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- XXIX -
El marqués se quedó atónito ante aquella
salida imprevista; hasta aquel momento, el culpable había conservado toda su
sangre fría y dado una apariencia de naturalidad a sus frecuentes
interrupciones.
Bois - Doré fue el primero en reponerse,
como era natural, y estrujando con su largo mano nerviosa la muñeca convulsa de
Alvimar, le dijo con desprecio abrumador:
- ¡Desdichado! Dad las gracias al cielo por
ser mi huésped; porque si yo no hubiera dado mi palabra de protegeros, palabra
que os protege contra mí mismo, os estamparía contra la pared de este cuarto.
Lucilio, temiendo una lucha, se había
apoderado del cuchillo que estaba encima de la mesa.
Alvimar vio este gesto y sintió miedo. Se
desasió del marqués y llevó la mano a la guarda de su espada.
- ¡Estaos quieto y no temáis nada aquí! - le
dijo Bois - Doré con calma - . ¡Nosotros no somos asesinos!
- Ni yo tampoco, señor - contestó Alvimar,
al que pareció vencer un proceder tan digno - ; y ya que no queréis violar las
leyes del honor, consentiré en justificarme.
- ¿En justificaros? ¿Vos? ¡Pero si estáis
convencido y condenado por el mentís que me habéis dado, y la prueba es que os
desprecio el insulto!
- Guardad vuestro desprecio para las que
aguantan el ultraje en silencio. Si yo lo hubiera hecho, no sospecharíais de
mí. He rechazado la injuria. La vuelvo a rechazar.
- ¡Ah! ¿Ahora pretendéis negar?
- ¡No! He matado a vuestro hermano... o a quien
sea. Ignoro el nombre del hombre a quien maté... o dejé matar. ¿Pero sabéis los
motivos que me impulsaron a aquel homicidio? ¿Sabéis si yo ejercía una venganza
legítima? ¿Qué sabéis si aquella mujer..., cuyo nombre ignoráis, no era mi
hermana, y si al vengar el honor de mi familia yo no recuperaba como bien
propio el oro y las alhajas robadas par un seductor?
- ¡Callad, señor! ¡No insultéis la
memoria de mi hermano!
- Vos mismo habéis confesado que no era rico.
¿De dónde hubiera sacado las mil pistolas para huir con una mujer?
Bois - Doré sintió vacilar su convicción. Su
hermano no había querido nunca, a causa de la diferencia de sus opiniones,
aceptar de él la menor parte de una fortuna que, con razón, consideraba que
provenía del despojo de sus propios partidarios.
Se limitó a alegar que la mujer de su
hermano había tenido derecho a llevarse lo que le pertenecía. Pero Alvimar
repuso que la familia tenía también el derecho de considerarlo como suyo. Por
lo tanto, rechazaba con energía la acusación de robo.
- No por eso dejáis de ser un traidor - le
dijo el marqués - , por haber apuñalado cobardemente a un hidalgo, en lugar de
pedirle una reparación.
- De ello tiene la culpa el disfraz de
vuestro hermano - contestó Alvimar fogosamente - . Pensad que al verle con los
trajes de un villano he creído que como a tal podía dejar que lo matase mi
criado.
- ¿Por qué no le mandasteis detener en
aquella hostería, donde debisteis reconocer a vuestra hermana, en lugar de
seguirle para asesinarle a traición?
- Comprenderéis - contestó Alvimar, siempre
altivo y agitado - que no quería armar un escándalo y comprometer a mi hermana
ante una muchedumbre.
- ¿Y por qué, en lugar de apoderaros de ella
y devolverla a su familia, la abandonasteis en aquel camino, donde murió una
hora después? ¿Y por qué nadie, más tarde, la ha reclamado?
- ¿Podía yo seguirla, ignorando que
estuviese cerca de mí? Vuestro testigo no ha podido oír todas mis palabras; lo
que yo tenía que preguntar al seductor no podía hacerlo a voz en grito. ¿Qué
sabéis si no me contestó que mi hermanase había quedado en Urdoz y si lo que
tomaron por una huída no era la prisa de correr tras ella?
- ¿Y al no hallarla en Urdoz no os
interesasteis por su deplorable muerte? ¿No os preocupasteis siquiera del lugar
de su sepultura?
