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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - XV -
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 - XV -

   He aquí lo que había ocurrido.

 

   El gitanito, radiante y orgulloso por montar un caballo tan grande, había persuadido graciosamente al cochero de que le dejase guiar. El buen Squilindre, sintiéndose entregado a aquellas manecitas y excitado además por los alegres taconazos que tamborileaban sobre sus flancos, se había aventurado demasiado hacia la derecha, había perdido el vado y había pasado nadando por debajo del puente. El cochero intentaba acudir en su auxilio; pero Pimante, más desconfiado que su compañero, se negaba a perder pie. El niño, asido a las crines, estaba encantado con la aventura.

 

   Sin embargo, los gritos de su madre le volvieron a la realidad, y gritó en un idioma que sólo Lucilio pudo comprender:

 

   - No tengas miedo, madre; estoy bien agarrado.

 

   Pero había entrado en la corriente del río que alimentaba el foso. El pesado y flemático Squilindre estaba ya cansado, y las ventanas de su nariz, abiertas y tirantes, denotaban su malestar y su inquietud.

 

   No se le ocurría volver atrás; iba derecho al estanque, donde la imposibilidad de franquear el dique podía agotar las fuerzas que le quedaban para nadar.

 

   Pero todavía el peligro no era inminente, y Lucilio se esforzaba en hacer comprender por gestos a la morisca que no debía arrojarse al agua. Ella no hacía caso, y ya descendía por el musgoso talud, cuando el marqués, al ver el peligro que corrían aquellos dos infelices, empezó a desabrocharse el abrigo.

 

   Se hubiera arrojado; se disponía a hacerlo sin consultar a nadie y sin que Alvimar comprendiese su designio, cuando Lucilio lo advirtió, y como a él nada le estorbaba, se arrojó al foso desde el puente y empezó a nadar vigorosamente hacia el niño.

 

   - ¡Ah, mi bueno y bravo Giovellino! - exclamó el marqués, olvidando en su emoción la traducción francesa, que desnaturalizaba el nombre de su amigo.

 

   Alvimar registró el nombre en los pequeños archivos de su memoria, que era muy fiel, y mientras que el marqués se acercaba al talud para calmar y contener a la morisca, él permaneció sobre el puente, contemplando con un interés singular el giro que tomaba la aventura.

 

   Este interés no era el que cualquiera persona de buen corazón hubiera sentido en semejante circunstancia, y, sin embargo, el español experimentaba una gran ansiedad.

 

   No deseaba que el mudo se ahogase, lo que no era probable; pero deseaba que el niño pereciese, lo que era muy posible. No pedía al cielo que abandonase a la pobre criatura, y tampoco razonaba su instinto; pero éste le dominaba, a pesar suyo, como un mal extraño e invencible. El niño le inspiraba un terror supersticioso que iba en aumento.

 

   «Si lo que siento es una revelación de mi destino - pensó - , en este momento se debate y se decide mi suerte. Si el niño muere, estoy salvado; si se salva, estoy perdido

 

   El niño fue salvado.

 

   Lucilio alcanzó al caballo, agarró al pequeño jinete por el cuello de su chamarreta y le dejó sobre el talud, entre los brazos de su madre, que había seguido, corriendo y gritando, las peripecias del drama.

 

   Después volvió tranquilamente en busca de Squilindre, que se obstinaba estúpidamente contra el dique del estanque; le obligó a retroceder y le entregó sano y salvo al cochero, que estaba apuradísimo.

 

   Todo el mundo había acudido al oír los gritos de la morisca y todos sintieron un verdadero enternecimiento viéndola besar, sollozando, las rodillas de Lucilio y hablarle efusivamente en árabe, sorprendida de que no la contestase nada, aunque parecía entender perfectamente el idioma.

 

   El marqués abrazó a Lucilio y le dijo en voz baja:

 

   - ¡Eh, mi pobre amigo! ¡A pesar de ser un hombre atormentado hasta los huesos por la mano del verdugo, sois todavía un vigoroso nadador! Dios, que sabe que no vivís más que para el bien, ha querido hacer milagros en vos. Ahora id a mudaros por completo; y vos, Adamas, haced que sequen y calienten a este pobre diablillo, que no parece estar más asustado que si saliese de su cama. Deseo que, después de mi almuerzo, me lo traigáis con su madre; por lo tanto, ponedlos lo más limpios que podáis. ¿Pero dónde está monsieur de Villarreal?

