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- XXIV -
Adamas salió y volvió a decir que Jovelin
iba a venir.
Le había encantrado en una animada
conferencia con la morisca: ella, hablando árabe; él, escribiendo todo lo que
ella decía y haciendo muchos gestos que ella parecía comprender.
- Me ha hecho seña de que no se podía
interrumpir - añadió Adamas - ; me parece, señor, que, por persuasión y
dulzura, le está haciendo confesar la verdad. No le molestemos. Él escribe de
prisa; pero ella no lee muy bien, ni aun en su idioma, y maravilla el ver cómo
él se da a entender con los ojos y las manos. Tened paciencia, señor; vamos a
saber algo.
Esperaron un cuarto de hora, que al marqués
le pareció un siglo.
El tiempo pasaba; la primera campanada de la
cena había dado ya. Acaso iba a ser inevitable encontrarse de nuevo frente a
Villarreal sin haber esclarecido nada.
Bois - Doré se hallaba presa de una viva
agitación. Se levantaba, se sentaba y decía palabras sin sentido que intrigaban
mucho a Adamas.
Mario, creyendo que estaba enojado con él,
permanecía en un rincón, pensativo y asombrado.
Fleurial, viendo la ansiedad de su amo, le
miraba fijamente siguiendo todos sus pasos y gemía de vez en cuando, volviendo
la cabeza como para decirle: «¿Pero qué os ocurre?»
Al fin, Adamas se atrevió a preguntar:
- Señor: tenéis una idea que ocultáis a
vuestro servidor, y de esta manera hacéis que vuestra pena le sea aún más
dolorosa. Hablad, señor; hablad a Adamas como si hablarais con un mueble;
sabéis que no ha de repetir nada, y esto os aliviará.
- Adamas, - contestó Bois - Doré - , temo
estar loco, porque hay en este niño y en la historia que nos cuenta algo que me
conmueve más de lo natural. Debes saber que hoy unos gitanos me han dicho mi
destino, y ha habido en su predicción palabras muy obscuras, pero que, sin
embargo, pueden explicarse por el interés que siento hacia este pobre niño.
Entre otras cosas extrañas, me han dicho que seré padre antes de tres meses,
tres semanas o tres días. Te juro, Adamas, que no puedo contar con ninguna
paternidad directa en tan breve plazo; por lo tanto, es evidente que seré padre
por adopción. Pero otra palabra de esta predicción me preocupa aún más; y es
que me han revelado la muerte de mi hermano, señalándola exactamente con la
misma fecha que la morisca indica para el asesinato del padre de este niño.
¿Cómo explicar esto? La maga hablaba con palabras veladas y simbólicas; pero me
ha dicho claramente esta fecha, haciendo el cálculo de los años, de los meses y
de los días que han pasado desde entonces. Y yo, al volver aquí, hice el mismo
cálculo y vi que esta fecha corresponde al cuarto día, después de la muerte de
nuestro buen rey Enrique. Ven aquí, Mario; ¿no has dicho cuatro días?
- Pero, señor - observó Adamas - , ¿no
habéis dicho vos mismo ayer que la última carta del señor Florimond estaba
fechada el día 16 de julio y en la ciudad de Génova?
- Es verdad, amigo mío; pero al escribir
puede uno equivocarse de fecha y poner un mes por otro. ¡Eso le ocurre a
cualquiera!
- Pero, señor, ¿la ciudad de Génova no está
en Italia y muy distante del lugar en que este niño coloca la muerte de su
padre?
- Sin duda, amigo mío. Violento la lógica de
las cosas para explicar las palabras de la adivinadora; es una fantasía, y te
permito que me reprendas. Sin embargo, abre el bargueño donde están guardadas
las queridas reliquias de mi hermano y su última carta, que he leído tantas
veces sin jamás comprender el sentido de lo que dice.
- ¡Por Dios, señor! - dijo Adamas abriendo
el cajón y presentando la carta a su amo - . Ya habéis comprendido
perfectamente y adivinado todo lo ocurrido. El señor Florimond os daba muy
pocas noticias suyas a causa de las grandes ocupaciones secretas que tenía en
las cortes de Italia, adonde le enviaba su amo, el duque de Saboya. Os hablaba
de sus viajes, sin deciros qué finalidad tenían porque se lo prohibía la
política que servía y que no era siempre la vuestra. Esta última carta os
anuncia viajes distintos de los que acababa de hacer, y he aquí lo que os dice:
«Si no oís hablar de mí de aquí al otoño, no os preocupéis. Mi salud es buena y
mis asuntos personales no se hallan en mala situación.» La fecha es auténtica,
puesto que empieza diciendo: «Señor y muy amado hermano: Habéis debido de
recibir mi carta de enero último; después de estos cinco meses
transcurridos...»
