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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - XII -
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 - XII -

   Adamas era un gascón de pura cepa: buen corazón, mucho ingenio, lengua incansable. Bois - Doré, con una ostentación llena de ingenuidad, le trataba de viejo servidor, a pesar de llevarle diez años lo menos.

 

   Este Adamas, que le había seguido en sus últimas campañas, era su ciego instrumento y le hacía saborear el incienso de una admiración perpetua, tanto más funesta para su razón cuanto que era el resultado de un entusiasmo sincero. Era él quien le persuadía de que todavía era joven, de que no podía volverse viejo, y de que al salir de sus manos, reluciente y pintarrajeado como una estampa de misal, tenía que anular a todos los mequetrefes e ilusionar a todas las bellas damas.

 

   No hay gran hombre para su criado; ejemplo: Sancho Panza, que decía verdades tan duras a su amo. Pero Bois - Doré, que no pasaba de ser un hombre excelente, gozaba el privilegio de ser un semidiós para su lacayo, y, mientras que ha habido héroes que han sido la irrisión de sus gentes, este anciano tan grotesco era tomado en serio por la mayoría de las suyas.

 

   Así van las cosas en este mundo; todos habrán podido notar, como yo, que a veces van en contra de la lógica y del sentido común.

 

   Sin embargo, este caso se explicaba por la inmensa bondad del viejo hidalgo. Los grandes caracteres provocan demasiada exigencia. Su menor debilidad sorprende; su menor impaciencia escandaliza. El que no tiene carácter no irrita nunca a nadie y recoge las ventajas de su continua amabilidad.

 

   - Señor marqués - dijo el viejo Adamas poniendo una rodilla en tierra para descalzar a su viejo ídolo - , debo contaros una muy extraña aventura que acaba de ocurrir en vuestra castellanía.

 

   - Habla, amigo mío, puesto que tienes ganas de hablar - contestó Bois - Doré, que permitía que su acicalador charlase familiarmente con él; además, cuando estaba adormilado gustaba de que le meciesen con algún inocente comadreo.

 

   - Sabréis, pues, mi amo querido y bien amado - prosiguió Adamas con su acento gascón - , que a eso de las cinco de la tarde ha venido aquí una mujer sorprendente, una de esas pobres mujeres como hemos visto tantas veces en las costas del Mediterráneo y en las provincias del Mediodía; ya sabéis, señor, esas mujeres bastante blancas, con labios gruesos, ojos hermosos y cabello negro.... ¡como el vuestro!

 

   Al mismo tiempo que hacía esta comparación, sin la menor malicia, Adamas traía respetuosamente, sobre un sostén de marfil, la peluca de su amo.

 

   - ¿Quieres hablar - dijo Bois - Doré sin inmutarse por el objeto de la comparación - de esas gitanas que hacen de todo?

 

   - No, señor, no; esta es española, y me parece que cuando está sola jura por Mahoma.

 

   - Entonces, ¿quieres decir que es mora?

 

   - Justamente, señor marqués, es una mora y no sabe una palabra de francés.

 

   - ¿Pero tú sabes algo de español?

 

   - Un poco, sí, señor. Y como no he olvidado lo que sabía me he puesto a hablar con esa mujer con tanta facilidad como a vos hablo.

 

   - Bueno, ¿eso es toda la historia?

 

   - ¡Oh! No; pero dadme tiempo. Según parece, esta mora pertenecía a la gran partida de los ciento cincuenta mil que perecieron casi todos hace unos diez años, los unos por el hambre y el homicidio, en las galeras que les transportaban a África, y los otros, por miseria y enfermedad en las costas del Languedoc y de la Provenza.

 

   - Pobre gente - dijo Bois - Doré - . Ha sido verdaderamente el acto más aborrecible del mundo.

 

   - ¿Es verdad, señor, que España ha expulsado a un millón de moriscos y que apenas un centenar ha llegado en Túnez?

 

   - No te sabría decir el número; pero sí te diré que fue una carnicería, y que jamás ha habido bestias de carga tratadas como esos desgraciados seres humanos. Ya sabes que nuestro Enrique había querido hacerles calvinistas, lo cual les hubiera salvado volviéndoles franceses.

