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- XXIII -
Mientras el gitano huía en dirección del
Norte, el marqués emprendió en sentido contrario, con Alvimar y Lucilio, el camino
de Briantes.
Estaba impaciente por participar a su fiel
Adamas lo que consideraba como un desenlace dichoso de su empresa; aunque se
creía en el deber de ahogar algunos suspiros de inquietud o de impaciencia, en
gracia de su amor, considerándolo bien, no le desagradaba demasiado tener siete
años ante él antes de tomar una nueva resolución matrimonial.
Alvimar estaba de muy mal humor, no sólo por
las predicciones, que habían removido su bilis y turbado su cerebro, sino
también por la tranquilidad que había manifestado madame de Beuvre al
despedirle, mientras que, al ofrecer sus manecitas al marqués, le había
prometido alegremente hacerle una visita a los dos días.
«¿Será posible - pensaba - que haya aceptado
los dineros de este anciano y que yo me vea suplantado por un rival de setenta
años?»
Deseaba interrogar, burlarse, desahogarse.
Pero con Bois - Doré no había medio de
entablar la conversación acerca de este asunto.
El marqués tenía un aire de triunfo discreto
y modesto, que le hacía redoblar sus atenciones y sus cortesías con su huésped.
Alvimar no pudo vengarse de su derrota más
que salpicando cuanto pudo a maese Jovelin, que cabalgaba detrás del marqués.
Apenas llegó al castillo, como la hora de la
cena no había llegado todavía, salió a pie para ir a conferenciar con monsieur
Poulain.
- Y bien, señor - dijo descalzando a
su amo el fiel. Adamas, que en
su calidad de ayuda de cámara no salía casi nunca del castillo de Briantes - :
¿hay que pensar en la cena de novios?
- Precisamente, amigo mío - contestó el
marqués - . Hay que pensar en ello en seguida.
- ¿De veras, señor? Bien segura estaba yo, y
me alegro tanto que ya no me conozco. Figuraos, señor, que esa pelirroja que
llamáis Belinda, y que más justamente debía llamarse Tisifona...
- Vamos, vamos, Adamas, ¡tenéis muy mal
genio! Ya sabéis que no me gusta oír hablar injuriosamente de una persona del
sexo débil. ¿Qué ha ocurrido de nuevo entre vosotros?
- Perdón, mi noble señor; pero ocurre que
esta mala mujer escucha detrás de las puertas, y está enterada del paso que el
señor ha dado hoy. Esta tarde se ha reído como una loca, como esa imbécil de
ama del cura.
- ¿Cómo lo sabéis, Adamas?
- Lo
sé por magia, señor; pero el caso es que lo sé.
- ¿Por magia? ¿Desde cuándo os dedicáis a
las ciencias ocultas?
- Se lo diré al señor; no tengo nada oculto
para él; pero dígnese el señor contarme de qué modo se las ha arreglado para
revelar sus sentimientos a la incomparable dama de su corazón, y de qué modo
ella le ha contestado. Porque estoy seguro que desde que el mundo es mundo no
se ha dicho nada tan elocuente, y quisiera saber escribir tan de prisa como
maese Jovelin para transcribirlo al papel a medida que el señor me lo refiera.
- No, Adamas; ninguna palabra saldrá de mi
boca, sellada por un juramento de caballero. He jurado no dar a conocer el
secreto de mi felicidad. Lo único que puedo decirte, amigo mío, es que te
regocijes con tu amo en el presente y que esperes con él en el porvenir.
- Entonces, señor, es cosa decidida y...
Adamas fue interrumpido por un ruido como el
de un gato arañando la puerta.
- ¡Ah! - dijo después de haber ido a mirar -
. Es el niño, que desea deciros buenas noches. Vete, amiguito mío; monseñor te
verá más tarde; ahora está ocupado.
- Sí, sí, Adamas, que vuelva. ¡No es ocasión
ahora! No sé qué ideas de paternidad me pasaron ayer por la cabeza. ¡Qué
vulgaridad! No, no; ya no soy el solterón que quería casarse cuanto antes para
ordenar su vida. Soy joven, Adamas; sí, soy un joven enamorado, un jovenzuelo
tiernamente condenado a dar pruebas de constancia, a suspirar y a hacer versos;
en una palabra: a esperar, con los tormentos y las delicias de la esperanza, la
voluntad de mi soberana.
