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- XXVIII -
El marqués, muy tranquilo y correcto,
parecía no prestar atención más que en el juego.
Lucilio, de pie detrás de él, podía observar
el menor movimiento y la expresión del rostro del español, colocado en plena
luz.
Alvimar jugaba con bastante rapidez y
resolución.
Bois - Doré, más lento, hacía largas pausas,
durante las que el español, algo impaciente, miraba los objetos que le rodeaban.
Su mirada se dirigió repetidas veces hacia un estante colocado a su izquierda y
adosado a la pared. Poco a poco, el objeto que se destacaba más entre los que
cubrían el mueblecito llamó su atención, y Lucilio advirtió en su rostro una
sonrisa de ironía y de despecho cada vez que su mirada se posaba sobre aquel
objeto.
Era un cuchillo desnudo y brillante,
colocado sobre un cojín de terciopelo negro con franjas de oro, y protegido por
una urna de cristal.
- ¿Qué os pasa? - le dijo por fin el marqués
- . Me parecéis distraído. No estáis en vuestro pleno dominio, señor mío, y no
quiero tener una victoria tan fácil. Algo os hace daño, os molesta, ¿Estáis
demasiado cerca de este mueble y deseáis que alejemos la mesa?
- No - contestó Alvimar - , estoy muy bien;
pero confieso que hay en este hermoso mueble algo que me preocupa. ¿Consentís
en contestar a una pregunta, si no os parece indiscreta?
- Ninguna pregunta vuestra puede serlo,
señor mío. ¡Hablad, por favor!
- Pues bien, querido marqués: ¿queréis
decirme por qué motivo tenéis dentro de esa urna y sobre ese cojín el arma de
viaje de vuestro humilde servidor?
- ¡Oh!, mi huésped, en esto os equivocáis.
Este cuchillo no proviene de vos.
- Ya sé que no os lo he dado. Pero quien os
lo ha regalado lo había recibido de mis manos, y acaso no 1o ignoráis.
Comprendo que apreciáis los dones de una blanca mano; pero me parece que sois
muy cruel exhibiendo así el trofeo de vuestra victoria ante los ojos de un
rival vencido.
- Vuestras palabras son enigmas para mí.
- ¡Pues yo no creo ver visiones! ¿Me
permitís que levante la urna de cristal y que mire de cerca?
- Mirad y tocad, señor mío; después os diré,
si lo deseáis, por qué guardo esta reliquia de amor y de tristeza aquí, entre
otros tantos recuerdos del pasado.
Alvimar cogió el cuchillo, lo miró
detenidamente, lo manejó, y, dejándole de pronto donde lo había cogido.
- Me he equivocado - dijo - , y os pido
perdón; esto no es lo que yo creía.
Lucilio, que le observaba atentamente, había
creído ver que un temblor de espanto o de sorpresa agitaba las delicadas y
nerviosas ventanas de su nariz. Pero esta ligera contracción facial se producía
en él por la menor causa, y a veces sin causa alguna.
Tornó
a jugar.
Pero Bois - Doré le detuvo.
- Perdonadme - le dijo - ; habéis creído
reconocer este objeto y mi deber es interrogaros. Acaso podréis arrojar alguna
luz sobre un hecho misterioso que desde hace mucho tiempo ensombrece y
atormenta mi vida. Tened, pues, monsieur de Villarreal, la amabilidad de
decirme si conocéis la divisa y las iniciales grabadas en la hoja de este
cuchillo. ¿Queréis examinarlas aún?
- Es inútil, señor marqués, no conozco este
objeto; no me ha pertenecido nunca.
- ¿Es que sentís repugnancia en cercioraros?
- ¿Repugnancia? ¿Qué significa esta
pregunta, señor mío?
- Me explicaré. Acaso habéis reconocido este
arma por haber pertenecido a alguien de quien os avergonzáis ser compatriota,
pero cuyo nombre me diríais, sin embargo, si yo invocase vuestra lealtad.
- Si esto es para vos un asunto tan grave -
contestó Alvimar - , y a pesar de que yo, a mi vez, no os comprendo, consiento
en volver a examinar el puñal.
Cogió de nuevo el arma, la miró con mucha
tranquilidad, y dijo:
- Es de fabricación española, y es un arma
muy usada en mi país. Todo el que es noble, o solamente de condición libre,
lleva una igual en su cinturón o en su mango. La divisa es de las más triviales
y corrientes: Sirvo a mi Dios, o Sirvo a mi amo, o Sirvo al honor; es lo que se
lee en la mayoría de nuestras armas, sean tizonas, pistolas o cuchillos.
- Perfectamente; pero, ¿y estas dos letras.
S. A., que parecen iniciales particulares?
- Las podríais encontrar en mis propias
armas, lo mismo que la divisa; son las marcas de la fábrica de Salamanca.
Las sospechas de Bois - Doré se
desvanecieron ante una explicación tan natural.
Lucilio, al contrario, sintió aumentar las suyas.
