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- XIII -
El primero en despertarse fue Sciarra de
Alvimar, que también había sido el primero en dormirse, rendido por el
cansancio.
No le gustaba quedarse en la cama, y como
estaba acostumbrado a una gran penuria, hábilmente disimulada, no necesitaba de
los cuidados de su ayuda de cámara. Esto parecía tanto más natural cuanto que
el viejo español que le acompañaba no hubiese consentido fácilmente en cumplir
otras obligaciones que las de escudero.
Y, sin embargo, este hombre le era tan fiel
como Adamas a Bois - Doré; pero había tanta diferencia en sus relaciones como
en sus caracteres y en sus situaciones respectivas.
Se hablaban poco, fuese porque no les
agradase o porque se entendiesen a medias palabras. Además, el criado se
consideraba, hasta cierto punto, como igual a su amo, puesto que sus familias
eran tan antiguas la una como la otra, y tan puras - al menos tal era su
pretensión - de mezcla en las razas mora o judía, tan terriblemente
despreciadas y tan atrozmente perseguidas en España.
Sancho de Córdoba - este era el nombre del
viejo escudero - había visto nacer al joven Alvimar en el castillo de su
pueblo, donde él, a fuerza de miseria, estaba reducido al oficio de porquero.
El joven hidalgo, apenas más rico que él, le había tomado a su servicio el día
que decidió marchar al extranjero en busca de fortuna.
Decíase en aquel pueblo castellano que
Sancho había amado a doña Isabel, la madre de Alvimar, y que ésta no se había
mostrado muy esquiva. Explicaban de este modo el afecto de aquel hombre
taciturno y sombrío por el joven altivo y frío, que le trataba, no precisamente
como a un criado, sino como a un subalterno sin inteligencia.
Sancho empleaba su vida, soñadora o
embrutecida, en cuidar los caballos y en afilar y limpiar las armas de su amo.
El resto del tiempo oraba, dormía o soñaba, evitando las familiaridades con los
demás criados, que consideraba como inferiores, y no tratándose con nadie,
porque desconfiaba de todo el mundo; comía poco, no bebía nunca y nunca miraba
a la cara.
Alvimar, pues, se vistió solo y salió,
aunque apenas era de día, para darse cuenta de aquellos lugares.
El castillo tenía vistas a un pequeño
estanque, del que partía un ancho foso que daba la vuelta a los edificios;
éstos consistían, según ya hemos dicho, en un conjunto de arquitectura de
varias épocas:
Primero. Un pabellón nuevo, blanco, esbelto,
cubierto de pizarra - lo que constituía un gran lujo en un país en el que por
aquel entonces se utilizaba a lo sumo la teja - y coronado por dos guardillas
con tímpanos festoneados y adornados con bolas.
Segundo. Otro pabellón, ya muy antiguo, pero
bien restaurado, con techo de mairán y parecido en su forma a ciertos chalets
suizos. Esta morada, donde estaban las cocinas, los comedores de la servidumbre
y los cuartos destinados a los amigos, ofrecía la disposición salvaje de los
antiguos tiempos de alarma. No tenía puerta exterior y se entraba solamente
pasando por los demás edificios; sus ventanas daban al patio, y su fachada, que
daba al campo, no tenía más aberturas que dos agujeros cuadrados, colocados en
el frontispicio como dos ojillos desconfiados en una faz muda.
Tercero. Una torre prismática,
igualmente pentagonal, con una puerta ojival, delicadamente labrada, y un techo
de pizarra; tenía sobrepuesta una torrecilla con una espadaña y una veleta
esbelta. Esta torre contenía la única escalera del castillo y unía el edificio
viejo con el nuevo.
Otras construcciones bajas, dedicadas a la
servidumbre del interior, estaban situadas al borde del foso y adosadas a los
demás edificios.
El patio, con un pozo en medio, estaba
circunscrito por el castillo, el estanque, otro edificio de un solo piso -
también adornado con guardillas con bolas de piedra y destinado a las
caballerizas, al séquito y los carruajes de caza - y, en fin, por la torre de
entrada, menos hermosa y menos grande que la de Motte Seuilly, pero sostenida
por un muro de defensa lleno de troneras con halconetes, enfilados contra los
alrededores del puente.
