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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - IX -
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 - IX -

   Efectivamente, la casa estaba arreglada, tapizada y adornada con un lujo que no dejaba suponer la puertecita adornada de flores ni el estrecho vestíbulo, del que arrancaba bruscamente la espiral de la escalera.

 

   En los suelos embaldosados había buenas alfombras del Berry, y sobre los pisos de madera otras alfombras más ricas, de las manufacturas de Aubusson; en fin, en la sala y en la alcoba del dueño había alfombras de Persia, de alto precio.

 

   Los cristales de las ventanas eran anchos y claros; formaban losanges de dos pulgadas cuadradas sin pintar, sobre los que se destacaban medallones armoriados en color. Las tapicerías representaban unas damas gráciles y encantadoras y unos señores muy lindos, cuyos zurrones y cayadas denunciaban su condición de pastorcillas y pastores.

 

   Además, los nombres de los principales héroes de la Astrée estaban bordados en la hierba bajo los pies de los personajes, y hermosas palabras les salían de la boca, cruzándose con las respuestas no menos hermosas de los que les hacían pendant.

 

   Sobre un panel del salón de recepción se veía al desventurado Celadón precipitándose con una gracia amanerada en la onda azul del Liñón, que con antelación se rizaba, formando redondeles en previsión de la caída. Detrás de él, la incomparable Astrée, dando rienda suelta a su llanto, acudía demasiado tarde para detenerle, a pesar de tener él un pie levantado hasta la mano de la pastora. Encima de este grupo poético, un árbol, más semejante a un cordero que los mismos corderos de aquellas fantásticas praderas, elevaba hasta el techo sus rizadas ramas de algodón.

 

   Mas para no desgarrar el alma con el lamentable espectáculo de la muerte de Celadón, el artista le había vuelto a representar en el mismo panel, sobre el otro ribazo del Liñón, fuera del agua, extendido entre los matorrales, entre la vida y la muerte, y cuidado por «tres bellas ninfas, cuyos cabellos sueltos ondeaban sobre los hombros, cubiertos con una guirnalda de perlas variadas. Estas ninfas tenían las mangas del vestido remangadas hasta el codo, del que partía un colgante fruncido, que terminaba cerca de la mano, sujeto por dos gruesas pulseras de perlas. Cada una llevaba a un lado el carcaj, lleno de flechas, y tenía en la mano un arco de marfil; el vestido, arremangado, dejaba ver hasta media pierna sus coturnas doradas».

 

   Junto a estas bellas se veía a Meril, custodiando su carro de forma de concha, terminado en quitasol y arrastrado por dos caballos que hubieran podido tomarse por ovejas; tan benigna era su mirada y acarnerada su cabeza.

 

   El panel siguiente representaba al pastor auxiliado y sostenido por las amables ninfas y ocupado en lanzar por la boca toda el agua del Liñón que había tragado, lo cual no le impedía decir estas palabras, escritas sobre la vomitona «Aunque viva, ¿cómo es posible que la crueldad de Astrée no me mate

 

   Durante este monólogo, Silvia decía a Galatea: «Hay en sus ademanes y en sus discursos más nobleza que la que corresponde a un pastor

 

   Y encima del grupo, Cupido lanzando una fecha más gruesa que él al corazón de Galatea, a pesar de apuntar a su hombro por culpa de un árbol, que le impedía colocarse convenientemente. ¡Pero los dardos del amor son tan sutiles!

 

   ¿Qué diré del tercer panel, que representaba el espantoso combate del rubio Filandro con el terrible moro, teniendo éste el rostro ensartado de partea parte, mientras que el valiente pastor, sin desconcertarse, hundía con destreza la punta férrea de su cayado entre los dos ojos del monstruo?

 

   ¡Y el cuarto, en el que se veía a la bella Melandra con la armadura del caballero Triste, conducida a la presencia del cruel Lypandas!

 

   Pero ¿quién no conoce las maravillas de ese hermoso país de tapicería, como le llama uno de nuestros poetas, loca y risueña comarca, en la que nuestras imaginaciones infantiles han visto y soñado tantos prodigios?

 

   Las tapicerías de monsieur Bois - Doré estaban maravillosamente combinadas en el sentido de que, por medio de grupos lejanos, sembrados en el paisaje, se había logrado reunir varias aventuras en una sola, con lo que el buen señor tenía el placer de contemplar las principales escenas de su poema favorito al dar la vuelta por su habitación. Pero eran los colores más absurdos y los dibujos más inverosímiles que puede imaginarse, y nada podía caracterizar mejor el mal gusto, falso y soso, que en aquella época imperaba, junto al gusto espléndido de Rubens y al estilo valiente y real de Callot.

 

   Así cada época resume los extremos, por lo que no se deba nunca desesperar de la época en que se vive.

 

   Sin embargo, hay que reconocer que ciertas fases de la historia del arte están más favorecidas que otras, y que hay algunas en las que el gusto es tan puro y tan fecundo, que el sentimiento de lo bello penetra en todos los detalles de la vida corriente y en todas las capas de la sociedad.

 

   En el momento del pleno conocimiento, todo adquiere un carácter de invención elegante, y hasta en el menor vestigio se siente que las agitaciones de la vida social han favorecido maravillosamente el vuelo de la imaginación. El instinto de lo bello desciende, en este caso, de la región de las altas inteligencias hasta el pobre artesano; desde el palacio a la cabaña no existe ya nada que pueda habituar los ojos y el espíritu a la vista de lo feo o de lo trivial.

 

   Esto no ocurría ya bajo el reinado de Luis XIII, y los provincianos del lugar preferían las tapicerías de monsieur de Bois - Doré a los valiosos ejemplares del siglo anterior, que en el castillo de su padre la soldadesca había saqueado o destrozado hacía cincuenta años.