- Sé todo eso, Adamas; lo sé de memoria, y,
no obstante, cuando estuve en Italia en el año 1611, para informarme en persona
de mi pobre hermano, del que ya no oía hablar, me dijeron que no había vuelto
de Roma, donde había ido en misión quince meses antes; me trasladé a Roma, y
allí me dijeron que hacía más de dos años que no le habían visto.
He recorrido toda Italia hasta 1612, sin
encontrar ningún vestigio ni huella alguna de él, hasta tal punto que me
imaginaba habría emprendido viaje a las Indias de Oriente o de Occidente por su
propia cuenta y que un día le vería volver. Pero al fin me he visto obligado a
tener por seguro que había sido muerto violentamente por los bandidos que infestan
Italia o que había perecido en alta mar en algún naufragio. No había realizado
gran fortuna estando al servicio del Saboyano, aunque él no se haya quejado
nunca, y supongo que nadie le acompañaría en sus andanzas. En fin, he perdido
la esperanza de volverle a ver; pero no la de descubrir su suerte y de vengarle
si ha muerto traidoramente.
Mientras que el marqués y Adamas conversaban
en estos términos, Mario, de quien ya no se ocupaban, se había deslizado tras
la butaca de Bois - Doré.
Escuchaba lo que decían y miraba con
atención la carta que el marqués tenía entre las manos. Como hemos dicho, sabía
leer muy bien, incluso la letra manuscrita; pero se hallaba presa de una gran
ansiedad, temiendo equivccarse y que le acusasen de nuevo de hablar sin
reflexión.
Al fin creyó tener suficiente seguridad, no
sólo por la letra, sino también por los giros de la carta y las
particularidades de su contenido.
Exclamó:
- ¡Esperad!
Y salió, lleno de resolución y de alegría,
sin que el marqués, absorto en sus reflexiones, le hiciese mucho caso.
Mario conocía ya la alcoba de maese Jovelin,
y encontró a su madre, que salía de ella sin haber consentido en enseñar los
objetos de los que era la guardadora celosa y desconfiada.
A Lucilio le había chocado, lo mismo que al
marqués, la coincidencia de la fecha grabada en la memoria del niño por el
abate Anjorrant con la de la muerte de Florimond, según indicaba la gitanita.
Lucilio no creía en la magia; pero como el
nombre de Mario, pronunciado por La Fleche, le había llamado igualmente la
atención, temía que el marqués fuese víctima de alguna truhanería.
Empezaba a sospechar hasta de la misma
morisca, y al regresar al castillo su primer cuidado había sido llamarla para
interrogarlo por escrito con mucha precisión y severidad. Exigía que le enseñase la sortija y la carta de
monsieur Anjorrant, de que había hablado. Y aunque la pobre mujer sentía mucho
respeto y simpatía hacia él, su insistencia le hizo temer la intervención
indirecta de Alvimar en el interrogatorio y se encerró en un silencio lleno de
angustia. Al ver a
Mario, su corazón herido exhaló la queja que no se atrevía a dirigir a Lucilio.
- Ven, pobre hijo mío - le dijo - ; nos echan
de aquí porque nos acusan de querer engañar y de haber inventado una historia
que dicen no es verdad. Ven; vámonos pronto, para que vean que no pedimos ayuda
más que a Dios y a nosotros mismos.
Pero Mario le detuvo.
- Basta ya de desconfianza - le dijo, madre:
hay que hacer lo que nos dicen. ¡Dame la carta; dame la sortija! Son mías; las
quiero en seguida.
La energía del niño impresionó a Lucilio, y
la morisca, estupefacta, guardó unos instantes de silencio. Mario no le había
hablado nunca en tal forma; nunca ella había sentido en él el menor asomo de
independencia y ¡ahora ordenaba con autoridad!
Sintió miedo; creyó en algún prodigio; toda
la fuerza de su carácter se derrumbó ante una idea fatalista. Sacó de su
cintura la escarcela de piel de cordero, en la que había cosido los preciosos
objetos.
- No basta, madre - dijo aún Mario - ;
necesito el cuchillo también.
- ¡No te atreverás a tocarlo, hijo! Es el
cuchillo que ha matado a...
- Lo sé; ya le he visto; quiero
mirarle más. Tengo que
tocarle, y le tocaré. ¡Dámelo!
Mercedes entregó el cuchillo y dijo juntando
las manos:
- Si es el espíritu contrario el que hace
obrar y hablar a mi hijo, estamos perdidos, Mario.
Él no la escuchó, y, apoyando el saquito de
piel sobre la mesa de Lucilio, le descosió rápidamente con el puñal. Sacó la
sortija, que se puso en el pulgar, y la carta del señor abate Anjorrant a
monsieur de Seuilly, de la que hizo saltar el sello y la cinta, con gran
consternación de Mercedes.
