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- XXVII -
El marqués aprovechó aquel plazo para volver
a sus proyectos de engalanamiento.
Subió con Mario y Adamas a la sala
desocupada que había en el cuarto piso, es decir, encima del cuarto de las
Verduras.
Aquella sala estaba sin terminar, y era un
batiburrillo de cofres y armarios; cuando se quitaron los candados y se alzaron
las tapas, Mario creyó encontrarse ante un cuento de hadas. Todo eran tejidos
magníficos, galones deslumbrantes, cintas, encajes, plumas y alhajas, ricos
cortinajes, cueros de Córdoba, muebles desmontados, completamente nuevos;
relicarios cargados de pedrería, excelentes pinturas hechas sobre trozos de
vidriera y a las que sólo faltaba juntarlas convenientemente; hermosos mosaicos
de esmalte, numerados y amontonados en pilas; piezas de batista fina, inmensas
cortinas de encaje de bolillos, mallas de oro y de plata; en fin, un botín
completo que a la legua denunciaba al guerrillero, y que el marqués consideraba
como muy legítimamente adquirido con la punta de su espada.
En la casa se daba el nombre de almacén de
trastería a aquel amontonamiento de ricos despojos. Se creía que allí sólo
había el desecho del mobiliario, los desperdicios.
Adamas era el único que estaba iniciado en
el contenido de los cofres maravillosos y, en secreto, llamaba a aquella sala
el tesoro o la abadía.
Allí no había fruslerías a la moda, como en
las habitaciones del marqués, sino objetos de arte o de industria, de un gran
valor y de una gran belleza, algunos muy antiguos y, por tanto, aun más
valiosos. Tejidos, cuyos procedimientos de fabricación estaban ya perdidos;
armas de todas las dimensiones y de todos los países, algunos cuadros buenos y
manuscritos preciosos, etc.
Todo aquello veía raras veces la luz del
día, porque el marqués temía despertar la codicia de algunas vecinos, y no
sacaba sus riquezas del almacén sino poco a poco y dándole viso de adquisición
reciente.
Era cosa rara que los héroes saqueadores de
aquella época fuesen condenados a la restitución; pero ocurría fácilmente que
algún personaje poderoso, interviniendo por su propia cuenta y pretendiendo
obrar por el nombre de la Iglesia o del Estado, se apoderase tranquilamente del
objeto en litigio.
De este modo fue como Catalina de Médicis se
apoderó del magnífico cáliz ornado de pedrería que Juan de Hugues - llamado el
capitán de Ivoi - había robado de la Santa Capilla y apartado para sí como
parte de botín: recompensando de esta manera la reina los servicios del
capitán, que le había devuelto Bourges tomada por éste a traición.
De entre aquellas maravillas, el marqués
escogió todo lo que necesitaba para el equipo de Mario, al que preguntaron su
opinión acerca de los colores.
Para hacerse una idea de los usos de aquella
época ha de saberse que no era necesario, como lo es hoy, ir a París para
enterarse del buen tono reinante y para encontrar obreros hábiles en el arte
del vestir y del decorado.
Bajo Luis XIV, y no antes, la centralización
del lujo y de la moda hizo de París la escuela de los gustos y el árbitro de la
elegancia. Richelieu, comenzó la obra de aquella centralización, destruyendo el
poderío de los príncipes. Antes de él había una corte en cada ciudad
importante, y hasta los obreros de las localidades menos importantes podían
servir el lujo de los señores con una habilidad tradicional. Cualquier señor
feudal tenía obreros entre sus vasallos, y hasta en las casas burguesas se
hacían a domicilio los muebles, los trajes, los zapatos y las botas.
Por lo tanto, Bois - Doré no tuvo más que
escoger los materiales y entregar a Adamas los objetos que debía mandar
confeccionar bajo su dirección.
Adamas era, en cuanto atañía al tocado, un
maestro. Podía fiarse en su gusto y, en caso necesario, él mismo ponía manos a
la obra.
Después de algunas pesquisas encontraron las
columnas y cornisas de marfil destinadas a la cama del niño.
- Ya sabía yo que tenía aquí algo de esto -
dijo el marqués, sonriendo - . Es una obra excelente que proviene de un dosel
de gala, cogido en la capilla de la abadía de Fontgombaud, de la que yo fui
abate, es decir, señor, por derecho de conquista, durante quince días. Recuerdo
que, al apoderarme de estas cosas, pensé: «Si el nuevo abate de Fontgombaud
pudiera pronto ser padre, éste sería un baldaquín digno de su primogénito.»
Pero ¡ay!, amigo mío, no heredé todas las virtudes de los frailes, y para tener
un hijo he necesitado encontrarlo, por milagro, en mi edad madura. ¡No importa!
No por eso le querré menos, y tampoco por eso dejará de dormir su sueño de
ángel bajo el pavés de la Virgen de Fontgombaud.
Los recuerdos del marqués fueron
interrumpidos por la llegada de La Fleche, que deseaba hablarle.
Cerraron con cuidado los cofres y las
puertas del tesoro, y recibieron al granuja en el corral.
El tiempo era hermoso, y maese Jovelin opinó
que semejante intrigante no debía ser introducido en la casa.
Lo que había previsto ocurrió. La Fleche
traía el sello, que pretendía haber sorprendido entre las manos de Pilar;
también pretendía revelar el misterio del nacimiento de Mario y del asesinato
de Florimond, perpetrado por monsieur de Villarreal.
Le dejaron hablar, y cuando hubo terminado
le despidieron, entregándole un escudo por el trabajo que se había tomado en
traer el sello; pero fingieron no comprender su historia, no creerle, tomar muy
a mal que se permitiese abusar de monsieur de Villarreal, contra quien,
efectivamente, no tenía más pruebas que la emoción y la exclamación de la
morisca cuando había creído reconocerle entre los brezos de Champillé.
