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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - XVII -
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 - XVII -

   Mario tomó la palabra, encantado de tener que hablar; pero sin descaro ni remilgos, con todo el candor de su gracia natural y su noble mirada.

 

   - Éramos muy felices allí - dijo - ; había grutas, cascadas, montañas muy altas y grandes árboles; todo era mucho mayor que aquí, y el agua hacía más ruido. Mi madre guardaba unas vacas muy buenas y teñía e hilaba la lana para hacer tela. ¡Mirad mi gorro blanco y su capa encarnada! Yo también trabajaba: hacía cestas. ¡Oh! hacerlas muy bien. Si vuelvo a vuestro castillo para ser noble, ya lo veréis. Haré todas las cestas de la casa.

 

   Todos los días, durante dos horas, aprendía a hablar y escribir el francés y el español con el señor cura Anjorrant. No me reñía nunca; estaba siempre contento conmigo. ¡Era un hombre tan bueno! Me quería tanto, que a veces mi madre tenía celos y me decía:

 

   - Apuesto que quieres más al señor cura que a mí.

 

   Pero yo le contestaba:

 

   - ¡Oh, no! Os quiero lo mismo a uno y a otro. Os quiero todo lo que puedo. Os quiero tanto como desde aquí hasta el pico de la montaña. ¡Más todavía! ¡Como desde aquí al cielo!

 

   Pero al cumplir yo diez años todo cambió para nosotros. De pronto, monsieur Anjorrant se puso muy enfermo por haber caminado mucho por la nieve para salvar unos niños que se habían perdido, y que él encontró; porque en nuestro pueblo hay nieve en invierno, y a veces tan alta como vuestra casa. Y, de pronto, monsieur Anjorrant se murió.

 

   Mi madre y yo lloramos tanto, que no cómo nos quedan ojos para ver.

 

   Entonces mi madre me dijo:

 

   - Hay que cumplir la voluntad de nuestro profeta, de nuestro amigo. Nos ha dejado los papeles y las alhajas que pueden servirnos para que tu familia te reconozca. Ha escrito por ti muchas veces al ministro de Francia; no se ha recibido nunca contestación; acaso se han perdido las cartas. Iremos a ver al rey o a alguien que pueda hablarle por nosotros, y si, tienes abuelos, o tías, o primos, impedirán que sigas siendo un vasallo, porque has nacido libre y la libertad es lo mejor en este mundo.

 

   Nos marchamos con muy poco dinero. El buen monsieur Anjorrant no había dejado nada a nadie. Tan pronto como tenía una moneda la daba a los que la necesitaban. Hemos andado, andado mucho. ¡Francia es tan grande! Llevamos tres meses así. Mi madre, al ver el camino tan largo, temía no llegar nunca, y pedíamos de puerta en puerta que nos diesen albergue y pan. Nos daban siempre, porque mi madre tiene un aire muy dulce y a mí me encontraban gracioso. Pero no conocíamos los caminos y dábamos muchas vueltas, que nos retrasaban en vez de hacernos adelantar.

 

   Entonces fue cuando nos encontramos con unas gentes muy extrañas, que se llamaban egipcios, y que nos dijeron que, si sabíamos hacer algo, nos fuésemos con ellos al Poitou. Mi madre sabe muy bien cantar en árabe, y yo tocar algo el tímpano y la guitarra de los Pirineos. Los tocaré cuando queráis. A aquella gente le pareció que sabíamos bastantes cosas. No eran malos con nosotros, y había entre ellos una niña morisca, llamada Pilar, a quien yo quería mucho, y un muchacho mayor, llamado La Flecha, que era francés, y que me hacía reír con sus muecas y sus cuentos. Pero casi todos eran ladrones, y mi madre sufría al verlos tan tragones y tan holgazanes.

 

   Y por esto, me decía todos los días:

 

   Debemos separarnos de estas gentes porque no son buenas.

 

   Y ayer los dejamos porque...

 

   - ¿Porqué? - dijo el marqués.

 

   - Acaso os lo diga mi madre Mercedes más tarde, después de pedir a Dios que le a conocer la verdad. Así me lo ha dicho, y yo no más.

 

   - Decididamente - dijo el marqués levantándose estas personas me interesan mucho y quiero que se les trate y cuide bien en mi casa hasta que les plazca; decirme en qué forma les puedo ayudar. ¿Pero no me habías dicho, mi fiel Adamas, que esta Mercedes tiene una carta para monsieur de Seuilly?

