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- XV -
He aquí lo que había ocurrido.
El gitanito, radiante y orgulloso por montar
un caballo tan grande, había persuadido graciosamente al cochero de que le
dejase guiar. El buen Squilindre, sintiéndose entregado a aquellas manecitas y
excitado además por los alegres taconazos que tamborileaban sobre sus flancos,
se había aventurado demasiado hacia la derecha, había perdido el vado y había
pasado nadando por debajo del puente. El cochero intentaba acudir en su
auxilio; pero Pimante, más desconfiado que su compañero, se negaba a perder
pie. El niño, asido a las crines, estaba encantado con la aventura.
Sin embargo, los gritos de su madre le
volvieron a la realidad, y gritó en un idioma que sólo Lucilio pudo comprender:
- No tengas miedo, madre; estoy bien
agarrado.
Pero había entrado en la corriente del río
que alimentaba el foso. El pesado y flemático Squilindre estaba ya cansado, y
las ventanas de su nariz, abiertas y tirantes, denotaban su malestar y su
inquietud.
No se le ocurría volver atrás; iba derecho
al estanque, donde la imposibilidad de franquear el dique podía agotar las
fuerzas que le quedaban para nadar.
Pero todavía el peligro no era inminente, y
Lucilio se esforzaba en hacer comprender por gestos a la morisca que no debía
arrojarse al agua. Ella no hacía caso, y ya descendía por el musgoso talud,
cuando el marqués, al ver el peligro que corrían aquellos dos infelices, empezó
a desabrocharse el abrigo.
Se hubiera arrojado; se disponía a hacerlo
sin consultar a nadie y sin que Alvimar comprendiese su designio, cuando
Lucilio lo advirtió, y como a él nada le estorbaba, se arrojó al foso desde el
puente y empezó a nadar vigorosamente hacia el niño.
- ¡Ah, mi bueno y bravo Giovellino! -
exclamó el marqués, olvidando en su emoción la traducción francesa, que
desnaturalizaba el nombre de su amigo.
Alvimar registró el nombre en los pequeños
archivos de su memoria, que era muy fiel, y mientras que el marqués se acercaba
al talud para calmar y contener a la morisca, él permaneció sobre el puente,
contemplando con un interés singular el giro que tomaba la aventura.
Este interés no era el que cualquiera persona
de buen corazón hubiera sentido en semejante circunstancia, y, sin embargo, el
español experimentaba una gran ansiedad.
No deseaba que el mudo se ahogase, lo que no
era probable; pero deseaba que el niño pereciese, lo que era muy posible. No
pedía al cielo que abandonase a la pobre criatura, y tampoco razonaba su
instinto; pero éste le dominaba, a pesar suyo, como un mal extraño e
invencible. El niño le inspiraba un terror supersticioso que iba en aumento.
«Si lo que siento es una revelación de mi
destino - pensó - , en este momento se debate y se decide mi suerte. Si el niño
muere, estoy salvado; si se salva, estoy perdido.»
El niño fue salvado.
Lucilio alcanzó al caballo, agarró al
pequeño jinete por el cuello de su chamarreta y le dejó sobre el talud, entre
los brazos de su madre, que había seguido, corriendo y gritando, las peripecias
del drama.
Después volvió tranquilamente en busca de
Squilindre, que se obstinaba estúpidamente contra el dique del estanque; le
obligó a retroceder y le entregó sano y salvo al cochero, que estaba
apuradísimo.
Todo el mundo había acudido al oír los
gritos de la morisca y todos sintieron un verdadero enternecimiento viéndola
besar, sollozando, las rodillas de Lucilio y hablarle efusivamente en árabe,
sorprendida de que no la contestase nada, aunque parecía entender perfectamente
el idioma.
El marqués abrazó a Lucilio y le dijo en voz
baja:
- ¡Eh, mi pobre amigo! ¡A pesar de ser un
hombre atormentado hasta los huesos por la mano del verdugo, sois todavía un
vigoroso nadador! Dios, que sabe que no vivís más que para el bien, ha querido
hacer milagros en vos. Ahora id a mudaros por completo; y vos, Adamas, haced
que sequen y calienten a este pobre diablillo, que no parece estar más asustado
que si saliese de su cama. Deseo que, después de mi almuerzo, me lo traigáis
con su madre; por lo tanto, ponedlos lo más limpios que podáis. ¿Pero dónde
está monsieur de Villarreal?
