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- XVIII -
Mientras que el marqués y Adamas cambiaban
estas reflexiones, la morisca se había preparado para cantar y Lucilio había
acudido a oírla.
Las canciones gustaron tanto al marqués, que
rogó a Lucilio que anotase los aires; Lucilio las apreció más todavía diciendo
que eran «cosas raras y antiguas de una perfecta belleza».
Estimulada por las alabanzas, Mercedes
cantaba cada vez mejor y Mario la acompañaba muy bien.
Estaba tan lindo con su gran guitarra, su
aire modoso, su boca entreabierta y sus hermosos cabellos ondulados sobre los
hombros, que no se hartaba uno de mirarle. Su traje, compuesto por una ruda
camisa blanca, cortas bragas de lana obscura, una cintura roja y calzas grises
con bridas de lana encarnada enrolladas alrededor de la pierna, favorecía la
gracia de su cuerpo y la elegancia de sus formas delicadas.
El regalo de aquellos juguetes que habían
traído de la guardilla le deslumbró, y el marqués vio con gusto que, después de
admirar aquellas maravillas, las ordenó en un rincón con una especie de
respeto.
El caso es que todo aquello no le
entusiasmaba y, cuando la sorpresa se hubo disipado, tornó a pensar en
Fleurial, que estaba vivo y que era juguetón y hubiera podido seguirle en su
vida errante, mientras que la posesión de los caballos y ciudadelas era tan sólo
el sueño de un instante en su existencia de miseria y de tránsito.
El resto del día pasó sin otro disgusto para
Alvimar.
Volvió a ver a monsieur Poulain y le dijo
que estaba resuelto a entablar el sitio de la gentil Lauriana.
Durante la cena puso todo su cuidado en no
enemistarse con el marqués, para que éste no le malquistara con la viudita, y
consiguió hasta aparecer amable. No volvió a encontrar en la casa ni a la
morisca ni al niño, ni oyó hablar de ellos y se recogió temprano para soñar con
sus proyectos.
Toda la servidumbre del marqués se alegró de
que Mario permaneciese algunos días en el castillo, según dijo Adamas. Éste le
hizo comer con su madre en la segunda mesa, en la que comía él también, en
calidad de ayuda de cámara, con el ama de gobierno Belinda, el paje Clindor y
maese Jovelin, a quien Bois - Doré hacía con toda intención pasar por un
subalterno.
El cochero y los demás criados comían a
otras horas y en otro lado; era la tercer mesa.
Había una cuarta mesa para las gentes del
cortijo, los transeuntes, los viajeros pobres y los frailes alforjeros; de
suerte que, desde el alba hasta la noche cerrada, o sea las ocho o las nueve,
se comía en el castillo de Briantes y había incesantemente alguna chimenea que
humeaba con olor a guisado, atrayendo de lejos bandadas de golfillos y de
mendigos. Estos recibían siempre en la puerta principal buena pitanza con las
sobras, e instalaban la quinta mesa sobre el césped de la avenida o sobre el
borde de los fosos.
Las rentas del marqués hacían frente a
aquella amplia hospitalidad y a aquel numeroso personal, muy poco en relación
con lo exiguo del castillo, y aun le sobraba dinero para satisfacer sus
inocentes caprichos.
Aunque no se ocupaba de contabilidad alguna,
no le robaban; como Adamas y Belinda se aborrecían, se vigilaban mutuamente, y
si Belinda no era mujer que se privase de sisar un poco, el temor de dar motivo
a las sospechas de su enemigo la hacía ser prudente y forzosamente moderada en
cuestión de provechos. Estaba liberalmente pagada y siempre magníficamente
vestida a costa del castellano, que no quería ver «ni pingos ni mugre» en torno
suyo, y no tenía pretexto alguno para malversar; lo lamentaba, sin embargo,
porque era de esas personas que adoran un céntimo robado y desprecian un luis
bien adquirido.
En cuanto a Adamas, no era en todas sus
relaciones la probidad personificada - había hecho la guerra y usado las
costumbres de los guerrilleros - ; pero amaba tanto a su amo que, si desde el
puesto eminente de hombre de confianza al que había llegado se hubiera atrevido
a saquear y a poner rescate a las gentes de fuera, lo hubiera hecho únicamente
en provecho del castillo de Briantes.
Clindor hacía causa con él contra la
Belinda, que le odiaba y le trataba de perro disfrazado.
Era un buen muchacho, medio listo y medio
tonto, indeciso entre ser un burgués, título que iba adquiriendo cada día mayor
importancia, o dárselas de futuro hidalgo, según la vanidad común a toda la
burguesía, y que había de mantenerla por mucho tiempo en una actitud equívoca,
haciéndola ser, a pesar de su superioridad intelectual, el juguete de los
partidos.
