noble.

 

   Nada podía ser más halagador para el marqués que esta última expresión. Era un simple gentilhombre, y, a pesar de su título, no era, no podía ser, un noble.

 

   Su marquesado consistía en un modesto cortijo del Bauvoisis, que ni siquiera le pertenecía.

 

   Un día de fatiga y de peligro, Enrique IV había llegado con él y con una reducidísima escolta a aquel cortijo, donde el azar de la guerra civil les había obligado a detenerse. El cortijo estaba desierto y abandonado, y el rey corría gran riesgo de no almorzar, cuando monsieur Silvain, que era hombre de recursos en esta clase de aventuras, descubrió en un matorral algunas aves abandonadas y ya salvajes. El Bearnés se había proporcionado el placer de una caza improvisada y monsieur Silvain se había encargado de guisar las piezas cobradas.

 

   El inesperado festín puso al rey de Navarra de buen humor y «regaló» el cortijo a su buen compañero, elevándole al rango de marqués por su propia voluntad y, según dijo, para recompensarle por haber impedido que un rey se muriese de hambre.

 

   La posesión se había limitado a aquella estancia de unas horas en el pequeño feudo, conquistado sin batalla. Al día siguiente había sido recuperado por el partido contrario, y después de la paz había vuelto a sus propietarios legítimos.

 

   Esto no le importaba a Bois - Doré, que no tenía ningún interés por la barraca, sino por su título; más tarde, el rey de Francia confirmó riendo la promesa hecha por el rey de Navarra. Ningún pergamino certificó aquella dignidad al gentilhombre del Berry; pero bajo la protección del monarca, ya todopoderoso, el título fue admitido, y el obscuro campesino se vio acogido en la intimidad del rey como marqués de Bois - Doré.

 

   Como nadie protestó, la broma y la tolerancia del rey crearon, si no un derecho, al menos un precedente, y por mucho que se mofaron del Marquesado de monsieur Silvain Bouron du Neyer - este era su verdadero nombre - , él, a pesar de los burlones, se tuvo por noble. Después de todo, merecía aquel título y lo llevaba más dignamente que muchos otros partidarios.

 

   Alvimar ignoraba estas circunstancias. Había prestado poca atención a lo que Guillermo de Ars le había indicado rápidamente. No pensó en burlarse de la nobleza de su huésped, y nuestro marqués, habituado a que le molestasen sobre este delicado punto, le agradeció infinitamente su cortesía.

 

   Pero creyó debérselas dar de robusto para borrar la enojosa fecha del sitio de Sancerre.

 

   - Tengo esta carroza - dijo - con el único objeto de poder ofrecerla a las damas de mi vecindad cuando se presenta el caso; en cuanto a mí, prefiero el caballo. Se va más de prisa y con menos aparato.

 

   - Entonces - repuso Alvimar - , al mandar venir hoy la carroza, ¿me habéis tratado como a una dama? Esto me confunde, y si hubiera pensado que no temíais el fresco de la noche os hubiera suplicado que no cambiarais nada en vuestras costumbres.

 

   - He pensado que, después del viaje que acabáis de hacer, habíais cabalgado bastante por hoy, y en lo que atañe al frío, para decir la verdad, confieso que soy un gran holgazán, y me proporciono dulzuras que mi salud no necesita para nada.

 

   Bois - Doré quería conciliar la indolencia de los jóvenes de la corte con el vigor de los jóvenes campesinos, y a veces se encontraba muy apurado para armonizar estas cosas.

 

   En realidad, estaba todavía fuerte, a pesar de algunos dolores de reuma, que no confesó nunca, y de una leve sordera, que negaba, poniendo las equivocaciones de su oído a la cuenta de su distracción.

 

   Añadió:

 

   - Debo pediros que disculpéis la descortesía de mi amigo Beuvre. Nada hay más inoportuno que las disputas religiosas, que están ya completamente pasadas de moda. Perdonad la testarudez de un anciano. En el fondo, Beuvre se preocupa tanto como yo de estas sutilezas. Su amor al pasado le da de vez en cuando la manía de censurar a los muertos, molestando así grandemente a los vivos. No comprende por qué la vejez tiene la pedantería de sus recuerdos, ¡como si en todas las edades no se vieran bastantes cosas y bastantes gentes para adquirir toda la filosofía que se necesita! ¡Ah, mi querido huésped! ¡No hay como las gentes de París para saber conversar con delicadeza y moderación acerca de todos los asuntos de controversia! Nada, por ejemplo, como el hotel de Rambouillet. ¿Habréis frecuentado seguramente el «salón azul de Artemisa»?

