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- XXII -
La Fleche empezó por la prenda más cercana a
la piedra central, a la que él llamaba el Sinaí.
Era la de Lucilio; fingió medir los ángulos,
hacer cálculos, y en acompasada prosa dijo:
Hombre sin lengua y de gran corazón.
El sabio es de la miseria vencedor.
- Observad - dijo Bois - Doré en voz baja a
Alvimar - cómo el pícaro ha adivinado el triste caso de nuestro músico.
- Eso no era difícil - contestó desdeñosamente
Alvimar - . Desde hace un cuarto de hora el mudo os está hablando por señas.
- Entonces, ¿no creéis en la adivinación? -
preguntó Bois - Doré, mientras que La Fleche continuaba sus cálculos con aire
absorto, pero con el oído atento a todo lo que ocurría en torno suyo.
- ¿Es que vos creéis en ella, señor? - dijo
Alvimar fingiendo la sorpresa por la seriedad con la que el marqués le había
hecho esta pregunta.
- ¿Yo?... Sí... Un poco... Como todo el
mundo.
- ¡Ya nadie cree en esas tonterías!
- ¡Oh! Sí; Yo creo mucho - dijo Lauriana - .
Brujo: te ruego que si mi destino es adverso me dejes en la duda o busques en
tu ciencia el medio de conjurarlo.
- Ilustre reina de los corazones - contestó
La Fleche - , obedezco a vuestras órdenes. Un gran peligro os amenaza; pero si
desde este momento, durante sólo tres días,
no dais vuestro corazón,
del diablo será vencedor.
- ¿No podrías encontrar otro estribillo? -
le dijo Alvimar - . Tienes un diccionario bastante pobre.
- Para ser rico no basta con desear serlo,
señor - contestó el gitano - , y, sin embargo, hay gentes que lo desean, que lo
desean tanto, que hacen todo por la riqueza, a riesgo del hacha y de la horca.
- ¿Lees semejantes; cosas en el Destino de este
hidalgo? - preguntó Lauriana, que, muy conmovida por lo que la concernía en el
aviso del adivino, se esforzaba en echarlo todo a broma.
- Acaso - dijo, Alvimar con soltura - . No
se sabe lo que puede ocurrir.
- ¡Pero se puede saber! - exclamó La Fleche
- . Vaya, ¿quién quiere saberlo?
- Nadie - dijo el marqués - , nadie, si hay
algo desagradable en el porvenir de alguno de nosotros.
- Verdaderamente, vecino, tenéis fe - dijo Beuvre,
que precisamente no creía en nada - . Sois un buen parroquiano para todos los
charlatanes que quieran abusar de vos.
- Como gustéis - repuso Bois - Doré - ; pero
no lo puedo remediar. Diez veces me ha ocurrido lo que me había sido predicho.
-
¿Cómo queréis - le dijo Alvimar - que un idiota, un ignorante de esta especie
penetre el porvenir, cuyo secreto Dios sólo posee?
- No creo en la ciencia del operador -
contestó el marqués - ; sino que por oficio sabe calcular números, y que esos
números son para él como las letras de un libro, con las que la propia
fatalidad de los números compone palabras y frases.
Beuvre se burló del marqués y ordenó al
adivino que dijera todo.
Alvimar hubiera deseado todo lo contrario,
pues su incredulidad era fingida; creía en la acción del diablo en todo lo que
es maleficio, y se prometía recomendar La Fleche a monsieur Poulain para que se
ocupase de hacerle encarcelar, y hasta quemar si fuera preciso. Pero estaba,
sin embargo, devorado, a pesar suyo, por la ansiedad de abrir el libro de su
destino y, por otra parte, se sentía arrastrado a dárselas de espíritu fuerte
delante de madame de Beuvre.
La Fleche, obligado a hablar, ya que había
suficientemente estudiado su libro mágico, reflexionó seriamente. Desconfiaba
del español. Sabía que no arriesgaba nada con los que no creían en nada, porque
esos no son de los que acusan o denuncian a los brujos, y era demasiado
suspicaz para no comprender que, al intentar retirar su piedra, Alvimar había
querido sustraerse a las revelaciones que fingía despreciar.
Tomó el partido con el que se resguardaba
cuando se encontraba entre personas dispuestas a conmoverse demasiado, y que
consistía en decir trivialidades a todo el mundo.