Se guardó el secreto sobre el origen de la
morisca, para no exponerla a la intolerancia recelosa de la Belinda, que hacía
grandes aspavientos de devoción; Adamas la hizo pasar por española.
No se traslució una sola palabra de su
historia ni de la de Mario.
- Señor marqués - dijo Adamas al desnudar a
su amo - , estamos en la infancia en cuanto se refiere a los artificios del
tocado. La morisca, con quien durante la velada he hablado de cosas serias, me
ha enseñado más en una hora que lo que saben todos vuestros engalanadores de
París. Posee secretos admirables acerca de todo, y sabe extraer de las plantas
jugos maravillosos.
- ¡Está bien, está bien, Adamas! Háblame de
otra cosa. Recítame algún poema mientras me arreglas la barba, porque me siento
triste y estoy por decir, como monsieur de Urfé, hablando de Astrée, que el
«recuerdo de mis pesares enturbia el reposo de mi pecho y el respirar de mi
vida».
- ¡Numes celestes!, señor - exclamó el fiel
Adamas, que gustaba de usar las fórmulas de su amo - , ¿siempre el recuerdo de
vuestro hermano?
- ¡Ay!, me ha vuelto hoy a dominar, no sé
por qué. Hay días así, amigo mío, en los que un dolor adormecido se despierta.
Es como las heridas hechas en la guerra. ¿Sabes lo que me ha recordado hace un
momento la gracia de este huérfano? ¡Que me voy haciendo viejo, mi pobre
Adamas!
- ¡El señor bromea!
- No;
nos hacemos viejos, amigo mío, y mi nombre se extinguirá conmigo. Tengo algunos
primos lejanos que no me interesan y que perpetuarán si pueden, el nombre de mi
padre; pero yo seré el primero y el último Bois - Doré, y nadie heredará mi
marquesado, puesto que es honorífico y proviene de un capricho regio.
- Lo he pensado a menudo, y lamento que el
señor no haya querido poner fin a su vida de soltero, casándose con alguna
bella ninfa de estos contornos.
- Indudablemente he hecho mal en no pensar
en ella. He corrido demasiado de bella en bella, y aunque no haya conocido a
monsieur de Urfé, apuesto que él ha oído hablar de mí en algún lugar, y que me
ha querido representar en el personaje del pastor Hylas.
- ¿Y aunque eso fuera, señor? Ese pastor es
un hombre muy amable, infinitamente ingenioso y el más gracioso, para mí, de
todos los héroes del libro.
- Sí, pero es joven, y te repito que empiezo
a dejar de serlo y a lamentar amargamente el no tener familia. ¿Sabes que mil
veces he tenido la idea o el deseo de adoptar algún niño?
- Ya lo sé, señor; cada vez que veis un
nene, bonito y gracioso, volvéis a la misma idea. Y bien: ¿quién os lo impide?
- La dificultad de encontrar uno que tenga
una fisonomía hermosa y un buen natural y no tenga padres dispuestos a
quitármelo después de que yo le haya educado; porque eso de encariñarse con un
niño para que se lo lleven a la edad de veinte o veinticinco años...
- Hasta entonces, señor...
- ¡Oh! El tiempo camina tan de prisa! No se
le siente pasar. Ya sabes que había pensado traer a mi casa a algún pariente
pobre; pero en mi familia son todos unos viejos ligueros y, además, sus niños
son feos, traviesos o sucios.
- Cierto es, señor, que los segundones de
Bouron no tienen nada de hermosos. Os habéis llevado la estatura, todo el
atractivo y toda la valentía de la familia, y vos solamente sois capaz de daros
un heredero digno de vos.
- ¡Yo! - dijo Bois - Doré, algo asombrado
por tal aserción.
- Sí, señor; hablo en serio. Puesto que
vuestra libertad os pesa, puesto que por décima vez os oigo decir que queréis
ordenaros...
- ¡Pero, Adamas, hablas de mí como de un
perdido! Me parece que desde la triste muerte de Enrique he vivido según
conviene a un hombre agobiado por el dolor, y a un hidalgo sedentario, obligado
a dar buen ejemplo.
- Cierto, cierto, señor; podéis decirme
sobre este particular todo lo que gustéis. Mi deber es no contradeciros. No
tenéis la obligación de contarme todas las aventuras que os acontecen en los castillos
o en los bosquecillos de los alrededores, ¿verdad, señor? Eso no importa más
que a vos. Un fiel servidor no debe espiar a su amo, y no creo haber hecho
nunca al señor preguntas indiscretas.
- Hago justicia a tu delicadeza, mi querido
Adamas - contestó Bois - Doré confuso, preocupado y halagado a la vez por las
suposiciones quiméricas de su idólatra criado - . Hablemos de otra cosa -
prosiguió sin atreverse a insistir sobre un asunto tan delicado y queriendo
figurarse que Adamas sabía de él aventuras que él mismo ignoraba.
