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Era un hombre de unos cuarenta años, a quien
el marqués saludó con el nombre de Jovelin, y que, sin decir una palabra, se
sentó en una silla de cuero dorado, en un ángulo de la sala, para no entorpecer
el servicio de los criados. Llevaba un saquito de sarga encarnada, que dejó
sobre sus rodillas, y se puso a mirar a los comensales con un aire dulce y
sonriente.
Su cara era hermosa, aunque de facciones
vulgares. Tenía la nariz gruesa y la boca grande, el mentón huído y la frente
baja.
A pesar de estos defectos, no era posible
mirarte sin interés, y por poco que contemplase su hermosa cabellera negra, muy
descuidada, pero fina y naturalmente rizada; sus magníficos dientes blancos,
ostentados por una sonrisa triste, pero franca, y sus ojos negros, de una
inteligencia tan viva y de una bondad tan simpática que iluminaban su cara
amarillenta, todo hombre leal había de sentirse como obligado a quererle y
respetarle.
Estaba vestido de paño gris azulado, como un
burgués modesto, pero con mucha pulcritud; llevaba medias de lana, una casaca
larga y abotonada, un gran cuello vuelto, liso y cortado en cuadro sobre el
pecho; mangas abiertas, al estilo flamenco, y un chambergo de gran tamaño, sin
plumas.
Monsieur de Bois - Doré le preguntó muy cortésmente
cómo se encontraba y dio orden de que se le sirviese un vaso de vino de Chipre,
que él rechazó con un gesto de la mano; luego no volvió a hablarle, ocupándose
exclusivamente de su huésped.
La urbanidad de la época exigía que un noble
no demostrase demasiadas consideraciones a un inferior, so pena de ofender a
sus iguales.
Pero Alvimar se dio perfecta cuenta de que
las miradas de los dos hombres se cruzaban a menudo y de que a cada palabra
pronunciada por el marqués cambiaban una sonrisa de buen acuerdo, como si
monsieur de Bois - Doré hubiese querido asociar al desconocido a todos sus
pensamientos, bien fuese para lograr su aprobación o para distraerle de algún
secreto sufrimiento.
Ciertamente, no había en todo esto nada que
pudiese alarmar al señor Sciarra. Pero acaso no tenía la conciencia muy
tranquila, pues la hermosa y honrada fisonomía de aquel testigo, lejos de serle
agradable, le produjo una gran turbación y desconfianza repentina.
Sin embargo, el marqués no dijo una palabra
ni hizo la menor pregunta que se relacionase con los motivos de la huída del
español al fondo del Berry. No habló más que de sí mismo, dando así prueba de
urbanidad, pues Alvimar no parecía todavía dispuesto a hacer ninguna
confidencia, y su huésped se las arreglaba para darle conversación sin
interrogarle nunca.
- Encontráis que estoy bien alojado, bien
amueblado y bien servido - le decía - ; todo esto es verdad. Ya hace varios
años - no decía cuántos - que me he retirado del mundo para descansar un poco y
para reponerme de las fatigas de la guerra, en espera de los acontecimientos. Os
confieso que, desde la muerte del gran rey Enrique, ya no me gusta ni la corte
ni la ciudad. No soy un llorón, y tomo las cosas según vienen; sin embargo, he
tenido tres grandes dolores en mi vida: el primero, cuando perdí a mi madre; el
segundo, cuando perdí a mi hermano; el tercero, cuando perdí a mi noble y buen
rey. Mi historia tiene esto de
particular: que aquellos tres seres queridos murieron de muerte violenta. Mi rey,
asesinado; mi madre, de una caída de caballo, y mi hermano... Pero son
historias demasiado tristes, y, por la primer noche que pasáis bajo mi techo,
no quiero contaros cosas desagradables en la velada. Sólo os diré lo que me ha
hecho perezoso y casero. Después de haber visto expirar a mi rey Enrique, me
dije así: «Has perdido todo lo que amabas; ya no te queda por perder más que a
ti mísmo; y si quieres que tu vez no llegue pronto, te conviene huir de estos
lugares de disturbios y de intrigas y marchar a tu país a cuidar de tu persona
afligida y cansada.» Por lo tanto, teníais razón al creer que poseo toda la
felicidad que cabe, puesto que he podido tomar el partido que me convenía y
preservarme de toda contrariedad; sin embargo, os equivocaríais al creer que no
me falta nada, porque si bien no deseo nada, en cambio no puedo decir que no
añoro a nadie. Pero ya he hablado bastante de mis penas, y no soy de los que se
alimentan con ellas, sin querer consuelo ni distracción. ¿Os gustaría oír, a la
vez que probáis estas jaleas de cidra, un músico más hábil que el pajecito de
antes? Escuchad vos también, mi bello amigo - añadió, dirigiéndose al paje - ,
que no os vendrá mal.