Hecho esto, abrió la misiva, sacó un
papel manchado, le besó y le miró con detenimiento. Luego exclamó:
- ¡Ven, madre! ¡Venid, señor Jovelin!
Se precipitó en la escalera, entró en el
cuarto del marqués, le quitó impetuosamente de las manos la carta, que Bois -
Doré seguía comentando, comparó las escrituras, dejó entre las manos de Adamas
todo lo que llevaba: cartas, sortija y puñal; se abalanzó a las rodillas del
marqués y, echándole los brazos al cuello, se puso a besarle con tal fuerza,
que el buen señor quedó como ahogado por un momento.
- Vamos, vamos - dijo Bois - Doré, algo
enojado por aquella familiaridad que no esperaba y que había comprometido
gravemente sus rizos - ; no es hora de jugar así, amiguito mío; os tomáis unas
libertades...
El marqués se interrumpió al ver que Mario
sollozaba.
El niño había obedecido a una inspiración:
había tenido la fe; pero el espíritu de los demás no camina tan deprisa como el
suyo, y ahora sentía que la duda y la vergüenza le volvían. Había desobedecido
a Mercedes, que lloraba y temblaba.
Lucilio le miraba con una atención que le
intimidaba; el marqués rechazaba su abrazo apasionado, y Adamas, estupefacto,
no parecía muy seguro de la semejanza de las escrituras al compararlas.
- Vamos, no lloréis más, hijo mío - dijo el
marqués agitado, cogiendo de las manos de Adamas la carta de su hermano y el
papel chafado y usado que Mario había traído - . ¿Qué tienes, Adamas, y por qué
tiemblas así? ¿Qué es este papel manchado de negro? ¡Gran Dios! ¡Son huellas de
sangre! Acerca la bujía, Adamas; a ver... ¡Amigos míos!... ¡Santo Dios!...
¡Jovelin! ¡Adamas! ¿Qué es esto? ¿No estoy alucinado? ¿Es la letra, la
verdadera letra de mi hermano querido? Y esta sangre... ¡Ah! Amigos míos, es
bien doloroso de ver... Pero... Mario, ¿dónde has cogido esto?
- Leed, leed, señor - exclamó Adamas - ;
cercioraos bien...
- No puedo - dijo el marqués, que se puso
pálido - ; mi corazón desfallece. ¿De dónde viene este papel?
- Se ha encontrado sobre mi padre - dijo Mario
recobrando valor - ; ved si no es una carta para vos. Monsieur Anjorrant ha
hecho que la leyera varias veces; pero no lleva vuestro nombre, y nunca hemos
sabido a quién dirigirla.
- ¡Tu padre! - repitió el marqués como
saliendo de un sueño - . ¡Tu padre!...
- ¡Pero leed, señor! - exclamó Adamas - .
Aseguraos.
- No; todavía, no - dijo Bois - Doré - . Si
estoy soñando, no quiero desengañarme. Déjame imaginarme que este hermoso niño... Ven aquí, a mis brazos... Y
tú, Adamas, lee si puedes. ¡Yo no sabría!...
- Leeré yo - dijo Mario - ; seguid con los
ojos.
Y leyó:
«Señor y muy amado hermano:
No hagáis caso de la carta que recibiréis
después de ésta, y que he escrito desde Génova con fecha 16 del mes próximo, en
previsión de que una ausencia larga y peligrosa os hiciera temer por mi vida,
así como también para evitar que preguntéis por mí en este país, donde no
quería que mi ausencia fuese advertida.
Como, gracias a Dios, heme aquí más pronto y
más afortunadamente de lo que yo esperaba, y fuera de pena y de peligro, os
quiero enterar hoy mismo de mis aventuras, que al fin os puedo contar sin
disimulo ni reserva, aunque guardando los detalles para el momento, muy próximo
y muy deseado, en que me hallaré junto a vos con mi estimada esposa, y, si Dios
lo permite, con el niño que dentro de pocos días dará a luz.
Por hoy, os bastará con saber que, casado
secretamente en España, el año pasado, con una bella y noble dama, contra la
voluntad de su familia, he tenido que abandonarla por el servicio de mi
príncipe y volver, no menos secretamente, a reunirme con ella, para sustraerla
a la severidad de sus parientes y conducirla a Francia, donde hoy, por fin,
hemos llegado, merced a precauciones y disfraces.
Pensamos detenernos en Pau, desde donde os
enviaré esta carta, en espera de la que os anunciará, si el cielo le permite,
el feliz alumbramiento de mi mujer, y donde tendré el tiempo que ahora me falta
para contaros...»
Aquí la carta había sido interrumpida por
algún hecho imprevisto.
Había sido doblada y llevada en la casaca
del viajero, probablemente para ser terminada y lacrada en Pau, y para ser allí
confiada a los mensajeros que en aquella época hacían, bien o mal, el servicio
de correspondencia en las ciudades de cierta importancia.
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