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- XXVI -
El equitativo Bois - Doré hacía estas
reflexiones a Adamas cuando el mudo le presentó la hoja de papel que acababa de
escribir.
Era el breve relato de lo que había ocurrido
por la mañana en la Motte Seuilly entre Lauriana, el español y él; la escena
del cuchillo, lanzado repetidas veces con la cruel intención de asustarlo y de
interrumpir su música, hundido luego en las entrañas del lobezno, y, por
último, cedido, como prenda de sumisión y de arrepentimiento, a madame de
Beuvre ante los ojos mismos de Jovelin.
- Esto ya es grave - dijo el marqués,
pensativa - ; voy viendo que el tal Villarreal es un mal hombre. Sin embargo,
pudiera ser que ninguna de estas armas las tuviese hace diez años y que las
haya recibido más tarde como regalo o herencia. En este caso, sería pariente o
amigo del asesino; hay granujas, y cobardes en las mejores familias. Lo mismo
que vos, maese Jovelin, tengo mala opinión de nuestro huésped; pero estoy
seguro de que vos, lo mismo que yo, dudáis mucho antes de condenarle sin pruebas.
Lucilio hizo una seña afirmativa y aconsejó
al marqués que intentase hacerle confesar la verdad por astucia o por sorpresa.
- Lo pensaremos detenidamente - contestó
Bois - Doré - , y me ayudaréis, mi gran amigo. Por ahora, debemos ir a cenar, y
ya que estamos solos vamos a darnos el gusto de comer con nuestro futuro
marquesito, cuyo sitio, como el vuestro, no debe estar en la cocina.
- Y sin embargo, señor, yo creo - dijo
Adamas - que debíamos dejar por hoy las cosas como están. La Belinda es una
mala víbora, y encuentro que tiene demasiada amistad en la casa del cura, que
es un manantial de malos propósitos contra nosotros.
- Vamos, Adamas - dijo el marqués - , ¿qué
tirantez hay entre la casa del cura y tú?
- Hay, señor, que yo también he consultado
la magia. Esta mañana, apenas os hubisteis marchado, un tal La Fleche, el mismo
gitano sin duda que habéis visto de día en la Motte Seuilly, vino a rondar
alrededor del castillo y me ofreció decirme la buenaventura. Me negué a ello;
tengo demasiado miedo a las predicciones y creo que el mal que nos debe ocurrir
nos ocurre dos veces cuando le conocemos por adelantado. Me limité a
preguntarle quién me había hurtado la llave de la licorera, y me contestó sin
vacilar:
- ¡La que vos suponéis!
- Nombradla - dije, comprendiendo muy bien
que se refería a la Belinda, pero queriendo probar la ciencia de aquel hábil
truhán.
- ¡Los astros me lo prohíben! - contestó - ;
pero puedo deciros lo que en el momento en que estamos hablando, hace la persona
en cuestión. Está en casa del rector, donde se burla de vos, diciendo que
habéis metido en la cabeza del dueño de este castillo la idea de casarse con la
dama...
- ¡Callaos, Adamas, callaos! - exclamó
púdicamente el marqués - ; no debéis repetir las sandeces...
- No, señor, no; no digo nada; pero como
quería saber si el brujo decía la verdad, tan pronto como se marchó me fui
dando un paseo a rondar la casa del cura, y vi a la Belinda en una ventana con el
ama, y las dos empezaron a reírse y a mofarse de mí, escondiéndose.
Jovelin preguntó si el gitano había entrado
en el castillo.
- Bien lo hubiera deseado - dijo Adamas - ;
pero Mercedes, que le veía desde la cocina sin dejarse ver por él, me rogó que
no le recibiera, diciendo que era propenso a hurtar, y no le dejé atravesar el
patio. Miraba la puerta con mucha atención, y al preguntarle qué es lo que
miraba, me contestó:
- Veo grandes acontecimientos que no
tardarán en ocurrir en esta casa; tan grandes y tan sorprendentes, que los debo
anunciar a vuestro amo. Haced que hable con él.
- No es posible - le dije - ; no está aquí.
- Ya lo sé - prosiguió - ; está en la Motte
Seuilly, donde intentaré verle; pero si allí no consigo hablarle sin testigos,
volveré aquí, y en verdad que si me seguís negando la entrada, lo lamentaréis
algún día, porque muchos destinos están entre mis manos.
