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- XI -
- ¡Y bien! - exclamó el marqués, mientras
que su amigo comía apresuradamente por discreción, a pesar de que el huésped,
amable y cortés, le invitase a la tranquilidad - . ¿Qué habéis hecho hoy, mi
temible sabio? Sí, ya comprendo; habéis escrito hermosas páginas. ¡No perdáis
ni una linea! Es oro molido que pasará a la posteridad, porque estos tiempos de
obscurantismo caerán en los abismos del pasado; pero os recomiendo que, cuando
no escribáis en mi alcoba, ocultéis siempre cuidadosamente vuestras páginas en
el bargueño con secreto que he mandado poner en la vuestra.
El mudo hizo señas de que había escrito en
el gabinete del marqués, y que sus páginas estaban en cierto cofre de ébano, en
el que el marqués las solía reunir. Se hacía entender de su huésped por señas
con mucha facilidad.
Mejor todavía - repuso Bois - Doré - ; están
aún más seguras, porque ninguna mujer entra jamás. No es que desconfíe de
Belinda; pero la encuentro demasiado beata desde la llegada del nuevo rector
que nos ha enviado monseñor de Bourges, y que me temo no valga lo que nuestro
viejo amigo el antiguo abate, que tuvimos por mediación del arzobispo Juan de
Beaume. ¡Ah! ¿Por qué no habremos conservado aquel buen prelado, con su enorme
barba, su estatura de gigante, su corpulencia de tonel, su apetito de
Gargantúa, su hermosa cabeza, su gran ingenio y su mucha sabiduría? ¡Uno de los
hombres más listos y mejores del reino, a pesar de que a primera vista se le
hubiese tomado nada más que por un alegre compañero!
¡Ah! Mi buen amigo, si hubieseis venido en
su tiempo no hubierais tenido necesidad de permanecer oculto en el fondo de
este pequeño feudo, ni os hubierais visto obligado a traducir vuestro nombre al
francés, ocultar vuestra ciencia, pasar por un pobre gaitero y hacer creer a
las gentes de aquí que habéis sido mutilado por los hugonotes; nuestro
excelente primado os hubiera puesto bajo su protección, y habríais impreso
vuestros hermosos pensamientos en Bourges, con gran honor para vuestro nombre y
el de nuestra provincia; pero ahora no tenemos más arzobispos que los
demasiados celosos de Condé.
¡Sí, sí; de bonitas cosas me he enterado hoy
mismo, en casa de Beuvre, acerca del príncipe renegado de la fe de sus padres y
de las amistades de su juventud! Nos inunda de jesuitas, y si el pobre Enrique
tornase a la vida vería divertidas mascaradas; monsieur de Sully está cada vez
más en desgracia. Condé le compra con amenazas todas las fincas del
Berry. Escuchad esto: Ha conseguido que le den la gran bailía y la comandancia
de la fortaleza. Ya es el rey
de nuestra provincia, y dícese que piensa en ser el rey de Francia. Por lo
tanto, las cosas van mal y no hay seguridad más que en el interior de nuestras
pequeñas fortalezas, y esto con la condición de ser prudentes y esperar con
paciencia que termine este estado de cosas.
Giovellino cogió la mano que le tendía el
marqués por encima de la mesa y la besó con aquella efusión elocuente que
suplía en él a la palabra. Al mismo tiempo le dio a entender con sus miradas y
su pantomima que se hallaba muy feliz junto a él, que no añoraba la gloria ni
el ruido del mundo y que estaba dispuesto a ser prudente por miedo a
comprometer a su protector.
- En cuanto al joven hidalgo que me habéis
visto introducir aquí y festejar lo mejor que he podido - prosiguió Bois - Doré
- , debo deciros que yo no sé nada de él, sino que es amigo de Guillermo de
Ars, que está en peligro y que se trata de ocultarle y defenderle en caso
necesario. ¿Pero no encontráis sorprendente que en todo el día este extranjero
no me haya llamado aparte ni una sola vez para confiarme su caso, o que no lo
haya hecho cuando naturalmente nos hemos encontrado solos al llegar aquí?
Lucilio, que tenía siempre un lápiz y un
cuaderno sobre la mesa, junto a él, escribió a Bois - Doré: «Orgullo español.»
- ¡Sí! - repuso el marqués leyendo, si así
puede decirse, antes de que el mudo hubiera escrito, por la costumbre que en
dos años había adquirido de adivinar sus palabras desde las primeras letras - .
«Altivez castellana» es lo que yo he pensado también. He conocido a muchos
hidalgos de éstos y sé que no se creen descorteses al no manifestar confianza.