El marqués, aconsejado en este asunto por
Lucilio, obraba con prudencia. Si hubiera admitido la acusación, La Fleche
hubiera sido muy capaz de avisar al español para sacar doble partido del
negocio.
La Fleche, muy descontento por su fiasco, se
retiraba cabizbajo cuando de pronto, al seguir el muro exterior del jardín de
Galatea, oyó una voz dulce que le llamaba.
Era Mario, a quien el marqués no había
querido permitirle que asistiese a la conferencia, deseando romper
definitivamente toda relación entre su heredero y la gitanería. Pero como no
había dado explicaciones al niño, éste no creyó hacer nada malo al deslizarse
en el laberinto y acechar por una tronera la salida del gitano.
- ¿Quién me llama? - dijo La Fleche
mirando en torno suyo.
- Soy yo - dijo Mario - . Quiero que me des
noticias de Pilar.
- ¿Y tú qué me darás en cambio?
- No te puedo dar nada. No tengo nada.
- ¡Imbécil! Roba algo.
- No; ¡eso, nunca! ¿Me quieres contestar?
- Luego; contéstame tú primero. ¿Qué haces
en este castillo?
- Toco la guitarra.
- ¿Y qué más?... ¡Ah, ah! ¿No quieres
hablar? ¡Adiós!
- ¿Y no me dirás dónde está Pilar?
- ¡Ha muerto! - contestó brutalmente
el gitano, y se alejó silbando.
Mario le llamó en
vano. Cuando ya dejó de oirle
silbar se puso a correr y a jugar en el laberinto, pensando que La Fleche se
había burlado de él. Pero la idea de la muerte de su amiguita se alzaba
horrible ante su viva imaginación.
«Pilar decía que La Fleche le pegaba -
pensó; pero yo no lo creía. No la pegaba delante de nosotros. Pero puede ser
que ella no mintiese, y quién sabe si a fuerza de pegarla no la ha matado.»
Y ante estos pensamientos, el niño derramó
algunas lágrimas. Pilar no era una niña muy amable; pero había en el buen Mario
algo de Bois - Doré: era particularmente sensible a la piedad, y además el
abate Anjorrant le había inculcado el horror a la violencia y a la crueldad
Pero ocultó sus lágrimas, temiendo causar pena a su tío, a quien ya amaba
apasionadamente.
Al fin Alvimar salió de su alcoba.
El descanso, el hermoso sol poniente, el alegre
piar de los pájaros, ahuyentaron los negros presentimientos que le obsesionaban
desde hacía unos días.
Ataviado y perfumado, se fue a reunir con el
marqués y le dio las gracias por el interés que por él había demostrado y las
atenciones de que le había hecho objeto. Bois - Doré no podía decidirse a acusar
interiormente a aquel hombre tan joven todavía, de ademanes tan distinguidos y
con una fisonomía cuya melancolía habitual le parecía verdaderamente
interesante. Pero cuando se sentaron a la mesa, mientras que Lucilio se
disponía, como de costumbre, a tocar la sordina, Bois - Doré recordó lo que
entre ellos habían convenido y preparó lo que llamaba sus pertrechos de guerra
para dar un asalto formidable a la conciencia de su huésped.
Había guerreado lo bastante y había tenido
bastantes aventuras peligrosas para saber componerse una actitud y una
fisonomía, sin necesidad de hacer, como Adamas, estudios preparatorios delante
de un espejo. Desde hacía tiempo vivía con la suficiente tranquilidad para no
verse ya más obligado a faltar a su natural sinceridad; pero era demasiado
hombre de su tiempo para que su mirada no pudiese expresar cuantas veces era
necesario: «¡Viva el rey! ¡Viva la Liga!»
Las dulces melodías de la sordina le
evitaron una conversación trivial, que le hubiera parecido muy larga.
Estas melodías, que le predisponían a la
calma que tan necesaria le era, produjeron esta vez en Alvimar una excitación
febril.
Decididamente, odiaba a Lucilio. Conocía su
nombre de pila, que el marqués había dejado escapar delante de él, y por esta revelación,
monsieur Poulain, que estaba muy al corriente de las herejías contemporáneas,
había adivinado, casi con seguridad, que Jovelin era la traducción libre de
Giovellino. El detalle de la mutilación le confirmaba en sus sospechas, y ya se
ocupaba en buscar el medio de cerciorarse de ello y de suscitar alguna nueva
persecución.
Alvimar le hubiera ayudado gustoso en esta
tarea, de no haberse visto obligado a pasar inadvertido algún tiempo; y el
pobre filósofo le era tanto más antipático cuanto que, por el momento, no podía
hacer nada contra él.
Sus hermosas melodías, que le habían
encantado el primer día, le parecían ahora un reto insoportable, y el malhumor
que se apoderaba de él no era lo más a propósito para soportar con paciencia el
interrogatorio que le preparaban.
Después de la cena, el marqués le propuso
jugar una partida de ajedrez en su gabinete.
- Acepto - contestó Alvimar - , con la
condición de que no tengamos música. No podría jugar.
- Ni yo tampoco, por cierto - dijo el marqués
- . Guardad, pues, vuestra dulce voz en su estuche, mi buen maese Jovelin, y
venid a presenciar nuestra apacible batalla. Ya sé que os interesa una partida
bien jugada.
Pasaron al gabinete, en el que encontraron
un magnífico juego de ajedrez, de cristal montado en oro; excelentes butacones
y muchas bujías encendidas.
Alvimar no había entrado todavía en esta
pequeña habitación, una de las más lujosas de la Gran casa; paseó una mirada
distraída y rápida sobre las fruslerías que la llenaban; luego se sentó y
empezaron la partida.
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