 

   El supuesto Villarreal había vuelto al castillo, y solo, en su cuarto, rogaba al Dios vengador, en que creía, para que no le castigase demasiado por la aspereza con que había deseado, sin causa, la muerte del gitanito.

 

   Llamamos así al niño para imitar a las personas que en aquel momento le rodeaban. Pero después del almuerzo, cuando monsieur de Bois - Doré se trasladó a su antigua sala de su castillo a la que Adamas daba el pomposo título de sala de audiencias, y a veces de sala de justicia, y cuando el viejo servidor le presentó la morisca y su hijo, la primera palabra del marqués, tras un silencio imponente, fue esta exclamación:

 

   - Cuanto más considero este chiquillo, más me convenzo de que no es ni egipcio, ni morisco, sino, antes bien, español de pura raza y acaso de sangre francesa.

 

   No era necesario ser adivino para hacer tal descubrimiento; sin embargo, fue escuchado con todo respeto por Adamas, que, en calidad de introductor, se hallaba presente a la conferencia. Alvimar y Lucilio habían sido invitados al acto por el marqués.

 

   - Mirad - prosiguió Bois - Doré ingenuamente satisfecho por su penetración, desabrochando la gruesa camisa blanca del niño - : su cara está tostada por el sol; pero no más que la de nuestros aldeanos en tiempo de siega; su cuello es blanco como la nieve, y jamás siervo ni villano tuvo las manos y los pies tan menudos como éstos. Vamos, diablillo, no avergonzaros, y ya que, según dicen, entendéis el francés, contestadnos: ¿Cómo os llamáis?

 

   - Mario - contestó el niño sin vacilar.

 

   - ¿Mario? ¡Eso es un nombre italiano!

 

   - Yo no .

 

   - ¿De qué país sois?

 

   - Creo que soy francés.

 

   - ¿Dónde habéis nacido?

 

   - No me acuerdo.

 

   - ¡No me extraña! - dijo el marqués riendo - . Pero preguntádselo a vuestra madre.

 

   Mario se volvió hacia la morisca y abrió la boca para hablarle.

 

   Una expresión de felicidad irradiaba de su rostro por sentirse acogido paternalmente por el hermoso caballero, que le tenía entre las rodillas, y de quien tocaba con la punta de sus deditos el precioso traje de raso y el lindo perrito emperifollado.

 

   Pero tan pronto como su mirada se cruzó con la de su madre, pareció comprender un aviso de gran importancia; se alejó dulcemente de monsieur de Bois - Doré, y acercándose a la morisca, bajó los ojos sin hablar.

 

   El marqués le dirigió otras preguntas, a las que no contestó tampoco; pero su mirada, tierna y dulce, parecía pedirle furtivamente perdón por su descortesía.

 

   - Amigo Adamas - dijo el marqués - ; creo que has exagerado un poco tu historia al pretender que este mozalbete habla vulgarmente nuestro idioma. Es verdad que lo pronuncia bastante bien y que ha dicho varias palabras casi sin acento extranjero; pero creo que a eso se reduce su conocimiento del francés. Ya que tú sabes tan bien el español - yo confieso que muy poco - , hazle que se explique.

 

   - Es inútil, señor marqués - dijo Adamas sin desconcertarse - ; os juro que este bribonzuelo habla el francés como un letrado. Pero está cohibido ante vos, sencillamente.

 

   - ¡Quia! - dijo el marqués - . Es un valiente que no teme a nada. Ha salido del agua tan risueño como había entrado, y ya ve que somos buenas gentes.

 

   Mario pareció haber comprendido, porque sus amables ojos aprobaban, mientras que la mirada inteligente y temerosa de la morisca se detenía sobre Alvimar como para decir que no, que aquél, al menos, no merecía el último calificativo del marqués.

 

   - Vaya, vaya - prosiguió el buen Silvain, cogiendo de nuevo a Mario entre sus piernas - ; quiero que seamos buenos amigos. Quiero a los niños, y éste me gusta. ¿Verdad, maese Jovelin, que esta cara no está hecha para engañar, y que esta mirada de niño va derecha al corazón? Aquí hay un misterio, y le quiero conocer. Escucha, amigo Mario: si me contestas la verdad te daré... ¿Qué quieres que te ?

 

   El niño, obedeciendo a la ingenua impetuosidad de sus pocos años, se precipitó hacia Fleurial, el lindo perrito blanco, que no abandonaba el regazo de su amo en cuanto éste se hallaba sentado.