 

   - Me acuerdo muy bien, señor, de que los católicos del Mediodía no querían oír hablar de ello y decían que los degollarían a todos antes de ir a misa con tales demonios. Los calvinistas no se mostraron más razonables; de suerte que, en espera de poder hacer algo con esos desdichados, nuestro buen rey Enrique les dejó tranquilamente en los Pirineos. Pero después de su muerte la reina regente ha querido librar a España de ellos, y por eso ha sido el arrojarles al mar, con o sin navío. Algunos, para evitar tan mala suerte, han aceptado el dejarse bautizar, y la mujer en cuestión es de los que tomaron este buen partido, aunque sospecho que su conversión no es muy sincera.

 

   - ¿Qué importa, Adamas? ¿Crees que el gran autor del cielo, de la tierra y de la vía láctea?...

 

   - ¿Qué decís, señor? - preguntó Adamas, poco aficionado a los nuevos conocimientos de su amo, que más bien le preocupaban un poco - . No me parece que vía láctea es una palabra francesa.

 

   - Te explicaré en otra ocasión - contestó bostezando el marqués, que se adormecía ante la lumbre que chisporroteaba en el hogar - . Acaba tu historia.

 

   - Pues bien, señor - prosiguió Adamas - ; esta mora ha permanecido hasta el año pasado en los montes de los Pirineos, donde guardaba los rebaños de unos pobres granjeros; por esto ha seguido hablando su dialecto catalán, que comprenden bastante bien al otro lado de las montañas.

 

   - Esto me explica cómo con tu dialecto gascón, que no se diferencia mucho del montañés, has podido hablar español con esa mujer.

 

   - Como quiera el señor; tanto es así, que le he dicho muchas palabras españolas que ha comprendido muy bien. Además debo deciros que trae con ella un niño que no es su hijo, pero a quien quiere como una cabra quiere a su cabrito, y esta preciosa criatura, que tiene más inteligencia que pesa, habla el francés tan bien como vos y como yo. Y esta mora, señor, que en francés se llama Mercedes...

 

   - Mercedes es un nombre español - dijo el marqués subiendo a su vasto lecho con la ayuda de Adamas.

 

   - Quiero decir que es un nombre cristiano - prosiguió el servidor - . Mercedes, digo, se metió en la cabeza hace seis meses ir a ver a monsieur de Rosny, de quien le habían dicho que era el brazo derecho del difunto rey, y que, aun estando en desgracia, tenía mucho poder por su riqueza y su virtud. Se puso en camino hacia el Poitou, donde le dijeron que residía monsieur de Sully. ¿No os sorprende, señor, el que una mujer tan pobre e inculta se decida a atravesar la mitad de Francia a pie, sola, con un niño que no pasa de los diez años, para ir a ver a un personaje de tanta importancia?

 

   - Pero no me dices qué razón tenía esa mujer para hacerlo.

 

   - He aquí, señor, lo maravilloso de la historia. ¿Qué creéis que pueda ser?

 

   - ¡Por mucho que busque!... Dilo en seguida, que ya va siendo tarde.

 

   - Ya os lo diría si lo supiera; pero no lo , y por mucho que he hecho no he logrado que me lo diga.

 

   - Entonces, buenas noches.

 

   - Señor, esperad a que cubra la lumbre.

 

   Y mientras cubría la lumbre, Adamas prosiguió, elevando la voz:

 

   - Esta mujer es completamente misteriosa, señor marqués, y quisiera que la vierais.

 

   - ¿Ahora? - exclamó el marqués despertándose sobresaltado - . Tú bromeas; es hora de dormir.

 

   - Sin duda; ¿Pero mañana por la mañana?

 

   - ¿Pero está aquí?

 

   - ¡Claro, señor! Pedía un rincón para pasar la noche a cubierto; le di de cenar, porque ya que el señor no quiere que se niegue el pan a los desdichados, y después de hablar con ella le mandé que se acostase sobre la paja.

 

   - Habéis hecho mal, mi amigo; una mujer es siempre una mujer, y... ¿espero que no estará con otros mendigos? No quiero libertinaje en mi casa.