Esta endeble fortificación era suficiente
por el doble cerco de los fosos; el primero, que rodeaba el patio, era ancho,
profundo y con agua corriente; el segundo, que rodeaba el corral, era
pantanoso, pero guarnecido de buenas murallas.
Entre los dos cercos, a la derecha del
puente, se extendía el jardín, bastante amplio, cerrado por muros elevadas y
fosos bien cuidados; a la izquierda se hallaba el paseo, la perrera, el vergel
y la pradera, con el palomar señorial y la halconera, vasto dominio que se
extendía hasta las casas del pueblo, casi todas propiedad del marqués.
La aldea estaba fortificada, y en algunas
partes la base maciza de sus murallitas databa, según decían, del tiempo de
César.
Al comparar la exigüidad del castillo con la
extensión de la finca, con el rico mobiliario amontonado en las habitaciones y
con las lujosas costumbres del señor, Alvimar se preguntó la causa de tal contraste,
y, como no era dado a la benevolencia, sacó la conclusión de que acaso el
marqués ocultaba su fortuna, no por avaricia, sino porque la fuente de dicha
fortuna no debía de ser muy clara.
No se equivocaba del todo.
El marqués tenía, como muchos hidalgos de su
tiempo, la semejanza de haberse enriquecido sin gran escrúpulo en los
disturbios civiles, a expensas de las ricas abadías y por medio de impuestos de
guerra, de derechos de conquista y del contrabando de la sal.
El saqueo era, en aquella época, una especie
de derecho de gentes; prueba de ello es la reclamación de monsieur de Arquian
quejándose legalmente porque monsieur de La Châtre le había incendiado su
castillo «contrariamente a todos los usos de guerra, pues no hubiera en este caso
ni mentado siquiera el destrozo y saqueo de sus muebles».
En cuanto al contrabando de sal, a
principios del siglo XVII hubiera sido difícil hallar un noble de nuestras
provincias que considerase como una injuria el calificativo de hidalgo
salinero.
Por lo
tanto, la opulencia, de la que monsieur de Bois - Doré hacía buen uso, por su
generosidad y su caridad inagotable, no era ningún misterio en el reducido país
de La Châtre; pero el marqués prescindía de una casa de grandes dimensiones y
de un servicio demasiado espléndido, evitando así, razonablemente, llamar la
atención del gobierno de la provincia.
Bien sabía que los tiranuelos que se
repartían los dineros de Francia no hubiesen carecido de pretextos,
aparentemente legales, para hacerle restituir todo lo cogido.
Alvimar recorrió los jardines, creación
cómica de su huésped, para quien ciertamente constituía un orgullo mayor que el
de sus más hermosos hechos de armas.
Sobre una mediocre extensión de terreno
había pretendido realizar los jardines de «Isaura», tal como están descritos en
la Astrée. «Aquel lugar encantado, con fuentes y parterres o con paseos y
umbrías.» El inmenso bosque, que formaba en la novela un dédalo tan gracioso,
estaba representado por un bosquecillo laberíntico, en el que no habían sido
olvidadas ni la plantación de avellanos ni la fuente de la «verdad de amor», ni
la «caverna de Dumon y Fortuna», ni el «antro de la vieja Mandraga».
Todas estas cosas le parecían a Alvimar
excesivamente pueriles; pero, sin embargo, menos absurdas que lo que nos
parecían hoy.
La monomanía de monsieur de Bois - Doré era
lo bastante corriente en su tiempo para no ser una excentricidad; Enrique IV y
su corte habían devorado la Astrée, y en las pequeñas cortes alemanas, los
príncipes y las princesas seguían tomando los nombres; relumbrantes que el
marqués sólo imponía a sus gentes y a sus bichos. La boga apasionada de la
novela de monsieur de Urfé ha durado dos siglos y ha conmovido y encantado
hasta al mismo Juan Jacobo Rousseau; en fin, no debemos olvidar que en vísperas
del terror, el hábil grabador Moreau ponía todavía en sus composiciones damas
que se llamaban Chloris y señores que se llamaban Hylas o Cidamant. Pero en los
grabados y en las romanzas estos nombres ilustres eran llevados por marqueses
de fantasía, mientras que los nuevos pastores se llamaban ya Colín o Colás. Se
había dado un pasito hacia lo real; no por esto valía más la égloga; de heroica
se había tornado picaresca.
