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- XVI -
La morisca habló así:
- Mario, mi bien amado, di a este bondadoso
señor que yo hablo poco el español, y menos todavía el francés; contaré mi
historia a su escribiente y él la leerá:
Soy hija de un pobre granjero de Cataluña,
donde los pocos moriscos perdonados por la Inquisición vivían aún tranquilos,
con la esperanza de que les dejarían ganar su vida trabajando, puesto que no
habían tomado parte alguna en las guerras de los últimos tiempos, tan
desdichadas para nuestros hermanos de las demás provincias de España.
Mi padre se llamaba Yesid en árabe y Juan en
español; yo, bautizada por aspersión como los demás, era la cristiana Mercedes,
pero la morisca Ssobyha.
Ahora tengo treinta años; tenía trece cuando
nos avisaron secretamente que íbamos a ser, a nuestra vez, despojados y
echados.
Antes de mi nacimiento, el terrible rey
Felipe II había ordenado «que en un plazo de tres años todos los moriscos
tenían que saber la lengua castellana y no hablar, ni leer, ni escribir en
árabe pública o seeretamente; que todos los contratos en árabe serían nulos;
que todos nuestros libros serían quemados; que abandonaríamos nuestros trajes y
llevaríamos los de los cristianos; que las moriscas saldrían sin velo, con la
cara descubierta; que no tendríamos ni fiestas, ni danzas, ni cantos
nacionales; que perderíamos nuestros apellidos y nuestros nombres para tomar
nombres cristianos; que ya ni moriscos ni moriscas podrían bañarse nunca, y que
nuestros baños serían destruídos en nuestras casas».
Y así nos insultaron hasta en el pudor de nuestras costumbres y en la salud
de nuestros cuerpos. Mis
padres se habían sometido. Cuando vieron que la sumisión no les servía para
nada, y que en realidad los perseguían para apoderarse de su dinero, no se
ocuparon más que en reunir y esconder todo lo que pudieron para huir cuando
volviese a presentarse el peligro de la muerte.
A fuerza de trabajos y de paciencia
reunieron un pequeño tesoro. Decían que era para evitarme el tener que
pordiosear como tantos otros que se habían dejado sorprender. Pero estaba
escrito que yo pediría limosna como los demás.
A pesar de las humillaciones con las que nos
agobiaban, nos considerábamos bastante felices. Nuestros señores, los
españoles, no nos querían; pero como veían que éramos los únicos en España que
sabían y querían cultivar sus tierras, pedían al rey que nos perdonase.
Tenía yo diez y siete años cuando el rey
Felipe II dictó de pronto un nuevo decreto contra todos los moriscos catalanes.
Nos expulsaba del reino con todos los bienes nobiliarios que pudiésemos llevar
con nosotros. So pena de muerte, teníamos que abandonar en tres días nuestras
casas e ir escoltados hasta el lugar del embarque. Todo cristiano que ocultase
un moro, sería castigado con seis años de galeras.
Estábamos arruinados. Sin embargo, mi padre
y yo cogimos todo el oro que nos era posible llevar, y nos marchamos sin
proferir una queja. Nos prometían conducirnos a África, país de nuestros
antepasados.
Entonces pedimos al Dios de nuestros padres
que nos aceptase de nuevo como hijos fieles.
Durante el viaje nos dejaron vestir nuestros
antiguos trajes, que desde hacía un siglo se conservaban en las famillas, y
cantar nuestras oraciones en nuestro idioma, que no habíamos olvidado, porque,
a despecho de los edictos, lo hablábamos siempre entre nosotros.
Nos amontonaron como bestias en las galeras
del Estado; pero apenas nos habíamos embarcado, nos pidieron el precio de la
travesía. La mayor parte no tenían nada. Se exigió que los ricos pagasen por
los pobres.
Mi padre, viendo que arrojaban al mar a los
que no encontraban fianza, pagó sin sentimiento por todos los que estaban en
nuestra embarcación; pero cuando vieron que no le quedaba nada, le arrojaron al
mar como a los otros.
La morisca se paró. No lloraba, pero tenía
el pecho oprimido.