 

   - ¡Sí ,sí! - exclamó Mario - . Es el nombre que hay escrito en la carta de monsieur Anjorrant.

 

   - Pues es muy sencillo. Le conozco mucho, y me encargo de que lleguéis hasta él sin cansancio ni miseria. Por lo tanto, descansad aquí y pedid cuanto queráis. Mira, Adamas, la madre y el niño están muy limpios y sus trajes montañeses no son feos del todo. ¿Pero llevan encima todo lo que poseen?

 

   - Sí, señor; salvo los trajes peores que llevaban ayer y esta mañana, cada uno tiene dos camisas y la demás ropa en proporción. Pero esta mujer emplea todo el tiempo que le queda libre en lavar, zurcir y peinar al niño. Ved qué bien cuidada está su cabellera. Sabe muchos secretos árabes para la limpieza. Sabe hacer unos polvos de alheña y unos elixires que quiero que me enseñe a fabricar.

 

   - Es una buena idea; pero ocupaos en darle ropas y telas para que está mejor provista. Ya que es mañosa, sabrá sacar buen partido. Me voy a dar un paseo. Luego, si no la disgusta, cantará alguna canción de su país con la guitarra del niño; me alegraría oír esa música extranjera. ¡Adiós, maese Mario! Como habéis hablado muy bien, quiero daros luego una cosa; tened la seguridad de que no lo olvidaré.

 

   El gentil Mario besó la mano del marqués y echó una mirada muy expresiva al perrito Fleurial, que hubiera preferido a todas las riquezas de la casa.

 

   Bien es verdad que Fleurial era una maravilla; era el preferido entre los tres perritos mimados del marqués, y no se separaba nunca de su amo dentro de la casa. Era blanco como la nieve, enmarañado como un manguito y al contrario de lo que suelen ser los perritos mimados, era dulce como un cordero.

 

   El marqués dio su paseo habitual; habló bondadosamente a los vasallos que encontró y pidió noticias de los que estaban enfermos para enviarles los alivios necesarios; luego volvió a casa y mandó llamar a Adamas.

 

   - ¿Qué regalaré al lindo Mario? - le preguntó - . Sería necesario encontrar un juguete propio de su edad, y aquí no hay ninguno. ¡Ay, amigo mío! Somos tres solterones que nos vamos haciendo viejos: maese Jovelin, yo y tú.

 

   - Ya he pensado en ello, señor - dijo Adamas.

 

   - ¿En qué, mi viejo servidor? ¿En el matrimonio?

 

   - No, señor; puesto que a vos no os agrada, tampoco a mí. Pero he encontrado un juguete para el niño.

 

   - Ve a buscarle en seguida.

 

   - Aquí está, señor - dijo Adamas, cogiendo un objeto que había dejado en el alféizar de la ventana - . Como he advertido que el niño tenía muchas ganas de que se le regalase Fleurial, lo que no es posible, me he acordado de haber visto en las guardillas varios juguetes olvidados desde hace mucho tiempo, y entre otros, este perro de estopa, que no está muy carcomido por la polilla y que se parece a Fleurial, salvo en que es de piel de cordero negro y que no le queda mucho rabo.

 

   - ¡Y salvo mil otras diferencias que hacen que no se le parezca en nada! ¿Pero de dónde viene ese juguete, Adamas?

 

   - De la guardilla, señor.

 

   - Muy bien; pero... ¿dices que hay otros?

 

   - Sí, señor; un caballito que no tiene más que tres patas, un tambor roto, unas armas, un resto de castillo con almenas...

 

   Adamas se calló de pronto al ver que el marqués estaba profundamente absorto ante el perro de estopa, mientras que una gruesa lágrima trazaba un surco en el colorete de su mejilla.

 

   - ¡He hecho alguna tontería! - exclamó el viejo criado - . ¡Por Dios! Mi buen amo, ¿por qué lloráis?

 

   - No ... un desfallecimiento - dijo el marqués, limpiándose con su pañuelo perfumado, en el que quedó buena parte de las rosas de su cutis - ; he creído reconocer este juguete y, de no equivocarme, es una reliquia que no debe regalarse, Adamas... ¡Viene de mi pobre hermano!

 

   - ¿De veras, señor? ¡Ah, qué tonto soy! Debí pensarlo. Lo que creí es que era un juguete vuestro de cuando erais niño.

 

   - No; cuando yo era niño no habla juguetes. Era aquella una época de guerra y de tristeza en el país; mi padre era un hombre terrible, y, como distracción, me enseñaba argollas, cadenas, aldeanos sobre el potro y prisioneros ahorcados en los olmos del parque... Más tarde, mucho más tarde, se casó en segundas nupcias y tuvo un segundo hijo.

