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- IX -
Efectivamente, la casa estaba arreglada,
tapizada y adornada con un lujo que no dejaba suponer la puertecita adornada de
flores ni el estrecho vestíbulo, del que arrancaba bruscamente la espiral de la
escalera.
En los suelos embaldosados había buenas
alfombras del Berry, y sobre los pisos de madera otras alfombras más ricas, de
las manufacturas de Aubusson; en fin, en la sala y en la alcoba del dueño había
alfombras de Persia, de alto precio.
Los cristales de las ventanas eran anchos y
claros; formaban losanges de dos pulgadas cuadradas sin pintar, sobre los que
se destacaban medallones armoriados en color. Las tapicerías representaban unas
damas gráciles y encantadoras y unos señores muy lindos, cuyos zurrones y
cayadas denunciaban su condición de pastorcillas y pastores.
Además, los nombres de los principales
héroes de la Astrée estaban bordados en la hierba bajo los pies de los
personajes, y hermosas palabras les salían de la boca, cruzándose con las
respuestas no menos hermosas de los que les hacían pendant.
Sobre un panel del salón de recepción se
veía al desventurado Celadón precipitándose con una gracia amanerada en la onda
azul del Liñón, que con antelación se rizaba, formando redondeles en previsión
de la caída. Detrás de él, la incomparable Astrée, dando rienda suelta a su
llanto, acudía demasiado tarde para detenerle, a pesar de tener él un pie levantado
hasta la mano de la pastora. Encima de este grupo poético, un árbol, más
semejante a un cordero que los mismos corderos de aquellas fantásticas
praderas, elevaba hasta el techo sus rizadas ramas de algodón.
Mas para no desgarrar el alma con el lamentable
espectáculo de la muerte de Celadón, el artista le había vuelto a representar
en el mismo panel, sobre el otro ribazo del Liñón, fuera del agua, extendido
entre los matorrales, entre la vida y la muerte, y cuidado por «tres bellas
ninfas, cuyos cabellos sueltos ondeaban sobre los hombros, cubiertos con una
guirnalda de perlas variadas. Estas ninfas tenían las mangas del vestido
remangadas hasta el codo, del que partía un colgante fruncido, que terminaba
cerca de la mano, sujeto por dos gruesas pulseras de perlas. Cada una llevaba a
un lado el carcaj, lleno de flechas, y tenía en la mano un arco de marfil; el
vestido, arremangado, dejaba ver hasta media pierna sus coturnas doradas».
Junto a estas bellas se veía a Meril,
custodiando su carro de forma de concha, terminado en quitasol y arrastrado por
dos caballos que hubieran podido tomarse por ovejas; tan benigna era su mirada
y acarnerada su cabeza.
El panel siguiente representaba al pastor
auxiliado y sostenido por las amables ninfas y ocupado en lanzar por la boca
toda el agua del Liñón que había tragado, lo cual no le impedía decir estas
palabras, escritas sobre la vomitona «Aunque viva, ¿cómo es posible que la
crueldad de Astrée no me mate?»
Durante este monólogo, Silvia decía a
Galatea: «Hay en sus ademanes y en sus discursos más nobleza que la que
corresponde a un pastor.»
Y encima del grupo, Cupido lanzando una
fecha más gruesa que él al corazón de Galatea, a pesar de apuntar a su hombro
por culpa de un árbol, que le impedía colocarse convenientemente. ¡Pero los
dardos del amor son tan sutiles!
¿Qué diré del tercer panel, que representaba
el espantoso combate del rubio Filandro con el terrible moro, teniendo éste el
rostro ensartado de partea parte, mientras que el valiente pastor, sin
desconcertarse, hundía con destreza la punta férrea de su cayado entre los dos
ojos del monstruo?
¡Y el cuarto, en el que se veía a la
bella Melandra con la armadura del caballero Triste, conducida a la presencia
del cruel Lypandas!
