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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - XX -
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- XX -

   Mientras a dos pasos de Lauriana, que estaba distraída, se desarrollaba aquel terrible juego, un extraño testigo vigilaba: era el lobezno criado en la perrera, y que había tomado las costumbres y las maneras de un perro, pero no los instintos y el carácter. Acariciaba a cualquiera, pero no se encariñaba con nadie.

 

   Echado a los pies de Lucilio, había mirado con inquietud el juego cruel del español, y como el puñal había caído dos o tres veces cerca de él, se había levantado y resguardado detrás del árbol, sin más preocupación que la de su propia seguridad.

 

   Pero el juego no cesaba, y el animal, al que empezaban a nacerle los dientes, los enseñó repetidas veces en silencio y, creyéndose atacado, exteriorizó por primera vez en su vida el instinto del odio al hombre.

 

   Con la mirada ardiente, las patas tiesas, el espinazo erizado y tembloroso, estaba oculto a la vista de Alvimar por el tronco colosal del árbol, desde donde acechaba el momento favorable y desde donde se abalanzó de pronto sobre él.

 

   Le hubiera estrangulado, o al menos herido, si un vigoroso puntapié de Lucilio no le hubiera rechazado, haciéndole rodar a distancia.

 

   La brusca interrupción del canto, y el sonido lastimero que lanzó la gaita, abandonada por el artista, hicieron volver rápidamente a Lauriana.

 

   No comprendiendo lo que ocurría, acudió en el momento en que Alvimar, ciego de ira, hundía el cuchillo en el cuello del animal.

 

   Realizó aquel acto con todo el ardor de la venganza, y era visible en su pálido rostro y en sus ojos inyectados la alegría misteriosa y profunda que experimentaba por tener algo que degollar.

 

   Hundió tres veces el acero en las entrañas palpitantes y, a la vista de la sangre, su boca se contrajo de un modo tan voluptuoso, que Lauriana, temblorosa, oprimió con sus dos manos el brazo de Lucilio, diciéndole en voz baja:

 

   - ¡Mirad! ¡Mirad! ¡César Borgia! ¡Es él en persona!

 

   Lucilio, que había visto muchas veces en Roma el retrato pintado por Rafael, podía, aún más fácilmente que ella, distinguir el parecido, y con un gesto indicó lo mucho que le había impresionado.

 

   - ¿Qué es esto, señor? - dijo la dama, llena de emoción, al español triunfante - . ¿Os creéis aquí en medio de una selva y pensáis serme agradable presentándome la cabeza o las patas de un animal que he criado con mis propias manos y que hace un rato he acariciado ante vos? ¡Ah! Sois poco cortés, y con ese cuchillo ensangrentado más parecéis un carnicero que un hidalgo.

 

   Lauriana estaba enojada y no sentía más que aversión por el extranjero.

 

   Él, como despertando de un sueño, se disculpó diciendo que el lobo había querido devorarlo; que era una mala compañía en una casa, y que se alegraba de haber salvado a la señora de un accidente que, lo mismo que a él, hubiera podido ocurrirle a ella.

 

 

   - ¿Os ha atacado? - prosiguió Lauriana mirando a Lucilio, que hizo una seña afirmativa - . ¿Entonces os ha mordido? ¿Dónde está la herida?

 

   Y cuando vio que Alvimar no había sido herido se indignó por el miedo que había tenido a un animal tan pequeño y tan poco peligroso.

 

   - La palabra miedo no es muy exacta - contestó él con una especie de rabia; no creía que se la pudiera aplicar quien todavía tiene en la mano el arma de muerte.

 

   - ¡Muy ufano estáis por haber matado a ese lobezno! Un niño hubiera hecho otro tanto, y en él sería disculpable; pero no lo era en un hombre, a quien hubiera bastado con un latigazo para rechazarle. Lo repito, señor, habéis tenido mucho miedo y esa es la enfermedad de los que gustan de verter sangre.

 

   - Ya veo - dijo el español repentinamente abatido - que he incurrido en vuestra desgracia, y en esto, como en todo, hallo el efecto de mi mala suerte. Tiene tal ensañamiento contra mí, que en muchos momentos he tenido la idea de ceder el campo en esta lucha, en la que no encuentro más que desventajas y sinsabores.