 

   Alvimar pudo, sin faltar a la verdad, contestar que había sido recibido en casa de la marquesa. Su ingenio y su cultura le habían abierto las puertas del Parnaso a la moda; pero había sido ave de paso, porque su intolerancia se había revelado demasiado pronto en aquel santuario de la urbanidad francesa.

 

   Además, era poco aficionado a la pastoral literaria. La ambición del mundo le devoraba, y la pastoral, que es un ideal de reposo y de ocios modestos, no convenía a su carácter. Y se sintió poseído por la fatiga y el sueño cuando Bois - Doré, encantado por tener alguien con quien hablar, se puso a recitar páginas enteras de la Astrée.

 

   - ¿Existe nada más hermoso - exclamaba el buen marqués - que esta carta de la pastora a su amante?

 

   «Soy recelosa, soy celosa, soy difícil de conseguir y fácil de perder y muy susceptible de ofenderme y muy difícil de apaciguar.

 

   Mis voluntades han de ser fatalidades; mis opiniones, razones, y mis mandamientos, leyes inviolables

 

   ¡Eso es estilo! ¡Qué hermosa pintura de un carácter!... Y lo demás, señor, ¿no contiene toda la sabiduría, toda la filosofía y toda la moralidad que un hombre puede necesitar? Oid esto que Silvia contesta a Galatea:

 

   «No puede dudarse de que este pastor está enamorado siendo tan cortés

 

   ¿Comprendéis bien, señor, la profundidad de este pensamiento? Además, Silvia lo explica:

 

   «El amante no desea nada tanto como ser amado; para ser amado debe hacerse amable, y lo que hace amables a los hombres es precisamente lo que les hace corteses

 

   - ¿Qué? ¿Qué pasa? - exclamó Alvimar, despertando de pronto por el discurso de la docta pastora, que Bois - Doré le gritaba al oído, para dominar el ruido que la carroza hacía sobre el rudo empedrado de la antigua vía romana de La Chautre a Chateau Meillant.

 

   - Sí, señor, sí; lo mantendré a despecho del mundo entero - prosiguió Bois - Doré, sin notar el sobresalto de su huésped - ; y me mato en repetírselo a ese viejo chiflado, a ese viejo hereje en materia de sentimientos.

 

   - ¿Quién? - preguntó Alvimar asustado.

 

   - Hablo de mi vecino Beuvre, un hombre excelente, os lo juro, pero empeñado en la idea de que la virtud está en los libros de teología, que no lee por la razón de que no los entendería; y yo porfío que está en las obras poéticas, en los pensamientos agradables y decorosos, de los que cualquier mortal, por muy simple que sea, puede sacar provecho. Por ejemplo, cuando el joven Lycidas cede a los amores apasionados de Olimpia...

 

   Esta vez, Alvimar se volvió resueltamente a dormir. Y monsieur de Bois - Doré seguía declamando cuando la carroza y la escolta hicieron resonar el puente levadizo de Briantes con un ruido semejante al que había producido sobre el de La Motte.

 

   - Había obscurecido mucho; Alvimar no vio más que el interior del castillo, que le pareció muy pequeño, y que lo era, efectivamente, en relación con las grandes dimensiones de las moradas de aquella época.

 

   Hoy en día, las salas de este castillo parecían muy vastas; pero entonces eran de lo más exiguas.

 

   La parte habitada por el marqués, y arruinada por las bandas de aventureros en 1594, era de construcción reciente. Consistía en un pabellón cuadrado, adosado a una torre muy antigua y a otra construcción más antigua todavía; el conjunto constituía un solo macizo de arquitectura heterogénea, de una estrechez esbelta y de un aspecto elegante y pintoresco.

 

   - No os asustéis demasiado por el pobre aspecto de mi casita - dijo el marqués a su huésped, precediéndole en la escalera, mientras que su paje y su ama de gobierno, Belinda, les alumbraban - ; es tan sólo un pabellón de caza y una morada de soltero. Si alguna vez se me antojase la fantasía del matrimonio, tendría que hacer edificar. Pero hasta ahora no he pensado en ello, y como vos sois soltero también, espero que no encontraréis esta casuca demasiado inconfortable.

 

 

 




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