 

   Mario parecía resuelto a todo por conseguirle; pero una segunda mirada de Mercedes le advirtió que debía contenerse, y volvió a dejar el perrito sobre las rodillas de su amo, con gran satisfacción del marqués, que temía haber ido demasiado lejos.

 

   El niño movió tristemente la cabeza e hizo señas de que no deseaba nada.

 

   Hasta entonces, Alvimar no había hablado; mientras hacía su oración, después de la escena del estanque, había, rápida pero seguramente, repasado en su memoria todas las circunstancias de su vida. No había encontrado en ellas nada que pudiese relacionarse, aun indirectamente, con una mujer y un niño en el caso en que éstos se encontraban.

 

   Por lo tanto, su emoción había sido sencillamente una alucinación; se arrepintió de no haberla sabido vencer en el acto y recuperó toda su serenidad.

 

   Durante la comida, el marqués no había dicho una palabra del relato de Adamas acerca del viaje misterioso de Mercedes. El mismo Bois - Doré no le había escuchado más que a medias, la víspera, al dormirse. Por eso, desde hacía unos minutos, Alvimar consideraba con una tranquilidad despreciativa aquellos dos mendigos, y le parecía haber encontrado por fin la causa vulgar de la repugnancia que sentía hacia ellos.

 

   Tomó la palabra:

 

   - Señor marqués - dijo - : si me permitís retirarme, me parece que mediante algún dinero haréis hablar a este bribonzuelo cuando gustéis. Puede que sea un cristiano robado por esta morisca, porque no me cabe duda acerca de la raza de la mujer. Sin embargo, si creéis que el color de la piel es una indicación segura, estáis en un error. Hay muchos de estos miserables que son tan blancos como nosotros, y si queréis tener una seguridad, haréis bien en levantar los cabellos que cubren la frente de este rapaz; acaso hallaréis la señal del hierro candente.

 

   - ¡Cómo! - dijo el marqués sonriendo - . ¿Tanto miedo tienen al agua del bautismo que borran su huella con fuego?

 

   - Esa marca es de la esclavitud - prosiguió Alvimar - . Se la inflige la ley española. Se les imprimen en la frente la marca de una S y la de una cabeza de clavo, lo cual significa en español, y en sentido figurado, esclavo.

 

   - Sí - dijo el marqués - , ya comprendo; es un jeroglífico. Pues lo encuentro muy feo, y si este pobre niño está señalado y es esclavo en vuestro país, yo le compro y le hago libre en el buen país de Francia.

 

   Mercedes no había comprendido nada de lo que decían en torno suyo. Veía con angustia que Alvimar se acercaba a Mario como para tocarle; pero el español no hubiese, por nada del mundo, mancillado sus guantes con el contacto de un morisco, y esperaba que el marqués levantase los cabellos del niño; Bois - Doré no lo hacía por un sentimiento delicado de conmiseración hacia la pobre madre, de quien creía comprender la humillación y la inquietud.

 

   Mario comprendía lo que decían; pero, dominado y como fascinado por la mirada de Mercedes, se encerraba en un silencio impasible.

 

   - Ya veis - dijo Alvimar al marqués - cómo baja la cabeza, ocultando su vergüenza. Vamos, estoy suficientemente enterado de lo que son, y os dejo en su honrada compañía. No hay peligro de que abran la boca ante un español, y, por lo visto, saben que lo soy. Entre esa raza abyecta y la nuestra existe un instinto de aversión que nos hace olfatearnos, como el ave salvaje olfatea al cazador. Ayer he encontrado a esta mujer en la carretera, y estoy seguro de que ha intentado alguna brujería sobre mi caballo porque esta mañana cojeaba. ¡Si yo fuese el dueño de esta casa, semejante peste no permanecería en ella ni un minuto más!

 

   - Sois mi huésped - contestó Bois - Doré cortésmente, pero con un acento de dignidad y de energía del que Alvimar no le hubiera creído capaz - , y como tal, tenéis derecho a no hallar en mi casa contradicción a vuestras ideas, sean o no sean las mías. Como no quiero que bajo mi techo seáis molestado en nada, si la presencia de estos infieles os desagrada, nos las arreglaremos para que no vuelvan a herir vuestra vista; pero no podéis exigir que eche brutalmente a un niño y a una mujer.