- ¡Detestables granujas españoles! ¡Pobres
moriscos! - murmuró el marqués.
Luego, como advertido por una triste mirada
de Lucilio, añadió:
- Francia, ¡ay!, no se ha portado mejor, y
la regente los ha tratado absolutamente igual.
Mercedes prosiguió:
- Al verme sola en el mundo, sin un céntimo
y privada de todo lo que amaba, quise seguir a mi pobre padre; no me dejaron.
Era bonita. El patrón de la galera me quería por esclava. Pero Dios desencadenó
una tempestad y fue menester luchar contra ella. Varias embarcaciones
naufragaron y miles de moriscos perecieron con sus verdugos.
La galera que nos conducía fue lanzada por
una tempestad contra las costas de Francia y se estrelló en un lugar cuyo
nombre no he sabido nunca.
Fui arrojada sobre la playa entre los
muertos y los moribundos; estaba salvada. Me arrastré entre las rocas, y, no
teniendo fuerzas para ir más lejos, me escondí cuidadosamente, y, empapada y
rendida, dormí por primera vez desde hacía muchos días y muchas noches.
Cuando me desperté, la tempestad había
cesado. Hacía calor; estaba sola. El buque, destrozado, se hallaba sobre la
costa; los muertos, sobre la playa. Tenía hambre, pero me quedaban bastantes
fuerzas para andar.
Me alejé lo más de prisa que pude del
ribazo, donde temía encontrar españoles, y me encaminé por las montañas,
mendigando el pan, el agua y el albergue. Me recibían muy mal; mi traje me
hacía sospechosa a los aldeanos.
Por fin encontré algunas mujeres de mi raza
que estaban establecidas en un pueblo y que me dieron un vestido; me
aconsejaron que ocultase mi religión y mi origen, porque los hombres del país
no querían a los extranjeros y aborrecían especialmente a los moriscos. Por lo
visto ¡ay! los aborrecen en todas partes, pues más tarde me han dicho que, en
lugar de acoger como hermanos a los que habían logrado llegar a África, los
bereberes los han degollado o reducido a una esclavitud peor que la de España.
¿Cómo podía yo seguir el consejo de ocultar
mi origen? No sabía bastante bien el idioma catalán para ello. A lo
primero me dieron alguna limosna; pero cuando pasaba un español decía a la
gente del país:
- Tenéis entre vosotros una morisca.
Y me echaban de todas partes. Iba de valle en valle.
Un día en que me hallaba en una carretera, que según he sabido más tarde
era la de Pau, el cielo hizo que encontrara a una mujer todavía más desdichada
que yo. Era la madre del niño que veis, y que he adoptado como hijo mío...
- Seguid - dijo el marqués.
Pero Mercedes volvió a detenerse; pareció
reflexionar y dijo a Lucilio:
- No puedo contar la historia de los padres
del niño más que a vos solo..., que le habéis salvado la vida y me parecéis un
ángel en la tierra. Si consienten en tenernos aquí unos días y veo que no hay
para Mario peligro alguno, juro decirlo todo; pero temo al español, y he visto
a este noble señor poner su mano en la de él después de haberle reprendido por
su dureza hacia nosotros. Lo he sorprendido todo con mis ojos; los señores son
los señores, y los pobres esclavos no deben esperar que ni aun los mejores se
pongan de su parte en contra de sus iguales.
- ¡No hay iguales que valgan! - exclamó el
marqués cuando Lucilio le hubo traducido por escrito la contestación de Mercedes.
Juro por mi fe de cristiano y mi honor de caballero proteger al débil contra
todos.
La morisca contestó que diría la verdad,
aunque ocultando ciertos detalles inútiles.
Luego prosiguió en la forma siguiente:
- Me hallaba en la carretera de Pau; pero en
medio de las montañas, en un lugar muy desierto. Mientras descansaba,
ocultándome por miedo a las malas gentes que se encuentran en todas partes, vi
pasar a un hombre que viajaba con su mujer.
La mujer iba un poco delante; unos bandidos
llegaron por detrás y mataron y robaron al viajero con tal rapidez, que su
mujer no lo notó, y al retroceder le vio ya muerto a través del camino.