El supuesto Villarreal había vuelto al
castillo, y solo, en su cuarto, rogaba al Dios vengador, en que creía, para que
no le castigase demasiado por la aspereza con que había deseado, sin causa, la
muerte del gitanito.
Llamamos así al niño para imitar a las
personas que en aquel momento le rodeaban. Pero después del almuerzo, cuando
monsieur de Bois - Doré se trasladó a su antigua sala de su castillo a la que
Adamas daba el pomposo título de sala de audiencias, y a veces de sala de
justicia, y cuando el viejo servidor le presentó la morisca y su hijo, la
primera palabra del marqués, tras un silencio imponente, fue esta exclamación:
- Cuanto más considero este chiquillo, más
me convenzo de que no es ni egipcio, ni morisco, sino, antes bien, español de
pura raza y acaso de sangre francesa.
No era necesario ser adivino para hacer tal
descubrimiento; sin embargo, fue escuchado con todo respeto por Adamas, que, en
calidad de introductor, se hallaba presente a la conferencia. Alvimar y Lucilio
habían sido invitados al acto por el marqués.
- Mirad - prosiguió Bois - Doré ingenuamente
satisfecho por su penetración, desabrochando la gruesa camisa blanca del niño -
: su cara está tostada por el sol; pero no más que la de nuestros aldeanos en
tiempo de siega; su cuello es blanco como la nieve, y jamás siervo ni villano
tuvo las manos y los pies tan menudos como éstos. Vamos, diablillo, no
avergonzaros, y ya que, según dicen, entendéis el francés, contestadnos: ¿Cómo
os llamáis?
- Mario - contestó el niño sin
vacilar.
- ¿Mario? ¡Eso es
un nombre italiano!
- Yo no sé.
- ¿De qué país sois?
- Creo que soy francés.
- ¿Dónde habéis nacido?
- No me acuerdo.
- ¡No me extraña! - dijo el marqués riendo -
. Pero preguntádselo a vuestra madre.
Mario se volvió hacia la morisca y abrió la
boca para hablarle.
Una expresión de felicidad irradiaba de su
rostro por sentirse acogido paternalmente por el hermoso caballero, que le
tenía entre las rodillas, y de quien tocaba con la punta de sus deditos el
precioso traje de raso y el lindo perrito emperifollado.
Pero tan pronto como su mirada se cruzó con
la de su madre, pareció comprender un aviso de gran importancia; se alejó
dulcemente de monsieur de Bois - Doré, y acercándose a la morisca, bajó los
ojos sin hablar.
El marqués le dirigió otras preguntas, a las
que no contestó tampoco; pero su mirada, tierna y dulce, parecía pedirle
furtivamente perdón por su descortesía.
- Amigo Adamas - dijo el marqués - ; creo
que has exagerado un poco tu historia al pretender que este mozalbete habla
vulgarmente nuestro idioma. Es verdad que lo pronuncia bastante bien y que ha
dicho varias palabras casi sin acento extranjero; pero creo que a eso se reduce
su conocimiento del francés. Ya que tú sabes tan bien el español - yo confieso
que sé muy poco - , hazle que se explique.
- Es inútil, señor marqués - dijo Adamas sin
desconcertarse - ; os juro que este bribonzuelo habla el francés como un
letrado. Pero está cohibido ante vos, sencillamente.
- ¡Quia! - dijo el marqués - . Es un
valiente que no teme a nada. Ha salido del agua tan risueño como había entrado,
y ya ve que somos buenas gentes.
Mario pareció haber comprendido, porque sus
amables ojos aprobaban, mientras que la mirada inteligente y temerosa de la
morisca se detenía sobre Alvimar como para decir que no, que aquél, al menos,
no merecía el último calificativo del marqués.
- Vaya, vaya - prosiguió el buen Silvain,
cogiendo de nuevo a Mario entre sus piernas - ; quiero que seamos buenos
amigos. Quiero a los niños, y éste me gusta. ¿Verdad, maese Jovelin, que esta
cara no está hecha para engañar, y que esta mirada de niño va derecha al
corazón? Aquí hay un misterio, y le quiero conocer. Escucha, amigo Mario: si me
contestas la verdad te daré... ¿Qué quieres que te dé?
El niño, obedeciendo a la ingenua
impetuosidad de sus pocos años, se precipitó hacia Fleurial, el lindo perrito
blanco, que no abandonaba el regazo de su amo en cuanto éste se hallaba
sentado.