Pero ¿quién no conoce las maravillas de ese
hermoso país de tapicería, como le llama uno de nuestros poetas, loca y risueña
comarca, en la que nuestras imaginaciones infantiles han visto y soñado tantos
prodigios?
Las tapicerías de monsieur Bois - Doré
estaban maravillosamente combinadas en el sentido de que, por medio de grupos
lejanos, sembrados en el paisaje, se había logrado reunir varias aventuras en
una sola, con lo que el buen señor tenía el placer de contemplar las
principales escenas de su poema favorito al dar la vuelta por su habitación.
Pero eran los colores más absurdos y los dibujos más inverosímiles que puede
imaginarse, y nada podía caracterizar mejor el mal gusto, falso y soso, que en
aquella época imperaba, junto al gusto espléndido de Rubens y al estilo
valiente y real de Callot.
Así cada época resume los extremos, por lo
que no se deba nunca desesperar de la época en que se vive.
Sin embargo, hay que reconocer que ciertas
fases de la historia del arte están más favorecidas que otras, y que hay
algunas en las que el gusto es tan puro y tan fecundo, que el sentimiento de lo
bello penetra en todos los detalles de la vida corriente y en todas las capas
de la sociedad.
En el momento del pleno conocimiento, todo
adquiere un carácter de invención elegante, y hasta en el menor vestigio se
siente que las agitaciones de la vida social han favorecido maravillosamente el
vuelo de la imaginación. El instinto de lo bello desciende, en este caso, de la
región de las altas inteligencias hasta el pobre artesano; desde el palacio a
la cabaña no existe ya nada que pueda habituar los ojos y el espíritu a la
vista de lo feo o de lo trivial.
Esto no ocurría ya bajo el reinado de Luis
XIII, y los provincianos del lugar preferían las tapicerías de monsieur de Bois
- Doré a los valiosos ejemplares del siglo anterior, que en el castillo de su
padre la soldadesca había saqueado o destrozado hacía cincuenta años.
En cuanto a él, como se creía artista, no
lamentaba la pérdida de aquellas antiguallas, y cuando podía echar la mano
sobre algún pintamonas trashumante, le hacía dibujar bajo su dirección lo que
él se permitía cándidamente llamar «sus ideas» en muebles y decoraciones,
haciéndolas luego ejecutar a altos precios, pues no retrocedía ante ningún
gasto para satisfacer sus gustos de lujo pueril y extravagante.
Por esto, su castillo estaba lleno de
credencias con secreto y de bargueños con sorpresa; esos bargueños
maravillosos, que son como grandes armarios con cajones, en medio de los cuales
un resorte hace aparecer un palacio encantado en miniatura, sostenido por
columnas torcidas, con incrustaciones de gruesas pedrerías falsas y adornado
con diminutos personajes de lapislázuli, de marfil o de jaspe.
Otros bargueños, completamente chapeados de
concha transparente, sobre fondo rojo recamado por cobres relucientes, con
incrustaciones de marfil historiado, contenían algunas obras maestras de
tornería, cuya disposición ingeniosa y llena de misterios servía para encerrar
los billetes amorosos, los retratos, cabellos, sortijas, flores y demás
reliquias de amor, al uso de los conquistadores de la época. Bois - Doré daba a
entender que sus arcones de ebanistería rebosaban esta clase de tesoros;
algunos maldicientes pretendían que estaban vacíos.
A pesar de todas las aberraciones de su
munificencia, Bois - Doré había transformado su pequeño castillo en un nido
lujoso, tibio y brillante, que le había costado más de lo que valía, pero que
nos encantaría encontrar intacto en el fondo de alguno de esos castillos del
país, hoy abandonados, descalabrados, cayendo en ruinas o convertidos en
alquerías.
Serían necesarios tres días para examinar
todas aquellas chucherías curiosas, que hoy se designan con el nombre nuevo de
bibelots, y que debían llamarse más justamente bribelots.
