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- XIV -
Monsieur Poulain empezó hablando bien del
castellano.
Era un hombre excelente; tenía muy buenas intenciones; no podía negarse
que daba mucho a los pobres; desgraciadamente, tenía poco discernimiento y
distribuía sus limosnas al azar, sin consultar al intermediario natural entre
el castillo y la cabaña, o sea el párroco. Era algo chiflado, inofensivo
personalmente, pero peligroso por su posición, por su fortuna y por los
ejemplos de sensualidad refinada, de ligereza y de indiferencia religiosa que
daba a los que le rodeaban.
Además, había en su casa un personaje
bastante sospechoso: ese gaitero, que podía no ser tan mudo como fingía serlo;
algún hereje o falso sabio que se ocupaba de astronomía, acaso de astrología.
El viejo Adamas no valía mucho más; era un
vil adulador y un hipócrita, y el paje, tan ridículamente ataviado como un
gentilhombre, ¡él, que, como burgués, no tenía derecho a gastar raso, y que los
domingos iba a misa con una especie de sobrevesta adamascada!
Toda
aquella chusma no valía nada. Apenas eran corteses con monsieur Poulain; no le
manifeistaban ninguna consideración señalada; todavía no le habían invitado a
comer de un modo particular e insistente. Se habían limitado a decirle una vez
que tenía su cubierto puesto. Eso era portarse con muy pocos cumplidos, y era
sorprendente por parte de un hombre que había vivido mucho tiempo en la corte.
Bien es verdad que la corte del Bearnés no brillaba por su urbanidad, y allí se
mimaba escandalosamente a gentes de poco más o menos; en fin, en el castillo la
única persona que tenía buen sentido era Belinda.
Alvimar comprendió que monsieur Poulain era
hombre de juicio. Volvió a pensar que el gaitero, sobre todo, era sospechoso.
Sin embargo, no se interesó mucho tiempo por
tales menudencias.
Tan pronto como se hubo cerciorado de que no
debía demostrar confianza al marqués, ascendió en sus preocupaciones y quiso
saber lo que debía pensar de los personajes de la provincia.
Monsieur Poulain estaba al corriente de
todos los secretos del Gobierno de Bourges. Entendía la política a la manera de
Alvimar: apoderarse de la vida privada de cada persona para llegar a tener
ascendiente sobre los asuntos generales.
Este mal sacerdote comprendió que podía
hablar; confesó que se encontraba muy a disgusto en aquella pequeña aldea, pero
que tenía paciencia con la esperanza de que un día u otro monsieur de Bois -
Doré o su vecino monsieur de Beuvre provocasen alguna persecución que él
prefería sufrir a ejercer.
- Comprendedme bien; más vale estar en el
terreno de la defensiva que en la brecha de la agresión. En la brecha no se
está nunca seguro; si estos calvinistas del bajo Berry llegasen a amenazarme
hasta hacerme algún pequeño daño, yo metería bastante ruido y saldría de estas
funciones ínfimas y de este país desierto. No vayáis a suponerme ambicioso; no
tengo más ambición que la de servir a la Iglesia, y, para ser útil, hay que
admitir la necesidad de estar en candelero.
«Este curilla es más listo que yo - pensó
Alvimar - ; sabe esperar y colocarse convenientemente para disparar sobre el
enemigo; yo he sido siempre agresivo, y es lo que me ha perdido. Pero nunca es
tarde para aprovechar los buenos consejos; vendré a menudo a pedírselos a este
hombre.»
Efectivamente; aquel hombre, que parecía no
ocuparse más que de comadreos de pueblo y que en el fondo no se preocupaba de
ellos más que por el partido que les podía sacar, era más listo que Alvimar;
tanto es así, que en una hora le adivinó ¡a él, tan desconfiado!, y se enteró,
si no de los secretos de su vida, al menos de los de su carácter, de sus
decepciones, sus desdichas, sus deseos y sus necesidades.
Cuando le hubo sonsacado cuanto quiso,
pareciendo ser él el que hacía confidencias, fue derecho al grano y le habló en
la forma siguiente:
- Tenéis más probabilidades que yo para
triunfar, dado que la fortuna es la mayor condición para el poderío. Un
sacerdote no puede hacer fortuna tan fácilmente como un seglar. Tiene que
caminar lentamente, sin más fuerzas que las de su espíritu y su celo. No debe
olvidar que la riqueza no es su finalidad, y no la puede desear más que como un
medio. Pero vos estáis en disposición de hacer fortuna de la noche a la mañana.