Ante tal espectáculo, cayó moribunda; vi que
estaba embarazada.
No sabía cómo aliviarla y consolarla. Arrodillada
junto a ella, oraba y lloraba, cuando apareció un hombre de barba gris, vestido
de negro, que iba a caballo y se acercó a preguntarme por qué lloraba. Le
mostré la mujer echada sobre el cuerpo de su marido. Le habló en varios
idiomas, porque era un sabio; pero no tardó en darse cuenta de que ella no
estaba en estado de contestar.
La sacudida que acababa de sufrir
precipitaba su alumbramiento.
Pasaban unos pastores con sus rebaños; los
llamó, y como vieron que aquel hombre era un sacerdote de su religión
cristiana, le obedecieron y llevaron a la mujer a su casa, donde murió una hora
más tarde, después de haber dado a luz a Mario y de haber entregado al cura el
anillo de matrimonio que llevaba en el dedo, sin poder explicar nada, pero designando
al niño y al cielo.
El cura se detuvo en casa de los pastores
para dar sepultura a los pobres muertos, y como creyó que yo era la esclava de
la señora, me confió el niño y me dijo que le siguiera. Pero yo, al ver que era
sabio y humano, no le quise engañar. Le conté mi historia y le dije cómo había
presenciado por casualidad el asesinato del buhonero.
- ¿Era un buhonero? - preguntó el marqués.
- O un hidalgo disfrazado - contestó
Mercedes - ; porque su mujer llevaba debajo de su pobre capa vestidos de
señora, y cuando a él le desnudaron para enterrarle, vieron que tenía una
camisa fina y calzas de seda debajo de su traje grosero. Sus manos eran
blancas, y también le encontraron un sello con armas.
- ¡Enseñadme el sello! - exclamó Bois -
Doré, hondamente conmovido.
La morisca movió la cabeza y dijo:
- No le tengo.
- Esta mujer desconfía de nosotros -
prosiguió el marqués, dirigiéndose a Lucilio - ; sin embargo, esta historia me
interesa más de lo que se figura. ¿Quién sabe si...? Vamos, mi buen amigo,
intentad al menos hacerle decir la época precisa en que ocurrió la aventura que
nos relata.
Lucilio hizo seña al marqués de que
interrogase al niño, quien contestó sin vacilar:
- He nacido una hora después de la muerte de
mi padre, una hora antes de la muerte del buen rey de Francia Enrique IV. Me lo
ha dicho el señor cura Anjorrant, recomendándome que no lo olvidase nunca, y mi
madre Mercedes no me prohíbe que os lo diga con la condición de que el español
no se entere.
- ¿Por qué? - preguntó Adamas.
- No sé - contestó Mario.
- Entonces ruega a tu madre que continúe su
historia - dijo monsieur de Bois - Doré - , y tened la seguridad de que os
guardaré el secreto, según os lo hemos prometido.
La morisca prosiguió su relato en esta
forma:
- El buen cura pidió que le diesen una cabra
para amamantar al niño, y nos llamó, diciéndome:
«Más tarde hablaremos de religión. Sois
desgraciados, y debo tener piedad de vosotros.»
Vivía bastante lejos de allí, en plena
montaña. Nos alojó en una cabañita, hecha con piedras de mármol y revestida con
otras piedras grandes, negras y aplastadas; dentro no había más que hierba
seca. Aquel santo no podía ofrecernos más que un albergue y la palabra de Dios.
La casa donde vivía no era mejor que la casita donde nos encontrábamos.
Pero a los ocho días de estar allí, el niño
estaba aseado y cuidado, y la casa bien cerrada. Los pastores y los aldeanos no
me rechazaban, porque su sacerdote les había enseñado la dulzura y la caridad.
Yo les enseñé, para el cuidado de sus rebaños y para el cultivo de sus tierras,
cosas que ignoraban y que saben todos los labradores moriscos. Me escucharon y,
considerándome útil, ya no me dejaron carecer de nada.
Hubiera sido muy dichosa junto a aquel
hombre de paz, en aquel país de perdón, si hubiera podido olvidar a mi pobre
padre, la casa donde habían nacido mis parientes y mis amigos, a los que ya no
volvería a ver. Pero tomé tanto cariño al pobre huérfano, que poco a poco me
consoló de todo.