- ¿Quién os dice que no conozco mejor que
vos, señor, todos los detalles de aquella triste historia? En mi lugar, no
pudiendo ya remediar nada, ¿hubierais dado un escándalo en un país en el que
nadie conocía el nombre de vuestra hermana ni la deshonra de vuestra familia?
El marqués, anonadado por la aparente lógica
de aquellas explicaciones, guardó silencio.
Parecía pensativo y tan absorto en sus reflexiones,
que apenas oyó que anunciaban una visita. Acababan de introducir a Guillermo de
Ars en el salón contiguo.
Lucilio vio brillar un relámpago de alegría
en los ojos de Alvimar, causado acaso por el placer de ver a un amigo, o acaso
solamente por la esperanza de huír de una situación peligrosa.
Alvimar se precipitó fuera del gabinete, y
la tapizada puerta se cerró por un momento entre él y sus huéspedes.
Lucilio, al ver al marqués absorto en
dolorosas reflexiones, le tocó como para interrogarle.
- ¡Ay, amigo mío! - exclamó Bois - Doré - .
¡Pensar que no se qué resolver y que acaso soy víctima del mayor traidor del
mundo! He sido inhábil. He expuesto a la buena morisca y acaso también a mi
hijo a la venganza y a los ardides de un enemigo peligroso. He sido torpe. Al
confesar que ignoraba el nombre de la dama le he proporcionado medios de
defensa, y ahora, sea verdad, sea mentira la disculpa del asesino, ya no me
creo con derecho a quitarle la vida. ¡Dios mío! ¡Señor! ¿Es posible que los
buenos estén condenados a ser burlados por los granujas y que en toda guerra
sean éstos los más listos y, en definitiva, los más fuertes?
Al hablar en esta forma, el marqués,
indignado contra sí mismo, pegó sobre la mesa un fuerte puñetazo; luego se levantó
para recibir a Guillermo de Ars, cuya voz alegre y despreocupada se oía en la
habitación contigua.
Pero el mudo le asió vivamente del brazo,
lanzando una exclamación inarticulada.
Tenía en la mano un objeto sobre el que
llamaba la atención de Bois - Doré con un balbuceo de sorpresa y de alegría.
Era el anillo que el marqués se había puesto
en el dedo meñique, aquel anillo misterioso que no había podido abrir y, que el
vigoroso puñetazo aplicado sobre la mesa acababa de separar en dos circulos. No
había en la sortija secreto de ninguna clase; pero las dos partes se juntaban
tanto, que había sido necesaria una gran sacudida para separarlas.
En un instante leyeron los dos nombres
grabados en los círculos. Eran los de Florimond y de su mujer. Con una
seguridad espontánea comprendieron que poseían al fin la verdad.
El marqués dio rápidamente una orden a
Lucilio, y con el corazón alegrado y la faz risueña fue a estrechar las manos
de Guillermo.
Alvimar y monsieur de Ars no habían tenido
tiempo más que para cambiar algunas frases sobre el buen viaje de uno y la
agradable sorpresa del otro. Pero Guillermo había advertido cierta alteración
en las facciones de su amigo, y éste alegó como explicación la jaqueca de la
víspera.
Después de prodigar las primeras
demostraciones de amistad a su joven pariente, el marqués quiso dar órdenes
para la cena.
- No, gracias - dijo Guillermo - ; he tomado
un piscolabis en el camino, mientras que mis caballos descansaban, porque debo
partir en este mismo instante. Ya veis que he vuelto más pronto de lo que
pensaba. Ayer, en Saint - Amand, donde había ido con otros jóvenes de la
provincia a hacer una escolta de honor a monseñor de Condé, he recibido el
aviso de que mi intendente estaba muy enfermo. Temiendo morir, este buen hombre
me ha enviado un mensajero para que regrese cuanto antes y para poderme poner
al corriente de lo más esencial de mis asuntos, de los que confieso no saber la
menor palabra. Sin embargo, he venido aquí primero para saber si le conviene a
monsieur de Villarreal venirse conmigo esta noche o si está encadenado en
vuestros jardines de la Astrée y desea pasar una noche más entre los encantos.
- ¡No! - contestó vivamente Alvimar - . He
abusado bastante de la cortesía del señor marqués; estoy indispuesto y acabaría
por hacerme desagradable. Deseo marcharme con vos en el acto, y voy a encargar
que preparen mis caballos a toda prisa.
- Es inútil - dijo el marqués - ; voy a tocar
la campana. Pronto tendré el gusto de volver a veros, monsieur de Villarreal.