 

   Había mucha verdad en lo que Alvimar acababa de decir, y como después de haber maquinalmente limpiado el puñal parecía dudar en envainarle, Lauriana, sugestionada por la impresión siniestra de su mirada, le creyó algo loco a consecuencia de alguna gran desgracia y dispuesto a quitarse la vida.

 

   - Para perdonaros - le dijo - , exijo que me entreguéis el arma que tan malamente habéis empleado. No me agrada esta hoja traidora, que los hidalgos de Francia no usan ya, como no sea en la caza. A un caballero le basta su espada, y para desenvainarla delante de una dama necesita el tiempo de la reflexión. Tendría siempre miedo a un hombre que lleva oculta un arma tan rápida y tan fácil de manejar, y como no me parece que ésta tenga mucho precio os pido que me la sacrifiquéis en reparación del disgusto que me habéis causado.

 

   Alvimar creyó que quería desarmarlo por zalamería. Sin embargo, le dolía separarse de un arma tan fiel, y dudó.

 

   - Ya veo - le dijo Lauriana - que es el regalo de alguna bella, a quien no tenéis libertad para desobedecer.

 

   - Si tenéis semejante idea - contestó él - , quiero que la desechéis enseguida.

 

   Y, poniendo una rodilla en tierra, le presentó el puñal.

 

   - Está bien - dijo Lauriana retirando la mano, que él quería besar - . Os perdono como a huésped a quien no se quiere mortificar; pero nada más. En cuanto a esa arma traidora, no la guardo por amor a vos, sino para impedir el daño que pudiera causar.

 

   Se hallaban en aquel momento al pie del torreón, donde encontraron al marqués y a monsieur de Beuvre discutiendo apasionadamente.

 

   Lauriana se disponía a contarle lo que acababa de suceder; pero su padre no le dio tiempo para ello.

 

   - Escuchad, mi muy amada hija - le dijo cogiéndole una mano y colocándola en el brazo del marqués - ; nuestro amigo quiere deciros un secreto, y mientras os lo cuenta me esmeraré en hacer compañía a monsieur de Villarreal. Ya lo veis - añadió dirigiéndose al marqués - , os confío mi oveja sin temor a vuestros terribles dientes, y no le digo nada que pueda considerarse ante ella. Habladle como gustéis. Si luego os pesa, yo me lavo las manos; vos lo habréis querido.

 

   - Ya veo - dijo madame de Beuvre al marqués - que me vais a hacer alguna petición.

 

   Y creyendo que se trataba, como de costumbre, de hacer con él alguna excursión de caza, añadió que, fuese lo que fuese, lo concedía de antemano.

 

   - ¡Tened cuidado, hija mía! - exclamó monsieur de Beuvre, riendo - . ¡No sabéis a lo que os comprometéis!

 

   - No me asustéis - contestó ella - ; puede hablar inmediatamente.

 

   - ¡Oh! ¡Eso creéis! Pero os equivocáis en mucho - repuso monsieur de Beuvre - . Apuesto que su discurso durará más de una hora. Id los dos a alguna sala donde no seáis molestados y, cuando terminéis, venid a reuniros con nosotros.

 

   El marqués no se inmutó por aquellas broma... Para resolverse a hacer su petición había tenido ya que ahogar en sí vivos temores acerca del estado matrimonial, que venía aplazando desde hacía unos cuarenta años.

 

   Si al fin se había decidido era porque quería hacer la fortuna y la felicidad de alguien, y, después de haber admitido esta idea, consideraba como un deber el persistir en su resolución.

 

   Por lo tanto, en cuanto se encontraron en la sala, ofreció su corazón, su nombre y su dinero, con el estilo de la Astrée, con aquella pasión descabellada que no habla de nada menos que de tormentos horrendos, de suspiros que parten el alma, de terrores que causan mil muertes, de esperanzas que hacen perder la razón, etc...; todo con un convencionalismo tan casto y tan frío, que la virtud más austera no se puede asustar.

 

   Cuando Lauriana hubo comprendido que se trataba de casamiento, no se sorprendió tanto como su padre.

 

   Sabía que el marqués era capaz de todo y, en lugar de reírse de él, se apiadó. Le tenía afecto, y hasta respeto, por su bondad y su lealtad. Comprendió que por poco que ella diese el ejemplo expondría al pobre anciano a burlas interminables y que las chanzas amistosas y moderadas de las que era objeto se tornarían mortificantes y crueles.

