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- XXX -
Tan pronto como Guillermo y Alvimar
partieron, el marqués, dirigiéndose a Adamas, le dijo con una voz llena de
emoción:
- ¡Pronto, mi alzacuello, mi casco,
mis armas, mi caballo y dos hombres!
- Todo está dispuesto, señor - contestó Adamas
- . Maese Jovelin nos lo ha encargado todo, diciendo de vuestra parte que si
monsieur de Ars se marchaba esta noche, le escoltaríais... Pero, ¿con qué
objeto?...
- Lo sabrás cuando yo vuelva - contestó el
marqués subiendo a su cuarto para prepararse - . ¿Se ha pensado en ensillar los
caballos en la cuadra pequeña, para que sólo las gentes que me van a escoltar
estén en el secreto?
- Sí, señor; he cuidado de todo yo mismo.
- ¿Te vas muy lejos? - exclamó Mario, que
acababa de cenar con Mercedes y entraba en la alcoba del marqués.
- No, hijo mío, no voy lejos; estaré de
vuelta dentro de dos horas. Acostaos pronto y dormid tranquilo. Abrazadme.
- ¡Oh! ¡Qué guapo estás! - dijo ingenuamente
Mario - . ¿Es que vas otra vez a la Motte Seuilly?
- No, no; voy a bailar en una fiesta -
contestó el marqués sonriendo.
- Llévame, para que te vea bailar - dijo el
niño.
- No puedo; pero tened paciencia, mi Cupido,
porque desde mañana ya no daré un paso sin vos.
Cuando el viejo hidalgo se puso su pequeño
casco de cuero amarillo con rayas de plata, forrado con una armadura de hierro
y adornado con largos penachos que caían sobre el hombro; cuando se puso su
corta capa militar, ciñó su larga espada y abrochó bajo la gola de encajes el
alzacuello de acero brillante, Adamas pudo jurar, sin adulación excesiva, que
tenía un aire muy marcial, tanto más cuanto que las recientes emociones habían
hecho caer su colorete y tenía casi su cara natural, que no era la de un
mequetrefe.
- Ya estáis dispuesto, señor - dijo Adamas -
. ¿Pero no voy con vos?
- No, amigo mío; vas a cerrar todas las puertas
de mi pabellón y pasar la velada con mi hijo. Si se duerme, le harán una
cama provisional con almohadones. Quiero encontrarle aquí al regresar; y ahora alúmbrame, porque tengo que
hablar en la sala con maese Jovelin.
Abrazó varias veces a Mario con
enternecimiento y bajó un piso.
- ¿Dónde vais y qué habéis decidido? - le
preguntaron las ojos expresivos de Lucilio.
- Voy a Ars a proseguir mis pesquisas... y
después, ¿no os parece?, si es necesario, me pondré de acuerdo con Guillermo
para que el miserable no pueda escapar, y volveré a consultaros para lo demás. Hasta
pronto, mi gran amigo.
Lucilio suspiró al
ver marchar al marqués. Le
parecía que tenía proyectos más serios de los que confesaba.
Mientras que el marqués se preparaba
tranquilamente para salir, Guillermo y Alvimar, éste seguido por Lucilio y el
otro por los cuatro hombres de su escolta, se dirigían lentamente hacia el
castillo de Ars por el camino bajo, es decir, el que deja a la derecha las
mesetas del Chaumois y pasa bastante cerca de La Châtre.
Como la luna no había salido todavía y los
caballos de Guillermo estaban muy cansados, no podían ir de prisa.
Alvimar aprovechó esta circunstancia para
adelantarse un poco, como a pesar suyo, con su escudero.
Entonces le preguntó, moderando el trote de
su caballo:
- Sancho, ¿no habéis olvidado en Briantes
nada de lo que me pertenece?
- ¡No olvido nunca nada, Antonio!
- Sí; olvidáis vuestros puñales en los
cuerpos de las personas que matáis.
- ¿Siempre el mismo reproche?
- Hoy tengo mis razones para hacéroslo.
Decidme: mi caballo ya no cojea; pero, ¿creéis que está en estado de hacer esta
noche una larga caminata?
- Sí; ¿qué hay de nuevo?
- Escuchad bien y procurad comprender pronto. El «buhonero» era un
hidalgo, el hermano del marqués de Bois - Doré. El cuchillo que empleasteis
está en poder del marqués, que ha jurado vengarse y nos acusa por el testimonio
de no sé qué testigo.
- La morisca.
- ¿Por qué la
morisca?
- Porque estos malditos dan siempre mala
sombra.
- Si no tenéis otros motivos...
- Tengo otros; os los diré.
- Sí, más tarde; pensemos en abandonar este
país sin tener más explicaciones con ese viejo loco. Le he dicho bastante para
que tenga paciencia. Me espera mañana.
- ¿Para un duelo?
- No; es demasiado viejo.
- Pero es muy astuto. ¿Es que queréis
pudriros en algún subterráneo de su castillo? No importa; si vais, iré con vos.
- No iré; cierta predicción me hace ser
prudente. Cuando estemos cerca del pueblo, cuyas luces se ven ya, apartaos de
la escolta, desapareced y un cuarto de hora más tarde volved a reuniros conmigo,
diciendo en voz alta que alguien de la ciudad os ha entregado una carta para
mí. Iré como para leerla hasta el castillo de Ars, y hecha esta comedia, diré a
monsieur Ars que debo marcharme en el acto. ¿Queda entendido?
- Queda entendido.
- Entonces, esperemos a monsieur de Ars y no
demostremos prisa alguna.