Basta con que os caséis.
- No lo creo - dijo Alvimar - . Las mujeres
de nuestra época corrompida hacen la fortuna de sus amantes con más gusto que
la de sus maridos.
- Lo he oído decir - contestó monsieur de
Poulain - ; pero conozco el remedio.
- ¿Ah, sí? ¡Pues poseéis un gran secreto!
- Muy
sencillo y muy fácil. No hay que apuntar tan alto como puede que lo hayáis
hecho. No es necesario casarse con una mujer del gran mundo. Hay que
buscar una buena dote y una mujer sencilla en el fondo de una provincia. ¿Me
comprendéis bien? Hay que gastar el dinero en la corte sin llevar allí a la
mujer.
- ¡Cómo! ¿Casarse
con una burguesa?
- Hay damiselas nobles que son más ricas que
las burguesas y no menos modestas.
- No conozco a ninguna.
- La hay en este país, sin ir más lejos... ¿Y
la viudita de la Motte Seuilly?
- No tiene gran
fortuna.
- Juzgáis por las apariencias. Aquí no hay
costumbres de lujo. Exceptuando a ese loco marqués, la nobleza sedentaria vive
sin ostentación; pero hay dinero. El contrabando de sal y los saqueos de los
conventos han enriquecido a los hidalgos. Cuando queráis, yo os probaré que con
las rentas de madame de Beuvre llevaréis en París una vida de las más holgadas.
Además, está emparentada con las primeras familias de Francia y no todas verían
con gusto la alianza con un español.
- ¿Pero no es calvinista como su padre?
- ¡La convertiríais!... Al menos que su
calvinismo os sirviese de pretexto fácil paxa dejarla vivir en su castillo.
- ¡Veis muy lejos, señor rector! Pero
si un día u otro declaráis la guerra a esa familia...
- Con tal que no haga que la despojen de sus
bienes, esta guerra puede, en ciertos casos, seros útil. Fijaos bien en que no
os aconsejo que maltratéis o abandonéis a vuestra esposa, sino que tengáis la
libertad de alejaros de ella por las necesidades de vuestra condición. Si su
carácter se agriase o si se rebelase, se la podría dominar por su herejía. La
libertad de conciencia concedida a estas gentes está sujeta a restricciones que
ellos quebrantan a menudo. Por lo tanto, están siempre bajo nuestra
dependencia, y la prueba es que esa viudita no encuentra con quien volverse a
casar. Los jóvenes del país están hartos de la guerra de castillos y temen
casarse con la guerra. En estos momentos me tendríais más rival que acaso
monsieur de Ars, que es un moderado y un asiduo de la Motte. Pero ya se le sabría retener en Bourges
con otros lazos. Es un
mozo fácil de distraer. Además, con el tipo que tenéis, y tratándose de una
viuda que debe de aburrirse en la soledad, tendríais que ser muy poco hábil
para fracasar. Veo en vuestra sonrisa que no dudáis mucho del éxito.
- Pues bien; confieso que no estáis
equivocado - contestó Alvimar, que recordó de pronto la emoción que la damita
no había logrado ocultarle y acerca de la que él se había podido equivocar
fácilmente. - Creo que si yo quisiera...
- Hay que querer... Pensad en ello... - respondió monsieur de Poulain,
levantándose - . Si
estáis decidido, escribiré confidencialmente a gentes que pueden mucho.
Se refería a los jesuitas, que ya habían
empezado a conmover la firmeza de monsieur de Beuvre, amenazándole con impedir
que su hija se volviese a casar. Podían devolver al hidalgo su tranquilidad al
precio de este enlace. Alvimar comprendió a medias palabras, y prometió al
rector que lo pensaría seriamente y que le daría la contestación a los dos
días, puesto que precisamente tenía que pasar el día siguiente en casa de
monsieur de Beuvre.
La campana del castillo anunciaba la
comida; Alvimar se despidió del curilla, que le auguraba tan risueños destinos,
y emprendió de nuevo el camino hacia el castillo.
Se sentía más fuerte y más alegre que lo había
estado desde hacía muchos días, porque se sentía en comunicación con un
espíritu activo, capaz de ayudarle llegado el caso. El valor le volvía. Su fuga
al Berry, su refugio inquietante en casa del enemigo de sus creencias y de sus
opiniones, y la especie de aislamiento, que dos horas antes se presentaban a su
pensamiento con un tinte sombrío, le sonreía ahora como una aventura feliz.
