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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - XXX -
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 - XXX -

   Tan pronto como Guillermo y Alvimar partieron, el marqués, dirigiéndose a Adamas, le dijo con una voz llena de emoción:

 

   - ¡Pronto, mi alzacuello, mi casco, mis armas, mi caballo y dos hombres!

 

   - Todo está dispuesto, señor - contestó Adamas - . Maese Jovelin nos lo ha encargado todo, diciendo de vuestra parte que si monsieur de Ars se marchaba esta noche, le escoltaríais... Pero, ¿con qué objeto?...

 

   - Lo sabrás cuando yo vuelva - contestó el marqués subiendo a su cuarto para prepararse - . ¿Se ha pensado en ensillar los caballos en la cuadra pequeña, para que sólo las gentes que me van a escoltar estén en el secreto?

 

   - Sí, señor; he cuidado de todo yo mismo.

 

   - ¿Te vas muy lejos? - exclamó Mario, que acababa de cenar con Mercedes y entraba en la alcoba del marqués.

 

   - No, hijo mío, no voy lejos; estaré de vuelta dentro de dos horas. Acostaos pronto y dormid tranquilo. Abrazadme.

 

   - ¡Oh! ¡Qué guapo estás! - dijo ingenuamente Mario - . ¿Es que vas otra vez a la Motte Seuilly?

 

   - No, no; voy a bailar en una fiesta - contestó el marqués sonriendo.

 

   - Llévame, para que te vea bailar - dijo el niño.

 

   - No puedo; pero tened paciencia, mi Cupido, porque desde mañana ya no daré un paso sin vos.

 

   Cuando el viejo hidalgo se puso su pequeño casco de cuero amarillo con rayas de plata, forrado con una armadura de hierro y adornado con largos penachos que caían sobre el hombro; cuando se puso su corta capa militar, ciñó su larga espada y abrochó bajo la gola de encajes el alzacuello de acero brillante, Adamas pudo jurar, sin adulación excesiva, que tenía un aire muy marcial, tanto más cuanto que las recientes emociones habían hecho caer su colorete y tenía casi su cara natural, que no era la de un mequetrefe.

 

   - Ya estáis dispuesto, señor - dijo Adamas - . ¿Pero no voy con vos?

 

   - No, amigo mío; vas a cerrar todas las puertas de mi pabellón y pasar la velada con mi hijo. Si se duerme, le harán una cama provisional con almohadones. Quiero encontrarle aquí al regresar; y ahora alúmbrame, porque tengo que hablar en la sala con maese Jovelin.

 

   Abrazó varias veces a Mario con enternecimiento y bajó un piso.

 

   - ¿Dónde vais y qué habéis decidido? - le preguntaron las ojos expresivos de Lucilio.

 

   - Voy a Ars a proseguir mis pesquisas... y después, ¿no os parece?, si es necesario, me pondré de acuerdo con Guillermo para que el miserable no pueda escapar, y volveré a consultaros para lo demás. Hasta pronto, mi gran amigo.

 

   Lucilio suspiró al ver marchar al marqués. Le parecía que tenía proyectos más serios de los que confesaba.

 

   Mientras que el marqués se preparaba tranquilamente para salir, Guillermo y Alvimar, éste seguido por Lucilio y el otro por los cuatro hombres de su escolta, se dirigían lentamente hacia el castillo de Ars por el camino bajo, es decir, el que deja a la derecha las mesetas del Chaumois y pasa bastante cerca de La Châtre.

 

   Como la luna no había salido todavía y los caballos de Guillermo estaban muy cansados, no podían ir de prisa.

 

   Alvimar aprovechó esta circunstancia para adelantarse un poco, como a pesar suyo, con su escudero.

 

   Entonces le preguntó, moderando el trote de su caballo:

 

   - Sancho, ¿no habéis olvidado en Briantes nada de lo que me pertenece?