Cuando el buen monsieur de Bois - Doré,
armado hasta los dientes y confortablemente montado sobre el hermoso Rosidor,
hubo franqueado el recinto de la aldea de Briantes, vio que Adamas, montando
una buena jaquita, se deslizaba tranquilamente junto a él.
- ¡Cómo! ¿Sois vos, señor rebelde? - dijo el
marqués con un tono que no logró hacer severo - . ¿No os había prohibido
seguirme y ordenado custodiar a mi heredero?
- Vuestro heredero está bien custodiado,
señor; maese Jovelin me ha dado su palabra de no separarse de él, y, además, no
me parece que corra ahora riesgo alguno en vuestro castillo, puesto que el
enemigo está fuera y que detrás de él vamos.
- Ya sé, Adamas, que ahora el riesgo es para
nosotros, y por eso es por lo que no quería que vinieras tú, que estás viejo y
achacoso, y que además no fuiste nunca muy hombre de guerra.
- Es verdad, señor, que me gusta poco
recibir golpes; pero me gusta bastante darlos como puedo. Ya no soy un
muchacho; pero si no tengo buenas piernas, tengo buena vista y quiero cuidar de
que no caigáis en ninguna emboscada. Por eso he traído conmigo dos hombres más,
que se reunirán con nosotros dentro de tres minutos. Además de que me hubiera vuelto
loco esperándoos sin saber nada ni hacer nada. ¡A ver, mi amo! ¿Adónde vamos y
en qué forma vamos a atacar?
- ¡Ya verás, amigo mío, ya verás! Pero
apresurémonos. No tenemos mucho tiempo que perder, si queremos alcanzarlos a la
mitad de camino.
Partieron al galope, y en menos de un cuarto
de hora pudieron ver a Guillermo y su escolta, que seguían andando muy
despacio.
La luna se levantaba y hacía brillar las
armas de los jinetes.
Aquel lugar se llamaba, y se sigue llamando,
La Rochaille; está bastante cerca de las casas de hoy; pero en aquel tiempo era
muy árido y completamente desierto.
El camino subía entre una pequeña torrentera
y una colina cubierta con enormes rocas grises, entre las que crecían unos
castaños bastante enclenques. Aquel lugar tenía mala fama en todos los tiempos;
las grandes piedras han inspirado a los aldeanos ideas supersticiosas, sea
porque las atribuyan indistintamente a la labor de los demonios de la Galia
antigua, sea porque las crean caídas del cielo, con el fin de exterminar el
culto de aquellos diablos.
El marqués mandó detener a su pequeña tropa
antes de que hubiera sido advertida por la de Guillermo, y, picando espuelas a
su caballo, fue a ponerse a través del camino de su pariente.
Al oír acercarse aquel galope, Guillermo y
Alvimar habían vuelto la cabeza; el primero, con mucha tranquilidad, pensando
que se trataba de algún viajero apurado; el segundo, con mucha inquietud,
porque no dejaba de pensar en la predicción, que los acontecimientos del día
parecían confirmar y apresurar.
Cuando Bois - Doré pasó a la izquierda de la
escolta de Guillermo, éste no le reconoció, a causa de su traje militar. Pero
Alvimar le reconoció por los latidos de su corazón turbado, y el viejo Sancho,
advertido por una emoción análoga, se acercó a su amo.
Sus ansiedades se disiparon cuando Bois -
Doré tomó la delantera sin decir nada. Pensaron entonces que no era él. Pero
cuando se detuvo, volviendo su caballo hacia los suyos, se miraron e
instintivamente se acercaron más el uno al otro.
- ¿Qué es esto, señor? - preguntó Guillermo,
cogiendo una de sus pistolas de la pistolera de su silla - . ¿Quién sois y qué
pedís?
Pero antes de que Bois - Doré tuviese tiempo
de contestar, un tiro partió entre ellos, y la bala atravesó el casco del
marqués, quien, al ver el gesto de Sancho para asesinarle, se había agachado
rápidamente, exclamando:
- ¡Guillermo! ¡Soy yo!
- ¡Mil rayos! - gritó Guillermo asustado -
.¿Quién ha tirado sobre el marqués? ¡Por Dios, marqués! ¿Estáis herido?
- No - contestó Bois - Doré - ; pero debo
deciros que tenéis en vuestra compañía unos cobardes que tiran sobre un hombre
solo antes de saber si es un enemigo.
- Es verdad - repuso el joven indignado - ,
y haré justicia en el acto. ¡Miserables bribones! ¿Cuál de vosotros ha tirado
sobre el hombre mejor del reino?
- ¡Yo no! ¡Ni yo!... ¡Ni yo! - exclamaron, a
la vez, los cuatro criados de monsieur de Ars.
- ¡No, no! - dijo el marqués - . Ninguno de
estos buenos chicos hubieran hecho una cosa semejante. He visto quién ha sido.
¡Éste!
Al decir esto, Bois - Doré, con una
destreza, un vigor y una rapidez dignos de sus mejores días, azotaba con su
látigo la cara de Sancho, y mientras que el asesino se llevaba las manos a los
ojos, le agarró por el cuello de la sobrevesta y, arrancándole de la silla, le
arrojó al suelo y fustigó a su caballo, que se desbocó y huyó en dirección de
Briantes.
En el mismo momento, los cuatro hombres del
marqués, violando la consigna que les había dado de esperar sus órdenes,
llegaban a toda velocidad con Adamas, a quien la detonación y el galope del
caballo desbocado habían causado la más viva inquietud.
- ¡Ah! ¿Ya estáis aquí? - dijo el marqués a
su gente - . Pues bien; recoged este jinete desmontado. Me pertenece, puesto
que tengo en esta carretera el «derecho de los bienes mostrencos». Es mi
prisionero. Atadle; hay por qué desconfiar de sus manos.
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