Le parecía que Alvimar se apresuraba demasiado en prevenir las explicaciones
que le hubieran podido pedir acerca de su propia divisa y de sus iniciales, que
su huésped debía de ignorar.
Fingiendo acariciar a Fleurial, tocó las
rodillas del marqués, para advertirle de que no debía renunciar a sus
pesquisas.
Parecía que Alvimar quería facilitarle la
empresa preguntándole, con cierto aire de dignidad herida, la razón de aquel
interrogatorio.
- También podríais preguntarme - contestó
Bois - Doré - por qué motivo tengo aquí, ante mis ojos, a todas horas, un
objeto cuya vista me es odiosa. Sabed, señor, que este arma maldita es la que
mató a mi hermano; y no he querido ocultarla, con el único objeto de que me
recuerde incesantemente que debo descubrir su asesino y vengar su muerte.
El rostro de Alvimar reveló una emoción
intensa; pero podía ser una emoción de simpatía o de generosidad.
- Razón teníais al llamarlo una reliquia de
dolor - dijo apartando el cuchillo - . ¿Aludíais a vuestro hermano, ayer por la
mañana, cuando al consultar a aquellos gitanos les preguntasteis cuándo y cómo
había muerto?
- Sí; preguntaba lo que ya sabía, queriendo
una prueba de su ciencia, y, verdaderamente, aquel demonio de niña me contestó
tan fielmente, que tuve motivo para sorprenderme. ¿No os habéis fijado, señor
mío, en que su cálculo colocaba el acontecimiento en el décimo día de mayo del
año 1610?
- No me he fijado. ¿Fue efectivamente aquel
día cuando vuestro hermano fue asesinado?
- Aquel día; ¡veo que os sorprende mucho!
- ¿A mí? ¿Por qué me había de sorprender?
Supongo que los adivinos no revelan del pasado más que lo que ya saben. Pero os
ruego que me digáis cómo ocurrió aquel triste accidente. ¿No descubristeis
nunca a los autores?
-
Razón tenéis al decirme los autores, porque eran dos. Dos que quisiera
descubrir. Pero veo que no me ayudaréis, puesto que este arma acusadora no
lleva ninguna seña particular.
- ¿Entonces el crimen no tuvo testigos?
- Perdón, sí, los tuvo.
- ¿Y no pudieron informaros, acerca de los
asesinos?
- Pudieron descubrirlos, pero no nombrarlos.
Si aquella dolorosa historia os interesa, os la puedo relatar con todos sus
detalles.
- Ciertamente; pongo mucho interés en vuestras
penas, y os escucho.
- Pues bien - dijo el marqués, apartando el
juego de ajedrez y acercando su silla a la mesa - . Os voy a decir todo lo que
he reunido de una información que me fue comunicada por el cura de Urdoz.
- ¿Urdoz?... ¿Dónde está Urdoz? ¡No
recuerdo!
- Es un lugar por donde debéis de haber
pasado si habéis viajado por la carretera de Pau.
- No; yo vine a Francia por la de Tolosa.
- Entonces no lo conocéis. Os lo describiré
desde luego. Sabed primero que mi hermano, siendo un simple hidalgo y
medianamente rico, pero de honrada familia, apuesta figura y amable carácter, y
siendo caballero como nadie, enamoró no sé en qué ciudad de España a una dama o
damisela noble, con quien se desposó en secreto, contra la voluntad de la
familia.
- ¿Y se llamaba...?
- Lo ignoro; no me dio detalles de aquel
asunto de amor, y más tarde no logré averiguar nada. Sólo he sabido que raptó a
su mujer y que los dos, disfrazados de plebeyos, vinieron a Francia, donde
entraron por el camino de Urdoz.
Como la dama estaba próxima su
alumbramiento, viajaban en un cochecito de aspecto miserable, una especie de
carreta de buhonero, arrastrada por un solo caballo que había comprado en el
camino, y que no andaba todo lo de prisa que ellos hubieran deseado.
Sin embargo, llegaron sin obstáculo hasta la
última etapa española, y mi hermano, después de haber pasado la noche en una
hostería, tuvo la imprudencia de querer cambiar oro español por oro francés y
preguntar a una especie de hildalgo que se hallaba allí con un viejo criado si
le podía proporcionar cambio de un millar de pistolas.
Aquel personaje no pudo ofrecerle más que
una pequeña cantidad, y cuando mi hermano subió a su coche con su compañera,
muy tapada y cubierta con un velo, la gente de la hostería notó que los dos
desconocidos le despedían con mucha cortesía y se fijaban excesivamente en los
dos cofres que él mismo cargaba, y que contenían sus dineros y las joyas de su
mujer; también se advirtió que los desconocidos partían inmediatamente,
siguiendo sus huellas, a pesar de que habían anunciado el designio de ir en
dirección opuesta. Las señas que me dieron de estos dos bribones coinciden en
todo con la descripción que me hicieron de los asesinos de mi hermano.