Tenía la esperanza de que Alvimar se
retirase y así poder hacer a los demás, con toda tranquilidad, alguna
predicción agradable que le fuese espléndidamente pagada, porque desde hacía
tres días que erraba por los arrabales, metiéndose en todas partes, escuchando
detrás de las puertas o fingiendo no comprender el francés para que lo hablasen
delante de él, se había enterado de muchas cosas, conociendo una acerca de
Alvimar, que éste hubiera deseado sepultar en un profundo olvido.
Pero Alvimar, sosegado por la
insignificancia de las predicciones, no se retiraba; ya nadie se divertía y La
Fleche hacía un fiasco, después de haber trabajado de antemano con vistas a una
buena ganancia.
Iban a despedirle. Se irguió.
- Ilustres señores - dijo - : no soy brujo;
lo juro por la imagen del Santo Patrón que llevo sobre el pecho; protesto
contra todo pacto con el diablo; no ejerzo más que la magia blanca, tolerada
por las autoridades eclesiásticas, pero...
- ¡Pero si no está entregado al diablo, vete
al diablo! - dijo monsieur de Beuvre. Nos aburres.
- Pues bien - dijo La Fleche descaradamente
- : queréis cábala, la tendréis a vuestro riesgo y perjuicio. Pero no la haré
yo y me lavo las manos de todo.
En el acto se volvió hacia una cesta que
había traído y donde se suponía que traía alguna batería de escamoteo o algún
bicho raro, y sacó a una niña de ocho o diez años, tan chiquita y menuda, que
no parecía tener más de cuatro o cinco. Era negra, fea, desgreñada; parecía un
verdadero diablillo, vestido de rojo, y mientras que La Fleche la traía en sus
brazos, empezó por darle veinte cachetes, tirarle del pelo y arañarle la cara
con las uñas.
Creyeron a lo primero que su resistencia
frenética formaba parte de la función; pero vieron la sangre correr en gruesas
gotas a lo largo de la nariz del pícaro.
Se conmovió un poco, y dijo,
limpiándose con la manga:
- No es nada; la
princesa estaba durmiendo en su cesta, y tiene mal despertar.
Luego añadió en voz
baja, hablando a la niña en español:
- ¡Estate tranquila, vaya! ¡Ya me las pagarás
esta noche!
La niña, colocada sobre la piedra del Sinaí,
se acurrucó como un mono y miró en derredor suyo, con ojos de gato salvaje.
Había en su fealdad enclenque un carácter
tan pronunciado de sufrimiento y de ira, de desdicha y de odio, que estaba casi
hermosa y, sobre todo, terrible.
Ante la delgadez de la miserable criatura,
casi en cueros, bajo la púrpura sórdida de sus harapos, Lauriana sintió oprimírsele
el corazón.
Se estremeció al pensar en el sino de
aquella niña, exasperada, sin duda, por la tiranía y los golpes de un mal
saltimbanqui, y se alejó unos pasos apoyada en el brazo de su buen Celadón Bois
- Doré, quien, sin decirlo, se sentía casi tan entristecido como ella.
Pero Beuvre tenía la corteza más dura y
animó a La Fleche a que hiciese hablar al espíritu maligno.
- Vamos, mi bella Pilar - dijo La Fleche,
acompañando cada palabra con una mímica llena de amenazas, inteligibles para su
víctima; vamos, reina de los diablillos y de los gnomos, hay que hablar.
Recoged la moneda que está más cerca de vos.
Pilar permaneció largo tiempo inmóvil, como
si fuera a dormir de nuevo; tiritaba de fiebre.
- Vamos, vamos, racimo de horca, estopa de
hoguera - prosiguió La Fleche - , recoged esta moneda de oro y os diré dónde
está Mario, vuestro bien amado.
- ¡Eh! - exclamó el marqués, volviéndose - .
¿Qué dice de Mario?
- ¿Quién es Mario? - le preguntó Lauriana.
- ¡Silencio! - gritó Beuvre - . El diablo
habla, y se trata de vos, vecino.
La niña habló en francés, con un
acento pronunciado y una voz chillona:
El que ha dado esta prenda,
si quiere atender al presagio
y guardarse bien del
amor...
- Ya he dicho
bastante; no quiero decir más - añadió en español.
No se acordaba de
su lección. Ni súplicas, ni amenazas lograron devolverle la memoria; era ya
bruja y tenía vanidad de su oficio. Conocía el libro mágico mejor que La Fleche y le gustaba profetizar.