El cura le educó y le enseñó el francés y el
español, mientras que yo le enseñaba mi idioma para tener a alguien en el mundo
con quien hablarlo. Y, sin embargo, no creáis que al enseñarle oraciones árabes
le haya desviado de la religión que le enseñaba el sacerdote.
No creáis que rechazo vuestro Dios. ¡No!
¡No! Cuando vi que aquel hombre tan sincero, tan misericordioso, tan sabio y
tan casto, me hablaba bien de su profeta Issa y de los hermosos preceptos del
Engil, que no mandan hacer lo que el Corán nos prohíbe, pensé que la religión
más hermosa debía de ser la que practicaba; y como a pesar de la aspersión de
los curas españoles no había recibido el bautizo - me había protegido con las
manos para que ni una gota de agua cristiana cayese sobre mi cabeza - ,
consentí en ser bautizada de nuevo por aquel hombre virtuoso y juré a Alá que
no negaría jamás el culto de Issa y de Paracleto.
Esta ingenua declaración causó vivo placer
al marqués, quien, a pesar de sus nuevas nociones de Filosofía, era tan poco
partidario, como Adamas, de la idolatría pagana atribuida a los moriscos de
España.
- Entonces - dijo acariciando la morena
cabeza de Mario - no tenemos que habérnoslas con demonios, sino con seres de
nuestra especie. ¡Numes celestes! Me alegro mucho, porque esta pobre mujer me
interesa y este huérfano me conmueve el corazón. ¿De modo, mi bello amiguito,
que has sido educado por un cura de los Pirineos, sabio y bueno? ¡Y tú también
eres un pequeño sabio! No podré hablarte en árabe; pero si tu madre te quiere
dejar conmigo, juro hacer que te eduquen como a un noble.
Mario no sabía lo que era la nobleza.
Indudablemente tenía una cultura prodigiosa
en relación con su edad y con la época y el ambiente en que había sido educado;
mas, para todo lo que no era religión, moral e idiomas, era un verdadero
salvaje y no tenía la menor idea de la sociedad en la que el marqués le
invitaba a entrar.
No vio en la oferta más que cintas,
bombones, perritos y lindas habitaciones llenas de aquellos bibelots que a él
le parecían juguetes. Sus ojos brillaron de codicia ingenua, y Bois - Doré, que
era, en su género, tan ingenuo como él, exclamó:
- ¡Vive Dios! Maese Jovelin, este niño es de
buena estirpe. ¿Habéis visto cómo le han brillado los ojos al oír la palabra
noble? Vamos, Mario, pide a Mercedes que te deje con nosotros.
- ¡Los dos! - exclamó el niño.
- Los dos - contestó Bois - Doré - ; ya sé
que el separaros sería una crueldad.
Mario, loco de alegría, se apresuró a decir
a la morisca en árabe, cubriéndola de caricias:
- ¡Madre! ¡Ya no andaremos por los caminos! Este
buen señor nos tendrá aquí, en su hermosa casa.
Mercedes dio las gracias suspirando:
- El niño no es mío - dijo - ; es de Dios,
que me lo ha confiado; tengo que buscar y encontrar a su familia. Si no existen
ya o no le quieren, volveré aquí y os diré de rodillas: «Guardadle y echadme a
mí, si queréis. Yo prefiero llorar sola a la puerta de la casa donde él sea
feliz, que verle pordiosear otra vez por los caminos.»
- Esta mujer tiene un alma grande - dijo el
marqués - . Pues bien: la ayudaremos con nuestro dinero y nuestra influencia a
encontrar lo que busca. ¿Pero por qué no nos dice lo que sabe? Acaso conociendo
el nombre de la familia del niño la podríamos ayudar en seguida.
- Ese nombre no lo sé - contestó la
morisca.
- Entonces, ¿por qué abandonasteis vuestras
montañas?
- Diles lo que quieren saber - dijo Mercedes
a Mario en árabe - ; pero no les digas nada de lo que todavía deben ignorar.
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