 

   - ¡No olvido nunca nada, Antonio!

 

   - Sí; olvidáis vuestros puñales en los cuerpos de las personas que matáis.

 

   - ¿Siempre el mismo reproche?

 

   - Hoy tengo mis razones para hacéroslo. Decidme: mi caballo ya no cojea; pero, ¿creéis que está en estado de hacer esta noche una larga caminata?

 

   - Sí; ¿qué hay de nuevo?

 

   - Escuchad bien y procurad comprender pronto. El «buhonero» era un hidalgo, el hermano del marqués de Bois - Doré. El cuchillo que empleasteis está en poder del marqués, que ha jurado vengarse y nos acusa por el testimonio de no qué testigo.

 

   - La morisca.

 

   - ¿Por qué la morisca?

 

   - Porque estos malditos dan siempre mala sombra.

 

   - Si no tenéis otros motivos...

 

   - Tengo otros; os los diré.

 

   - Sí, más tarde; pensemos en abandonar este país sin tener más explicaciones con ese viejo loco. Le he dicho bastante para que tenga paciencia. Me espera mañana.

 

   - ¿Para un duelo?

 

   - No; es demasiado viejo.

 

   - Pero es muy astuto. ¿Es que queréis pudriros en algún subterráneo de su castillo? No importa; si vais, iré con vos.

 

   - No iré; cierta predicción me hace ser prudente. Cuando estemos cerca del pueblo, cuyas luces se ven ya, apartaos de la escolta, desapareced y un cuarto de hora más tarde volved a reuniros conmigo, diciendo en voz alta que alguien de la ciudad os ha entregado una carta para mí. Iré como para leerla hasta el castillo de Ars, y hecha esta comedia, diré a monsieur Ars que debo marcharme en el acto. ¿Queda entendido?

 

   - Queda entendido.

 

   - Entonces, esperemos a monsieur de Ars y no demostremos prisa alguna.

 

   Cuando el buen monsieur de Bois - Doré, armado hasta los dientes y confortablemente montado sobre el hermoso Rosidor, hubo franqueado el recinto de la aldea de Briantes, vio que Adamas, montando una buena jaquita, se deslizaba tranquilamente junto a él.

 

   - ¡Cómo! ¿Sois vos, señor rebelde? - dijo el marqués con un tono que no logró hacer severo - . ¿No os había prohibido seguirme y ordenado custodiar a mi heredero?

 

   - Vuestro heredero está bien custodiado, señor; maese Jovelin me ha dado su palabra de no separarse de él, y, además, no me parece que corra ahora riesgo alguno en vuestro castillo, puesto que el enemigo está fuera y que detrás de él vamos.

 

   - Ya , Adamas, que ahora el riesgo es para nosotros, y por eso es por lo que no quería que vinieras tú, que estás viejo y achacoso, y que además no fuiste nunca muy hombre de guerra.

 

   - Es verdad, señor, que me gusta poco recibir golpes; pero me gusta bastante darlos como puedo. Ya no soy un muchacho; pero si no tengo buenas piernas, tengo buena vista y quiero cuidar de que no caigáis en ninguna emboscada. Por eso he traído conmigo dos hombres más, que se reunirán con nosotros dentro de tres minutos. Además de que me hubiera vuelto loco esperándoos sin saber nada ni hacer nada. ¡A ver, mi amo! ¿Adónde vamos y en qué forma vamos a atacar?

 

   - ¡Ya verás, amigo mío, ya verás! Pero apresurémonos. No tenemos mucho tiempo que perder, si queremos alcanzarlos a la mitad de camino.

 

   Partieron al galope, y en menos de un cuarto de hora pudieron ver a Guillermo y su escolta, que seguían andando muy despacio.

 

   La luna se levantaba y hacía brillar las armas de los jinetes.

 

   Aquel lugar se llamaba, y se sigue llamando, La Rochaille; está bastante cerca de las casas de hoy; pero en aquel tiempo era muy árido y completamente desierto.

