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- XII -
Adamas era un gascón de pura cepa: buen
corazón, mucho ingenio, lengua incansable. Bois - Doré, con una ostentación
llena de ingenuidad, le trataba de viejo servidor, a pesar de llevarle diez
años lo menos.
Este Adamas, que le había seguido en sus
últimas campañas, era su ciego instrumento y le hacía saborear el incienso de
una admiración perpetua, tanto más funesta para su razón cuanto que era el
resultado de un entusiasmo sincero. Era él quien le persuadía de que todavía
era joven, de que no podía volverse viejo, y de que al salir de sus manos,
reluciente y pintarrajeado como una estampa de misal, tenía que anular a todos
los mequetrefes e ilusionar a todas las bellas damas.
No hay gran hombre para su criado; ejemplo:
Sancho Panza, que decía verdades tan duras a su amo. Pero Bois - Doré, que no
pasaba de ser un hombre excelente, gozaba el privilegio de ser un semidiós para
su lacayo, y, mientras que ha habido héroes que han sido la irrisión de sus
gentes, este anciano tan grotesco era tomado en serio por la mayoría de las
suyas.
Así van las cosas en este mundo; todos
habrán podido notar, como yo, que a veces van en contra de la lógica y del
sentido común.
Sin embargo, este caso se explicaba por la
inmensa bondad del viejo hidalgo. Los grandes caracteres provocan demasiada
exigencia. Su menor debilidad sorprende; su menor impaciencia escandaliza. El
que no tiene carácter no irrita nunca a nadie y recoge las ventajas de su
continua amabilidad.
- Señor marqués - dijo el viejo Adamas
poniendo una rodilla en tierra para descalzar a su viejo ídolo - , debo
contaros una muy extraña aventura que acaba de ocurrir en vuestra castellanía.
- Habla, amigo mío, puesto que tienes ganas
de hablar - contestó Bois - Doré, que permitía que su acicalador charlase
familiarmente con él; además, cuando estaba adormilado gustaba de que le
meciesen con algún inocente comadreo.
- Sabréis, pues, mi amo querido y bien amado
- prosiguió Adamas con su acento gascón - , que a eso de las cinco de la tarde
ha venido aquí una mujer sorprendente, una de esas pobres mujeres como hemos
visto tantas veces en las costas del Mediterráneo y en las provincias del
Mediodía; ya sabéis, señor, esas mujeres bastante blancas, con labios gruesos,
ojos hermosos y cabello negro.... ¡como el vuestro!
Al mismo tiempo que hacía esta comparación,
sin la menor malicia, Adamas traía respetuosamente, sobre un sostén de marfil,
la peluca de su amo.
- ¿Quieres hablar - dijo Bois - Doré sin
inmutarse por el objeto de la comparación - de esas gitanas que hacen de todo?
- No, señor, no; esta es española, y me
parece que cuando está sola jura por Mahoma.
- Entonces, ¿quieres decir que es mora?
- Justamente, señor marqués, es una mora y
no sabe una palabra de francés.
- ¿Pero tú sabes algo de español?
- Un poco, sí, señor. Y como no he olvidado
lo que sabía me he puesto a hablar con esa mujer con tanta facilidad como a vos
hablo.
- Bueno, ¿eso es toda la historia?
- ¡Oh! No; pero dadme tiempo. Según parece,
esta mora pertenecía a la gran partida de los ciento cincuenta mil que
perecieron casi todos hace unos diez años, los unos por el hambre y el
homicidio, en las galeras que les transportaban a África, y los otros, por
miseria y enfermedad en las costas del Languedoc y de la Provenza.
- Pobre gente - dijo Bois - Doré - . Ha sido
verdaderamente el acto más aborrecible del mundo.
- ¿Es verdad, señor, que España ha expulsado
a un millón de moriscos y que apenas un centenar ha llegado en Túnez?
- No te sabría decir el número; pero sí te
diré que fue una carnicería, y que jamás ha habido bestias de carga tratadas
como esos desgraciados seres humanos. Ya sabes que nuestro Enrique había
querido hacerles calvinistas, lo cual les hubiera salvado volviéndoles
franceses.