Mario parecía resuelto a todo por
conseguirle; pero una segunda mirada de Mercedes le advirtió que debía
contenerse, y volvió a dejar el perrito sobre las rodillas de su amo, con gran
satisfacción del marqués, que temía haber ido demasiado lejos.
El niño movió tristemente la cabeza e hizo
señas de que no deseaba nada.
Hasta entonces, Alvimar no había hablado;
mientras hacía su oración, después de la escena del estanque, había, rápida
pero seguramente, repasado en su memoria todas las circunstancias de su vida.
No había encontrado en ellas nada que pudiese relacionarse, aun indirectamente,
con una mujer y un niño en el caso en que éstos se encontraban.
Por lo tanto, su emoción había sido
sencillamente una alucinación; se arrepintió de no haberla sabido vencer en el
acto y recuperó toda su serenidad.
Durante la comida, el marqués no había dicho
una palabra del relato de Adamas acerca del viaje misterioso de Mercedes. El
mismo Bois - Doré no le había escuchado más que a medias, la víspera, al
dormirse. Por eso, desde hacía unos minutos, Alvimar consideraba con una
tranquilidad despreciativa aquellos dos mendigos, y le parecía haber encontrado
por fin la causa vulgar de la repugnancia que sentía hacia ellos.
Tomó la palabra:
- Señor marqués - dijo - : si me permitís
retirarme, me parece que mediante algún dinero haréis hablar a este bribonzuelo
cuando gustéis. Puede que sea un cristiano robado por esta morisca, porque no
me cabe duda acerca de la raza de la mujer. Sin embargo, si creéis que el color
de la piel es una indicación segura, estáis en un error. Hay muchos de estos
miserables que son tan blancos como nosotros, y si queréis tener una seguridad,
haréis bien en levantar los cabellos que cubren la frente de este rapaz; acaso
hallaréis la señal del hierro candente.
- ¡Cómo! - dijo el marqués sonriendo - . ¿Tanto
miedo tienen al agua del bautismo que borran su huella con fuego?
- Esa marca es de la esclavitud - prosiguió
Alvimar - . Se la inflige la ley española. Se les imprimen en la frente la
marca de una S y la de una cabeza de clavo, lo cual significa en español, y en
sentido figurado, esclavo.
- Sí - dijo el marqués - , ya comprendo; es un
jeroglífico. Pues lo encuentro muy feo, y si este pobre niño está señalado y es
esclavo en vuestro país, yo le compro y le hago libre en el buen país de
Francia.
Mercedes no había comprendido nada de lo que
decían en torno suyo. Veía con angustia que Alvimar se acercaba a Mario como
para tocarle; pero el español no hubiese, por nada del mundo, mancillado sus
guantes con el contacto de un morisco, y esperaba que el marqués levantase los
cabellos del niño; Bois - Doré no lo hacía por un sentimiento delicado de
conmiseración hacia la pobre madre, de quien creía comprender la humillación y
la inquietud.
Mario comprendía lo que decían; pero,
dominado y como fascinado por la mirada de Mercedes, se encerraba en un
silencio impasible.
- Ya veis - dijo Alvimar al marqués - cómo
baja la cabeza, ocultando su vergüenza. Vamos, estoy suficientemente enterado
de lo que son, y os dejo en su honrada compañía. No hay peligro de que abran la
boca ante un español, y, por lo visto, saben que lo soy. Entre esa raza abyecta
y la nuestra existe un instinto de aversión que nos hace olfatearnos, como el
ave salvaje olfatea al cazador. Ayer he encontrado a esta mujer en la
carretera, y estoy seguro de que ha intentado alguna brujería sobre mi caballo
porque esta mañana cojeaba. ¡Si yo fuese el dueño de esta casa, semejante peste
no permanecería en ella ni un minuto más!
- Sois mi huésped - contestó Bois - Doré
cortésmente, pero con un acento de dignidad y de energía del que Alvimar no le
hubiera creído capaz - , y como tal, tenéis derecho a no hallar en mi casa
contradicción a vuestras ideas, sean o no sean las mías. Como no quiero que
bajo mi techo seáis molestado en nada, si la presencia de estos infieles os
desagrada, nos las arreglaremos para que no vuelvan a herir vuestra vista; pero
no podéis exigir que eche brutalmente a un niño y a una mujer.