- ¡Ah! - dijo Alvimar - . ¿Os los han
descrito?
- Perfectamente; el uno era hermoso y tan
joven, que parecía adolescente. Era de mediana estatura, pero bien formado.
Tenía las manos blancas y pequeñas como las de una mujer, la barba naciente y
muy negra, la cabellera sedosa; un aire de gran nobleza, un traje de viaje
bastante rico y muy pocas mudas, o ninguna, a juzgar por su valija, que no
pesaba gran cosa. Montaba un buen caballo andaluz y llevaba este cuchillo
infame, del que se servía para comer y para degollar. El otro...
- Eso no importa, señor mío. ¿Vuestro
hermano...?
- Debo describiros el otro bandido tal como
a mí me lo describieron. Era un hombre de cierta edad y que parecía a la vez fraile
y espadachín. Tenía la nariz larga y caída sobre su bigote gris, la mirada
apagada, las manos callosas y el carácter taciturno; un verdadero bruto de
España.
- ¿Cómo decís?
- Un bruto como los que hay en todos los
países en los que se cree que los padrenuestros rescatan del infierno. Aquellos
bandidos siguieron a mi pobre hermano como dos lobos feroces y cobardes siguen
la presa que no se atreven a atacar, y le alcanzaron... ¿Qué os ocurre, señor?
¿Tenéis demasiado calor en este gabinete?
-
Acaso, señor mío - contestó Alvimar con agitación - . El aire se me hace
difícil de respirar en una casa en la que parece que el nombre de español es
considerado con desprecio, como vos lo estáis haciendo.
- De ningún modo, señor. Reponeos... No atribuyo
a vuestro país la culpa de la maldad de algunas personas. En todas partes hay
infames. Debéis perdonarme si hablo con desprecio de los que asesinaron a mi
hermano.
Alvimar se disculpó a su vez por su
susceptibilidad y rogó al marqués que no interrumpiese su relato.
- A una legua, aproximadamente, de la aldea
llamada Urdoz - prosiguió Bois - Doré - , mi hermano y su mujer se encontraron
solos junto a un muro de rocas, al borde de un precipicio muy profundo. El
camino serpenteaba, formando una cuesta tan ruda que el caballo se negó a
subirla, y mi hermano, temiendo que retrocediese hasta la torrentera, saltó a
tierra y bajó a su mujer del coche, cogiéndola entre sus brazos. Hacía mucho
calor, y para que el sol no la molestase, le indicó un bosquecillo de pinos que
había delante de ellos y hacia el que ella se dirigió despacio, mientras que mi
hermano dejaba descansar el caballo.
- ¿Entonces aquella dama vio matar a su
marido?
- No; había dado ya la vuelta a un pequeño
macizo de la montaña cuando ocurrió el crimen. Dios quiso salvar al niño,
porque si los asesinos la hubieran visto, no la hubieran perdonado la vida.
- Entonces, ¿quién pudo saber cómo murió
vuestro hermano?
- Otra mujer, que la casualidad había
conducido allí cerca, detrás de unas rocas, y que no tuvo tiempo de pedir
auxilio; tan rápidamente fue cometido el horrible crimen. Mi hermano se
esforzaba en hacer que el caballo caminase, cuando los asesinos le alcanzaron.
El más joven echó pie a tierra y le preguntó con una cortesía hipócrita:
- ¡Eh!, buen hombre, vuestro caballo está
extenuado. ¿No necesitáis ayuda?
El viejo granuja que le seguía bajó también,
y los dos se acercaron a mi confiado hermano, como si quisieran buenamente
ayudarle a empujar el coche; en el mismo instante el testigo que el cielo había
colocado allí vio tropezar y caer a mi hermano entre las ruedas, sin que un
solo grito hubiera revelado que había sido herido. Este puñal había sido
clavado en su corazón hasta el mango por una mano demasiado experta.
- ¿Entonces no sabéis si fue el señor o el
criado el que infirió el golpe? Decís que el señor era muy joven; es poco
probable que fuese él.
- Eso importa poco, señor mío. Los tengo por tan vil al uno como al
otro, porque el hidalgo se portó exactamente de la misma manera que el lacayo.
Se precipitó al coche sin recuperar su arma, tal era la prisa y la ansiedad que
tenía por robar los dos cofres. Se los dio a su camarada, que los tomó bajo su
capa, y los dos se dieron a la fuga, volviendo sobre sus pasos, aguzados, no
por el remordimiento o la vergüenza, que son sentimientos humanos que ellos
eran incapaces de sentir, sino por el miedo al látigo y a la rueda, que son la
recompensa y el fin de los canallas semejantes.
- ¡Mentís, señor! - exclamó Alvimar,
poniéndose en pie, fuera de sí y pálido de rabia - . ¡El látigo y la rueda!... ¡Mentís! Y me daréis la
razón...
Se desplomó sobre su silla, sofocado y como
ahogado por la confesión que la ira le había arrancado al fin.
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