Pero La Fleche la había irritado por querer enseñarle versos, lo que ella
llamaba la otra magia, y el sentimiento de que iba a quedar mal había herido su
amor propio.
Movió su cabeza, erizada de cabellos negros
como la tinta; pateó y se entregó a una furia de pitonisa.
- ¡Está bien, está bien! - exclamó La
Fleche, resuelto a sacar partido de todo - . Ya viene; el diablo la
entra en el cuerpo; va a hablar.
- Sí - dijo la niña, en español, saltando
rabiosamente en el círculo - . Lo sé todo mejor que todos los demás. ¡Eso!
¡Eso! ¡Eso! Lo sé; preguntadme.
- Hablemos en francés - dijo La Fleche - .
¿Qué le ocurrirá al señor a quien pertenece la prenda que tienes en la mano?
Era la del marqués.
- Regocijo y satisfacción - dijo la niña.
- ¡Muy bien! Pero ¿cuáles?
- ¡Venganza! - contestó ella.
- ¿A mí venganza? - dijo Bois - Doré - . No
es tal mi carácter.
- No, por cierto - añadió Lauriana mirando a
Alvimar a pesar suyo - . El diablo se habrá equivocado de prenda.
- No; no me he equivocado - repuso la
gnómida.
- ¿De verdad? - dijo La Fleche - . Si estáis muy segura, hablad, diablesa.
¿Entonces pensáis que el noble señor aquí presente tiene que lavar una ofensa?
- ¡Con sangre! - contestó Pilar con una
energía de artista trágica.
- ¡Ay! - dijo el marqués a Lauriana en voz
baja - . Desgraciadamente, acaso sea verdad. ¡Ya sabéis, mi pobre hermano!
Y dijo en voz alta:
- Quiero interrogar yo mismo a esta pequeña
adivina.
- Habladle señor - contestó La Fleche - . Cuidado, moscardón, y hablad cortésmente a
quien vale más que vos.
El marqués dijo entonces dirigiéndose a
Pilar con dulzura:
- Vamos, mi pobre niña, ¿qué es lo que he
perdido?
Ella contestó:
- Un hijo.
- No riáis, vecino - dijo el marqués a
monsieur de Beuvre - ; dice la verdad. Era como mi hijo.
Y a Pilar:
- ¿Cuándo le he perdido?
- Hace once años y cinco meses.
- ¿Y cuántos días?
- Menos cinco días.
- En esto se equivoca - dijo el marqués a
Lucilio - . He tenido noticias de él después de la época que dice. Vamos a ver
si ve claro en lo demás.
Y dirigiéndose a la niña:
- ¿Cómo le he perdido? - preguntó.
- De mala muerte - contestó - ; pero
tendréis consuelo.
- ¿Cuándo?
- Antes de tres meses, tres semanas o tres
días.
- ¿Qué clase de consuelo?
- De tres clases: venganza, cordura,
familia.
- ¿Familia? Entonces, ¿seré casado?
- No; seréis padre.
- ¿De verdad? - exclamó el marqués sin
inmutarse por la carcajada de Beuvre - . ¿Cuándo seré padre?
- Antes de tres meses, tres semanas o tres
días.
Un diluvio de bromas de monsieur de Beuvre,
dirigidas al marqués, hizo suspender la sesión.
Para que el acontecimiento predicho tuviera
lugar antes de tres meses, tres - semanas o tres días, era necesario que tres
mujeres «hubieran recibido el encargo».
El pobre marqués sabía tan perfectamente que
aquello no había ocurrido, que toda su fe en la magia se enfrió.
Se dejó embromar, protestando de su
inocencia, sin desear mucho que la creyesen tan real como lo era.
La niña pidió que la dejaran proseguir sus
conjuros para la última prenda.
Era la piedrecita de Alvimar.
Pero, para comprensión de lo que sigue, el
lector debe estar enterado de lo que había sido convenido entre Pilar y su amo
La Fleche.
Lo que La Fleche sabía y quería hacer saber
a Bois - Doré pensaba hacérselo decir a la niña fuera de la presencia de
Alvimar.
La niña, por capricho o por ostentación, no
quiso cumplir el convenio hecho entre ellos. Quería recitar toda su lección,
aun debiendo ella sufrir las consecuencias y debiendo La Fleche perder la vida
o la libertad.
Acaso también los peligros que podía atraer
sobre él, y que ella no ignoraba, tentaban sus instintos de odio.