- Ciertamente que no, señor - dijo Alvimar
recobrando el dominio de sí mismo - ; sería desconocer vuestras bondades, y os
pido perdón por mi violencia. Vos sabéis el horror que existe en mi país contra
los infieles, y yo sé que hubiera debido refrenarlo aquí.
- ¿Qué queréis decir? - preguntó Bois - Doré
algo impacientado - . ¿Es que nos tomáis por musulmanes?
- ¡No lo quiera Dios, señor marqués! Me
refería a la tolerancia francesa, en general, y como la urbanidad nos impone
como ley el conformarnos a los usos del país que nos da la hospitalidad, os
prometo que me dominaré y que veré sin repugnancia en vuestra casa a quien os
plazca recibir.
¡Perfectamente! - contestó el buen marqués,
dándole la mano - . ¿Queréis que dentro de un rato, cuando haya terminado aquí,
os lleve a matar un par de liebres?
- Es demasiada bondad - dijo Alvimar al
salir pero no os molestéis por mí; hasta que llegue la hora de la comida iré,
con vuestro permiso, a escribir algunas cartas.
El marqués se levantó para saludarle; luego
se volvió a sentar con una gracia indolente y dijo, dirigiéndose a Lucilio:
- Nuestro huésped es un caballero bien
educado, pero tiene el genio algo vivo, y, después de todo, su desgracia,
consiste en ser demasiado español; estos seres sublimes desprecian todo lo que
no es como ellos mismos; pero creo que se han perjudicado al martirizar y
exterminar a los pobres moriscas. Un día u otro lo lamentarán. Los moriscos
eran trabajadores y limpios en el país de la pereza y de la mugre. Antes de ser
tan duramente provocados, eran dulces y humanos. Vaya, vaya; si tenemos ante
nosotros un pobre despojo de esa raza que fue grande en otros tiempos, no le
pisoteemos. ¡Tengamos piedad! ¡Dios para todos!
Lucilio había escuchado al marqués con una
atención religiosa y se puso a escribir mientras oía las últimas palabras.
- ¿Qué hacéis? - le dijo Bois - Doré.
Lucilio le enseñó el papel, que al marqués le pareció que era un
verdadero jeroglífico.
- Son - contestó el mudo con un lápiz - las excelentes
palabras que acabáis de pronunciar traducidas al árabe. Ved si el niño
sabe leer y si comprende este idioma.
Mario miró el papel
que le presentaran y corrió a leerlo a su madre; la morisca escuchó con gran
emoción, besó lo escrito y fue a arrodillarse ante el marqués.
Luego se volvió
hacia Giovellino y le dijo en árabe:
- Hombre de corazón
y de virtud, di a este hombre de bien lo que te voy a decir. No he querido hablar mi idioma delante del
español. No he querido que el niño dijese una palabra delante de él. El español
nos odia, y donde nos encuentra nos daña. Sin embargo, el niño es cristiano no
es esclavo. Puedes ver sobre mi frente la señal de la Inquisición; se ve
todavía, aunque yo era muy pequeña cuando me quemaron.
Al hablar así desató el pañuelo de
harpillera abigarrada que sujetaba su larga cabellera negra, y enseñó su
frente, que no presentaba ninguna marca.
Pero se golpeó con la palma de la
mano, y al momento, el horrible jeroglífico se dibujó en blanco sobre la piel
enrojecida.
Levantó la suave y
abundante cabellera de Mario, y prosiguió:
- Pero puedes mirar
la frente del niño. Si la hubieran señalado como la mía, la huella no podría
disimularse todavía. Es una
frente bautizada por un cura de su religión; el niño está instruído en la fe y
en el idioma de sus antepasados.
Mientras que la morisca hablaba, Lucilio
escribía, traduciendo, y el marqués leía.
- Preguntadle su historia - dijo al mudo - ;
hacedle saber que nos interesamos por sus desgracias y que la tomamos bajo
nuestra protección.
Lucilio no necesitó escribir las palabras de
Bois - Doré; Mario, que hablaba el árabe con la misma facilidad que el francés
y el catalán, las traducía a su madre adoptiva con una facilidad notable.
Transcribiremos la conversación de estas
cuatro personas, como si las cuatro hubieran hablado el mismo idioma, y como si
Lucilio, rápido en escribir, no se hallase en la imposibilidad de hablar
ninguno.
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