Queriendo formarse una idea de los
arrabales, Alvimar cruzó la aldea, que se componía de un centenar de casas y
estaba situada en una hondonada. Hay muchas localidades así en nuestro país.
Cuando no son bastante fuertes para encaramarse, fieras y amenazadoras, sobre
las alturas escarpadas, parecen ocultarse a propósito en el hueco de los
valles, como si tuvieran el designio de escapar a la vista de las partidas de
merodeadores.
Este lugar es uno de los más bonitos del
bajo Berry. Los caminos de grava que a él conducen son transitables y limpios
en cualquier época del año. Tienen una defensa natural, constituida por dos
riachuelos encantadores y que acaso fueron antiguamente utilizados por las
tropas de César.
Uno de estos riachuelos proveía los fosos
del castillo; el otro, situado más bajo que el pueblo, cruzaba los dos pequeños
estanques.
El Indre, que se desliza a tres pasos de
allí, recibe estas aguas corrientes y las transporta a lo largo de un valle
estrecho, cortado por caminos hundidos, sombreados y llenos de yermos incultos,
de aspecto salvaje.
En este reducido desierto, cercado por
hermosos terrenos incultos, matorrales, hierbajos, retamas, brezos y castaños,
no se encontrará grandeza, pero sí gracia.
Sobre los ribazos del Indre, que se
convierte en riachuelo a medida que se aproxima a su nacimiento, las flores
silvestres crecen con una abundancia regocijante.
El riachuelo apacible y claro ha destruído
todos los terrenos que estorbaban su marcha y ha formado islotes de verdura, donde
los árboles crecen con vigor - demasiado unidos para ser imponentes - y
extienden sobre el agua una bóveda de follaje.
Alrededor de la aldea, la tierra es fértil:
nogales magníficos y una cantidad de altos árboles frutales forman un nido de
verdura.
La mayor parte de las tierras pertenecían a
monsieur de Bois - Doré; arrendaba las buenas; las malas constituían su terreno
de caza.
Después de haber explorado esta pequeña
región, que, por su aislamiento y la ausencia de comunicaciones, hacía esperar
también la ausencia de malos encuentros, Alvimar volvió a la aldea y pensó que
acaso le convendría hacer una visita al rector.
Delante de él se le había escapado a
monsieur de Beuvre decir a monsieur de Bois - Doré:
- ¿Y vuestro nuevo párroco? ¿Sigue haciendo
sermones al estilo de la Liga?
Estas palabras habían despertado la atención
del español.
«Si este eclesiástico es un celoso de la
buena causa - pensó - , su trato puede ser útil para mí, porque Beuvre es un
hugonote y Bois - Doré, con su tolerancia, vale tanto como él. ¿Quién sabe si
será posible vivir en buena armonía con tales gentes?»
Empezó por visitar la iglesia, y se
escandalizó ante su abandono y su desnudez, que probaban la incuria del antiguo
párroco, la indiferencia del castellano y la tibieza de culto de los
feligreses.
Bois - Doré, cuya abjuración real o
pretendida no había tenido resonancia, no pensó en celebrar su vuelta a la
ortodoxia con donaciones a la iglesia del pueblo y liberalidades al capellán.
Sus vasallos aborrecían a los hugonotes, y los festejos con que en 1610 habían
saludado su conversión definitiva carecían de sinceridad; pero estas
suspicacias fueron reemplazadas por un inmenso cariño cuando se encontraron con
un señor bondadoso y bienhechor, en lugar del antiguo administrador, que les
oprimía.
Por lo tanto, había poca devoción en la
aldea de Briantes, y como los campesinos se habían negado a pagar no sé qué
diezma a no sé qué convento, el arzobispo les había enviado un hombre muy a
propósito para hacer que aquellas malas gentes volvieran a los buenos
principios y al mismo tiempo vigilar las opiniones del castellano.
El piadoso Sciarra se arrodilló en la
iglesia y murmuró algunas oraciones; pero no se sentía en disposición de rezar
con fervor y no tardó en salir para ir a casa del rector.
No tuvo necesidad de ir hasta su casa; le
vio en la plaza hablando con Belinda y pudo examinarle a su placer.