Al hablar a Alvimar, había lanzado al
hambre, a quien llamaba maese Jovelin, una de aquellas miradas cariñosas que
más parecían súplicas que órdenes.
El hombre del traje gris desabrochó su ancha
manga, que cubría una manga más estrecha de color de herrumbre, y se la echó al
hombro; luego sacó de su bolso una de esas pequeñas cornamusas, de caña corta e
historiada, que se llamaban entonces sordinas, y que se utilizaban en la música
de cámara.
Este instrumento, tan suave y velado como
ruidosas y chillonas son las gaitas de nuestros músicos ambulantes, estaba muy
de moda, y apenas maese Jovelin hubo preludiado, se apoderó, no sólo de la
atención, sino del alma de sus auditores, porque tocaba admirablemente y hacía
cantar la sordina como una voz humana.
Alvimar era entendido, y la buena música
ejercía sobre él la influencia de llevar su ánimo a una tristeza menos amarga
que de costumbre. Se entregó a esta especie de alivio con tanto más agrado
cuanto que se sintió tranquilizado al comprender que el personaje silencioso y
atento, que en un principio había tomado por una especie de espia dulzón, era
un artista hábil e inofensivo.
En cuanto al marqués, amaba el arte y al
artista, y siempre escuchaba a su músico con una emoción religiosa.
Alvimar expresó graciosamente su admiración.
Luego, habiendo terminado la cena, pidió permiso para retirarse.
El marqués se levantó al momento, hizo seña
a maese Jovelin de que le esperase, al paje de que tomase una antorcha, y quiso
conducir él mismo a su huésped a la habitación que tenía preparada; luego
volvió a sentarse a la mesa, se quitó el sombrero, lo que en aquella época, y
contrariamente a la costumbre posteriormente establecida, era señal de que se
ponía uno a gusto con toda confianza; se hizo servir una especie de ponche,
mezcla de vino blanco, de miel, de almizcle, de azafrán y de clavo, que
llamaban entonces clarete, e invitó a maese Jovelin a que se sentase enfrente
de él, en el sitio que Alvimar acababa de dejar.
- Bueno, maese Clindor - dijo el marqués,
sonriendo con bondad al muchacho, a quien, según costumbre, había dado un
nombre sacado de la Astrée - ; ya podéis ir a cenar con la Belinda. Decidle que
os atienda y dejadnos. Esperad - añadió, en el momento en que el paje se
disponía a retirarse - ; tenéis un modo de andar que he resuelto corregir hoy
mismo. He advertido, mi lindo amigo, que tomáis unas maneras que sin duda
creéis marciales, pero que sólo son villanas. No olvidéis que, si no sois
noble, estáis en camino de serlo, y que un gentil burgués al servicio de un
noble está abocado a adquirir un pequeño castillo y tomar su nombre. Pero ¿de
qué os servirá el que os ayude a pulir vuestro natural si os esforzáis en
envilecer vuestras maneras? Pensad, señor, en dárosla de hidalgo y no de patán.
Por lo tanto, tener soltura, esforzaros en pisar con el pie y no en empezar el
paso por el tacón y terminarlo por los dedos, con lo que vuestros andares y el
ruido de vuestros zapatos se asemejan a la ambladura de un caballo de molinero.
Y ahora, id en paz, comed
bien y dormid mejor, y si no, ojo con las disciplinas.
Clindor, cuyo verdadero nombre era Juan
Fachot - su padre era boticario en Saint - Amand - , recibió la filípica de su
amo y señor con el mayor respeto, saludó y salió de puntillas como un bailarín,
a fin de probar que no pisaba con los tacones ni aa principio ni al final de
sus pasos.
El viejo criado, que solía quedarse el último, se había ido también a
cenar, y el marqués dijo a su músico:
- Y bien, mi gran amigo, quitaos también ese
enorme chambergo y comed, sin temor a los criados, un buen trozo de este pastel
y otro de este jamón, como hacéis todas las noches cuando nos quedamos solos.