 

   En cuanto a él, como se creía artista, no lamentaba la pérdida de aquellas antiguallas, y cuando podía echar la mano sobre algún pintamonas trashumante, le hacía dibujar bajo su dirección lo que él se permitía cándidamente llamar «sus ideas» en muebles y decoraciones, haciéndolas luego ejecutar a altos precios, pues no retrocedía ante ningún gasto para satisfacer sus gustos de lujo pueril y extravagante.

 

   Por esto, su castillo estaba lleno de credencias con secreto y de bargueños con sorpresa; esos bargueños maravillosos, que son como grandes armarios con cajones, en medio de los cuales un resorte hace aparecer un palacio encantado en miniatura, sostenido por columnas torcidas, con incrustaciones de gruesas pedrerías falsas y adornado con diminutos personajes de lapislázuli, de marfil o de jaspe.

 

   Otros bargueños, completamente chapeados de concha transparente, sobre fondo rojo recamado por cobres relucientes, con incrustaciones de marfil historiado, contenían algunas obras maestras de tornería, cuya disposición ingeniosa y llena de misterios servía para encerrar los billetes amorosos, los retratos, cabellos, sortijas, flores y demás reliquias de amor, al uso de los conquistadores de la época. Bois - Doré daba a entender que sus arcones de ebanistería rebosaban esta clase de tesoros; algunos maldicientes pretendían que estaban vacíos.

 

   A pesar de todas las aberraciones de su munificencia, Bois - Doré había transformado su pequeño castillo en un nido lujoso, tibio y brillante, que le había costado más de lo que valía, pero que nos encantaría encontrar intacto en el fondo de alguno de esos castillos del país, hoy abandonados, descalabrados, cayendo en ruinas o convertidos en alquerías.

 

   Serían necesarios tres días para examinar todas aquellas chucherías curiosas, que hoy se designan con el nombre nuevo de bibelots, y que debían llamarse más justamente bribelots.

 

   No detallaremos aquí el interesante mobiliario de Briantes, porque sería demasiado extenso, y solamente diremos que el señor de Alvimar hubiera podido creerse en la tienda de un chamarilero, por el contraste que ofrecía la profusión de chucherías amontonadas sobre aparadores, chimeneas o elevándose en pirámides sobre las mesas, con la austera desnudez de los palacios españoles, en los que había pasado sus primeros años.

 

   En medio de todas estas lozas y cristalerías, frascos, candelabros, jarrones, lámparas, búcaros, sin contar los aguamaniles, copas o bomboneras de oro, de plata, de ámbar o de ágata; los sillones claveteados, lampasados y con franjas de todas las formas y de todos los tamaños; los bancos y los armarios de encina tallada, con grandes cerraduras de hierro, recortado sobre un fondo de paño escarlata; las cortinas de raso, brochadas en oro con ramilletes grandes y pequeños, adornadas con lambrequines, cubiertas de galones de oro fino, etc., etc., había indudablemente hermosas obras de arte y encantadores objetos de la industria contemporánea, mezclados entre muchos perifollos pueriles y afectaciones incómodas. En suma, el efecto general era brillante y agradable, a pesar de que todo estuviese demasiado amontonado y del peligro que se corría de romper algo al menor movimiento.

 

   Cuando Alvimar hubo manifestado su sorpresa por hallar aquel palacio del hada Fruslería en el fondo de los humildes valles del Berry, y cuando Bois - Doré le hubo enseñado amablemente las principales riquezas de su domicilio, el ama de gobierno Belinda, que iba y venía dando órdenes con una voz clara y resonante, anunció en voz baja a su amo que la cena estaba dispuesta, mientras el paje abría las puertas en par en par, gritando la fórmula de costumbre, y el reloj del castillo daba las siete, con carillón de música, a la moda de Flandes.

 

   Alvimar, que no había podido acostumbrarse a la abundancia de platos de las comidas francesas, quedó sorprendido al ver la mesa cubierta, no sólo por piezas de orfebrería y candelabros, cargados de flores de cristal de todos los colores, sino por una cantidad de fuentes, como si se hubiese tratado de regalar a una docena de personas de buen apetito.

 

   - ¡Bah! Esto no es una cena - dijo Bois - Doré al oír que Alvimar le reprochaba el haberle tratado en goloso - ; es tan sólo un piscolabis. Poned un poco de voluntad, y ya veréis que mi cocinero, a no ser que el galopín haya aprovechado mi ausencia para emborracharse, sabe despertar el apetito perezoso.

 

   Alvimar se dejó convencer y reconoció que el apetito se le abría, a pesar suyo.

 

   Jamás en la mesa de los grandes señores de su país había probado una comida tan exquisita, y en las más ricas fondas de París no la había hallado mejor. Todo era platitos finos, convenientemente condimentados y muy sabiamente combinados a la moda de la época; gruesas codornices rellenas, sopas de cangrejos, reposterías sutiles, natillas diversamente perfumadas y servidas en cortezas de mazapán, bizcochos especiados con azafrán o clavo, vinos finos de Francia, entre los cuales el vino añejo de Isseudun podía rivalizar con los mejores de Borgoña, y para el postre, los más cálidos vinos de Grecia y de España.

 

   Necesitó unas dos horas para probar un poco de todo aquello, mientras que monsieur de Bois - Doré hablaba de bodega y de cocina en maestro consumado y mademoiselle Bedinda dirigía a los criados, con una ciencia y una habilidad incomparables.

 

   Durante los dos primeros servicios, el pajecito tocó muy agradablemente la tiorba; pero, al parecer el tercero, se presentó un nuevo personaje, que causó en Alvimar cierto malestar, sin que pudiese explicarse la causa.

 

 

 




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