- Si no comprendo mal - dijo Adamas - ,
¿esta celosa divinidad desconfía algo del carácter voluble de mi amo y exige
que renuncie a toda aventura galante?
- Sí, sí; eso es, Adamas. ¡Debe de ser eso!
Un poco de desconfianza. ¡Es el justo castigo de mi loca juventud! Pero
sabré tan bien probar mi sinceridad... Mira quién está en la puerta. Otra vez
arañan.
- ¡Cómo! - dijo
Adamas a Mario con seriedad, entreabriendo un poco la puerta - . ¿Sois vos otra vez, diablillo? ¿No
os he dicho que esperéis?
- He esperado - contestó Mario con su voz
dulce y acariciadora hasta en las travesuras - . Me habéis dicho: «Vete y
vuelve.» He ido al final de la otra habitación y ya estoy de vuelta.
- ¡Es gracioso! - dijo el marqués - . Déjale
entrar. ¡Hola! Amiguito, ven a darme un beso y luego juega tranquilamente con
Fleurial. Tengo que tratar
asuntos serios con el buen señor Adamas. Vamos a ver, Adamas, pasado mañana
recibo a mi incomparable vecina; hay que pensarlo; se trata de una comida sin
cumplidos; a lo sumo, catorce platos.
- Los tendremos, señor. ¿Queréis que llame
al cocinero mayor?
- No; no me gusta ordenar, y, por muy
limpias que sean las gentes de cocina, siempre huelen a guisado. Ayúdame a
imaginar...
- ¿Qué es este cuchillo? - dijo Mario, a
quien el marqués, bondadoso y bastante distraído, tenía entre sus piernas,
dejándole registrar sus bolsillos.
- Nada, nada - dijo Bois - Doré, queriendo
recuperar la prenda que Lauriana le había dado - . Devuélveme esto, amiguito;
los niños no tocan estas cosas. Muerde, ¿sabes? Vamos, devuélvemelo.
- Sí, sí, tenedlo - dijo Mario - ; pero ya
he visto lo que hay escrito y ya sé de quién es.
- ¡No sabes lo que dices!
- Sí que lo sé; digo que es del señor
español a quien llamáis Villarreal ¿Os lo ha regalado?
- ¡Vamos! ¿Qué cuentas? ¡Estás soñando!
- No, buen señor; he visto la divisa
que hay en la hoja: está en español y yo la conozco muy bien; mi madre Mercedes
tiene un puñal igual, con la misma divisa.
- ¿Y qué significa esta divisa?
- Sirvo a Dios. S. A.
- ¿Y qué significa. S. A?
- Deben de ser las iniciales de la persona a
quien pertenece el puñal. Así las graban, formando un calado, cerca del mango.
- Ya lo sé; pero ¿por qué dices que este
puñal proviene del señor español que se llama Villarreal?
El niño no contestó y pareció confuso.
No se encontraba bajo la mirada vigilante y
desconfiada de la morisca. Había hablado más de lo que sabía y se acordaba
demasiado tarde de sus recomendaciones.
- Señor - dijo Adamas - , los niños hablan a
veces por hablar y sin saber lo que dicen. Hablemos nosotros del gran asunto.
Vuestro guarda, el padre Andoche, ha traído hoy una cantidad de roscones tan
gordos...
- Sí, sí, tienes razón, amigo mío; hablemos
de la comida. Sin embargo, no sé... Me pregunto ¿cómo tenía ella en el bolsillo
de su falda este puñal español?
- ¿Quién, señor?
- Ella, ¡pardiez! ¿De qué otra persona
podría yo hablar?
- Es justo; perdón, señor. Hablemos del
puñal.
Yo creía que era efectivamente un regalo de
monsieur de Villarreal, o que os lo había prestado, porque es verdad que de él
proviene. Estas dos letras, S. A., están sobre sus demás armas, que son muy
hermosas; me he fijado en ellas esta mañana, mientras que su criado las
limpiaba.
El marqués cayó en una meditación.
¿Cómo tenía Lauriana el puñal de Villarreal?
Él se lo había regalado, pues que ella había dispuesto del arma como de cosa
propia.
Por mucho que buscase en la genealogía de
los Beuvre, no encontraba ningún nombre al que pudieran corresponder las
iniciales S. A.
«¿Será - pensaba - que haya hecho primero
con él el mismo pacto que ha hecho conmigo?»