Maese Jovelin lanzó unos sonidos
inarticulados, en señal de agradecimiento, y se puso a comer mientras que el
marqués beborroteaba su clarete, más que por golosina, por cortesía, para
acompañarle, porque debemos decir que si aquel anciano tenía muchas
ridiculeces, no tenía un solo vicio.
Luego, mientras que el pobre mudo comía, el
buen castellano le dio conversación, lo cual era para el músico una gran
dulzura, pues nadie se tomaba el trabajo de hablar con un hombre que no podía
responder; se habían acostumbrado a tratarle como a un sordomudo, en el sentido
de que, sabiendo que era incapaz de repetir lo que oía, no se privaban de
mentir o maldecir delante de él.
El marqués era el único que le hablaba con
deferencia por su noble carácter, sus grandes conocimientos y sus desgracias,
de las que he aquí el breve relato:
Lucilio Giovellino, natural de Florencia,
era amigo y discípulo del ilustre y desdichado Giordano Bruno. Educado en las
altas ciencias y las vastas ideas de su maestro, tenía además una gran aptitud
para las bellas artes, la poesía y los idiomas. Era amable, elocuente y
persuasivo y había propagado con éxito las atrevidas doctrinas de la pluralidad
de los mundos.
El día en que Giordano murió entre las
llamas con la tranquilidad de un mártir, Giovellino había sido desterrado para
siempre de Italia.
Aquello había ocurrido en Roma dos años
antes de nuestra historia.
Bajo las manos de los atormentadores,
Giovellino no había querido aceptar la solidaridad con todos los principios de
Giordano. A pesar de su cariño por su maestro, había desechado algunos de sus
errores, y como no habían podido convencerle más que de la mitad de su herejía,
no le habían aplicado más que la mitad del suplicio: le habían cortado la
lengua.
Arruinado, desterrado, destrozado por las
torturas, Giovellino había venido a Francia, donde, por un pedazo de pan,
tocaba su dulce cornamusa de puerta en puerta; la Providencia le condujo ante
el marqués, que le recogió, le cuidó, le curó, le alimentó y, lo que valía aún
más, le trató con cariño y consideración. El mudo le contó por escrito sus
desventuras.
Bois - Doré no era ni sabio ni filósofo; al
principio se había interesado por un hombre perseguido por la intolerancia
católica, como él mismo lo había sido largo tiempo. Sin embargo, no hubiera
simpatizado con un sectario fantástico y violento, como lo eran no pocos
hugonotes de entonces, tan feroces como sus adversarios. Conocía vagamente las
blasfemias imputadas a Giordano Bruno; se hizo explicar sus dogmas. Giovellino
escribía con rapidez y con aquella claridad elegante que los grandes espíritus
empezaban a apreciar, queriendo iniciar al vulgo mismo en las altas cuestiones
que Galileo perseguía ya en el reino de la ciencia pura.
El marqués gustó de aquella conversación por
escrito, que resumía con sobriedad y sin las digresiones de la palabra los
puntos esenciales. Poco a poco se entusiasmó y se apasionó por las nuevas
definiciones, que eran para él un descanso, suprimiendo las insoportables
controversias. Quiso leer la exposición de las ideas de Giordano y también las
de su predecesor, Vanini. Lucilio supo ponerlas a su alcance, señalándole los
puntos débiles o falsos, para conducirle con él a las únicas conclusiones que
la inteligencia humana proclama hoy con certeza: la creación, infinita como el
Creador; los astros infinitos poblando el espacio infinito, no para servir de
luminaria y de distracción a nuestro pequeño planeta, sino de fuego vivificador
para la vida universal.
Esto era fácil de comprender, y los hombres
lo habían comprendido desde el primer fulgor de genio que se manifestó en la
humanidad. Pero las doctrinas de la Iglesia de la Edad Media habían achicado a
Dios y al cielo a la medida de nuestro pequeño mundo, y el marqués creyó sonar
al enterarse de que la existencia de un verdadero universo, «cosa - decía - que
siempre había supuesto» no era una quimera de poeta.
No paró hasta que se hubo proporcionado un
telescopio, y el buen hombre tenía la imaginación tan exaltada, que esperaba
distinguir los habitantes de la luna. Fue necesario aminorar las teorías; pero
empleaba todas las veladas en hacerse explicar los movimientos de los astros y
el admirable mecanismo celeste, del que unos años más tarde Galileo había de
ser condenado a abjurar la herejía, torturado, de rodillas y con la antorcha en
la mano.
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