«Sí, sí; este hombre tiene razón - pensaba -
. Este casamiento me salvará. No tengo más que querer. Cuando haya enamorado a
esta provincianita, podré confesarle mi desgracia en la corte. Será para ella
una cuestión de honor el ofrecerme compensaciones. Además, si es menester
dármelas de moderado durante unos días... ¡pues lo intentaré! ¡Vaya, valor! Mi
horizonte se aclara y acaso brille el fin la estrella de mi fortuna.»
Al hacer estas reflexiones levantó la cabeza
y vio ante él, sobre el puente levadizo del patio, al niño de la marisca
montando valientemente uno de los caballos de la carroza del marqués.
Mercedes había pedido permiso a Adamas para
pasar el día en el castillo, y el buen hombre se lo había concedido en nombre
de su amo, a quien la quería presentar en cuanto éste estuviese visible.
Al jugar en el patio, el niño le había hecho
gracia al cochero, que había consentido en mantarle sobre Squilindre, mientras
que él, montando Pimante - el otro caballo de la carroza - , tenía la brida y
conducía los caballos al río para que tomasen su baño cotidiano.
La figura de aquel niño llamó la atención de
Alvimar; la víspera le había visto abalanzarse pordioseando entre las patas de
su caballo y huir ante su látigo, y ahora el mismo niño, encaramado sobre el
monumental corcel Squilindre, le miraba de arriba abajo con aire de triunfo
benévolo.
Era imposible ver una cara más interesante y
más conmovedora que la del pequeño vagabundo; su belleza no era vistosa: era
pálido, quemado por el sol y parecía endeblucho; acaso sus facciones no eran
irreprochables; pero en la expresión de sus ojos, de un negro dulcemente
aterciopelado, y en la sonrisa bondadosa y fina de su boca delicada, había algo
irresistible para todo el que no tuviera el corazón cerrado al encanto divino
de la infancia.
Instintivamente Adamas había sentido su
dulce poderío y hasta los criados más groseros del corral los sentían también.
¡Estas naturalezas rudas son a veces tan buenas! ¿No ha dicho de ellas madame
de Sevigné que se encuentran «almas de campesinos completamente rectas que aman
la virtud con la misma naturalidad con que los caballos galopan»?
Pero Alvimar no amaba el candor, no amaba a
los niños, y éste en particular le causó un desagrado que no logró explicarse.
Tuvo una sensación de vértigo y de frío,
como si en el momento en que volvía más sosegado y menos triste al castillo de
Briantes, el rastrillo le hubiese caído sobre la cabeza.
Desde hacía algunos años sufría vértigos
repentinos, y solía atribuir a las personas que en aquellos momentos le
llamaban la atención el fenómeno que le ocurría. Creía en influencias
misteriosas, y para desviarlas se apresuraba, por si acaso, a renegar y a
maldecir interiormente de los seres que le parecían revestidos de este poder
oculto.
- ¡Así te rompa la cabeza ese caballo! -
murmuró, mientras que debajo de su capa levantaba los dedos de la mano
izquierda para conjurar el mal de ojo.
Al ver que la morisca venía hacia él por el
patio, repitió el gesto cabalístico. La mujer se detuvo un momento y,
como la víspera, le miró con una atención que le irritó.
- ¿Qué me queréis?
- le preguntó bruscamente, adelantándose hacia ella.
La morisca no
contestó; le saludó y corrió a reunirse con su hijo, preocupada por verle a
caballo.
El marqués venía
con Lucilio Giovellino al encuentro de su huésped.
- ¡Venid a comer! -
le dijo. ¡Debéis de estar
muerto de hambre! La Belinda se desespera porque, como no os ha visto salir esta
mañana, no ha podido impedir que os marchéis en ayunas.
Alvimar no creyó deber hablar de su visita y
de su comida en casa del cura. Habló de la belleza agreste de los arrabales y del tiempo dulce y risueño
de la mañana otoñal.
- Sí - dijo Bois - Doré - ; durará todavía unos días, porque el sol...
Un grito estridente le interrumpió,
y, corriendo con toda la velocidad que le fue posible, para enterarse de lo que
ocurría, llegó al puente con Alvimar y Lucilio; uno le había precedido y el
otro le seguía maquinalmente.
Vieron entonces que la morisca, desde el borde
del foso, extendía con angustia los brazos hacia el niño, que era arrastrado
río adentro por el caballo que montaba; la mujer parecía dispuesta a arrojarse
al agua desde el escarpado sitio en que se encontraba.
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