 

   - Ya lo , señor; el joven Florimond, que tanto amabais; ¡la flor de los hidalgos, ciertamente! ¡Desaparecido de tan extraña manera!

 

   - No sabría decir cuánto le amaba, Adamas. No tanto por nuestras relaciones de cuando él era hombre, puesto que entonces seguíamos partidos diferentes y no nos veíamos más que el espacio de tiempo necesario para abrazarnos y decirnos que éramos amigos y hermanos, a pesar de todo, sino por las monadas de su infancia. Según ya te he contado, tuve ocasión de custodiar y cuidar al niño durante una ausencia de mi padre, que duró aproximadamente un año. La segunda mujer de mi padre había muerto, y el país estaba muy intranquilo. Sabía que los calvinistas odiaban a mi padre, y juzgué que era mi deber venir a proteger al pobre niño, al que aun no conocía, y que empezó a quererme, como si se hubiera dado cuenta de la injusticia de nuestro padre para conmigo. Era dulce y hermoso como este pequeño Mario. No tenía en torno suyo ni parientes ni amigos. En aquel tiempo, la peste azotaba el país, y las que no morían por la enfermedad, morían por el miedo. Él hubiera muerto también por falta de cuidados y de alegría si yo no le hubiese tomado tal cariño, que me pasaba días enteros jugando con él. Yo fui quien le trajo estos juguetes, y ahora que lo pienso, tengo motivos para recordarlo, porque estuvieron a punto de costarme caro.

 

   - Contadme eso, señor; os distraerá.

 

   - Te lo contaré, Adamas. Era en 1500... ¡no importa la fecha!

 

   - Claro, claro, señor; la fecha no importa.

 

   - Mi querido hermanito Florimond se aburría en casa, y yo no me atrevía a dejarle salir por no exponerle a las balas de todos los partidos que mataban a todo el mundo y no conocían amistades. Se me ocurrió una diversión que había codiciado en mi infancia.

 

   Había visto en el castillo de Sarzay muchos bichos de estopa y otras fruslerías, que servían de juguete a los niños Barbanzones. Los señores que poseían el castillo de Sarzay, de padres a hijos desde hacía muchos años, eran de lo más fanáticos contra los pobres calvinistas, y en aquella época se hallaban en Issoudun haciendo ahorcar y quemar a cuantos podían. En ausencia de los dueños, el castillo de Sarzay no estaba bien guardado. Los habitantes de los alrededores se habían entregado en cuerpo y alma a los católicos y a monsieur de La Châtre; de mí no desconfiaban porque estaba completamente solo y era demasiado pobre para intentar nada.

 

   Ideé penetrar en el castillo con algún pretexto y apoderarme de los juguetes, a no ser que algún criado quisiese vendármelos, porque era inútil buscar otros en parte alguna. Era una mercancía de lujo que no se vendía en los pueblos.

 

   Me presenté audazmente, como enviado de mi padre y pedí la entrada al castillo como para hablar con el aya de los jóvenes, que por aquel entonces ya montaban a caballo, como yo, y recorrían el país. Entro, me explico, y el aya me recibe mal.

 

   Sabía que yo había guerreado ya con los calvinistas y que mi padre no me quería; pero el dinero la amansó: subió a una habitación del piso alto y me trajo lo que los niños, ya muy mozos, habían dejado menos destrozado.

 

   Me marché con un caballo, un perro, una fortaleza, seis cañones, una carretera y muchos cacharritos de hierro; todo ello iba en una casta cubierta con una tela, que yo até detrás de mí, sobre el caballo. Me llegaba hasta los hombros, y al salir del patio de Sarzay a los criados que se reían desde las ventanas y se decían unos a otros: «Es un simple, y si no tenemos que habérnoslas con más protestantes que éste, no nos costará trabajo la victoria

 

   Algunos tenían buenas ganas de disparar sobre mí sus arcabuces; pero no tuve que lamentar más que el susto.

 

   Piqué espuelas a mi caballo, llevando tras de mí el cesto, que sonaba tanto como el cajón de un calderero del Limousin.

 

   Sin embargo, todo marchaba bien, y yo volvía tranquilamente por el atajo para no pasar con tal bagaje por la ciudad de La Châtre; pero tuve que pasar la Couarde por el puente del camino de Aigurande, y entonces me encontró frente a una patrulla de diez o doce soldados alemanes, que se dirigían hacia la ciudad.