 

   «No - pensó la prudente joven - ; eso no será y no sufriré que mi viejo amigo sea el hazmerreír de los criados

 

   - Mi querido marqués - le dijo esforzándose por hablarle en su estilo - : he pensado en la posibilidad y en la conveniencia del proyecto que me comunicáis. Había adivinado vuestra hermosa y honrada pasión, y si no la he compartido es porque soy todavía demasiado joven para que el malicioso Cupido me haya prestado atención. Dejadme, pues, retozar un poco más en la isla encantada de la Ignorancia de Amor; no tengo prisa en abandonarla, puesto que soy feliz con vuestra amistad. De todos los hombres que conozco sois el mejor y el más amable, y si mi corazón me habla bien pudiera ser que me hablase de vos. Pero eso está escrito en el libro de los destinos y debéis darme el tiempo de interrogar el mío. Si por alguna fatalidad me mostrase ingrata hacia vos os lo confesaría con candor y arrepentimiento, porque no sacaría de ello más que perjuicio y vergüenza. Pero tenéis el alma tan grande y tan buena, que, a pesar de mi tontería, seguiríais siendo para mí un amigo y un hermano.

 

   - ¡Ciertamente! ¡Os lo juro! - exclamó Bois - Doré con ingenuo entusiasmo.

 

   - Pues bien, mi leal amigo - prosiguió Lauriana - , esperemos. Os pido siete años de prueba, según la antigua usanza de los perfectos caballeros, y hacedme la merced de que este convenio quede secreto entre nosotros. Dentro de siete años, si mi alma ha permanecido insensible al amor, renunciaréis a mí, y si yo comparto vuestra pasión, no os lo ocultaré. También os juro que si antes de llegar al término de nuestro convenio las atenciones de otro hombre logran convencerme a pesar mío, os lo confesaré humilde y sinceramente. Esto es, al parecer, poco probable; sin embargo, quiero preverlo todo, por el deseo que tengo de conservar vuestra amistad si pierdo vuestro amor.

 

   - A todo me someto - respondió el marqués - , y juro guardaros, adorable Lauriana, la fe de un hidalgo y la fidelidad de un amante perfecto.

 

   - Cuento con ello - dijo dándole la mano - ; que sois un hombre de corazón y un pastor incomparable. Ahora volvamos con mi padre y dejadme decirle lo que ha sido convenido entre nosotros, a fin de que nuestro secreto no tenga más confidente que él.

 

   - Está bien - contestó el marqués - . ¿Pero no cambiaremos alguna prenda?

 

   - ¿Cuál? Hablad, lo consiento; pero que no sea un anillo. Pensad que soy viuda y que no puedo llevar más anillo que el de un segundo enlace.

 

   - Pues bien; permitid que mañana os envíe un presente digno de vos.

 

   - ¡Eso, no! Sería dar a conocer nuestro secreto a todo el mundo... Dadme cualquier fruslería que llevéis... ¡Mirad! Esa bombonera de marfil esmaltada que tenéis en la mano.

 

   - ¡Sea! Pero, y vos, ¿qué me daréis? Porque ya veo que entendéis lo que debe ser este cambio. Ha de ser un objeto que se lleve encima en el momento en que se da la palabra.

 

   Lauriana buscó en sus bolsillos y no encontró más que su pañuelo, sus guantes y su bolsa y el puñal de Alvimar.

 

   Como la bolsa era un recuerdo de su madre, le dio el puñal.

 

   - Ocultadle bien - dijo - , y mientras os lo deje esperad en mí; si os lo volviese a pedir...

 

   - ¡Me atravesaría el corazón! - exclamó el viejo Celadón.

 

   - ¡No! Es cosa que no haréis - dijo Lauriana con mucha seriedad - , porque yo me moriría de pena y además sería faltar a la promesa que me hacéis de seguir siendo mi amigo a pesar de todo.

 

   - Es justo - dijo Bois - Doré arrodillándose y recibiendo la prenda - ; os juro no morir por eso, así como os juro no amar ni aun mirar a ninguna otra bella mientras no me hayáis arrebatado la esperanza de agradaros.




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