- Me acuerdo muy bien, señor, de que los
católicos del Mediodía no querían oír hablar de ello y decían que los
degollarían a todos antes de ir a misa con tales demonios. Los calvinistas no
se mostraron más razonables; de suerte que, en espera de poder hacer algo con
esos desdichados, nuestro buen rey Enrique les dejó tranquilamente en los
Pirineos. Pero después de su muerte la reina regente ha querido librar a España
de ellos, y por eso ha sido el arrojarles al mar, con o sin navío. Algunos,
para evitar tan mala suerte, han aceptado el dejarse bautizar, y la mujer en
cuestión es de los que tomaron este buen partido, aunque sospecho que su
conversión no es muy sincera.
- ¿Qué importa, Adamas? ¿Crees que el gran
autor del cielo, de la tierra y de la vía láctea?...
- ¿Qué decís, señor? - preguntó Adamas, poco
aficionado a los nuevos conocimientos de su amo, que más bien le preocupaban un
poco - . No me parece que vía láctea es una palabra francesa.
- Te explicaré en otra ocasión - contestó
bostezando el marqués, que se adormecía ante la lumbre que chisporroteaba en el
hogar - . Acaba tu historia.
- Pues bien, señor - prosiguió Adamas - ; esta
mora ha permanecido hasta el año pasado en los montes de los Pirineos, donde
guardaba los rebaños de unos pobres granjeros; por esto ha seguido hablando su
dialecto catalán, que comprenden bastante bien al otro lado de las montañas.
- Esto me explica cómo con tu dialecto
gascón, que no se diferencia mucho del montañés, has podido hablar español con
esa mujer.
- Como quiera el señor; tanto es así, que le
he dicho muchas palabras españolas que ha comprendido muy bien. Además debo
deciros que trae con ella un niño que no es su hijo, pero a quien quiere como
una cabra quiere a su cabrito, y esta preciosa criatura, que tiene más
inteligencia que pesa, habla el francés tan bien como vos y como yo. Y esta
mora, señor, que en francés se llama Mercedes...
- Mercedes es un nombre español - dijo el
marqués subiendo a su vasto lecho con la ayuda de Adamas.
- Quiero decir que es un nombre cristiano -
prosiguió el servidor - . Mercedes, digo, se metió en la cabeza hace seis meses
ir a ver a monsieur de Rosny, de quien le habían dicho que era el brazo derecho
del difunto rey, y que, aun estando en desgracia, tenía mucho poder por su
riqueza y su virtud. Se puso en camino hacia el Poitou, donde le dijeron que
residía monsieur de Sully. ¿No os sorprende, señor, el que una mujer tan pobre
e inculta se decida a atravesar la mitad de Francia a pie, sola, con un niño
que no pasa de los diez años, para ir a ver a un personaje de tanta
importancia?
- Pero no me dices qué razón tenía esa mujer
para hacerlo.
- He aquí, señor, lo maravilloso de la
historia. ¿Qué creéis que pueda ser?
- ¡Por mucho que busque!... Dilo en seguida,
que ya va siendo tarde.
- Ya os lo diría si lo supiera; pero no lo
sé, y por mucho que he hecho no he logrado que me lo diga.
- Entonces, buenas noches.
- Señor, esperad a que cubra la lumbre.
Y mientras cubría la lumbre, Adamas
prosiguió, elevando la voz:
- Esta mujer es completamente misteriosa,
señor marqués, y quisiera que la vierais.
- ¿Ahora? - exclamó el marqués despertándose
sobresaltado - . Tú bromeas; es hora de dormir.
- Sin duda; ¿Pero mañana por la mañana?
- ¿Pero está aquí?
- ¡Claro, señor! Pedía un rincón para pasar
la noche a cubierto; le di de cenar, porque ya sé que el señor no quiere que se
niegue el pan a los desdichados, y después de hablar con ella le mandé que se
acostase sobre la paja.
- Habéis hecho mal, mi amigo; una mujer es
siempre una mujer, y... ¿espero que no estará con otros mendigos? No quiero
libertinaje en mi casa.
- ¡Ni yo tampoco,
señor! La he puesto sola, con su niño, en la bodega pequeña, donde os aseguro
que están bien. ¡Esos
desgraciados no tienen costumbre de estar tan cómodos! Sin embargo, esta
Mercedes está tan limpia como es posible en semejante miseria, y hasta no es
nada fea.