 

   El camino subía entre una pequeña torrentera y una colina cubierta con enormes rocas grises, entre las que crecían unos castaños bastante enclenques. Aquel lugar tenía mala fama en todos los tiempos; las grandes piedras han inspirado a los aldeanos ideas supersticiosas, sea porque las atribuyan indistintamente a la labor de los demonios de la Galia antigua, sea porque las crean caídas del cielo, con el fin de exterminar el culto de aquellos diablos.

 

   El marqués mandó detener a su pequeña tropa antes de que hubiera sido advertida por la de Guillermo, y, picando espuelas a su caballo, fue a ponerse a través del camino de su pariente.

 

   Al oír acercarse aquel galope, Guillermo y Alvimar habían vuelto la cabeza; el primero, con mucha tranquilidad, pensando que se trataba de algún viajero apurado; el segundo, con mucha inquietud, porque no dejaba de pensar en la predicción, que los acontecimientos del día parecían confirmar y apresurar.

 

   Cuando Bois - Doré pasó a la izquierda de la escolta de Guillermo, éste no le reconoció, a causa de su traje militar. Pero Alvimar le reconoció por los latidos de su corazón turbado, y el viejo Sancho, advertido por una emoción análoga, se acercó a su amo.

 

   Sus ansiedades se disiparon cuando Bois - Doré tomó la delantera sin decir nada. Pensaron entonces que no era él. Pero cuando se detuvo, volviendo su caballo hacia los suyos, se miraron e instintivamente se acercaron más el uno al otro.

 

   - ¿Qué es esto, señor? - preguntó Guillermo, cogiendo una de sus pistolas de la pistolera de su silla - . ¿Quién sois y qué pedís?

 

   Pero antes de que Bois - Doré tuviese tiempo de contestar, un tiro partió entre ellos, y la bala atravesó el casco del marqués, quien, al ver el gesto de Sancho para asesinarle, se había agachado rápidamente, exclamando:

 

   - ¡Guillermo! ¡Soy yo!

 

   - ¡Mil rayos! - gritó Guillermo asustado - .¿Quién ha tirado sobre el marqués? ¡Por Dios, marqués! ¿Estáis herido?

 

   - No - contestó Bois - Doré - ; pero debo deciros que tenéis en vuestra compañía unos cobardes que tiran sobre un hombre solo antes de saber si es un enemigo.

 

   - Es verdad - repuso el joven indignado - , y haré justicia en el acto. ¡Miserables bribones! ¿Cuál de vosotros ha tirado sobre el hombre mejor del reino?

 

   - ¡Yo no! ¡Ni yo!... ¡Ni yo! - exclamaron, a la vez, los cuatro criados de monsieur de Ars.

 

   - ¡No, no! - dijo el marqués - . Ninguno de estos buenos chicos hubieran hecho una cosa semejante. He visto quién ha sido. ¡Éste!

 

   Al decir esto, Bois - Doré, con una destreza, un vigor y una rapidez dignos de sus mejores días, azotaba con su látigo la cara de Sancho, y mientras que el asesino se llevaba las manos a los ojos, le agarró por el cuello de la sobrevesta y, arrancándole de la silla, le arrojó al suelo y fustigó a su caballo, que se desbocó y huyó en dirección de Briantes.

 

   En el mismo momento, los cuatro hombres del marqués, violando la consigna que les había dado de esperar sus órdenes, llegaban a toda velocidad con Adamas, a quien la detonación y el galope del caballo desbocado habían causado la más viva inquietud.

 

   - ¡Ah! ¿Ya estáis aquí? - dijo el marqués a su gente - . Pues bien; recoged este jinete desmontado. Me pertenece, puesto que tengo en esta carretera el «derecho de los bienes mostrencos». Es mi prisionero. Atadle; hay por qué desconfiar de sus manos.

 




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