Por lo tanto, dijo lo que le parecía, a
pesar de los avisos y de las muecas de su amo, que no podía decirle nada en
español sin ser comprendido por Alvimar.
Cogió la piedra, examinó los signos que la
rodeaban, fingió hacer cálculos, y dijo en español, con una espantosa pasión en
la amenaza:
- ¡Desdicha, desengaño y desgracia al hombre
cuya prenda ha caído sobre la estrella roja!
- ¡Bravo! - dijo Alvimar con una risa nerviosa
y forzada - . ¡Proseguid, asquerosa criatura! ¡Vamos, vamos, raza de perros,
desecho de la tierra, decidnos las sentencias del Cielo!
Pilar, irritada por estos insultos, se puso
tan salvaje, que asustó a todos los que la miraban y al mismo La Fleche.
- ¡Sangre y crimen! - gritó saltando con
gestos convulsos - . ¡Crimen y condenación! ¡Sangre! ¡Sangre y sangre!
- ¿Todo eso para mí? - preguntó Alvimar, que
no pudo en aquel momento ocultar su terror.
- ¡Para ti! ¡Para ti! - gritó la avispa
enfurecida - . ¡Y la muerte, el infierno! ¡Pronto, en seguida, antes de tres meses, tres
semanas o tres días! ¡Condenado! ¡Condenado! ¡El infierno!
- Basta, basta - dijo Bois - Doré, que casi
no entendía el español, pero que vio a Alvimar pálido y casi desfallecido - .
Esta niña está poseída por un mal demonio, y acaso es pecado escucharla.
- Sí, señor - contestó Alvimar - ; sin duda
está poseída del diablo y sus amenazas son vanas y despreciables, porque el
infierno no puede nada sin la voluntad de Dios. Pero si yo fuera aquí dueño y
justiciero haría encarcelar a este bandido y a esta víbora y los entregaría...
- ¡Vaya, vaya! - dijo monsieur de Beuvre - ,
no hay por qué enfadarse tanto. No sé lo que os ha dicho; pero me sorprende que
hayáis acabado de reír. Sin embargo, confieso que los arrebatos de este monillo
enfurecido son un espectáculo bastante soso, y veo que asusta a mi hija. Vamos,
granuja - dijo a La Fleche - , basta ya. Quedaos con las prendas si todos lo
consienten y marchaos con la música a otra parte.
La Fleche no había esperado este permiso
para tomar el tole. Tenía mucha prisa de sustraerse a las intenciones
bondadosas del español para con él.
La niña Pilar no se inmutó; al contrario:
recogió las monedas de plata y oro que habían servido de prendas, y al llegar a
la piedra de Alvimar se la arrojó,entre las piernas de despreciativamente.
Él se sintió tan ofendido, que acaso la
hubiera tratado como al lobezno si hubiera tenido todavía el arma que empleaba
tan pronto y tan bien.
Pero hizo inútilmente un gesto instintivo
para cogerla, y Lauriana, que le miraba, se alegró de haberle desarmado. Él
cruzó su mirada con la suya y se apresuró a sonreír; luego intentó hablar de
otra cosa, y Bois - Doré pidió a Lucilio un poco de música para borrar la mala
impresión de la aventura, mientras que La Fleche, llevando la cesta sobre la
cabeza, sus instrumentos mágicos debajo del brazo, y tirando con la otra mano
de la pequeña sibila, temblorosa, franqueaba presuroso el puente levadizo del
castillo.
- Ahora ¿me vas a dar de comer? - preguntó
la niña cuando estuvieron en pleno campo.
- No; has trabajado demasiado mal.
- Tengo hambre.
- ¡Mejor!
- Tengo hambre y no puedo andar más.
- Entonces, a la jaula.
La volvió a meter dentro de la cesta, a
pesar suyo, y se la llevó corriendo.
Los gritos de la desdichada criatura se
perdieron sin eco en la inmensa llanura.
- ¡Mario! ¡Mario! - lloraba con voz
entrecortada - . Quiero ver a Mario. ¡Malo! ¡Asesino! ¡Me habías prometido que
me dejarías ver a Mario, que me daba de comer y jugaba conmigo, y a su madre,
que impedía que me pegasen. ¡Mercedes! ¡Mario! ¡Venid a buscarme! ¡Matadle! ¡Me
hace daño, me pega, me mata, me deja morir de hambre! ¡Condenación sobre él!
¡Muerte y sangre y crimen! ¡El látigo, el fuego y la rueda, el infierno para
los malos!
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