Por lo tanto, debo practicar la hospitalidad a la antigua usanza, respetar los
secretos de mi huésped y ponerle buena cara, como a un viejo amigo del que se
cree que en él todo es de lo más honorable del mundo. Pero esto me permite no
otorgarle la confianza que él me niega y por eso habréis visto que en su
presencia os he dejado en un rincón como un pobre músico alquilado. Y ahora, mi
buen amigo, os ruego que me perdonéis todas las faltas de afecto y de cortesía
a las que me obliga el cuidado de vuestra seguridad, así como esos trajes sin
lujo ni elegancia que hago usar.
El pobre Giovellino, que en su vida había
estado tan bien vestido, ni tan tiernamente mimado, interrumpió al marqués
estrechándole las dos manos, y Bois - Doré se sintió conmovido al ver resbalar
gruesas lágrimas de agradecimiento sobre el rudo bigote negro de su amigo.
- Vamos - dijo - , me pagáis demasiado,
puesto que me queréis tanto... Os tengo que recompensar a mi vez hablandoos de
la amable Lauriana. ¿Pero debo repetiros lo que me ha dicho para vos? ¿No os pondréis
demasiado ufano?... ¿No? Entonces, adelante. Primero:
«¿Qué tal sigue vuestro druida?» Yo le
contesté que mi druida es mucho más suyo que mío y que se recordara que en la
Astrée Climante no era más que un falso druida, tan enamorado como cualquier
otro amante de esta admirable historia.
«Sí, sí - ha contestado ella - ; me estáis
engañando. Si este Climante me quisiese tanto como queréis hacerme creer,
hubiera venido hoy con vos, mientras que ya llevamos dos semanas sin verle. ¿Me
diréis que, como ocurre en la Astrée, tiene sobresaltos al oír mi nombre y
suspiros que parece que le desgarran el estómago? No lo creo, y más bien lo
considero como un inconstante Hylas.»
- Ya veis que la amable Lauriana sigue
burlándose de la Astrée, de vos y de mí. Sin embargo, cuando al anochecer me
despedía de ella, me dijo:
- Quiero que pasado mañana traigáis al
druida y su sordina, y si no, os pondré mala cara.
El pobre druida escuchó sonriendo el relato
de Bois - Doré; sabría bromear cuando la ocasión se presentaba, es decir, tomar
a bien las bromas de los demás. No consideraba a Lauriana más que como una niña
encantadora de quien él hubiera podido ser el padre; pero era todavía bastante
joven para acordarse de haber amado, y en el fondo de su alma el sentimiento de
su aislamiento en la vida le causaba una gran amargura.
Al pensar en el pasado ahogó un suspiro de
añoranza y espontáneamente se puso a tocar un aire italiano, que el marqués
prefería a todos los demás.
Tocó con tal encanto y pasión, que Bois -
Doré le dijo, utilizando su voto favorito, sacado de monsieur de Urfé:
- ¡Numes celestes!, mi buen amigo; no
necesitáis lengua para hablar de amor, y si el objeto de vuestros afanes
estuviera aquí, tenía que ser sordo para no comprender que toda vuestra alma se
confiesa a la suya. Pero vamos a ver: ¿no me dejaréis leer vuestras páginas
sublimes de ciencia?...
Lucilio hizo seña de que tenía la cabeza
algo cansada, y Bois - Doré se apresuró a mandarle a la cama después de haberle
abrazado fraternalmente.
Lo cierto es que Giovellino se sentía a
menudo más artista y más sentimentalista que sabio y filósofo. Su naturaleza
era a la vez entusiasta y reflexiva.
Monsieur de Bois - Doré se retiró a su
«habitación de noche», situada encima del salón.
No había mentido al decir a Lucilio que
ninguna mujer penetraba en aquel santuario de su descanso, ni en los gabinetes
que de él dependían; había hecho en este sentido las más severas prohibiciones
hasta para la misma Belinda.
Sólo el viejo Matías (apodado Adamas por la
misma razón que Guillette Carca se veía obligada a dejarse llamar Belinda, y
Juan Fachot, Clindor) tenía derecho a asistir a los misterios del tocado del
marqués; tan convencido estaba éste de que su colorete y su tinte no podían ser
denunciados más que por el arsenal de cajas, frascos y tarros instalados sobre
sus mesas.
Por lo tanto, halló, como de costumbre, a
Adamas solo, preparando los rizadores, los polvos y las grasas perfumadas,
destinados a mantener la belleza del marqués durante su sueño.
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