 

   - Ciertamente que no, señor - dijo Alvimar recobrando el dominio de sí mismo - ; sería desconocer vuestras bondades, y os pido perdón por mi violencia. Vos sabéis el horror que existe en mi país contra los infieles, y yo que hubiera debido refrenarlo aquí.

 

   - ¿Qué queréis decir? - preguntó Bois - Doré algo impacientado - . ¿Es que nos tomáis por musulmanes?

 

   - ¡No lo quiera Dios, señor marqués! Me refería a la tolerancia francesa, en general, y como la urbanidad nos impone como ley el conformarnos a los usos del país que nos da la hospitalidad, os prometo que me dominaré y que veré sin repugnancia en vuestra casa a quien os plazca recibir.

 

   ¡Perfectamente! - contestó el buen marqués, dándole la mano - . ¿Queréis que dentro de un rato, cuando haya terminado aquí, os lleve a matar un par de liebres?

 

   - Es demasiada bondad - dijo Alvimar al salir pero no os molestéis por mí; hasta que llegue la hora de la comida iré, con vuestro permiso, a escribir algunas cartas.

 

   El marqués se levantó para saludarle; luego se volvió a sentar con una gracia indolente y dijo, dirigiéndose a Lucilio:

 

   - Nuestro huésped es un caballero bien educado, pero tiene el genio algo vivo, y, después de todo, su desgracia, consiste en ser demasiado español; estos seres sublimes desprecian todo lo que no es como ellos mismos; pero creo que se han perjudicado al martirizar y exterminar a los pobres moriscas. Un día u otro lo lamentarán. Los moriscos eran trabajadores y limpios en el país de la pereza y de la mugre. Antes de ser tan duramente provocados, eran dulces y humanos. Vaya, vaya; si tenemos ante nosotros un pobre despojo de esa raza que fue grande en otros tiempos, no le pisoteemos. ¡Tengamos piedad! ¡Dios para todos!

 

   Lucilio había escuchado al marqués con una atención religiosa y se puso a escribir mientras oía las últimas palabras.

 

   - ¿Qué hacéis? - le dijo Bois - Doré.

 

   Lucilio le enseñó el papel, que al marqués le pareció que era un verdadero jeroglífico.

 

   - Son - contestó el mudo con un lápiz - las excelentes palabras que acabáis de pronunciar traducidas al árabe. Ved si el niño sabe leer y si comprende este idioma.

 

   Mario miró el papel que le presentaran y corrió a leerlo a su madre; la morisca escuchó con gran emoción, besó lo escrito y fue a arrodillarse ante el marqués.

 

   Luego se volvió hacia Giovellino y le dijo en árabe:

 

   - Hombre de corazón y de virtud, di a este hombre de bien lo que te voy a decir. No he querido hablar mi idioma delante del español. No he querido que el niño dijese una palabra delante de él. El español nos odia, y donde nos encuentra nos daña. Sin embargo, el niño es cristiano no es esclavo. Puedes ver sobre mi frente la señal de la Inquisición; se ve todavía, aunque yo era muy pequeña cuando me quemaron.

 

   Al hablar así desató el pañuelo de harpillera abigarrada que sujetaba su larga cabellera negra, y enseñó su frente, que no presentaba ninguna marca.

 

   Pero se golpeó con la palma de la mano, y al momento, el horrible jeroglífico se dibujó en blanco sobre la piel enrojecida.

 

   Levantó la suave y abundante cabellera de Mario, y prosiguió:

 

   - Pero puedes mirar la frente del niño. Si la hubieran señalado como la mía, la huella no podría disimularse todavía. Es una frente bautizada por un cura de su religión; el niño está instruído en la fe y en el idioma de sus antepasados.

 

   Mientras que la morisca hablaba, Lucilio escribía, traduciendo, y el marqués leía.

 

   - Preguntadle su historia - dijo al mudo - ; hacedle saber que nos interesamos por sus desgracias y que la tomamos bajo nuestra protección.

 

   Lucilio no necesitó escribir las palabras de Bois - Doré; Mario, que hablaba el árabe con la misma facilidad que el francés y el catalán, las traducía a su madre adoptiva con una facilidad notable.

 

   Transcribiremos la conversación de estas cuatro personas, como si las cuatro hubieran hablado el mismo idioma, y como si Lucilio, rápido en escribir, no se hallase en la imposibilidad de hablar ninguno.

 

 

 




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