- Todo esto es muy notable - dijo,
ingenuamente el marqués - . El hecho es que me ha predicho todo lo que ocurre,
y ahora siento no haberle interrogado más. Si vuelve, Adamas, condúcele aquí.
¿No me habéis dicho, mi querido Mario, que era un mozo ingenioso?
- Es muy divertido - contestó Mario - ; pero
mi Mercedes no le quiere. Cree que es él el que nos ha robado el sello de mi
padre. Pero yo no lo creo, porque nos ha ayudado a buscarlo y a reclamarlo a
los demás gitanos. Parecía querernos mucho y hacía todo lo que le pedíamos.
- ¿Y qué había en aquel sello, mi querido
hijo?
- Armas. ¡Esperad! El señor abate Anjorrant
las había mirado con un cristal que hace ver más grueso; porque eran tan
menudas, tan menudas, que no se distinguían bien, y me ha dicho: «Acuérdate: de
plata con árbol de sinople.»
- Eso es, en efecto - dijo el marqués - ;
¡son las armas de mi padre! Serían las mías si el rey Enrique no me hubiese
compuesto otras a su gusto.
- Unas y otras - escribió Lucilio - están
esculpidas sobre las puertas del patio. Preguntad al niño si no las había visto
al llegar aquí.
- ¿Y cómo hubiera podido verlas? - dijo
Adamas, que leía las palabras de Lucilio al mismo tiempo que su amo - . Los
albañiles que revocaron el arco las ocultaban con su andamio.
- ¿Y esta mañana - prosiguió Lucilio con su
lápiz - , cuando el gitano miraba esa puerta, podía ver las armas?
- Sí - contestó Adamas - ; los albañiles
habían quitado los andamios y estaban ocupados en otra parte... Pero, ahora que
lo pienso, maese Jovelin; ese La Fleche debía saber algo de la historia de
nuestro querido niño, puesto que han viajado juntos.
- No creo - contestó Mario - ; no hablábamos
nunca de esto a nadie.
- ¿Pero hablabais de ello a Mercedes? -
escribió Lucilio - . ¿La Fleche comprende el árabe?
- No; comprende el español; pero yo hablaba siempre
árabe con Mercedes.
- ¿Y en la partida de gitanos había otros
moriscos?
- Había la niña Pilar, que comprende árabe
porque es hija de un morisco y de una gitana.
- Entonces - escribió Lucilio al marqués -
renunciad a la creencia en lo maravilloso. La Fleche ha querido explotar estas
circunstancias. Conocía hasta cierto punto la historia de Mario; en la región
se ha enterado de la vuestra y de la de vuestro hermano desaparecido desde hace
diez años. Ha reconocido las armas sobre el escudo de la puerta. Se acordaba de
la fecha. Ha adivinado, presentido o supuesto, la verdad entera. Ha recorrido
la Motte para deciros su predicción, que había enseñado de memoria a la
gitanita. Esta noche o mañana os traerá el sello, pensando descifrar él solo el
misterio que ya conocéis, y percibir una buena recompensa. Es un granuja, un
intrigante, y nada más.
Costó trabajo al marqués admitir
explicaciones tan naturales y tan verisímiles; sin embargo, se convenció.
Adamas seguía luchando.
- ¿Cómo explicaréis - dijo a Lucilio - lo
que me ha revelado de la Belinda y de la casa del cura?
Lucilio contestó que era muy fácil. Belinda
había escuchado la víspera detrás de las puertas de la habitación del marqués;
La Fleche había escuchado por la mañana, detrás de las puertas o debajo de las
ventanas de la casa del cura.
- Lo que decís es muy sensato - exclamó el
marqués - ; ya veo que no hay en esto más magia que la de la sabia Providencia,
que ha traído con este niño la verdad y la alegría a mi casa. ¡Vamos a cenar!
Luego tendremos el espíritu más despejado.
Esta vez el marqués cenó de prisa y sin
agrado.
Se sentía espiado por la Belinda, que no
podía ya escuchar en el pasadizo secreto, porque Adamas, aprovechando la
estancia de los albañiles en la casa, lo había hecho tapiar el mismo día. Pero
la curiosa y malévola mujer advertía que el marqués y Jovelin tenían largas
conferencias con Mercedes y el niño; que durante estas conferencias las puertas
permanecían cerradas, y sobre todo que Adamas tenía unos aires de importancia y
de triunfo que parecían decirle: «No sabréis nada.»
No era bastante inteligente para adivinar la
verdad. Pensaba que el marqués, persistiendo en sus esperanzas matrimoniales,
preparaba con los «egipcios» algún espectáculo para la viudita.