 

   Eran merodeadores; pero iba con ellos uno de los peores partidarios de la época, un bribón, cuyo padre o tío tenía el mando de la fortaleza de Bourges, y se hacía llamar el capitán Macabro.

 

   Aquel joven, que tenía poco más o menos mi edad, pero era ya viejo en malicias, servía de guía, a modo de aprendizaje, a todos los bandidos que le admitían en su compañía. Yo me había encontrado otras veces frente a él, y él sabía bien que, puesto que yo me había batido por los calvinistas, no debía ser tratado como enemigo por los alemanes. Pero al ver mi cargamento pensó que debía de ser una buena presa, y, dándoselas de capitán, me mandó que pusiese pie en tierra y que entregase mi caballo y mi bagaje a sus gentes, que por aquel entonces se daban el nombre de caballeros del duque de Alençon.

 

   Como no sabían una palabra de francés y el Macabro les servía de trujamán, hubiera sido inútil que yo intentase parlamentar. Como sabía con quién me las tenía que ver, y que después de haberme sometido y haberme dejado desmontar sería golpeado y acaso tiroteado a modo de pasatiempo, según la costumbre de los merodeadores, arriesgué el todo por el todo.

 

   El Macabro había echado ya pie a tierra para desmontarse; entonces le di un puntapié en el estómago y le tumbé patas arriba, blasfemando como cuarenta demonios.

 

   - ¡Y bien hicisteis, señor! - exclamó Adamas entusiasmado.

 

   - Los otros - prosiguió Bois - Doré - estaban tan lejos de suponer que un mocoso como era yo hiciese semejante hazaña en medio de ellos, hombres duchos y armados hasta los dientes, que se echaron a reír; lo que yo aproveché para huir. Pero en cuanto pasó su sorpresa me lanzaron una granizada de balas alemanas, que se llamaban entonces peladillas de Monsieur, porque aquellos alemanes servían a las órdenes de Monsieur, el hermano del rey, contra las tropas de la reina madre.

 

   Quiso la suerte que no me alcanzase ninguna bala y, gracias a mi buena yegua Brandina, que me llevó al galope por los caminos hondos y tortuosos de la Couarde, regresé sano y salvo a casa. Al verme sacar de la cesta los juguetes, mi hermanito tuvo una gran alegría.

 

   Monín - le dije al darle la fortaleza - , bien me ha servido el estar tan admirablemente fortificado, porque sin estas buenas murallas que llevaba a la espalda creo que no me hubieses visto volver. Lo cierto es, buen Adamas, que si descosiésemos ese perro yo creo que encontraríamos algún plomo en sus tripas, y si la fortaleza no sirvió para protegerme al menos los animales debieron servir para proteger la fortaleza.

 

   - Entonces, señor, quiero guardar cuidadosamente todos estos juguetes y hacer con ellos un trofeo de honor en alguna sala del castillo.

 

   - No, Adamas; se burlarían de nosotros. Y ya que hacía aquí viene ese hermoso niño, hay que regalarle el perro de estopa y los demás juguetes, porque lo que viene de un ángel debe destinarse a otro ángel, y yo veo en los ojos de este Mario la inocencia y la simpatía que había en los ojos de mi hermano... Sí; es cierto - prosiguió el marqués al ver entrar a Mario y Mercedes conducidos por el paje Clindor - ; si Florimond hubiera tenido un hijo, hubiera sido igual a este niño, y si quieres que te diga por qué me ha gustado a primera vista es porque su aire, su dulce voz y sus maneras acariciadoras, más aún que sus facciones, me recuerdan a mi hermano tal como era a la edad de este huérfano.

 

   - Vuestro señor hermano no se casó nunca - dijo Adamas, que era todavía más novelero que su amo - ; pero puede haber tenido bastardos y quién sabe si...

 

   - No, no, amigo mío; ¡no soñemos! He tenido yo otro sueño mientras que la morisca nos contaba la historia del hidalgo asesinado. ¿Pues no he llegado a imaginar que pudiese haber sido mi pobre hermano?

 

   - Lo cierto es, señor, que no veo la imposibilidad de que lo fuera, puesto que nadie sabe cómo ha muerto.

 

   - No lo era - contestó el marqués - , y la prueba es que el padre de Mario fue asesinado cuatro días antes de la muerte de nuestro buen rey Enrique, mientras que yo tuve una última carta de mi hermano fechada en Génova el día décimosexto de junio, es decir, poco más o menos un mes más tarde. Por lo tanto, no se puede establecer ninguna relación.




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