El marqués no era abiertamente ni fanfarrón
ni jactancioso. Tenía demasiado mundo para contar las conquistas que había
hecho y para inventar las que ya no hacía. Pero le encantaba el que se las
siguieran suponiendo, y con tal de no comprometer a ninguna mujer en
particular, dejaba decir que podía pretender a todas. Sus amigos se prestaban a
su modesta fatuidad, y la gran diversión de los jóvenes, especialmente de Guillermo
de Ars, era el embromarle sobre este punto, sabiendo cuán agradable le era tal
género de broma.
Pero Adamas no andaba con tantos rodeos;
aunque no era excesivamente meridional por su propia cuenta, lo era para las
cosas de su amo, porque había confundido su personalidad en el resplandor de la
de Bois - Doré.
Por lo tanto, prosiguió hablando con aplomo
sobre el mismo tema y declaró que el señor hacía bien en pensar en el
matrimonio.
Esta conversación volvía a menudo entre
ellos, y ni el uno ni el otro se cansaba de ella, a pesar de que, desde hacía
treinta años, no tuviera nunca más resultado que esta reflexión de Bois - Doré:
- Sin duda, sin duda; ¡pero estoy tan
tranquilo así! No corre prisa;
ya volveremos a hablar de ello.
Sin embargo, esta vez pareció escuchar con
más interés que de costumbre las habladurías de Adamas a su propósito.
- Si no creyera casarme con una mujer
estéril - dijo a su confidente - , ¡en verdad que lo haría! Acaso me conviniera
una viuda con hijos.
- ¡Quitad allá, señor! - exclamó Adamas - . Tomad a una damisela joven y
hermosa, que os dará una descendencia que perpetúe vuestra imagen.
- Adamas - dijo el marqués después de haber
vacilado un rato - , tengo alguna duda de que el cielo me conceda tal dicha.
Pero me sugieres una idea agradable: la de casarme con una joven a quien poder
considerar como una hija y querer como si fuera un padre. ¿Qué te parece?
- Me parece que tomándola muy joven, muy
joven, acaso el señor se pudiera imaginar que había adoptado un niño. Entonces,
si el señor quisiera, no habría necesidad de ir muy lejos. La damita de
la Motte Seuilly es precisamente la que conviene al señor. Es hermosa, buena, honesta y risueña; es lo que
hace falta para alegrar nuestro castillo, y estoy seguro de que su padre lo ha
pensado más de una vez.
- ¿Tú crees, Adamas?
- ¡Claro! ¡Y ella también! ¿Creéis que
cuando vienen aquí ella no hace comparaciones entre su viejo castillo y el
vuestro, que es una mansión de hadas? ¿Creéis que, aun siendo tan jovencita y
tan inocente como es, no habrá pensado en lo que sois comparándoos con todos
los demás pretendientes que pueda tener?
Bois - Doré se durmió pensando,
precisamente, en la ausencia de pretendientes alrededor de la bella Lauriana, en
los rencores de los vecinos contra el sincero y rudo Beuvre y en el dolor que
le causaba a este último tal estado de cosas, pasajero sin duda, pero del que
él exageraba la posible duración.
El marqués se persuadió de que su
proposición sería aceptada como una gran merced de la Fortuna.
La cuestión religiosa era sencilla entre
ellos, y en caso de que Lauriana le reprochase el haber abjurado el calvinismo,
no tendría gran inconveniente en volver a él por segunda vez.
La fatuidad no le permitía detener su
pensamiento en la objeción que le pudieran hacer respecto a su edad. Adamas
tenía el don de alejar cada noche, con sus lisonjas, un recuerdo tan
desagradable.
Aquella noche el buen Silvio se durmió más
ridículo que nunca; pero quien hubiera podido leer en su corazón el sentimiento
verdaderamente paternal que le guiaba, la gran tolerancia filosófica de que
estaba dotado, «en previsión de infidelidades» y los proyectos de mimos, de
sumisión y de cariño que formaba para su esposa, le hubiera seguramente
perdonado, aun burlándose de él.
Cuando Adamas pasó a su cuarto le pareció
oír en la escalera excusada un roce de vestido.
Se precipitó todo lo de prisa que pudo; pero
no alcanzó a Belinda, quien tuvo tiempo de huir después de haber oído, según
ocurría a menudo, toda la conversación de los solterones.
Adamas sabía que era capaz de aquel
espionaje. Sin embargo, creyó haberse equivocado y atrancó todas las puertas
cuando ya no quedaba más secreto por sorprender que los ronquidos del marqués y
los ladridos ahogados de Fleurial, echado al pie de la cama y soñando con
cierta gata negra, que era para él lo que Belinda era para Adamas.
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