No podía sacar de ello ningún partido contra
Adamas, su enemigo personal; pero sentía envidia contra él y contra la morisca,
y esperaba con impaciencia la ocasión de vengarse.
Cuando Bois - Doré se quedó solo con
Jovelin, concertaron y fijaron el plan de conducta que deberían seguir al otro
día con Alvimar.
Volvieron a leer y comentaron detenidamente
la carta de monsieur Anjorrant. Luego, el buen Silvio, poco amigo de asuntos
serios y tristes, mandó venir a su heredero y pasó la velada hablando y jugando
con él.
En esto se parecía realmente, sin pensar en
imitarle, a su querido amo y señor Enrique IV.
Adoraba las gracias de la infancia y, a no
ser por la falta de flexibilidad de sus riñones, se hubiera prestado con gusto
a hacer de caballo, galopando alrededor de la habitación.
- Bueno - dijo a Adamas cuando vio que el
sueño cerraba los sedosos párpados de Mario - , hay que llevarle con la morisca
para que esta noche todavía se encargue de él. Pero mañana, después de que
hayamos puesto en claro el asunto de Villarreal, no se tratará ya de ocultar la
verdad, y quiero que mi heredero tenga su cama en el gabinete de mi propia
alcoba. Venid, hijo mío - dijo a Mario - ; mirad este nidito de oro y de seda
que estaba esperando un señor tan gentil como vos. ¿Os agrada esta tapicería de
seda de China rosa y estos mueblecitos con incrustaciones de nácar? ¿No parecen
destinados a un personaje de vuestra estatura? Adamas, habrá que prepararle un
lecho que sea una obra de arte. ¿Qué te parecería una cama con columnas de
marfil en espiral y con un enorme ramo de plumas rosas en cada esquina?
- Señor - dijo Adamas - , en cuanto estemos
tranquilos ocuparé mi espíritu en este asunto para contentaros, porque nada hay
demasiado hermoso para vuestro heredero. También pensaremos en sus vestidos,
que deben ser adecuados a su rango.
- ¡Ya pienso en ello, Adamas, ya pienso! -
exclamó el marqués - , y quiero que su guardarropa sea exactamente igual al
mío. Mandarás venir aquí los mejores sastres, las costureras, los zapateros,
sombrereros y plumistas más hábiles del país, y quiero que durante un mes se
trabaje día y noche, si es necesario, en el equipo de mi sobrino.
- ¿Y a mi Mercedes - preguntó Mario saltando
de alegría - , le daréis también vestidos tan hermosos como los que tiene la
Belinda?
- Mercedes tendrá hermosos vestidos;
vestidos de oro y de plata, si quiere... Y esto me hace pensar... Escuchad, mi
querido Jovelin: me parece que esta mujer es bonita y todavía joven. ¿No os
parece que debíamos dejarle que vistiera aquí el traje morisco, que es muy
gracioso, salvo el velo, que es demasiado islamita? Puesto que esta pobre mujer
es ahora una verdadera cristiana, y puesto que vivimos en un país en que el
pueblo no ha visto nunca moriscos, este traje no chocará las miradas de nadie y
encantará las nuestras. ¿Qué piensa de ello vuestro buen juicio?
El buen juicio de Lucilio se veía muy
comprometido para conciliar el tierno afecto que le merecía el marqués con el
sentimiento que le inspiraba su puerilidad. Pero, como después de todo, no
esperaba ya corregir a un niño tan viejo, la razón le aconsejaba que se
resignase a admitirle y a amarle tal como era.
El filósofo hubiera deseado que no se
empezase la nueva vida de Mario, enloqueciéndole con engalanamientos y con
lujo, sino que se le hablase de los nuevos deberes que le incumbían.
Se consoló cuando vio que al niño le
deslumbraba menos la posesión de aquellas cosas que lo que le alegraban y
enternecían las caricias y los afectos que le rodeaban.
El día siguiente, Alvimar, que no había
dormido en toda la noche, pidió, por medio de Belinda, que le cuidaba de muy
buen grado, el permiso de no presentarse hasta la tarde.
El marqués le hizo otra breve visita, y
quedó impresionado al ver la alteración de su rostro. Las siniestras
predicciones que le habían hecho le habían inspirado horrendas pesadillas.
Sólo la claridad del alba llevó la calma
a su espíritu, y durmió durante la mitad del día.
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