No detallaremos aquí el interesante
mobiliario de Briantes, porque sería demasiado extenso, y solamente diremos que
el señor de Alvimar hubiera podido creerse en la tienda de un chamarilero, por
el contraste que ofrecía la profusión de chucherías amontonadas sobre
aparadores, chimeneas o elevándose en pirámides sobre las mesas, con la austera
desnudez de los palacios españoles, en los que había pasado sus primeros años.
En medio de todas estas lozas y
cristalerías, frascos, candelabros, jarrones, lámparas, búcaros, sin contar los
aguamaniles, copas o bomboneras de oro, de plata, de ámbar o de ágata; los
sillones claveteados, lampasados y con franjas de todas las formas y de todos
los tamaños; los bancos y los armarios de encina tallada, con grandes
cerraduras de hierro, recortado sobre un fondo de paño escarlata; las cortinas
de raso, brochadas en oro con ramilletes grandes y pequeños, adornadas con
lambrequines, cubiertas de galones de oro fino, etc., etc., había
indudablemente hermosas obras de arte y encantadores objetos de la industria
contemporánea, mezclados entre muchos perifollos pueriles y afectaciones
incómodas. En suma, el efecto general era brillante y agradable, a pesar de que
todo estuviese demasiado amontonado y del peligro que se corría de romper algo
al menor movimiento.
Cuando Alvimar hubo manifestado su sorpresa
por hallar aquel palacio del hada Fruslería en el fondo de los humildes valles
del Berry, y cuando Bois - Doré le hubo enseñado amablemente las principales
riquezas de su domicilio, el ama de gobierno Belinda, que iba y venía dando
órdenes con una voz clara y resonante, anunció en voz baja a su amo que la cena
estaba dispuesta, mientras el paje abría las puertas en par en par, gritando la
fórmula de costumbre, y el reloj del castillo daba las siete, con carillón de
música, a la moda de Flandes.
Alvimar, que no había podido acostumbrarse a
la abundancia de platos de las comidas francesas, quedó sorprendido al ver la
mesa cubierta, no sólo por piezas de orfebrería y candelabros, cargados de
flores de cristal de todos los colores, sino por una cantidad de fuentes, como
si se hubiese tratado de regalar a una docena de personas de buen apetito.
- ¡Bah! Esto no es una cena - dijo Bois -
Doré al oír que Alvimar le reprochaba el haberle tratado en goloso - ; es tan
sólo un piscolabis. Poned un poco de voluntad, y ya veréis que mi cocinero, a
no ser que el galopín haya aprovechado mi ausencia para emborracharse, sabe
despertar el apetito perezoso.
Alvimar se dejó convencer y reconoció que el
apetito se le abría, a pesar suyo.
Jamás en la mesa de los grandes señores de
su país había probado una comida tan exquisita, y en las más ricas fondas de
París no la había hallado mejor. Todo era platitos finos, convenientemente
condimentados y muy sabiamente combinados a la moda de la época; gruesas
codornices rellenas, sopas de cangrejos, reposterías sutiles, natillas
diversamente perfumadas y servidas en cortezas de mazapán, bizcochos especiados
con azafrán o clavo, vinos finos de Francia, entre los cuales el vino añejo de
Isseudun podía rivalizar con los mejores de Borgoña, y para el postre, los más
cálidos vinos de Grecia y de España.
Necesitó unas dos horas para probar un poco
de todo aquello, mientras que monsieur de Bois - Doré hablaba de bodega y de
cocina en maestro consumado y mademoiselle Bedinda dirigía a los criados, con
una ciencia y una habilidad incomparables.
Durante los dos primeros servicios, el
pajecito tocó muy agradablemente la tiorba; pero, al parecer el tercero, se
presentó un nuevo personaje, que causó en Alvimar cierto malestar, sin que
pudiese explicarse la causa.
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