Pero se consoló pensando que, aparentemente,
hacía poco caso del primero, puesto que le había sacrificado su prenda; a pesar
de todo, había en aquello algo incomprensible, y el buen marqués no estaba
todavía bastante loco para no temer haber sido objeto de alguna burla.
Además, lo que había dicho el niño
complicaba la perplejidad de su espíritu, y ya no sabía qué intriga del destino
o qué mixtificación rodeaba aquel puñal.
Sintió deseos de ir en el acto a explicarse
con su huésped; pero se acordó de que Lauriana le había ordenado que ocultase
su prenda y no la dejase ver a nadie.
Adamas vio la preocupación sobre la frente
de su amo y se conmovió.
- ¿Qué ocurre, señor - le dijo - , y qué
puede hacer vuestro pobre Adamas para sacaros de dudas?
- No sé, amigo mío. Quisiera adivinar cómo
es que la morisca tiene un arma como ésta, con la misma divisa y las mismas
iniciales.
Luego añadió, bajando la voz para que Mario
no lo oyese:
- Me habías dicho, y a mí me pareció, que esa
mujer era muy honrada. Sin embargo, parece ser que ha hurtado ese objeto a
nuestro huésped. No puedo sufrir que se robe en mi casa.
Adamas compartió en seguida las sospechas de
su amo, tanto más cuanto que Mario, sintiendo que había hablado ligeramente, se
deslizaba de puntillas fuera del cuarto, para escapar a más preguntas. Adamas
le retuvo.
- Nos habéis contado un cuento, mi bello
amigo - le dijo - , y por eso merecéis perder los favores de mi señor amo. No es
verdad que vuestra Mercedes posee lo que decís, o entonces...
El marqués le interrumpió, no queriendo que
formulase la acusación delante del niño:
- ¿Hace mucho - le preguntó - que tu madre
tiene ese puñal, hijo mío?
El niño había vivido algún tiempo con los
gitanos y, por lo tanto, sabía lo que era robo. Además, estaba dotado de una
agudeza extraordinaria. Comprendió qué sospecha había atraído sobre su madre
adoptiva y prefirió desobedecerla a no justificarla.
- Sí - contestó - ; hace mucho.
Y ante su aire de seguridad y de fuerza, el
marqués y Adamas comprendieron que tenían el medio de hacerle hablar.
- Entonces, ¿monsieur de Villarreal se lo
había dado? - preguntó Adamas.
- ¡Oh, no! Le había dejado...
- ¿Dónde? - preguntó el marqués - . Vaya,
niño, hay que decirlo, o si no, ya no tendré confianza en vos. ¿Dónde lo había
dejado?
- ¡En el corazón de mi padre! - contestó
Mario, cuyo rostro se animó extraordinariamente.
Necesitaba desahogarse; aquel misterio le
pesaba, y después de haber dicho la primera palabra ya no se podía callar.
- Adamas - dijo el marqués, sobrecogido por
una emoción repentina - , cierra las puertas; y tú, hijo mío, ven aquí y habla.
Estás entre amigos; no temas nada; te defenderemos, te haremos justicia. Dime
todo lo que sabes de tu familia.
- Pues bien - dijo el niño - ; si me
queréis, hay que castigar a monsieur de Villarreal, porque es el que asesinó a
mi padre.
- ¿Asesinado?
- Sí; Mercedes lo ha visto.
- ¿Cuándo?
- El día en que yo llegué al mundo; el día
en que murió mi madre.
- ¿Y por qué le asesinó?
- Para coger mucho dinero y alhajas que
tenía mi padre.
- ¡Ladrón y asesino! - dijo el marqués,
mirando a Adamas - . ¡Un noble! ¡Un amigo de Guillermo de Ars! ¿Es esto
creíble?
- Señor - dijo Adamas - , los niños cuentan
muchas cosas, y me parece que éste se está burlando de nosotros.
El rubor incendió las mejillas de Mario.
- ¡No miento nunca! - exclamó con una
energía conmovedora - Monsieur de Anjorrant lo decía siempre: «Este niño no es
embustero.» Mi Mercedes me ha dicho que no hay que mentir nunca, sino callar
cuando no se quiere contestar. Ya que me hacéis hablar, digo la verdad.
- ¡Tiene razón! exclamó el marqués - . Y ya veo que este precioso niño tiene una alma
noble. Háblame; te creo. Dime cómo se llamaba tu padre.
- ¡Ah! Eso no lo sé.