- Soy yo quien vendré mañana a tomar
vuestras órdenes, señor marqués, y a daros todas las explicaciones que
deseéis... sobre la partida que acabamos de jugar.
- ¿Qué partida? - preguntó Guillermo.
- Una partida de ajedrez muy hábil -
contestó el marqués.
Adamas acudió, llamado por el campanillazo.
- Los caballos y las maletas de monsieur de
Villarreal - dijo Bois - Doré.
Mientras ejecutaban esta orden, el marqués,
con una tranquilidad que dio a Alvimar la esperanza de que todo se había
apaciguado entre ellos, dio cuenta a Guillermo del empleo del tiempo en
Briantes, durante su ausencia. Luego le hizo preguntas sobre los hermosos
festejos de Bourges.
El
joven estaba encantado de hablar; contó las emociones del tiro, o, mejor dicho,
según lo llamaban entonces, del «honorable juego del arcabuz».
Habían colocado los blancos en los prados
Fichaux, con un gran pabellón adornado con tapices y follajes para las damas y
damiselas de la ciudad. Los tiradores se colocaron sobre un tablado, a ciento
cincuenta pasos del blanco. Se habían presentado seiscientos cincuenta y tres
arcabuceros El único que mereció el premio fue Triboudet, de Sancerre; pero se
vio obligado a repartirlo con Boiron, de Bourges, por haber tomado un nombre
supuesto, a fin de adelantar su turno. Los de Sancerre protestaron mucho,
porque tenían en gran honor probar que sus tiradores eran los mejores del
reino, y la división del premio les parecía una injusticia. Seguramente, aquel
mal fallo había sido pronunciado para satisfacer a los de Bourges.
- En efecto - decía Guillermo, narrando con
la animación de su juventud - , o Triboudet ha ganado o ha perdido. Si ha
ganado, tiene derecho al honor y al provecho completos. Concedo que es culpable
por haber tomado un nombre supuesto; pues bien: que le castiguen por ese delito
con una multa o con unos días de cárcel, pero que no deje por eso de ser el
vencedor del juego; porque el honor del talento es cosa sagrada, y, a pesar de
que no tengamos en mucha simpatía a los viejos brujos de Sancerre, no hay un
hidalgo que no haya protestado contra la injusticia hecha a Triboudet. Pero,
¡qué se lo va a hacer! Las grandes ciudades se comerán siempre a las pequeñas,
y los ricachones de Bourges se imponen descaradamente a toda la burguesía de la
provincia. ¡También se impondrían a la nobleza, si se les consintiese! Me
sorprende que Issoudun haya tomado parte en el concurso; Argenton se ha
abstenido diciendo que el premio estaba otorgado de antemano y que para los
jueces de Bourges nada igualaba a los campeones de su comarca.
- ¿Y no creéis que el príncipe haya tomado
parte en esta injusticia? - preguntó el marqués.
- ¡No lo juraría! Halaga cuanto puede a las
habitantes de su buena ciudad; hasta tal punto, que ha hecho grandes gastos,
aunque le gusta poco gastar su dinero para la diversión de los demás. En estos
momentos mantiene a dos compañías de comedia, una francesa y la otra italiana,
que dan sus funciones en unos frontones muy bien decorados.
- ¡Cómo! - dijo Bois - Doré - . ¿Habéis
vuelto a ver a los «trágicos historiadores de monsieur de Belleroze»? ¡Son más
aburridos que cuarenta días de lluvia!
- No, no; esta vez la compañía se llama «Los
comediantes franceses de monsieur de Lambour», y hay entre ellos artistas de
gran habilidad. Pero el tiempo pasa y he aquí al fiel Adamas que viene a
decirnos que los caballos están preparados, ¿verdad? Vámonos pronto, mi querido
Villarreal, y ya que habéis prometido al marqués venir mañana a darle las
gracias, me invito con vos.
- ¡Cuento con ello! - repuso Bois -
Doré.
- Y también podéis contar, señor - le dijo
Alvimar haciéndole un profundo saludo - , con todas las pruebas de lo que he
dicho.
Bois - Doré no contestó más que con otro
saludo.
Guillermo, presuroso de ponerse en camino,
no advirtió que el marqués, a pesar de su cortesía, se abstenía de tender la
mano al español, y que éste no se atrevía a ofrecerle la suya.
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