 

   - ¡Ni yo tampoco, señor! La he puesto sola, con su niño, en la bodega pequeña, donde os aseguro que están bien. ¡Esos desgraciados no tienen costumbre de estar tan cómodos! Sin embargo, esta Mercedes está tan limpia como es posible en semejante miseria, y hasta no es nada fea.

 

   - ¿Espero, Adamas, que no abusaréis de su pobreza?... ¡La hospitalidad es cosa sagrada!

 

   - El señor se burla de un pobre anciano. Bien está que el señor marqués tenga principios de virtud; en cuanto a mí, os aseguro que ya no me hacen mucha falta, porque el diablo ya no me tienta. Además, esa mujer parece ser muy honrada y no da un paso sin llevar al niño agarrado a sus faldas. Ha debido correr mayores peligros que el de gustarme a mí, porque viajó con unos gitanos que han cruzado hoy el país. Era una partida bastante numerosa, en parte compuesta por egipcios, en parte por gentes de distinta nacionalidad, según es costumbre. Dice que estos vagabundos no han sido malos para ella; lo cual demuestra que es verdad que los miserables se protegen entre sí. Los seguía porque ella no conoce los caminos y decían que iban a Poitou; pero esta tarde los ha dejado diciendo que ya no les necesitaba y que tenía que hacer en esta región. Y esto es, señor, lo que más me sorprende, porque no ha querido decirme sus razones para obrar de este modo. ¿Qué opina el señor?

 

   Bois - Doré no contestó; dormía profundamente, a pesar del ruido que hacía Adamas hablando, algo intencionadamente, para obligarle a escuchar su historia.

 

   Cuando el viejo servidor vio que el marqués se hallaba realmente encaminado hacia el país de los sueños, le arregló cuidadosamente las mantas, introdujo en la escarcela de marroquín, que colgaba a la cabecera de la cama, un hermoso par de pistolas de campaña; colocó a la derecha, sobre una mesa, la tizona desenvainada y el cuchillo de caza; el infolio de la Astrée, soberbia edición con grabados; una gran copa llena de hipocrás, un timbre con su martinete y un pañuelo de hilo fino de Holanda impregnado con perfume de almizcle. Luego encendió la lamparilla de noche, apagó las velas jaspeadas de varios colores, y dispuso, al pie de la cama, las zapatillas de terciopelo encarnado y la bata de sarga verde con brochados del mismo tono.

 

   Entonces, al momento de retirarse, el fiel Adamas contempló a su amo, a su amigo, a su semidiós.

 

   El marqués, limpio de todos sus coloretes, era un hermoso anciano, y la paz de su tranquila conciencia extendía sobre su faz dormida un algo respetable. Mientras que su peluca descansaba sobre la mesa, y sus vestidos, rellenos para disimular los huecos que la edad había cavado en sus hombros y sus piernas, yacían esparcidos sobre las butacas, su cuerpo, adelgazado en la mitad, dibujaba sus contornos angulosos bajo una colcha de raso blanco con escudos de armas bordados en canutillo de plata sobre las cuatro esquinas.

 

   El respaldo de la cama, subiendo en panel recto de diez pies de altura, así como el cielo de lambrequín, que se unía formando un dosel a este gran respaldo, eran también de raso blanco, pespunteado sobre el denso relleno de algodón y realzado por anchos dibujos de plata en relieve; el interior de las cortinas era igual; la parte externa era de damasco rosa.

 

   En este lecho lujoso y mullido, aquel viejo rostro, de rasgos acentuados y siempre marcial en su dulzura, con su bigote erizado de papelitos rizadores y su gorro de seda acolchado en forma de medio mortero, adornado con un valioso encaje levantado hacia arriba a modo de corona, ofrecía, bajo la luz de una lámpara azulada, la mezcla más singular de grotesco y de austeridad.

 

   «El señor duerme bien - pensó Adamas - ; pero se ha olvidado de hacer sus oraciones, y yo tengo la culpa; las haré por él.»

 

   Se arrodilló y oró con mucha devoción; luego se retiró a su alcoba, a la que solamente un tabique separaba de la de su amo.

 

   El arsenal que Adamas había dispuesto alrededor de la cama del marqués no era más que un acto de costumbre o de lujo.

 

   Todo estaba tranquilo en torno del pequeño castillo; en el interior todo dormía profundamente.

 

 

 




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