Era un hombre joven todavía, con una cara
biliosa, dulzona y llena de disimulo. Probablemente las preocupaciones del
mundo temporal eran tan vivas en él como en Alvimar, pues tan pronto como hubo
percibido aquel grave y elegante forastero que salía de la iglesia no pensó más
que en enterarse de quién era.
Como no tenía más ocupación que la de
informarse de todo lo concerniente al marqués, sabía ya perfectamente que un
nuevo huésped había llegado la víspera al castillo. Pero ¿cómo un hombre tan
piadoso, según lo indicaba la visita matinal de Alvimar a la iglesia, podía
tratarse con un convertido tan dudoso como era Bois - Doré?
Mientras intentaba informarse sobre este
particular, interrogando al ama de gobierno del castillo, advirtió que no podía
volver una sola vez la cabeza sin encontrar la mirada del forastero fija en él.
Dio unos pasos con la Belinda, para ponerse
fuera de su vista, porque no quería arriesgar un saludo sin saber de quién se
trataba.
Alvimar comprendió o adivinó la preocupación
del sacerdote; pero quería esperarle y permaneció en el pequeño cementerio que
rodeaba la iglesia; la inspección de su fisonomía le había hecho tomar la
resolución de dirigirle la palabra y trabar conocimiento con él.
Mientras esperaba, pensaba en su destino;
era éste un problema que le obsesionaba constantemente y que la vista de las
tumbas esparcidas parecía hacer más irritante todavía.
Alvimar creía en la Iglesia, pero no creía
en el verdadero Dios. Para él la Iglesia era la Constitución de disciplina y de
terror por excelencia; el instrumento de tortura, del que un Dios implacable y
feroz se servía para establecer su autoridad. Si hubiese reflexionado bien, se
hubiera persuadido fácilmente de que el misericordioso Jesús estaba manchado
por la herejía.
La idea de la muerte le era odiosa. Temía el infierno y, por una
consecuencia natural de las malas creencias, no podía conformar su vida a la
rigidez de sus principios.
No tenía fervor más que para la discusión;
cuando estaba solo consigo mismo, encontraba su corazón seco y su espíritu
turbado por la ambición del mundo. En vano se le reprochaba. La idea de la
condenación por sí solo no puede ser provechosa, y los terrores no son
remordimientos.
- ¡Habrá que morir! - pensaba, mirando los
salientes de césped que cubrían, semejando los surcos de un campo, las tumbas
de aquellos sencillos aldeanos - . ¡Morir acaso sin fortuna y sin poderío, como
estos miserables siervos que no han dejado siquiera un nombre que escribir
sobre estas crucecillas de madera podrida! ¡Ni crédito ni fama en este mundo!
Iras, decepciones, trabajos inútiles, inútiles esfuerzos.... ¡crímenes
acaso!... Todo para llegar al umbral de la eternidad sin haber podido servir a
la gloria de la Iglesia en esta vida y sin haber merecido el perdón en la otra.
Al pensar en el destino, acabó por
persuadirse de que la influencia del diablo había estropeado el suyo.
Un instante pensó en confesarse con aquel
cura, cuya mirada le había parecido tan inteligente; luego tuvo miedo de
confiar los secretos que perturbaban su vida y su descanso.
En medio de sus negras reflexiones, vio por
fin llegar a monsieur Poulain, que se acercó, saludándole con deferencia.
El conocimiento fue pronto hecho.
Los
dos hombres sintieron desde las primeras palabras que eran tan ambiciosos el
uno como el otro.
El rector llevó a Alvimar a su casa y le
invitó a almorzar.
- No podré ofreceros - le dijo - más que una
comida muy pobre. Mi cocina no se parece a la del castillo. No tengo ni criados
ni vasallos a mis órdenes para proveer mis festines. La frugalidad de mi mesa
os permitirá conservar bastante apetito para hacer honor a la del marqués, cuya
campana no sonará hasta dentro de tres horas.
Había en este preámbulo un sentimiento de
amargura envidiosa contra el castillo que no escapó al español. Se apresuró a
aceptar el almuerzo del rector con la seguridad de enterarse de todo lo que
debía esperar o temer de la hospitalidad del marqués.
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