- ¿Espero, Adamas, que no abusaréis de su
pobreza?... ¡La hospitalidad es cosa sagrada!
- El señor se burla de un pobre anciano.
Bien está que el señor marqués tenga principios de virtud; en cuanto a mí, os
aseguro que ya no me hacen mucha falta, porque el diablo ya no me tienta.
Además, esa mujer parece ser muy honrada y no da un paso sin llevar al niño
agarrado a sus faldas. Ha debido correr mayores peligros que el de gustarme a
mí, porque viajó con unos gitanos que han cruzado hoy el país. Era una partida
bastante numerosa, en parte compuesta por egipcios, en parte por gentes de
distinta nacionalidad, según es costumbre. Dice que estos vagabundos no han
sido malos para ella; lo cual demuestra que es verdad que los miserables se
protegen entre sí. Los seguía porque ella no conoce los caminos y decían que
iban a Poitou; pero esta tarde los ha dejado diciendo que ya no les necesitaba
y que tenía que hacer en esta región. Y esto es, señor, lo que más me
sorprende, porque no ha querido decirme sus razones para obrar de este modo.
¿Qué opina el señor?
Bois - Doré no contestó; dormía
profundamente, a pesar del ruido que hacía Adamas hablando, algo
intencionadamente, para obligarle a escuchar su historia.
Cuando el viejo servidor vio que el marqués
se hallaba realmente encaminado hacia el país de los sueños, le arregló
cuidadosamente las mantas, introdujo en la escarcela de marroquín, que colgaba
a la cabecera de la cama, un hermoso par de pistolas de campaña; colocó a la
derecha, sobre una mesa, la tizona desenvainada y el cuchillo de caza; el
infolio de la Astrée, soberbia edición con grabados; una gran copa llena de
hipocrás, un timbre con su martinete y un pañuelo de hilo fino de Holanda impregnado
con perfume de almizcle. Luego encendió la lamparilla de noche, apagó las velas
jaspeadas de varios colores, y dispuso, al pie de la cama, las zapatillas de
terciopelo encarnado y la bata de sarga verde con brochados del mismo tono.
Entonces, al momento de retirarse, el fiel
Adamas contempló a su amo, a su amigo, a su semidiós.
El marqués, limpio de todos sus coloretes,
era un hermoso anciano, y la paz de su tranquila conciencia extendía sobre su
faz dormida un algo respetable. Mientras que su peluca descansaba sobre la
mesa, y sus vestidos, rellenos para disimular los huecos que la edad había
cavado en sus hombros y sus piernas, yacían esparcidos sobre las butacas, su
cuerpo, adelgazado en la mitad, dibujaba sus contornos angulosos bajo una colcha
de raso blanco con escudos de armas bordados en canutillo de plata sobre las
cuatro esquinas.
El respaldo de la cama, subiendo en panel
recto de diez pies de altura, así como el cielo de lambrequín, que se unía
formando un dosel a este gran respaldo, eran también de raso blanco,
pespunteado sobre el denso relleno de algodón y realzado por anchos dibujos de
plata en relieve; el interior de las cortinas era igual; la parte externa era
de damasco rosa.
En este lecho lujoso y mullido, aquel viejo
rostro, de rasgos acentuados y siempre marcial en su dulzura, con su bigote
erizado de papelitos rizadores y su gorro de seda acolchado en forma de medio
mortero, adornado con un valioso encaje levantado hacia arriba a modo de
corona, ofrecía, bajo la luz de una lámpara azulada, la mezcla más singular de
grotesco y de austeridad.
«El señor duerme bien - pensó Adamas - ;
pero se ha olvidado de hacer sus oraciones, y yo tengo la culpa; las haré por
él.»
Se arrodilló y oró con mucha devoción; luego
se retiró a su alcoba, a la que solamente un tabique separaba de la de su amo.
El arsenal que Adamas había dispuesto
alrededor de la cama del marqués no era más que un acto de costumbre o de lujo.
Todo estaba tranquilo en torno del pequeño
castillo; en el interior todo dormía profundamente.
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