- ¿Por vuestro honor, amiguito?
- ¡Por la verdad? - contestó el niño - . Lo
único que sé es que mi madre se llamaba María, y por eso, al bautizarme,
monsieur Anjorrant me ha dado el nombre de Mario.
- Pero Mercedes ha dicho, me acuerdo muy
bien - observó Adamas - , que esa señora había entregado al cura un anillo de
boda; también ha hablado de un sello.
- Sí - contestó Mario - ; el sello provenía
de mi padre, y tenía armas; pero nos lo han robado hace poco. En cuanto a la
sortija, nunca monsieur Anjorrant ni mi Mercedes, aunque es muy mañosa, ni yo,
ni nadie, la ha podido abrir. Sin embargo, hay algo dentro. Mi madre, que murió
sin decir más que su nombre de pila, María, hizo seña al cura de que abriese el
anillo. Ella no tenía fuerzas para hacerlo; pero él, él no sabía.
- Ve a buscarlo - dijo el marqués - ; acaso
sepamos nosotros.
- ¡Oh, no! - contestó Mario asustado - ; mi Mercedes
no querrá, y si se entera de que he hablado tendrá mucha pena.
- ¿Pero, en fin, por qué se oculta de
nosotros que podemos ayudarla a encontrar a tu familia?
- Porque cree que atenderéis al español y
que él la matará si se entera de que le ha reconocido.
- ¿Y él no la conoce?
- No la ha visto
nunca, puesto que ella estaba escondida.
- ¿Ella le ha
vuelto a ver alguna vez desde aquel terrible asunto?
- No, nunca.
- ¿Y después de pasados diez años, cree
estar segura de reconocerle? Es bastante dudoso.
- Dice que está segura; que el español no ha
envejecido casi nada, que está vestido de negro como entonces; y también está
segura de que su viejo criado es el mismo. ¡Oh! Los ha mirado mucho. Cuando,
hace tres días, los hemos encontrado cerca de otro castillo que no está lejos
de aquí...
- ¡Ah, sí! A ver - dijo el marqués - ,
cuéntame cómo los has encontrado.
- Él iba con un señor hermoso y bueno, que
desde entonces os he oído llamar Guillermo al hablar de él. Este señor había
dado mucho dinero a los gitanos, con los que estábamos.
Y de pronto, al ver que el español ponía
cara malo y me quería pegar, Mercedes me dijo:
- ¡Es él! Mira: ¡es él!; y el otro, el viejo
criado, ¡es él también!
Y corrió detrás de ellos para verlos, hasta
que monsieur Guillermo nos dijo que le molestábamos. Entonces Mercedes dijo a
uno de los gitanos que le preguntase su nombre y el de su amigo, a fin de rezar
por ellos. Pero monsieur Guillermo se rió de nosotros, y los gitanos
prosiguieron su camino por otro lado.
Entonces mi Mercedes los dejó marchar, y me
dijo:
- Te aseguro que los asesinos de tu padre
son nuestros. Tenemos que saber sus nombres.
Entonces retrocedimos; fuimos a pedir al
castillo de la Motte y, como no nos hacían mucho caso, Mercedes me mandó
escuchar lo que decían los criados y los aldeanos; y así nos enteramos de que
el español iba a vivir en casa del marqués, porque el marqués había mandado por
su carroza y había ordenado que se dispusiese en su castillo la habitación de
honor para un forastero.
Y luego hablamos con una pastora que hay por
allí.
Nos dijo:
- El marqués es muy bueno. Podéis pasar la
noche en su casa; él os favorecerá. Allí está su castillo.
Entonces vinimos aquí en seguida, y ayer
mismo, por la mañana, vimos al asesino de mi padre, ¡a los dos asesinos! Y he
visto las letras sobre las pistolas y sobre la espada que tenía el criado, y he
dicho a Mercedes:
- Enséñame el cuchillo malo que ha matado a
mi pobre papá; me parece que tiene las mismas letras.
- ¿Y estás seguro? - preguntó el marqués.
- Estoy completamente seguro; y si Mercedes
os lo quiere enseñar, lo veréis vos mismo.
- ¿Dónde está Mercedes ahora?
- Con monsieur Jovelin, a quien quiere mucho
porque se ha arrojado al agua por mí.
- Es absolutamente necesario, que Jovelin le
arranque su secreto - dijo el marqués a Adamas - ; ve a buscarle para que le
hable.
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